Evangelio: Juan 14,27-3
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo.
Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, sigáis creyendo.
Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago».
Seguimos leyendo el evangelio de san Juan en el contexto de los discursos de despedida de Jesús. Él «vuelve al Padre», pero no nos deja solos, sino que nos entrega el Espíritu Santo.
El discurso de Jesús avanza en espiral, como es su costumbre: Jesús nos
entrega su «paz», no la del mundo. El don de la «paz» (shalom en el
mundo bíblico) está íntimamente unida al amor del Padre (ágape en el
evangelio de Juan); a su vez, este amor del Padre está inseparablemente
vinculado a él y a los que el Padre les ha confiado.
No hay paz sin amor; el odio nunca puede traer la paz. La división y la
mentira son compañeras de la violencia. Desde un punto de vista humano y
espiritual, la paz forma un binomio con el amor. En muchas ocasiones son
sinónimo de los deseos de toda persona de bien, sea religiosa o no.
Juan insiste en la situación en que queda el discípulo; no puede caer en el
miedo/pánico ante lo desconocido que paraliza y esteriliza, sino en la
confianza, porque sabe que Jesús no le ha dejado solo, abandonado a su suerte,
sino que volverá. El adversario de Jesús, «el príncipe de este mundo», no tiene
poder sobre él.

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