HERACLIO Y LA DEVOLUCIÓN DE LA SANTA CRUZ

Este artículo lo escribí para el número de octubre de 2023 de la revista "Tierra Santa". Hoy, fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, lo recupero, por si interesa.

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

La Iglesia católica romana celebra la cruz de Cristo en dos fechas del calendario litúrgico. La primera, el 3 de Mayo, hace fiesta centrada en la ‘Invención de la Santa Cruz’. La segunda, el 14 de septiembre, la ‘Exaltación de la Santa Cruz’. Ambas son populares, quizás la primera más aún, pues en muchas partes de España se conoce como ‘La cruz de Mayo’. Ambas fiestas tienen su origen, como no podría ser de otra forma, en Jerusalén. La primera, la ‘Invención de la Santa Cruz’, nos remite a Elena (Santa Elena para la Iglesia); madre del emperador Constantino que el año 318 visitó Jerusalén. Elena se había bautizado y fue al lugar donde había tenido lugar los acontecimientos de la muerte y resurrección del Señor. Elena preguntó por la cruz de su Señor, indagó, y la halló. La palabra  latina ‘inventio’ procede de ‘invenire’ (encontrar). Santa Elena ‘encontró’ la cruz de Cristo, el altar donde su Señor Jesús se entregó por amor a todos nosotros, a la gran humanidad. Una cruz ‘redentora’, valga la paradoja. Esta es la fiesta de la ‘Cruz de Mayo’. Queremos centrarnos en este artículo, sin embargo, en la fiesta de la ‘Exaltación de la Santa Cruz’, que se celebra el 14 de septiembre.


Jerusalén bizantina

A veces, de forma no consciente, cuando hablamos de Tierra Santa, hacemos un paréntesis entre la época romana pagana y el Islam. Parece como si en esos tres siglos de historia no hubiera habido nada. Ese error es muy común. Si leemos con detenimiento la historia de Tierra Santa, vemos cómo durante tres siglos floreció el cristianismo. Precisemos más: el emperador Constantino declara en el Edicto de Milán (313 d.C.) que el cristianismo es una ‘religio licita’, poniendo así fin a las persecuciones abiertas contra los que profesaban la fe de Cristo en la Iglesia. Años más tarde, el emperador Teodosio I, en el 392, publica el ‘Edicto de Constantionpla’, donde declarará que el cristianismo es la religión oficial del Imperio. 

Dejando a un lado todas las implicaciones políticas, sociales, culturales, económicas y religiosas que esto supone (no es este el objeto de este artículo), que Tierra Santa forme parte del Imperio cristiano bizantino, es un factor decisivo. Santa Elena mandó derribar primero y construir a continuación, los templos paganos que había en Jerusalén y en Belén, edificados por los romanos. En Jerusalén allí donde había muerto Jesús, en el Gólgota, Adriano había mandado erigir una estatua de Venus Afrodita. En Belén, Adriano había mandado construir un templo dedicado a Tamuz-Adonis sobre la cueva donde había nacido Jesús. Cuando hoy se va a Tierra Santa, hay que explicar tanto la Basílica Constantiniana del Santo Sepulcro (no queda prácticamente nada), y la Basílica Constantiniana de Belén (se pueden ver los mosaicos del suelo, debajo de la actual basílica). El esplendor de la Iglesia en Tierra Santa, fomentada por el emperador Justiniano (483-565), que favorece el urbanismo de la ciudad, se ve en el Mapa de Madaba, donde aparecen lugares y ciudades que recuerdan la presencia cristiana. Un capítulo aparte en este mapa merece la ‘Hagia Polis Ierusalem’ (la Santa ciudad de Jerusalén), con sus basílicas e Iglesias. En el mosaico de Madaba, que dibuja la Jerusalén bizantina del siglo VI d.C., podemos ver el Santo Sepulcro de Constantino, Santa Sión (el Cenáculo), la Nea, las iglesias menores de la Probática, de Siloé, de San Pedro in Gallicantu… Jerusalén era un ciudad cristiana.


