27 enero, 2016

EL EXTRAÑO OFICIO DE TEÓLOGO


            Supongo que algunas profesiones, ocupaciones y vocaciones como maestros, filósofos, historiadores,  escritores, artistas, incluso jueces y abogados, se pueden quejar de algo parecido. Dicen frases como: «no estamos reconocidos», «nos han quitado la autoridad»; «la sociedad no nos valora», «no nos hacen caso…». ¡Malos tiempos para la lírica! El caso que nos ocupa podría ser semejante, pero no es lo mismo. Querría hablar del teólogo, con motivo de su santo patrón, Santo Tomás de Aquino y, por extensión, del oficio de la teología.

            El de «teólogo» es un oficio extraño. Uno puede ser «psicólogo» o «filósofo»; hoy en día puede ser «técnico en coaching» y en «terapias alternativas», ¿pero ser «teólogo?».
Aquí viene bien la anécdota que cuentan de un torero que se encontrró con Don Eugenio D'Ors; El torero le preguntó a Don Eugenio que a qué se dedicaba, contestando el sabio pensador catalán que era 'filósofo'. El torero respondió: "¿filósofo? Hay gente pa tó". Pues eso, ¿teólogo? Hay gente "pa tó".

La primera objeción va directa al ojo: el pedagogo tiene como objeto el estudio sistemático y la ayuda a la educación en sus distintas fases; bien; el filósofo nos explicará las grandes corrientes de pensamiento en las que se mueve el ser humano y se atreverá a dar un diagnóstico de la situación actual, incluso se aventurará sobre el futuro, bien; ¿Pero cómo es posible que un hombre, el teólogo, se atreva a hablar de Dios?
            Muchos objetarán que no está claro ni definido el objeto de estudio: ¿qué es eso de Dios? ¿Quién es Dios? Lo primero que deberíamos hacer es discutir su existencia o, al menos, su plausibilidad. La «teodicea» y la «teología fundamental» ocupan casi todo el tiempo. Cuando una discusión, un debate o una disciplina deben gastar casi todas sus energías en justificar que es razonable, posible e incluso necesario discutir sobre ese asunto, mal vamos. Una vez que aceptemos que no es una insensatez un discurso sobre Dios, hay que hincarle el diente. Y las perspectivas no son mejores.
            Están los que reducen la teología a una «historia comparada de las religiones». Se exponen todas de forma descriptiva, sin hacer juicios de valor. Es un gran mapa de las «creencias» con sus coincidencias y divergencias. Pero claro, ¿el teólogo es solo un experto en la fenomenología de las religiones o tiene un pensamiento que aportar hoy para iluminar, criticar, hacer crecer y avanzar? ¿El teólogo es solo el «técnico en creencias»? Si esto fuera así, podría suceder que un «teólogo-técnico-en-creencias-ajenas», pudiera ser un gran especialista, pero no sería necesario que tuviera fe.
Están los que opinan sobre el tema, aunque no tengan mucho fundamento. ¿Quién no ha asistido a debates furibundos sobre la fe? (teniendo en cuenta que en tierras católicas se mezcla la fe con Jesús, con los curas, con las monjas, con la Iglesia, con las experiencias infantiles).  Todos opinan, pero ¿todos saben de qué hablan? Hace muchos años un compañero de claustro se quejaba: «mis hermanos son médicos, y cuando ellos hablan yo callo y les escucho. Yo soy teólogo, y cuando hablo mi argumento es una simple opinión que no tiene más valor que la que exponen ellos, que no han estudiado teología». En un mundo del «respeto» entendido como «di lo que quieras, sin insultar», se pueden oír las opiniones más peregrinas, muchas veces sin fundamento; pero el «teólogo» tienen que callar, porque «hay que respetar», aunque el señor de enfrente esté diciendo una barbaridad sonora. «Eso es opinable, y tu opinión no vale más que la mía –dicen-».
