09 abril, 2026

¿Qué somos? ¿Filósofos, poetas, académicos? Somos testigos del Resucitado

 Evangelio: Lucas 24,35-48

 En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Llenos de miedo por la sorpresa creían ver un fantasma. Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros; que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

 


Comentario

 

Ayer leíamos el pasaje conocido como «los discípulos de Emaús», propio de Lucas; hoy leemos su continuación. El texto comienza con una frase que resume el evangelio anterior: los discípulos cuentan a la comunidad lo que les había pasado por el camino –el encuentro con Jesús resucitado–, y cómo lo habían reconocido «al partir el pan», esto es, en la eucaristía. La escena anterior se desarrolla en el camino; la que leemos hoy presupone que la
comunidad está reunida.

Varios elementos que hay que tener en cuenta.

(1) En primer lugar, la iniciativa es de Jesús, que se presenta inesperadamente en medio de ellos. No estamos, por tanto, ante una decisión consensuada de la comunidad o ante una estrategia que hace planes de futuro.

(2) El segundo elemento es el «miedo» que produce una visión de fantasmas, pero Jesús resucitado no es la aparición tenebrosa de un personaje que ha muerto, porque está vivo.

 (3) El tercer elemento es la identidad: Jesús se les revela como «de carne y hueso», es un encuentro personal, no unas formas difusas y etéreas. Más aún, les muestra las manos y los pies, porque Jesús lleva en sus extremidades las huellas abiertas de la crucifixión.  Por si fuera poco, para ratificar que no es una «aparición nebulosa», sino una persona viva, come delante de ellos.

         De nuevo, como en el texto de Emaús,  aparecen las referencias a las Escrituras –la Ley y los Profetas– que anuncian a Jesús. El final del texto nos implica a todos nosotros: el testimonio debido. No somos «filósofos sesudos», «poetas emotivos» o «divulgadores académicos» de Jesús; nuestro título es el de «testigos del Resucitado».

 

08 abril, 2026

Vuelve a leer, una vez más, "el Camino de Emaús"

 Evangelio: Lucas 24,13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les preguntó: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que  habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces Jesús les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos  comentaron:

 

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor
y se ha aparecido a Simón» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 


Comentario

 

El encuentro de Jesús resucitado con los discípulos, camino de Emaús, es un evangelio paradigmático y una catequesis perfecta.

 

Dos discípulos regresan a casa, derrotados, tras la crucifixión de Jesús. Piensan que todo ha acabado. Jesús les sale al encuentro, pero no le reconocen, porque sus ojos están cegados. Les pregunta con tacto, como si de un maestro se tratara: ¿de qué habláis? ¿Qué os preocupa? Ellos le cuentan y expresan su desilusión: «Pensábamos que…». Son muy importantes los dos momentos que siguen, con Jesús como protagonista: «explica las Escrituras» y «parte el pan». Solo entonces se les abren los ojos y regresan a Jerusalén, de donde habían huido con tristeza.

 

El texto de Lucas sigue siendo modelo de encuentro con el Resucitado. Los ojos de los discípulos no lo reconocen, porque, aunque habían «convivido» con él, no se habían «encontrado» con el Resucitado, con Jesús vivo. Para reconocer a Jesús es necesario dejar que él mismo se ponga a nuestro lado, que le dejemos hablar, que él nos explique las Escrituras y que nos parta el pan eucarístico. Es él, no nosotros, quien tiene la iniciativa y quien nos lleva de la mano. 

Nosotros somos los caminantes que, si nos dejamos llevar por él, pasaremos del desencanto que producen las expectativas no cumplidas a la esperanza que nace de la fe en Cristo vivo. El camino de Emaús es el de muchos de nosotros, discípulos que necesitamos el encuentro cálido, luminoso y esclarecedor con Jesús vivo.

 

29 marzo, 2026

PASION SEGÚN SAN MATEO

 

