07 mayo, 2026

 Evangelio: Juan 15,9-11

 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».


 Comentario

 Seguimos leyendo el evangelio de Juan; ayer contemplábamos la afirmación de Jesús «Yo soy la vid», y añadía que «mi Padre es el viñador». Luego, en el desarrollo de la imagen, insistía en que, así como los sarmientos no pueden vivir separados de la cepa, así tampoco los discípulos pueden vivir separados de Jesús. De ahí la invitación a «permanecer» unidos a él. 

De nuevo Juan recurre al motivo teológico que repite en su obra: «el amor». Lo que nos pide Jesús es: «Permaneced en mi amor». Juan hace una afirmación, luego incorpora una nueva idea, vincula las dos, retorna a la primera… es una forma de hacer teología reiterada, insistiendo una y otra vez para buscar mayor profundidad.

El amor en el que debemos permanecer nos lleva a guardar los mandamientos, ¿y cuál es el mandamiento nuevo, según Juan? Que os améis unos a otros. Esta propuesta de Jesús lleva a la profunda alegría. Con frecuencia estamos desorientados, buscando alternativas a la vida, esperando que alguien nos dé claves nuevas para afrontar el día a día y lleguemos a la «plenitud». Jesús nos dice que la verdadera felicidad está en el amor; más aún, en permanecer en el amor de Cristo. No hay otros «trucos» ni «atajos».

 

05 mayo, 2026

Optamos por la paz en amor, sin recurrir a la violencia

 Evangelio: Juan 14,27-3

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. 

Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, sigáis creyendo. 

Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago».



 
Comentario

Seguimos leyendo el evangelio de san Juan en el contexto de los discursos de despedida de Jesús. Él «vuelve al Padre», pero no nos deja solos, sino que nos entrega el Espíritu Santo.

El discurso de Jesús avanza en espiral, como es su costumbre: Jesús nos entrega su «paz», no la del mundo. El don de la «paz» (shalom en el mundo bíblico) está íntimamente unida al amor del Padre (ágape en el evangelio de Juan); a su vez, este amor del Padre está inseparablemente vinculado a él y a los que el Padre les ha confiado.

No hay paz sin amor; el odio nunca puede traer la paz. La división y la mentira son compañeras de la violencia. Desde un punto de vista humano y espiritual, la paz forma un binomio con el amor. En muchas ocasiones son sinónimo de los deseos de toda persona de bien, sea religiosa o no.

Juan insiste en la situación en que queda el discípulo; no puede caer en el miedo/pánico ante lo desconocido que paraliza y esteriliza, sino en la confianza, porque sabe que Jesús no le ha dejado solo, abandonado a su suerte, sino que volverá. El adversario de Jesús, «el príncipe de este mundo», no tiene poder sobre él.

  


13 abril, 2026

¿Y si no está todo decidido aún en tu vida de fe?

 Evangelio: Juan 3,1-8

 Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él». Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el  vientre de su madre y nacer?». Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

 


Comentario

 Nicodemo, un fariseo principal, va a ver a Jesús y le reconoce que «viene de parte de Dios» por los signos que hace, si bien no cree en él. Su fe es inicial, incompleta, pues Nicodemo va «de noche»; san Juan juega en su evangelio con la luz del día para indicar si la persona protagonista está en tinieblas, está comenzando a ver o si ve con claridad.

Estamos ante un diálogo creciente: Jesús le invita a «nacer» de lo alto; pero Nicodemo habla de un «nacimiento físico», porque no entiende más allá. Jesús insiste y le dice que hay que «nacer del agua y del Espíritu». Es más, «hay que nacer de nuevo».

El juego de palabras entre lo evidente, palpable y definido, y lo simbólico, posible, novedoso, es evidente. El diálogo entre Jesús y Nicodemo es modélico para la vida de fe. Pensamos que no tenemos edad para empezar de nuevo, porque lo hemos visto todo, no creemos en la novedad o, simplemente, estamos cansados. Las rutinas y la falta de ilusión matan; también pueden ahogar la fe en Dios. Nicodemo es un adulto fariseo, pero Jesús le invita a romper esquemas y dejar que el Espíritu entre en su vida. Se puede empezar de nuevo. Entonces, y ahora, y mañana. La conversión, la revitalización de la fe dormida, la recuperación de la ilusión juvenil, es posible, porque podemos «renacer en el Espíritu de Jesús».

 

12 abril, 2026

El creyente no renuncia a la inteligencia

 Evangelio: Juan 20,19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan
retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 



Comentario

 Las notas propias de la resurrección, y por extensión de la vivencia pascual, son la «paz», la «alegría» y el «perdón», que deben comunicarse a toda la creación. 

La Paz, con mayúscula, es el saludo de Pascua; la injusticia y la violencia que se habían hecho con Jesús, en su cruz, ha sido transformada en «paz» (shalom, en hebreo) para la humanidad.

 La «alegría» que inunda a los creyentes es la consecuencia del encuentro radicalmente novedoso que cambia la vida; un cristiano no puede estar sometido a la tristeza como telón de fondo en su vida.

 El «perdón» manifiesta que la reconciliación de Cristo se extiende a todos, sin límite, sin fronteras.

 El encuentro con el Resucitado no es una experiencia intimista, privada, cerrada; todo lo contrario: es comunicativa, expansiva y pública. Jesús mismo envía a sus discípulos: «Yo os envío».

 La gran dificultad está en la lógica de la carne que busca pruebas, como Tomás: «Si no toco, veo y compruebo», no creo. Para ser creyente no hay que renunciar a la inteligencia humana; hay que creer manteniendo la cabeza fría y despierta; porque la inteligencia no es contraria a la fe. Tomás está «fuera de la comunidad» y no cree: exige pruebas, como tantas personas. El evangelista insiste: solo el encuentro en fe con el Resucitado es capaz de hacer discípulos del Crucificado (manos y pies taladrados). El texto concluye con una bienaventuranza: «Dichosos los que creen sin haber visto». Buena noticia para los creyentes de todos los tiempos.