09 marzo, 2026

La autoridad moral de Jesús

 Evangelio: Lucas 4,24-30

 En aquel tiempo dijo Jesús al pueblo en la sinagoga de Nazaret: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso ente ellos y se alejaba.

 



Comentario

Jesús se ha presentado en la sinagoga de su pueblo, Nazaret (ver texto anterior) y, leyendo el texto mesiánico del profeta Isaías (61,1-2), dice de sí mismo que el Espíritu le ha «ungido» para dar la buena noticia a todos los pueblos, para proclamar un «año de gracia» de Dios, del que excluye la venganza. La reacción de sus paisanos no se hace esperar y le rechazan porque se presenta como «ungido». Así se entiende la frase que ha pasado a la literatura y al sentir popular: «Ningún profeta es aceptado en su tierra». Esta dura experiencia de Jesús se repite a lo largo de la historia y de las culturas: preferimos creer a un extraño antes que a alguien que es de nuestro entorno. Jesús es duro con sus paisanos, recordándoles que en las Escrituras esta misericordia universal se ha hecho realidad por medio de Elías y Eliseo, hombres de Dios, israelitas que realizan sus signos con personas que no son del pueblo elegido. Ellos, los judíos, no tienen en exclusividad a Dios. La misericordia de Dios es para la gran humanidad. La misión de Jesús, ungido de Dios, no se limita a un grupo humano, sino que se abre a todos los pueblos. Las palabras de Jesús aún provocan más la ira de sus paisanos, que intentan deshacerse de él despeñándolo. Jesús, en un gesto de autoridad moral, se abre paso.

 

08 marzo, 2026

La pedagogía de Jesús: de la sed humana a la sed de Dios

 Evangelio: Juan 4,5-42, o bien: 4,5-15.19-26.39.40-42

En aquel tiempo llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas», o «¿de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto, sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: “Uno siembra y otro siega”. Yo os  envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días.
Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».


 


Comentario

 Comienza la primera de las tres grandes catequesis de los evangelios en el «ciclo A» de la Cuaresma. La primera se dedica a la «sed» del ser humano. La segunda, a la «luz». La tercera, a la «vida». Las tres se sirven de otros tantos textos de Juan,

evangelio simbólico y teológico. Una de las necesidades fundamentales del ser humano, junto con el alimento, es saciar la sed. Es una experiencia universal. Por otra parte, el agua tiene también el valor universal de satisfacer plenamente esta
necesidad. Juan pone a Jesús en la tesitura de tener sed; además, llega a un pozo, pero no a cualquiera, sino a uno que tiene tradición histórica en Israel –es el «pozo de Jacob»– y tradición simbólica –«pozo de los patriarcas, de los antepasados»–, que une a Jesús con la historia del pueblo. Sin embargo, Jesús no puede acceder al agua. Juan incorpora una mujer a la narración (elemento perturbador en aquella sociedad); no es cualquier mujer (judía, galilea, pagana), sino una «samaritana» (san Juan incide así en su condición de «sospechosa»). Los judíos y los samaritanos se profesan odio ancestral. Jesús no solo rompe el hielo con la mujer, sino que inicia toda una catequesis en torno a la necesidad del agua, al agua que sacia y que no sacia, a las dificultades para acceder a ella. Como si se tratase de un pedagogo, Jesús la va conduciendo desde la necesidad de agua hasta el «agua viva» que ella desconoce. Jesús se revela a sí mismo y hace que la mujer la pida explícitamente: «Dame de esa agua». La samaritana puede ser cualquier persona que tiene en el fondo de su corazón una sed desconocida, sin límites precisos, pero que busca, y no se niega a ser saciada.

 

07 marzo, 2026

Un padre para dos hermanos

 Evangelio: Lucas 15,1-3.11-32

En aquel tiempo solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros’”.

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando, al volver, se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

 

Comentario

La parábola que leemos hoy habla de un «padre que tiene dos hijos», de una herencia que repartir, y del enfado morrocotudo que provoca esta herencia. El título más común es el de parábola del «hijo pródigo»; otros prefieren parábola del «padre misericordioso». 

El hijo mayor es el «cumplidor», que «vive en casa» de forma obediente y formal; el menor es el «díscolo», que decide «irse de casa» y reclamar «lo que es suyo». Al padre le duele, pero se lo permite. Tras un fracaso monumental en sus expectativas, el hijo menor decide regresar a casa. La lógica humana dice que el padre tenía que haber sido «severo» (algunos dicen que «justo»): «Vete por donde has venido, porque a ti ya te di lo tuyo».