Evangelio: Mateo 26,14-27,66

C. En aquel tiempo [uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó:
+. «Id a casa de fulano y decidle: “El Maestro dice: ‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’”».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+. «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».
C. Él respondió:
+. «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!, más le valdría no haber nacido».
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».
C. Él respondió:
+. «Así es».
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos, diciendo:
+. «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».
C. Y, cogiendo un cáliz, pronunció la acción de gracias y se lo pasó, diciendo:
+. «Bebed todos, porque esta es mi sangre; sangre de la alianza derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo:
+. «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea».
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le dijo:
+. «Te aseguro que esta noche, antes de que el gallo cante tres veces, me negarás».
C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+. «Sentaos aquí mientras voy allá a orar».
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
+. «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo».
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+. «Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+. «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+. «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+. «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
C. Todavía estaba hablando cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: detenedlo».
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+. «Amigo, ¿a qué vienes?».
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él cogió la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
+. «Envaina la espada: quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura que dice que esto tiene que pasar».
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+. «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis».
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos
testigos que comparecían. Finalmente comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”.
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?».
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús le respondió:
+. «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú andabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este andaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, se te nota en el acento».
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Entonces el traidor sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores, diciendo:
S. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente».
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».]
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
+. «Tú lo dices».
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. «¡Que lo crucifiquen!».
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Que lo crucifiquen!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo,  diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».
C. Y el pueblo entero contestó:
S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza:
S. «Tú, que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también, diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?».
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní».
C. (Es decir:
+. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. «A Elías llama este».
C. Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan y se hace una pausa
C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después de que él resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Realmente este era Hijo de Dios».
[C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que  habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en  grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.]

Comentario

 El «relato de la pasión», bien desarrollado y trazado, probablemente tuvo vida propia antes de formar parte de los cuatro evangelios. Su narración, que se extiende en pocas jornadas, desde el arresto de Jesús hasta la muerte y posterior resurrección, ocupa, sin embargo, varios capítulos. Proporcionalmente, los evangelistas dedican más espacio a la pasión que al resto de la vida de Jesús. Sin embargo, el «relato de la pasión», no es un texto monolítico, sino que cada uno de los cuatro evangelios presenta matices propios conforme a sus destinatarios y su intención teológica.

 

Leemos hoy la “Pasión según san Mateo”. En ella, el evangelista Mateo culmina la oposición de las autoridades judías contra Jesús; asimismo subraya el endurecimiento de todo el pueblo judío (27,21-25; 28,15).

Destaca la dignidad de Jesús y su entrega a la voluntad del Padre (26,2.39.42.52-54). La muerte trágica de Judas (27, 3-10) es propia de Mateo, aunque la volveremos a encontrar en Hechos de los Apóstoles (1,18-19). Otros elementos propios del relato que leemos hoy son el sueño de la mujer de Pilato (Mt 27 19,). También el lavatorio de las manos del procurador, con su añadido: «Soy inocente de esta sangre, vosotros veréis». Un aspecto conflictivo ha sido la respuesta de los judíos: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (27,25), que ha dado lugar a posteriores lecturas antisemitas. También es propio de Mateo el terremoto que sucede a la muerte de Jesús (27,51) y la resurrección de muchos (27,52-53). Para Mateo, José de Arimatea es «rico» y «discípulo de Jesús». Por último, para este evangelio, una guardia custodia el sepulcro (28,62-66); también habla del posterior soborno a los guardias, después de la resurrección de Jesús (28,11-15). Por encima de los detalles, la pasión nos adentra en las últimas horas de un hombre, Jesús, libre, coherente, valiente, entregado y fiel al Padre.

 


28 marzo, 2026

Es preferible que muera uno solo a toda la nación

 Evangelio: Juan 11,45-57

 En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo y que no perezca la nación entera». Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año,
habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

 


Comentario

 Jesús está en Betania, localidad cerca de Jerusalén. Allí ha realizado el séptimo signo revelador de su identidad: la vuelta a la vida de su amigo Lázaro. Solemos hablar de «resurrección», pero habría que hablar más bien de «resucitación», para no confundir este signo con la «resurrección» de Jesús, que es un hecho único, irrepetible; Lázaro tiene que morir de nuevo, pero Jesús resucitado ya no muere más. Algunos «creen en Jesús»; esta fe de unos pocos por las obras de Jesús se repite en san Juan. Son más, sin embargo, los que se enfrentan abiertamente a él. 

En este caso, los sumos sacerdotes y los fariseos convocan al Sanedrín, institución religiosa que gobernaba la vida de los judíos bajo el poder político de Roma. La acusación es de estrategia política: los romanos pueden intervenir y destruirnos, dicen. Caifás, el mismo sacerdote con el que nos encontraremos un poco más adelante en el relato de la pasión, sentencia: es preferible que muera un solo hombre a que sea destruida toda la nación. La sentencia está firmada. 

San Juan nos remite a otra fiesta distinta de la de las Tiendas y la Dedicación, que hemos visto antes. En este caso se acerca la fiesta de Pascua, en primavera.  La Pascua, primera de las fiestas judías de peregrinación, convocaba a judíos de todas partes; celebraba la liberación de Egipto y se sacrificaba ritualmente el cordero en el Templo, que luego cada familia comía. Jesús ha sido condenado a muerte. Se anticipa y anuncia su próximo final. No es casual que Jesús muera en Pascua.