Las guerras de Bizancio contra Persia

Volvemos a la historia pasada. El emperador Constantino había trasladado su corte imperial y la capital del Imperio, de Roma a Bizas, una ciudad en el estrecho del Bósforo, entre Asia y Europa. Siguen siendo los ‘romanos’, pero el centro de poder y de decisiones ha cambiado: Bizancio (Bizas) es la ‘Nueva Roma’. Ahora desde la capital, los emperadores dirigen su imperio que se extiende por occidente y por oriente. Un imperio muy extenso que no pueden controlar, donde las fronteras son continuamente asaltadas por los pueblos vecinos. Para nuestra exposición, interesan dos fronteras: la oriental, con los persas sasánidas, y las del sur, con las tribus árabes. La frontera entre Bizancio y Persia acumuló décadas de permanentes guerras. Los historiadores hablan de la ‘guerra romano-persa’ entre 603 y 628. Tres emperadores bizantinos las protagonizaron: Mauricio, Focas y Heraclio.

A modo de resumen, podemos recordar que el siglo séptimo había comenzado de forma violenta en el imperio bizantino, desangrado por asesinatos de los emperadores reinantes, movimientos continuos de los generales en las colonias, que acababan en guerras civiles. El año 602 un militar de los Balcanes, de nombre Focas, se sublevó contra el legítimo emperador Mauricio y había alcanzado el título de Emperador. Débil y sin apoyos, Focas pronto empezó a tambalearse. La ocasión la aprovecha otro militar, Heraclio, de origen armenio, exarca de toda África, partidario del depuesto Mauricio. El año 608 se subleva en Cartago contra Focas, y envía contra el emperador una flota dirigida por su hijo, el joven general Heraclio, que comparte nombre con su padre. Heraclio entra en Constantinopla el año 610, con aclamación popular. El Imperio está muy debilitado por dos golpes de estado en ocho años, por las continuas guerras civiles y por la guerra abierta contra los persas que, iniciada el año 603, no tiene visos de terminar. Trazando un esquema cronológico, podemos dividir esta larga guerra en dos fases. Primero, la acometida persa, donde las tropas romano-bizantinas llevan la peor parte, entre el 604 y el 622, acumulando derrotas. En segundo lugar, la contraofensiva de los bizantinos, dirigidos por el emperador. Heraclio era militar, no hombre de corte. A diferencia de sus inmediatos predecesores, se pone al frente de sus tropas. El mismo entra personalmente en batalla. Los historiadores distinguen hasta seis campañas en las guerras de Heraclio contra los persas (622-625). El año 626, con un ejército exhausto, aún tendrá que hacer frente a un ataque conjunto de persas y ávaros contra la ciudad de Constantinopla, de la que saldrá una vez más vencedor. 

Decíamos que el año 610 Heraclio se hace con el poder derribando al emperador Focas; el ejército bizantino acumula derrotas ante los persas y está desmoralizado. El empuje de los ejércitos del rey persa Cosroes II, dirigidos por  Shahrbaraz llega hasta Alejandría y se apodera de ella (619); previamente ha conquistado Siria (Damasco, 613) y Palestina (Jerusalén, 614). El general persa tras un asedio de veinte días, conquista la ‘Hagia Polis Ierosolyma’, año que queda imborrable en la historia de la ciudad. Los persas destruyen basílicas, iglesias y monasterios; aún se recuerda la matanza de monjes en la zona de Mamila, no lejos de la actual puerta de Jafa, y se llevan la cruz de Cristo como botín de guerra. Solo indultan la Basílica de la Natividad de Belén, sin saber bien por qué no lo hicieron. El ejército bizantino parece que no puede responder, pero el emperador Heraclio consigue reunir en Nicea lo mejor de sus tropas. Pasa de la defensiva al contraataque, sorprendiendo a los generales persas. Corría el año 622, el mismo año que Mahoma se subleva en el sur, en la península arábiga.