Están los beligerantes. Todo el discurso religioso es nocivo y nefasto. A la teología no  le conceden más valor que al fanatismo. Hay que acabar de una vez con este estado oscuro de la humanidad. La teología no debería existir, ni como disciplina, ni como opción a tener en cuenta. El teólogo forma parte de los «oficios medievales» que deben desaparecer. En muchas películas españolas que pretenden ser «históricas», el teólogo es el «inquisidor» malencarado, baboso e incluso cruel.
            Están los «neoespirtualistas» que propugnan trabajar la dimensión trascendente de la persona humana pero sin Dios nominal. Volver a la meditación, pero sin Dios, ni Jesús, ni Alá, ni Yhwhh; nada. Volver a la espiritualidad, pero centrada en el hombre y en sus posibilidades de crecimiento interior. Ayer me hablaron de un colegio religioso católico, digo el pecado pero no el pecador, donde han optado por no hablar de Dios, sino de «trascendencia». ¿Qué dice el teólogo católico en este colegio católico? Nada; tiene que asentir o callar.
            Ante esta condición de ser «extraño» en la sociedad, ¿cabe abogar por esta extraña disciplina, por su necesidad, y por aquellos que la ejercitan? Evidentemente yo sostengo que sí.
            Teólogo es el que cree en el hombre y en Dios. O en Dios y en el hombre. Quizá cambien los acentos según la perspectiva en que lea a uno y a otro, pero el teólogo sabe que ambos son irrenunciables. Si Dios habla al hombre, el teólogo tendrá que pensar una y otra vez quién es el hombre; si el homo technicus y technologicus del siglo XXI, es el mismo que el homo sapiens de la prehistoria. Si el homo urbanita, consumista, desapegado, universal y teledirigido del siglo XXI tiene la misma experiencia de Dios que el homo rural, tradicional, familiar, provinciano, con necesidades básicas,  de siglos anteriores. Pero también tendrá que pensar que al hombre que se intercomunica por medio del teléfono móvil, que interactúa con la tele, que ha hecho del mundo su «aldea», que conoce culturas y religiones ajenas, no le vale una imagen «rural», «cultural» y «raquítica» de Dios. La labor teológica es necesaria. Hay que «trabajar» la teología.
            Teólogo, cristiano, es el que lee la Escritura (la Biblia como Palabra de Dios) no para hacer «arqueologísmos», sino para entrever y entrepensar qué dice Dios al ser humano actual que vive, sueña, sufre, se desespera, grita, proyecta. ¿O acaso ya no tiene nada que decir Dios al hombre del siglo XXI que ve como renace el fanatismo religioso cruel, o los millones de desplazamientos humanos? ¿Acaso el Dios que se revela se calló y tenemos que seguir viviendo de los recuerdos?
            Teólogo es el que, como los profetas del Antiguo Testamento, se atreve a leer los signos de los tiempos a la luz del evangelio y decir lo que hace daño al hombre, lo que deshumaniza, lo que nos lleva a nuestra frustración. ¿Cómo bendecir todo el esfuerzo armamentístico o todo el desarrollo de fuerzas destructivas cuando creemos en un Dios Padre de Misericordia que lleva la historia a su cumplimiento final? ¿Cómo no hablar cuando se trata al ser humano como moneda de pago o como números renunciables? El teólogo tiene la misión de ser el vigía del respeto por la dignidad de la persona humana ante manipulaciones e ideologías de todo tipo.
            Teólogo es, también, el que desde una «teología arrodillada» sabe contemplar la hermosura de Dios y contársela con sencillez y alegría a los que quieran escuchar. Felicidades a todos los que ejercen/ejercemos este «extraño oficio».

