DIEZ RAZONES PARA VIAJAR A EGIPTO

Acabo de llegar de un viaje a Egipto. He regresado ‘tocado’ y ‘motivado’. Es verdad que ya conocía el país por ocasiones anteriores, pero sin duda me ha vuelto a ‘envolver’ con su poderío histórico y arqueológico, su encanto natural, su cultura ancestral, sus preguntas inquietantes. Lo resumo en diez razones.

La primera razón para viajar a Egipto es sin duda porque hay que visitar la «tierra de los faraones» (1). La cultura faraónica es compleja, pues se extiende ampliamente en el tiempo y en el espacio. Desde los faraones de la primera dinastía (3100-2890 a.C.), hasta la famosa faraona Cleopatra VII (o simplemente Cleopatra, la amante de Marco Antonio), en el siglo I a.C. La riqueza inagotable de los monumentos, de todas las épocas, hacen que el historiador no pare de sorprenderse: las pirámides; los templos de Karnak y Luxor; de Edfú y Kom Ombo; de Abu Simbel, y otros muchos. Los obeliscos de una sola pieza, las ricas tumbas de los Reyes con sus bajorrelieves policromados. Dos mil años de arquitectura, de jeroglíficos, de dibujos polícromos esquemáticos… Los faraones siguen siendo un imán.



Inseparable de la anterior, como segundo motivo del viaje, es contemplar la riqueza del «imaginario egipcio» (2) único en el mundo: la escritura jeroglífica, la riqueza de símbolos tomados del cosmos (el dios sol), de la naturaleza (las aguas del Nilo y su fauna), el halo de enigma que se respira en cada una de las paredes llenas de historias que nos hablan de una civilización que nos ha precedido y que desapareció dejando sus huellas imborrables.

La «expresión artística singular» (3), propia del ser humano, se desarrolla a lo largo de los tiempos. En Egipto encontramos obras maestras insuperables. De las grandes construcciones arquitectónicas, como las pirámides o las salas hipóstilas de los Templos, a los detalles mínimos de las joyas. De los dibujos esquemáticos de los bajorrelieves policromados a la calidad, casi fotográfica, de los conocidos como “retratos de El Fayum”.




No se puede entender el mundo antiguo egipcio sin la «mitología politeísta» (4), distinta a todas las otras vecinas (babilónicas, cananeas y grecorromanas). El guía, de forma didáctica, narra y explica las narraciones de los dioses, de sus complejas relaciones, de sus conflictos internos y externos. Todas las mitologías son interesantes, pues todas tienen mucho de verdad, quieren responder a las grandes preguntas del ser humano sobre el origen de la vida, sobre el futuro que nos espera más allá de la muerte, sobre el peso de nuestros actos para entrar o no en una vida eterna. Los egipcios desarrollaron todo un mundo bello, interesante, y profundo a la vez. Los dioses Osiris, Isis, Horus…

Damos un paso más. Nos adentramos en el mundo de la «historia de las religiones» (5). El guía nos habla de Amenofis IV, llamado Akenaton. Es el “faraón hereje”. Su herejía consistió en que dio pasos decididos y valientes hacia el monoteísmo en un mundo politeísta, enfrentándose a los sacerdotes de la religión oficial politeísta. Fundó una ciudad (Tell el-Amarna). La correspondencia con otras civilizaciones (Cartas de Amarna, en tablillas cuneiforme, son de gran importancia para conocer el Próximo Oriente Antiguo). Fracasó, pero su intento no ha pasado al olvido de la historia de las religiones. ¿Podría ser el primer ‘monoteísta’ de la historia? ¿Podríamos pensar que Moisés, de cultura y educación egipcia, aunque hebreo de origen, tuvo influencia suya? Podría ser.



De Akenaton a Moisés, y de Moisés a «la Biblia» (6). Los faraones vivieron sin duda de espaldas a la Biblia. Son dos mundos distintos que no hay que mezclar. Pero sí podemos decir que en la Biblia la referencia a Egipto es fundamental: Abrahán bajó a buscar trigo por las hambrunas de Canaán; más tarde lo hizo Jacob, y allí su hijo José llegó a ser visir del faraón. Los hijos de Jacob son explotados y sufren esclavitud. Una intervención de Dios, por medio de Moisés, les libera: la Pascua, fiesta principal del judaísmo hasta el día de hoy, es la ‘liberación de la esclavitud’. Un fragmento de la estela del faraón Meren Ptah, que se conserva en el Museo Antiguo de El Cairo, recuerda que el faraón (innominado) intervino militarmente contra un clan al que denomina “Israel”. Siglos más tarde, cuando Jerusalén cae bajo los babilonios, parte de la población se refugió en Egipto: en la isla de Elefantina, en Asuan, hay restos de un pequeño templo que los hebreos levantaron a su llegada. Su importancia es que estos restos nos permitirían imaginar cómo pudo ser el primer templo de Jerusalén, del que los babilonios no dejaron piedra sobre piedra. La Biblia no se escribió en un solo siglo ni es obra de un solo autor. Es un libro largo, que recoge obras de distintos siglos, momentos históricos y, como se diría hoy, de distintas sensibilidades políticas y religiosas. El estudioso del texto bíblico tiene como referencia necesaria el texto de los Setenta. La comunidad judía de Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno en el 332 a.C., no hablaba hebreo. Pide que les traduzcan los principales libros que se leían como Escritura en las sinagogas, de la lengua hebrea a la lengua griega. Según una leyenda (la Carta de Aristeas) este trabajo lo realizaron setenta sabios judíos durante setenta días (de ahí su nombre de “La Setenta”). Esta Biblia (o mejor, libros del Antiguo Testamento) en griego es fundamental para leer y comprender el Nuevo Testamento, escrito también en griego. Más aún; con mucha probabilidad el libro del Eclesiástico se escribió en Egipto, en los tiempos de mecenazgo cultural del rey Ptolomeo VII; muchos son los autores, también, que afirman que el último libro del Antiguo Testamento, el libro de la Sabiduría, fue redactado también en la ciudad alejandrina.