Heraclio recupera la cruz de Cristo

Este año Heraclio emprende su campaña contra Persia, buscando al rey Cosroes II. En su persecución atraviesa Armenia; llega a la ciudad de Ganzak cerca de la cual se alzaba la ciudadela de Adharguschamp, la actual Tajt-e-Soleimán, en el Azerbayán iraní. Me detengo brevemente aquí porque nos interesa para nuestro argumento. Esta ciudadela acogía el ‘Templo del fuego de los guerreros’. Allí se encontraba uno de los tres templos de fuego de la religión zoroástrica. A este podía acudir solo la ‘clase guerrera’, y en particular la dinastía dominante. Este templo custodiaba el ‘trono astronómico’, un fabuloso artefacto que servía de mecanismo para calcular el tiempo y el movimiento de los astros. Sobre un trono de azurita, oro y plata, en torno al cual se movían astros y constelaciones, el rey Cosroes era representado como un dios. Heraclio conquistó la ciudadela y ordenó su destrucción.

Si ahora damos paso al libro ‘La Leyenda Dorada, de Santiago de la Vorágine, encontramos elementos afines, si bien no el mismo relato. La ‘Leyenda dorada’ explica que 

«este monarca (Cosroes el persa), en su afán de que sus súbditos lo tuvieran por dios, hizo edificar una torre a base de oro, plata y piedras preciosas, colocó en el interior de la misma, imágenes del sol, de la luna y de las estrellas, e instaló en las inmediaciones de la fortaleza ciertos dispositivos mecánicos ocultos».

Luego, Cosroes se hizo proclamar a sí mismo dios. ¿Por qué se ensañó Heraclio con esta fortaleza y la mandó destruir? ¿Quizá, como dicen las tradiciones llegadas hasta nosotros, porque allí el rey Cosroes había pretendido divinizarse, y porque, más aún, guardaba en esa fortaleza la cruz de Cristo que habían robado sus tropas de Jerusalén? ¿Quizás en venganza por la destrucción de Jerusalén?

‘La Leyenda dorada’ continúa narrando lo que hizo Heraclio a continuación. No es un texto que se ciña a una cronología precisa, pero lo importante es lo que sigue:+

«Del trozo de la santa cruz se hizo él (Heraclio) cargo personalmente y lo trasladó a Jerusalén. Por cierto que, con ocasión del traslado a Jerusalén, ocurrió lo siguiente: el Rey, vestido con sus atuendos imperiales y cabalgando sobre su regio corcel, descendió por la ladera del Monte Olivete y llegó a la puerta por la que el Señor unos días antes de su Pasión había entrado en la ciudad; mas he aquí que cuando el emperador se disponía a pasar por aquella puerta, las piedras que formaban el arco de la portada se desmoronaron y por sí mismas formaron una especie de muro e impidieron el paso del monarca. (…) Apareció un ángel del Señor enarbolando en sus manos una cruz y diciendo: ‘Cuando el rey de los cielos poco antes de su pasión entró por esta puerta, no lo hizo con regio boato, sino modestamente, montado sobre un borriquillo y dando un claro y perpetuo ejemplo de humildad a todos los que pretenden considerarse discípulos suyos’. (…) El emperador, llorando, se apeó de su cabalgadura, se descalzó, se despojó de sus vestiduras imperiales (…), tomó nuevamente en sus manos el trozo de la Santa Cruz, se dirigió humilde a pie; y tan pronto como empezó a andar (…) el muro se desvaneció». 


La información que nos proporcionan los historiadores y la narración que ha llegado hasta nosotros por medio de la ‘Leyenda dorada’, tiene algunos elementos en común, pero otros siguen en la penumbra. Es cierto que los persas sasánidas arrasan Jerusalén el año 614, y con la ciudad, toda la Tierra santa. Es cierto que los persas profesan la religión zoroástrica y que tenían tres grandes templos dedicados al fuego, donde se adoraba a la divinidad en sus manifestaciones estelares y cósmicas. Es cierto que Heraclio en persona iba al frente de sus tropas en las campañas militares y que mandó destruir esas fortalezas-templo. Ahora bien; en los estudios contrastados de los historiadores no hay información de que Heraclio abandonase sus campañas militares en Persia para ir en persona a devolver la cruz de Cristo. Algunos autores sitúan, sin embargo, esta peregrinación imperial a Jerusalén el año 630, una vez acabada sus campañas.