Pedro Ignacio Fraile Yécora
Santo Tomás de Aquino 2016




            

24 enero, 2016

LA CONVERSIÓN DE PABLO A CRISTO JESUS

            Cuando estudiábamos lengua española memorizando cuadros, que luego nos preguntaban en clase e iban seguros a examen, nos preguntaban por el pronombre de primera persona que decía: «yo, mi, me conmigo». Las personas engoladas y seguras de sí mismas se sirven del pronombre personal explícito, que en español no es necesario, a diferencia de otras lenguas, como el inglés; estos dicen: «porque yo…», o también «yo he estado…», «yo he pronunciado…», «yo he sido…». «Yo, yo, yo».
Un juego de palabras juega con el pronombre personal «yo» y el adverbio de tiempo «ya»; parece un simple enredo, pero es muy luminoso: el niño dice «yo, yo»; el joven que prospera, lo cambia por un presuntuoso «yo ya…». La persona que ya frisa la mitad de la vida solo se atreve a decir «ya yo...». Por último, el que ha visto de casi todo y está de vuelta cuando otros van, les dice socarronamente «ya, ya…».
            Mañana, día veinticinco de enero, celebramos la «Conversión de san Pablo». Es una fiesta importante. Pensamos que san Pablo «cambió de religión», se hizo cristiano dejando atrás el judaísmo. Es un pensamiento demasiado simple. Si solo fuera eso, ¿lo celebraríamos con fiesta propia? San Pablo rompió el «bucle» de su «yo»; se atrevió a salir de la «espiral de engreimiento» en la que estaba metido. Dio el salto de sus «convicciones fundamentalistas» (él perseguía a la Iglesia porque estaba convencido de que la Iglesia de Jesús era perniciosa y peligrosa, y era necesario acabar con ella) y pasó a vivir de la persona de Jesús como único centro de su vida. ¿Qué quiere decir que san Pablo se «convirtió»? Que fue capaz de pasar de él y de sus convicciones, a vivir para Jesús. Rompió su «eje vertical» centrado en sí mismo, en sus capacidades, en su «ego»:

‘Yo podría confiar en lo humano; si alguno cree poder confiar en lo humano, más podría yo. Fui circuncidado al octavo día; soy del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos y, por lo que a la ley se refiere, fariseo; por amor a la ley fui perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia que viene del cumplimiento de la ley, irreprensible. Pero todo lo que tuve entonces por ventaja, lo juzgo ahora daño por Cristo; más aún, todo lo tengo por pérdida ante el sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien he sacrificado todas las cosas, y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo’ (Filp 3,4-8)