La Biblia es de todos y no es de nadie. Tiene una matriz hebrea, judía, indiscutible; pero tiene así mismo una segunda parte vinculada a ella, a raíz del acontecimiento de Jesús: el Nuevo Testamento. Es verdad que no podemos forzar los textos para llevarlos a nuestro argumento, porque la vida de Jesús se desarrolla en Galilea y Judea. Solo Mateo nos dice que, siendo un niño, Jesús viajó a Egipto, huyendo toda la familia de Herodes. Jesús es un “refugiado político”. Sin embargo, los «orígenes del cristianismo» (7) tienen raíces propias en esta tierra. La ciudad de Alejandría muy pronto acogió la predicación de los apóstoles, que ellos remontan a san Marcos. La Iglesia de Alejandría dio pronto muestras de tener pensamiento original, propio, no exento de polémicas. Se conoce como “teología alejandrina”, distinta de la “teología antioquena”, que nos remite a Antioquía, en Siria, otro de los centros donde nace y se desarrolla la Iglesia. El gran teólogo Orígenes (184-253 d.C.), era original de esta comunidad; a su vez, otro de los grandes pensadores que se adentraron en caminos divergentes, Arrio, pertenecía a esta Iglesia de Alejandría, aunque fuera de nacimiento libio. Cómo no, san Atanasio de Alejandría (328-373), defensor de la doble naturaleza de Cristo (humana y divina). La Iglesia de Egipto, los coptos (aegyptoi/kpt), representantes de los primeros cristianos de África, nos ha regalado una de las oraciones más antiguas a María; una oración que apareció en un papiro del siglo III: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados. Líbranos de todo peligro, Oh siempre Virgen, gloriosa y bendita”.

El «monacato cristiano» (8) tiene varios puntos de nacimiento: Siria, Palestina y Egipto en Oriente, e Italia, con san Benito, en occidente. ¿Quién no ha oído hablar de san Antón? San Antón, o san Antonio Abad (251-356 d.C.), nació y murió en Egipto, dando lugar a un importante movimiento eremítico. La Tebaida, cuna del monacato cristiano, es testimonio vivo hoy de la vida ascética. San Antonio Abad y San Pacomio (fundador del monacato cenobítico) establecieron las primeras comunidades de ermitaños y monjes en el siglo IV, creando una tradición de vida ascética, oración y trabajo en soledad o en comunidad bajo una regla. Su espiritualidad ha llegado a nuestros días, recohgiendo sus experiencias en los «Apotegmas de los Padres del Desierto». 

El cristianismo en Egipto, además del unido en comunión a la gran Iglesia (Patriarcados de Alejandría, Antioquía y Roma), tiene «desarrollos distintos» (9). Solo a modo de ejemplo, podemos citar las comunidades gnósticas del Nilo, que nos regalaron en la ciudad de Nag Hammadi (1945) una colección de 13 manuscritos de textos desconocidos hasta la primera mitad del siglo XX: el «Evangelio de Tomás» y el «Evangelio de Felipe». No podemos olvidar la colección de papiros encontrados en Oxyrrinco, (actual El-Bahnasa) en distintas campañas (ss. XIX-XXI) que recoge textos antiguos grecorromanos, otros cristianos y otros bizantinos. Los estudiosos que quieren trazar el desarrollo del cristianismo en torno a las comunidades del Nilo, beben de las fuentes que siguen dando sus frutos abundantes en los desiertos que acompañan al río en su camino al Mediterráneo.


Egipto acogió muy pronto el «islam» (10). El año 642, las tropas del califa Omar llegaron a las tierras del Nilo con la bandera de la nueva fe monoteísta. La historia de Egipto nos habla de Saladino, que inaugura la dinastía ayubí poniendo fin a la fatimí. En la ciudad de El Cairo sigue en pie su fortaleza, en cuyo interior admiramos la Mezquita de Alabastro. Por fin, no podemos olvidar el Sultanato Mameluco de Egipto, que dirigió el país hasta la llegada de los franceses en 1798.   

Son diez razones para visitar Egipto. Puedes añadir otras muchas. Egipto es un destino para la cultura, la religión, la historia, y para conocer y amar a África.