Heraclio, el primer cruzado

Faltan cuatro siglos aún para la primera cruzada. Sin embargo, Heraclio fue visto en algunos ámbitos posteriores como el ‘primer cruzado’, o el más grande de los héroes de la cristiandad por encima del mismo Carlomagno.  La historia nos dice que cuando le comunican a Heraclio, a punto de comenzar su campaña contra los persas, que se habían levantado en el sur del Imperio unas tribus árabes (Mahoma con sus seguidores) no le dio importancia. Abrimos un nuevo capítulo con sucesivas preguntas: ¿Heraclio conoció el naciente Islam? ¿Heraclio conoció a Mahoma? ¿Tuvo información de primera mano de lo que estaba sucediendo? Los datos de la historia son correosos: el año 622 Mahoma realiza su viaje de Medina  a La Meca (La Égira), con la que comienza el Islam. El año 630 Heraclio va a Jerusalén y devuelve la cruz de Cristo; los musulmanes no habían entrado aún en la ciudad. El año 632 muere Mahoma. El año 638 el califa Omar, segundo sucesor de Mahoma, entra en Jerusalén y la conquista. En el Corán se hace referencia a la derrota de los ‘Rum’, los ‘romanos’ o ‘bizantinos’ (Sura 30). Una leyenda islámica habla de una carta que le envió Mahoma a Heraclio para que reconociera a él como el ‘Sello de los profetas’ y al Islam como la última revelación. Según esta leyenda, Heraclio se hizo ‘musulmán’ de corazón, pero nunca abrazó la fe islámica por miedo a sus súbditos. Es, como podemos intuir, solo una leyenda. 


La devolución de la Santa Cruz en el arte

No es muy frecuente encontrar la representación de Heraclio devolviendo la Santa Cruz a Jerusalén. Sin embargo, hay algunos ejemplos a destacar. No podemos por menos que citar la serie narrada sobre la Vera Cruz de los pintores Agnolo Gaddi (1179) o Piero della Francesca (1452-1466), frescos de la Capilla de San Francisco de Arezzo, en la Toscana.

En España destaca la obra de dos pintores de la corona de Aragón, que dedican a la devolución de la Santa Cruz una magnífica tabla gótico flamenca en el retablo de la iglesia parroquial de Blesa (Teruel). La obra pertenece a Miguel Jiménez y Martín Bernat y está fechada en 1481-1487. Hoy esta pintura se puede admirar en el Museo de Zaragoza.




En el Santo Sepulcro de Jerusalén, en la capilla de los Armenios, cuando se baja a la Capilla de santa Elena, encontramos una representación de esta devolución. A una parte de la capilla encontramos el bautismo del primer rey armenio, el año 303, por parte del obispo Gregorio el Iluminador. A la derecha vemos una pintura que presenta a Heraclio, con dos sacerdotes armenios (se les reconoce por sus vestiduras), que se acercan con la cruz a la ciudad de Jerusalén. En este caso, el monte del fondo, no puede ser otro, como bien podemos adivinar, que el monte Ararat. El Emperador Heraclio, quizá el primero de los cruzados, pudo tener un origen armenio.

Pedro Ignacio Fraile Yécora


DIEZ RAZONES PARA VIAJAR A EGIPTO

Acabo de llegar de un viaje a Egipto. He regresado ‘tocado’ y ‘motivado’. Es verdad que ya conocía el país por ocasiones anteriores, pero sin duda me ha vuelto a ‘envolver’ con su poderío histórico y arqueológico, su encanto natural, su cultura ancestral, sus preguntas inquietantes. Lo resumo en diez razones.

La primera razón para viajar a Egipto es sin duda porque hay que visitar la «tierra de los faraones» (1). La cultura faraónica es compleja, pues se extiende ampliamente en el tiempo y en el espacio. Desde los faraones de la primera dinastía (3100-2890 a.C.), hasta la famosa faraona Cleopatra VII (o simplemente Cleopatra, la amante de Marco Antonio), en el siglo I a.C. La riqueza inagotable de los monumentos, de todas las épocas, hacen que el historiador no pare de sorprenderse: las pirámides; los templos de Karnak y Luxor; de Edfú y Kom Ombo; de Abu Simbel, y otros muchos. Los obeliscos de una sola pieza, las ricas tumbas de los Reyes con sus bajorrelieves policromados. Dos mil años de arquitectura, de jeroglíficos, de dibujos polícromos esquemáticos… Los faraones siguen siendo un imán.