            ¿Dónde está la actualidad de esta fiesta? Sin duda alguna en que la Iglesia nos recuerda el escándalo de la fractura entre los cristianos de distintas confesiones y nos llama con urgencia a que busquemos lo que nos une a todos los que confesamos a Jesús como Hijo de Dios, Señor, Redentor y Salvador. Pero creo que esto no es suficiente; hay mucho más.
            El siglo XXI se caracteriza, en el mundo occidental bien comido, bien bebido y bien dormido por una búsqueda generalizada de «sentido». Proliferan por doquier, por ciudades y pueblos de toda la geografía, escuelas, cursos, maestros, estudios, propuestas de «felicidad». Todas ellas tienen en común que no son religiosas y que se centran en el «yo»: meditación, autoconocimiento, sanación. Todas han puesto el centro en el «yo»; entre otras cosas porque, al no ser religiosas, no pueden dirigirse a un «tú» en el que no creen.
            La persona humana es fundamentalmente relación y por tanto relacional. Si decimos de alguien que es un «ególatra» pensamos en que se «se adora a él»; mi cuñado dice con sorna de esta gente que «piensa que el sol ha salido por ellos»; si decimos que es «autosuficiente» decimos indirectamente que no necesita a nadie (o eso piensa él); si decimos que es un «egoísta» dejamos claro que ha puesto a su «yo» en el centro del todo. Lo contrario al «ególatra» es el «extrovertido», lo contrario al «autosuficiente» el «humilde» y lo contrario al «egoísta» el «generoso».
            La verdadera espiritualidad no es una carrera hacia el «yo, mi, me, conmigo», sino hacia el exterior. La Escritura nos dice que Abrahán un día decidió «salir de
casa y ponerse en camino», o sea, que dejó sus  seguridades para buscar lo desconocido: hay que ponerse en camino, hay que «abrirse» y no encerrarse. Abrahán escuchó la voz de Dios que le dijo «sal de tu tierra y vete a la tierra que yo te mostraré» (Gén 12,1). La Virgen María, por nombrar solo a un personaje del inicio y otro del final de la Escritura, cuando el ángel le anuncia el nacimiento de Jesús primero se turbó y luego dijo «aquí estoy, que se cumpla». (Lc 1,38). Los dos coinciden en que estaban abiertos y en que fueron generosos; en términos bíblicos, en que «escucharon y obedecieron». La espiritualidad no es un ejercicio de repliegue en uno mismo, sino en abrirse, relacionarse, escuchar.
            Hay muchas formas de «romper ese bucle» en el que tenemos la tentación de encerrarnos. Hay gente muy racional, que busca la explicación de todo lo que hace, hasta de los menores gestos: todo tiene un porqué y un para qué. El racionalista es esclavo de sus razones, explícitas o imposibles. La espiritualidad le lleva al racionalista a descubrir que no lo sabe todo, que no lo puede explicar todo. Tiene que salir de su «yo» y abrirse al «misterio». Dios es sobre todo «misterio de amor» que nos sobrepasa; cuando creemos que ya lo hemos entendido, se nos escapa como el agua entre las manos. El que busca «sentido» a todo, choca con los misterios del «pecado» (entendido como destrucción, como antipersona, como antihumano) y de la «muerte» (entendida como finitud de la existencia corporal). La espiritualidad le abre al racionalista a un mundo de nuevos sentidos desde Dios, que él nunca encontraría buceando en su yo.
            Otra forma de romper el bucle del yo para abrirse a la verdadera espiritualidad es la sensibilidad por lo social. Muchas personas no están pendientes de la razonabilidad de todo, pero se les mueve todo por dentro cuando ven el sufrimiento humano, la injusticia. No pueden aceptar que haya personas que nazcan y mueran sufriendo y en extrema pobreza, cuando otros se regodean babosamente en su abundancia. Esta «salida» hacia fuera, esta «expropiación» del yo es el lugar donde pueden encontrar a Dios, donde pueden desarrollar una espiritualidad que no les cierre a la vida real. La fe les lleva a actuar; la oración les lleva a comprometerse por el otro.
            ¿Qué es convertirse? ¿Pasar de una religión a otra? ¿Dejar de ser «regulares» para ser un poquito mejores? Convertirse es dejar que entre Dios en tu vida y que todo cambie. En términos cristianos, «convertirse» es dejar que tu centro ya no lo ocupes tú, sino que lo ocupe «Cristo Jesús». Este «descentramiento» de tu «yo» para dejar que Jesús entre en tu vida tiene unas consecuencias tremendas. La primer y principal, entiendes la vida, las relaciones humanas, no con tus criterios, sino con los criterios de Jesús y de su evangelio. Ya no quieres ser feliz tú aun a costa de los demás, sino que quieres la felicidad de los demás; es más, no puedes ser feliz si los que conviven contigo no son un «poquito felices». Ya no estás obsesionado por ser el centro del mundo, de la sociedad, de todo… sino que descubres que el centro está fuera de ti y que tú estás íntima e inseparablemente unido a él. Somos personas humanas; somos alma y cuerpo; somos carne y espíritu; somos seres vivos con nombre y memoria, e historia propia; con cargas y cargos; pero no nos agotamos en nosotros mismos, sino que el amor oblativo, entregado, nos abre a los demás.
            Rompamos el bucle del yo y dejemos que Jesús, el Cristo y su evangelio entren en nuestras vidas. Esa es la conversión de Pablo y nuestra conversión.

Pedro Ignacio Fraile

25 de Enero – Conversión de san Pablo