17 septiembre, 2013

LA CRUZ DE CRISTO EN LA POESÍA CREYENTE (II)


             A raíz de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, he recordado otras poesías en castellano que afrontan este mismo hecho terrible, que se torna en acontecimiento salvífico. La cruz no se entiende; por eso mismo los poetas quieren acercarse a ella con las palabras del corazón, no sólo de la inteligencia.

            Quiero comenzar recordando a ese poeta de altura, a quien creo que no se le ha hecho toda la justicia que se merece; hecho de barro zamorano y de fe honda de sus mayores. León Felipe encierra en sus versos la hondura de la fe rumiada y heredada en la tierra castellana junto con la rebeldía del poeta sensible que no se sabe de ningún sitio y que quiere creer aunque no pueda. León Felipe es un gigante de la poesía y de la fe. En su poema pide una cruz «sencilla», porque la tierra es sencilla, y el hombre es de tierra, y Jesús-hombre se «hace humano y se hace barro y tierra». Los ornamentos sobran, porque oros y platas sólo despistan de la hondura del momento: hombre crucificado y Dios crucificado. Misterio del barro humano, que solo Dios puede acoger y transformar en vida. La cruz solo tiene dos palos: uno hacia el cielo y otro hacia la tierra. Abrazo para los humanos y grito al Padre. Muchas veces recuerdo este poema y me lo repito, para no olvidar el misterio de la cruz.


Hazme una cruz sencilla carpintero


Hazme una cruz sencilla, carpintero...
sin añadidos  ni ornamentos...

Que se vean desnudos los maderos,
desnudos y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto:
este equilibrio humano
de los dos mandamientos...

Sencilla, sencilla...
hazme una cruz sencilla, carpintero

(León Felipe)


EN LA CRUZ ESTA LA VIDA Y EL CONSUELO


     Santa Teresa de Jesús es castellana, abulense; León Felipe es zamorano, del antiguo reino de León. Los dos están unidos a la tierra y a la fe. El varón tiene una poesía suelta, libre, sin referencias teológicas explícitas. La mujer compone de forma elaborada, con «sabidurencia» teológica. El primero sólo pide que le hagan una «cruz sencilla» que recuerde el abrazo de Dios al hombre y su mirada que se eleva al cielo. La segunda nos habla de salvación, y de consuelo. Los dos sufren porque son sensibles y aman. Los dos escriben y saben que la cruz forma parte del día a día del ser humano. Dos poetas de la tierra con hondura de sufrimiento amasado y expresado.

En la cruz está la vida y el consuelo,
y ella sola es el camino para el cielo.

En la cruz está "el Señor de cielo y tierra",
y el gozar de mucha paz, aunque haya guerra.
Todos los males destierra en este suelo,
y ella sola es el camino para el cielo.

De la cruz dice la Esposa a su Querido
que es una "palma preciosa" donde ha subido,
y su fruto le ha sabido a Dios del cielo,
y ella sola es el camino para el cielo.

Es una "oliva preciosa" la santa cruz
que con su aceite nos unta y nos da luz.
Alma mía, toma la cruz con gran consuelo,
que ella sola es el camino para el cielo.

Es la cruz el "árbol verde y deseado"
de la Esposa, que a su sombra se ha sentado
para gozar de su Amado, el Rey del cielo,
y ella sola es el camino para el cielo.

El alma que a Dios está toda rendida,
y muy de veras del mundo desasida,
la cruz le es "árbol de vida" y de consuelo,
y un camino deleitoso para el cielo.

Después que se puso en cruz el Salvador,
en la cruz está "la gloria y el honor",
y en el padecer dolor vida y consuelo,
y el camino más seguro para el cielo.

(Teresa de Jesús)


!OH CRUZ FIEL, aRBOL uNICO EN NOBLEZA!


            Los himnos litúrgicos están mucho más elaborados. Se ve la mano del poeta que sabe medir y rimar con maestría. Se ve la mano del teólogo: «el redentor en trance de cordero»; el «árbol de Adán se contrapone al árbol de la cruz»; Jesús camina libremente a su muerte en cruz «dando el paso porque él quiso».  Las imágenes son contundentes: el árbol que da hoja, flor y fruto, haciendo del tronco abrupto del madero, un árbol inigualable. No por la nobleza de la madera, sino por el humano que de ella pende.


¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos!

¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.

Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso.

Y así dijo el Señor: "¡Vuelva la Vida,
y que el Amor redima la condena!"
La gracia está en el fondo de la pena,
y la salud naciendo de la herida.

¡Oh plenitud del tiempo consumado!
Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la Palabra entrando por María
en el misterio mismo del pecado.

¿Quién vio en más estrechez gloria más plena,
y a Dios como el menor de los humanos?
Llorando en el pesebre, pies y manos
le faja una doncella nazarena.

En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero.

Vinagre y sed la boca, apenas gime;
y, al golpe de los clavos y la lanza,
un mar de sangre fluye, inunda, avanza
por tierra, mar y cielo, y los redime.

Ablándate, madero, tronco abrupto
de duro corazón y fibra inerte;
doblégate a este peso y esta muerte
que cuelga de tus ramas como un fruto.

Tú, solo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo;
tú, el arca que nos salva; tú, el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido.

Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en la cruz devuelve la esperanza
de toda salvación, honor y gloria.

  Amén.


EL ARBOL DE LA VIDA


            No me puedo considerar poeta, porque no lo soy; pero a veces me gusta poner por escrito, casi sin corregir, lo que me sugiere una lectura bíblica. El evangelio de Juan pone en paralelo el episodio de la serpiente levantada en un palo, como símbolo en medio del desierto, que sólo sanaba exteriormente, con la persona de Jesús, que elevado en la cruz, salva: ‘como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado,  para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna (Jn 3,14-15). Yo me imaginaba al pueblo de Israel, ansiando por llegar a la Tierra Prometida: un monte, un barranco, un espejismo… sigue el camino… ¿hay futuro? La serpiente del desierto era símbolo de una salvación pasajera para aquellos que estaban dañados; Cristo en la cruz es salvación real para todo el que pone sus ojos en él. Sin pretensiones de poeta, sino de creyente que comparte sus sentimientos, ahí están mis versos sueltos y sentidos.

Num 21,4-9; Jn 3,14

La Tierra Prometida
está siempre detrás de aquella colina.
El guía nos dice, ‘un poco más’,
y nosotros sólo podemos musitar:
‘ya no puedo más’.
Con voz débil le decimos:
¿Dónde estás, Señor, en este desierto?
¿Vas a dejar que tu pueblo muera renegando?
¿No vas a intervenir?
Si murmuramos, no te extrañes.
¿Vas a castigarnos porque recordamos otros tiempos
cuando éramos insultantemente felices?
La distancia es demasiado grande
entre nuestra condición rota y tu Señorío.
No nos dejes; no renuncies a tu obra;
somos tuyos; tú nos llamaste a la vida;
tú nos regalaste el don de la fe.

Y entonces, como en una visión,
aparece la cruz del Hijo, y una voz que dice:
«En este árbol está la Vida».

Pedro Fraile

http://pedrofraile.blogspot.com.es/

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