Inseparable de la anterior, como segundo motivo del viaje, es contemplar la riqueza del «imaginario egipcio» (2) único en el mundo: la escritura jeroglífica, la riqueza de símbolos tomados del cosmos (el dios sol), de la naturaleza (las aguas del Nilo y su fauna), el halo de enigma que se respira en cada una de las paredes llenas de historias que nos hablan de una civilización que nos ha precedido y que desapareció dejando sus huellas imborrables.

La «expresión artística singular» (3), propia del ser humano, se desarrolla a lo largo de los tiempos. En Egipto encontramos obras maestras insuperables. De las grandes construcciones arquitectónicas, como las pirámides o las salas hipóstilas de los Templos, a los detalles mínimos de las joyas. De los dibujos esquemáticos de los bajorrelieves policromados a la calidad, casi fotográfica, de los conocidos como “retratos de El Fayum”.




No se puede entender el mundo antiguo egipcio sin la «mitología politeísta» (4), distinta a todas las otras vecinas (babilónicas, cananeas y grecorromanas). El guía, de forma didáctica, narra y explica las narraciones de los dioses, de sus complejas relaciones, de sus conflictos internos y externos. Todas las mitologías son interesantes, pues todas tienen mucho de verdad, quieren responder a las grandes preguntas del ser humano sobre el origen de la vida, sobre el futuro que nos espera más allá de la muerte, sobre el peso de nuestros actos para entrar o no en una vida eterna. Los egipcios desarrollaron todo un mundo bello, interesante, y profundo a la vez. Los dioses Osiris, Isis, Horus…

Damos un paso más. Nos adentramos en el mundo de la «historia de las religiones» (5). El guía nos habla de Amenofis IV, llamado Akenaton. Es el “faraón hereje”. Su herejía consistió en que dio pasos decididos y valientes hacia el monoteísmo en un mundo politeísta, enfrentándose a los sacerdotes de la religión oficial politeísta. Fundó una ciudad (Tell el-Amarna). La correspondencia con otras civilizaciones (Cartas de Amarna, en tablillas cuneiforme, son de gran importancia para conocer el Próximo Oriente Antiguo). Fracasó, pero su intento no ha pasado al olvido de la historia de las religiones. ¿Podría ser el primer ‘monoteísta’ de la historia? ¿Podríamos pensar que Moisés, de cultura y educación egipcia, aunque hebreo de origen, tuvo influencia suya? Podría ser.



De Akenaton a Moisés, y de Moisés a «la Biblia» (6). Los faraones vivieron sin duda de espaldas a la Biblia. Son dos mundos distintos que no hay que mezclar. Pero sí podemos decir que en la Biblia la referencia a Egipto es fundamental: Abrahán bajó a buscar trigo por las hambrunas de Canaán; más tarde lo hizo Jacob, y allí su hijo José llegó a ser visir del faraón. Los hijos de Jacob son explotados y sufren esclavitud. Una intervención de Dios, por medio de Moisés, les libera: la Pascua, fiesta principal del judaísmo hasta el día de hoy, es la ‘liberación de la esclavitud’. Un fragmento de la estela del faraón Meren Ptah, que se conserva en el Museo Antiguo de El Cairo, recuerda que el faraón (innominado) intervino militarmente contra un clan al que denomina “Israel”. Siglos más tarde, cuando Jerusalén cae bajo los babilonios, parte de la población se refugió en Egipto: en la isla de Elefantina, en Asuan, hay restos de un pequeño templo que los hebreos levantaron a su llegada. Su importancia es que estos restos nos permitirían imaginar cómo pudo ser el primer templo de Jerusalén, del que los babilonios no dejaron piedra sobre piedra. La Biblia no se escribió en un solo siglo ni es obra de un solo autor. Es un libro largo, que recoge obras de distintos siglos, momentos históricos y, como se diría hoy, de distintas sensibilidades políticas y religiosas. El estudioso del texto bíblico tiene como referencia necesaria el texto de los Setenta. La comunidad judía de Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno en el 332 a.C., no hablaba hebreo. Pide que les traduzcan los principales libros que se leían como Escritura en las sinagogas, de la lengua hebrea a la lengua griega. Según una leyenda (la Carta de Aristeas) este trabajo lo realizaron setenta sabios judíos durante setenta días (de ahí su nombre de “La Setenta”). Esta Biblia (o mejor, libros del Antiguo Testamento) en griego es fundamental para leer y comprender el Nuevo Testamento, escrito también en griego. Más aún; con mucha probabilidad el libro del Eclesiástico se escribió en Egipto, en los tiempos de mecenazgo cultural del rey Ptolomeo VII; muchos son los autores, también, que afirman que el último libro del Antiguo Testamento, el libro de la Sabiduría, fue redactado también en la ciudad alejandrina.