 

Pedro Fraile

MISIONEROS AQUÍ Y AHORA... Y HOY

 Evangelio: Mateo 10,7-13

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros».

 



Comentario

La misión nunca ha sido fácil. Si hacemos un rápido recorrido por la historia, veremos cómo cada generación de cristianos ha interpretado el mandato de Jesús conforme a sus criterios, bien culturales, bien sociales, bien políticos. Los tres primeros siglos fueron martiriales; ser apóstol era casi sinónimo de ser mártir. Los siglos siguientes fueron de encuentro y choque cultural con pueblos no romanizados (bárbaros primero y musulmanes a partir del siglo VII). Luego vendrán las expansiones geográficas, más allá de los límites del Mare Nostrum inicial –el Mediterráneo y el Levante– donde nació y prosperó la fe cristiana.

¿Evangelio contra las culturas locales? ¿Evangelio respetando la idiosincrasia de cada pueblo? ¿Evangelio como occidentalización, aunque el evangelio en origen sea oriental?

Discusiones, debates, reproches… La misión, en palabras de Jesús, tiene una dimensión amplia, versátil, universal. Hay que ir a todo el mundo (no dice que haya que limitarse a una raza, a una tribu o clan, a un colectivo preciso). El Evangelio nace en la libertad de la expansión del Reino. La misión, dice Jesús en Mateo, se compone de varias acciones: curad, resucitad, limpiad, expulsad. ¿El qué? Las enfermedades que llevan a la muerte, las incapacidades y estigmas que excluyen de la comunidad, los males que encadenan y someten. Dios es Dios de vida y de libertad. 

¿Y cómo hacerlo? Con gratuidad (¡no buscando oscuros intereses!). Con pobreza de medios (no sirviéndose de unas riquezas que escandalizan y provocan divisiones sociales). Con radicalidad (ni bastón ni sandalias): la limpieza y honestidad es el vestido que no cierra puertas. Sobre todo, «paz»; ni la violencia, ni la venganza, ni el rencor, ni las malas artes caben en el Reino. 

Cada generación de cristianos necesita sus misioneros y sus evangelizadores. Todos tienen un elemento común: han tenido la experiencia de Jesús y la quieren compartir. Los evangelizadores no son ideólogos sociales, políticos o culturales. Los evangelizadores son testigos del reino de Dios, hecho presente en Jesús.

 

 

 Evangelio: Juan 15,26-16,4

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto para que no tambaleéis. 

Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».


Comentario

Las lecturas de este año no recogen el «segundo anuncio del Paráclito», donde se nos dice que el Espíritu Santo nos lo «explicará todo» (14,25-26). Leemos hoy el «tercer anuncio»; es el «Espíritu de la verdad». La verdad solo tiene un camino. Lo demás son componendas, arreglos, medias verdades. El Espíritu Santo da testimonio de quién es Jesús, y nosotros también debemos dar «testimonio». 
La fe se confiesa con los labios, pero se lleva a la vida diaria, no escondiéndose de las dificultades o buscando escenarios favorables, sino allí donde se está. Jesús habla de la persecución directa: expulsión de la sinagoga e incluso pena de muerte. 
Desde un punto de vista histórico, podemos ver en estas palabras la ruptura que tuvo lugar entre la comunidad cristiana naciente y la comunidad judía (la sinagoga). No todo fue fácil al principio; más aún, fue muy difícil, y las controversias acabaron en ruptura. Los discípulos de Jesús saben que la fe que profesan y la proclamación abierta del Evangelio, la verdad del Evangelio, es fuente de conflictos. Pero no hay que temer, porque no estamos solos. El Espíritu Santo es nuestro defensor.

Sin trucos ni atajos

 Evangelio: Juan 15,9-11

 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».


 Comentario

 Seguimos leyendo el evangelio de Juan; ayer contemplábamos la afirmación de Jesús «Yo soy la vid», y añadía que «mi Padre es el viñador». Luego, en el desarrollo de la imagen, insistía en que, así como los sarmientos no pueden vivir separados de la cepa, así tampoco los discípulos pueden vivir separados de Jesús. De ahí la invitación a «permanecer» unidos a él. 

De nuevo Juan recurre al motivo teológico que repite en su obra: «el amor». Lo que nos pide Jesús es: «Permaneced en mi amor». Juan hace una afirmación, luego incorpora una nueva idea, vincula las dos, retorna a la primera… es una forma de hacer teología reiterada, insistiendo una y otra vez para buscar mayor profundidad.

El amor en el que debemos permanecer nos lleva a guardar los mandamientos, ¿y cuál es el mandamiento nuevo, según Juan? Que os améis unos a otros. Esta propuesta de Jesús lleva a la profunda alegría. Con frecuencia estamos desorientados, buscando alternativas a la vida, esperando que alguien nos dé claves nuevas para afrontar el día a día y lleguemos a la «plenitud». Jesús nos dice que la verdadera felicidad está en el amor; más aún, en permanecer en el amor de Cristo. No hay otros «trucos» ni «atajos».