La parábola rompe las expectativas del lector: el padre abraza al hijo díscolo y le hace una fiesta. El padre, primero deja marchar a su hijo; luego lo espera; por fin, cuando lo «ve» aparecer, «conmovido», sale corriendo a su encuentro, lo besa y lo abraza. El hijo mayor, el cumplidor, que no entiende nada, al que se le caen todos los esquemas, se enfada con su padre. La lógica ha saltado por los aires.

Lucas recoge dos verbos que aparecen en otros lugares de su evangelio: «ver» y «conmoverse». Al igual que en las otras dos «parábolas de la misericordia» (cap. 15 de Lucas), el evangelista dice que el padre se compadece no porque le pida perdón, sino porque el hijo «estaba perdido». Dios, cuando recupera lo que está perdido, hace fiesta. El hijo menor se abaja hasta decir que le trate como a un «jornalero»; pero el padre le dice: «tú eres mi hijo».

Lucas escribe para cristianos que no proceden del judaísmo (estos tienen derechos adquiridos desde siempre), sino a cristianos que proceden del paganismo. Los cristianos procedentes del paganismo (comunidad de Lucas, u por extensión los creyentes no judíos de todos los pueblos) podrían ser los «hermanos menores», que han vivido lejos de la casa paterna. El pueblo judío, en su conjunto, podría ser el «hermano mayor», que ha sido un fiel cumplidor. 

Son dos comunidades que entran en conflicto en los primeros tiempos (judeocristianos y cristianos del paganismo). La gran humanidad tiene un padre, Dios, que a lo largo de la historia quiere que vivamos en su casa, la que ha preparado para nosotros. No hay ni dos padres ni dos comunidades/Iglesias, sino la única Iglesia que ve con alegría que todos, el hermano menor y el mayor, son hijos amados. El padre le pone al hijo díscolo el anillo que le devuelve la categoría de «hijo» y, por tanto, de «heredero legítimo». En un posible contexto polémico entre las dos comunidades de los inicios del cristianismo –la judeocristiana y la paganocristiana–, Lucas dice que el hijo que se había ido lejos pero que recapacita y vuelve a casa es heredero, al igual que el hijo mayor, que siempre había observado todas las normas.

 

06 marzo, 2026

AVISO PARA CAMINANTES CONFIADOS

 

Evangelio: Mateo 21,33-43.45-46

 

En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.

Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular? ¿Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos. Y, aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.



 

Comentario

Leemos la parábola de Jesús, según san Mateo, que propone una imagen del mundo rural del mediterráneo: el propietario de una viña, unos jornaleros contratados para la ocasión, la recogida de la uva en el otoño. El amo de la viña envía a sus criados a que echen cuentas y recojan la parte que le pertenece; los jornaleros contratados, no cumplen lo establecido, sino que actúan de forma injusta y agresiva. El amo de la viña envía al hijo y, en la cima de la violencia, llegan a matarlo. La escena presupone una lógica que todos comparten: el dueño tiene derecho a recibir la parte que le corresponde de sus frutos, y que previamente ha pactado. Podemos empezar a interpretar la parábola por el final: «Se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca frutos». 

Primera pregunta: ¿A quién se dirige Jesús? Mateo se encara con los oyentes judíos que no han querido escuchar a los enviados de Dios, los profetas, que han ido preparando la llegada del Mesías. Israel no ha sido capaz de acoger al enviado de Dios; ha preferido olvidar a los profetas e incluso ha llegado a matarlos. Jesús está hablando del rechazo da su persona y mensaje del pueblo judío, precisamente rechazo explícito de aquellos que son los primeros destinatarios del Reino. 

Segunda pregunta: ¿Quién es ese pueblo que «producirá frutos»? En el evangelio de Mateo se anuncia el nacimiento de la Iglesia por parte del mismo Jesús. La Iglesia está llamada a ser el nuevo pueblo que da los frutos que Dios espera. Pero Mateo, a la vez que prepara el anuncio de la novedad de la Iglesia, hace un «aviso para caminantes». Que nadie se sienta con los derechos adquiridos en propiedad. Israel pensó que el don de Dios era para él en exclusiva y que podía actuar como quisiera. Mateo les dice: no os engañéis, Dios os lo puede quitar. ¿No nos puede pasar algo semejante a nosotros, que también rechacemos la Buena Noticia en nombre de nuestros criterios? El evangelio de Mateo abre caminos, pero a la vez nos pone en tensión. No podemos dormirnos.