La Biblia es de todos y no es de nadie. Tiene una matriz hebrea, judía, indiscutible; pero tiene así mismo una segunda parte vinculada a ella, a raíz del acontecimiento de Jesús: el Nuevo Testamento. Es verdad que no podemos forzar los textos para llevarlos a nuestro argumento, porque la vida de Jesús se desarrolla en Galilea y Judea. Solo Mateo nos dice que, siendo un niño, Jesús viajó a Egipto, huyendo toda la familia de Herodes. Jesús es un “refugiado político”. Sin embargo, los «orígenes del cristianismo» (7) tienen raíces propias en esta tierra. La ciudad de Alejandría muy pronto acogió la predicación de los apóstoles, que ellos remontan a san Marcos. La Iglesia de Alejandría dio pronto muestras de tener pensamiento original, propio, no exento de polémicas. Se conoce como “teología alejandrina”, distinta de la “teología antioquena”, que nos remite a Antioquía, en Siria, otro de los centros donde nace y se desarrolla la Iglesia. El gran teólogo Orígenes (184-253 d.C.), era original de esta comunidad; a su vez, otro de los grandes pensadores que se adentraron en caminos divergentes, Arrio, pertenecía a esta Iglesia de Alejandría, aunque fuera de nacimiento libio. Cómo no, san Atanasio de Alejandría (328-373), defensor de la doble naturaleza de Cristo (humana y divina). La Iglesia de Egipto, los coptos (aegyptoi/kpt), representantes de los primeros cristianos de África, nos ha regalado una de las oraciones más antiguas a María; una oración que apareció en un papiro del siglo III: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados. Líbranos de todo peligro, Oh siempre Virgen, gloriosa y bendita”.

El «monacato cristiano» (8) tiene varios puntos de nacimiento: Siria, Palestina y Egipto en Oriente, e Italia, con san Benito, en occidente. ¿Quién no ha oído hablar de san Antón? San Antón, o san Antonio Abad (251-356 d.C.), nació y murió en Egipto, dando lugar a un importante movimiento eremítico. La Tebaida, cuna del monacato cristiano, es testimonio vivo hoy de la vida ascética. San Antonio Abad y San Pacomio (fundador del monacato cenobítico) establecieron las primeras comunidades de ermitaños y monjes en el siglo IV, creando una tradición de vida ascética, oración y trabajo en soledad o en comunidad bajo una regla. Su espiritualidad ha llegado a nuestros días, recohgiendo sus experiencias en los «Apotegmas de los Padres del Desierto». 

El cristianismo en Egipto, además del unido en comunión a la gran Iglesia (Patriarcados de Alejandría, Antioquía y Roma), tiene «desarrollos distintos» (9). Solo a modo de ejemplo, podemos citar las comunidades gnósticas del Nilo, que nos regalaron en la ciudad de Nag Hammadi (1945) una colección de 13 manuscritos de textos desconocidos hasta la primera mitad del siglo XX: el «Evangelio de Tomás» y el «Evangelio de Felipe». No podemos olvidar la colección de papiros encontrados en Oxyrrinco, (actual El-Bahnasa) en distintas campañas (ss. XIX-XXI) que recoge textos antiguos grecorromanos, otros cristianos y otros bizantinos. Los estudiosos que quieren trazar el desarrollo del cristianismo en torno a las comunidades del Nilo, beben de las fuentes que siguen dando sus frutos abundantes en los desiertos que acompañan al río en su camino al Mediterráneo.


Egipto acogió muy pronto el «islam» (10). El año 642, las tropas del califa Omar llegaron a las tierras del Nilo con la bandera de la nueva fe monoteísta. La historia de Egipto nos habla de Saladino, que inaugura la dinastía ayubí poniendo fin a la fatimí. En la ciudad de El Cairo sigue en pie su fortaleza, en cuyo interior admiramos la Mezquita de Alabastro. Por fin, no podemos olvidar el Sultanato Mameluco de Egipto, que dirigió el país hasta la llegada de los franceses en 1798.   

Son diez razones para visitar Egipto. Puedes añadir otras muchas. Egipto es un destino para la cultura, la religión, la historia, y para conocer y amar a África.

 

Pedro Fraile

MISIONEROS AQUÍ Y AHORA... Y HOY

 Evangelio: Mateo 10,7-13

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros».

 



Comentario

La misión nunca ha sido fácil. Si hacemos un rápido recorrido por la historia, veremos cómo cada generación de cristianos ha interpretado el mandato de Jesús conforme a sus criterios, bien culturales, bien sociales, bien políticos. Los tres primeros siglos fueron martiriales; ser apóstol era casi sinónimo de ser mártir. Los siglos siguientes fueron de encuentro y choque cultural con pueblos no romanizados (bárbaros primero y musulmanes a partir del siglo VII). Luego vendrán las expansiones geográficas, más allá de los límites del Mare Nostrum inicial –el Mediterráneo y el Levante– donde nació y prosperó la fe cristiana.

¿Evangelio contra las culturas locales? ¿Evangelio respetando la idiosincrasia de cada pueblo? ¿Evangelio como occidentalización, aunque el evangelio en origen sea oriental?

Discusiones, debates, reproches… La misión, en palabras de Jesús, tiene una dimensión amplia, versátil, universal. Hay que ir a todo el mundo (no dice que haya que limitarse a una raza, a una tribu o clan, a un colectivo preciso). El Evangelio nace en la libertad de la expansión del Reino. La misión, dice Jesús en Mateo, se compone de varias acciones: curad, resucitad, limpiad, expulsad. ¿El qué? Las enfermedades que llevan a la muerte, las incapacidades y estigmas que excluyen de la comunidad, los males que encadenan y someten. Dios es Dios de vida y de libertad. 

¿Y cómo hacerlo? Con gratuidad (¡no buscando oscuros intereses!). Con pobreza de medios (no sirviéndose de unas riquezas que escandalizan y provocan divisiones sociales). Con radicalidad (ni bastón ni sandalias): la limpieza y honestidad es el vestido que no cierra puertas. Sobre todo, «paz»; ni la violencia, ni la venganza, ni el rencor, ni las malas artes caben en el Reino. 

Cada generación de cristianos necesita sus misioneros y sus evangelizadores. Todos tienen un elemento común: han tenido la experiencia de Jesús y la quieren compartir. Los evangelizadores no son ideólogos sociales, políticos o culturales. Los evangelizadores son testigos del reino de Dios, hecho presente en Jesús.

 

 

 Evangelio: Juan 15,26-16,4

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto para que no tambaleéis. 

Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».


Comentario

Las lecturas de este año no recogen el «segundo anuncio del Paráclito», donde se nos dice que el Espíritu Santo nos lo «explicará todo» (14,25-26). Leemos hoy el «tercer anuncio»; es el «Espíritu de la verdad». La verdad solo tiene un camino. Lo demás son componendas, arreglos, medias verdades. El Espíritu Santo da testimonio de quién es Jesús, y nosotros también debemos dar «testimonio». 
La fe se confiesa con los labios, pero se lleva a la vida diaria, no escondiéndose de las dificultades o buscando escenarios favorables, sino allí donde se está. Jesús habla de la persecución directa: expulsión de la sinagoga e incluso pena de muerte. 
Desde un punto de vista histórico, podemos ver en estas palabras la ruptura que tuvo lugar entre la comunidad cristiana naciente y la comunidad judía (la sinagoga). No todo fue fácil al principio; más aún, fue muy difícil, y las controversias acabaron en ruptura. Los discípulos de Jesús saben que la fe que profesan y la proclamación abierta del Evangelio, la verdad del Evangelio, es fuente de conflictos. Pero no hay que temer, porque no estamos solos. El Espíritu Santo es nuestro defensor.