16 noviembre, 2017

¿JESÚS ERA ISRAELITA O JUDÍO?


La pregunta parece necia, pero no lo es. Ayer llegué de Tierra Santa. El chófer que me llevó al aeropuerto me la hizo. Él es palestino de Jerusalén, cristiano, de rito copto. Le pregunté la razón de esta pregunta y me dijo que acababa de llevar a un grupo de protestantes de los Estados Unidos; él  entiende perfectamente el inglés, y me comentó que hablaban mucho del Antiguo Testamento y que decían que Jesús era ‘israelita’. Cuando uno conoce esa tierra, y el trasfondo político que hay, se entiende su preocupación, pues él es palestino cristiano. Yo le contesté que Jesús era el Hijo de Dios. Esto no le tranquilizó pues no respondía a su inquietud. Luego añadí que Jesús nació en Belén… Se quedó pensativo y dijo: ‘entonces Jesús nació en Tierra Santa (Holy Land’); le dije que sí, y pareció más conforme.
El asunto no es baladí, sino muy importante. Hace ya muchos años que me hicieron esta misma reflexión, pero desde otro punto de vista: desde el éxodo. ¿Cómo leen los palestinos cristianos el Antiguo Testamento? ¿Cómo entienden ellos que Dios ha liberado a Israel? ¿Cómo se sienten ellos ‘herederos’ en la ‘tierra prometida’, que según la Biblia es para el pueblo de Israel? Hay una pregunta de fondo: ¿cómo interpretan la Biblia, que es un texto judío, como ‘Buena Noticia de Salvación’, los palestinos cristianos? Podríamos extender esta pregunta a los ‘árabes cristianos’ (latinos, ortodoxos, sirios, coptos, maronitas etc.).
Es verdad que muchas Iglesias cristianas orientales son ‘monofisitas’; esto es, que insisten más en la naturaleza divina de Jesucristo que en la naturaleza humana. Según esto, prefieren ver a Jesucristo como el Hijo de Dios, sin insistir en su condición humana. Pero… aquí es donde se plantea la pregunta de mi amigo el chófer, que le dejó perplejo y preocupado: ¿De verdad Jesús era un israelita?
Desde el punto de vista de la investigación, Jesús era un judío del siglo I. Un «judío marginal», como se le considera en algunos círculos de estudio, pero judío: va a las sinagogas el Sabat (Sábado), aunque lo cuestiona; conoce la Ley y dice que no ha venido a ‘abolirla, sino a darle cumplimiento’; conoce todos los textos sagrados y los cita (Tanaj), nuestro Antiguo Testamento. Muchos ven en él al Mesías esperado por el pueblo judío.
Nosotros, los cristianos, confesamos a Jesucristo como el Hijo de Dios; pero sabemos que por su «encarnación», Jesús no es un personaje medio divino, medio celeste, medio hombre… que nos despista. ¡Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre! Jesús nació en el seno de una familia judía, y era judío. No es un desdoro, sino consecuencia de la encarnación. María, su madre, era una joven judía.
El actual Estado de Israel, por su parte, recibe su nombre del antiguo Reino del Norte que aglutinaba grandes tribus (Efraín, Manasés, Benjamín) y que desapareció el año 722 a. C. Tal fue el golpe recibido, que nunca se recuperó. De hecho los profetas siempre soñaban y anunciaban el futuro como la restauración y unificación de nuevo de Israel (desaparecido en la historia) y de Judá (vigente en la historia, origen de la religión judía). Israel como tal era un nombre ‘simbólico, soñado, deseado’, más que una realidad cuando vivía Jesús; más aún, era un ‘sueño’ hasta el siglo XX. Cuando la ONU, en 1947, preguntó a los judíos qué nombre querían para el nuevo Estado que iba a nacer, no dudaron: «su nombre será Israel». De esta forma recuperaban aunque fuera solo de forma política, no religiosa, el antiguo sueño.
Volvamos a la pregunta que inquietaba el corazón del chófer palestino: ¿Jesús era israelita? La respuesta, más sosegada es: no, no era israelita porque el Estado de Israel no existía cuando él vivía entre nosotros; tampoco existía en aquel tiempo el Reino de Israel, más que en el sueño deseado de un futuro incierto. Eso sí, Jesús era judío; pero como dicen los biblistas, un «judío marginal». Más aún, como decimos los cristianos, un «judío» que llevó a plenitud las promesas de Dios: Jesús es el Hijo amado de Dios.
Pedro Ignacio Fraile Yécora
16 de Noviembre de 2017








05 noviembre, 2017

«MASTER EN DISCIPULADO» (Domingo XXXI del Tiempo Ordinario)

Las titulaciones de ‘master’. Hace solo unos pocos años, una década o a lo sumo dos, nadie hablaba de los estudios universitarios que llevaban el título anglosajón de ‘master’. Es más, nos parecía una cursilería propia de unos pocos sabidillos. Hoy, sin embargo, oímos hablar de este título universitario con normalidad. Los estudiantes jóvenes han hecho, o tienen en sus planes inmediatos realizar un ‘master’. Podríamos traducir este término literalmente como ‘maestro’, añadiéndole el sentido de que adquiere una ‘autoridad’ en la materia, de que es un ‘especialista’  de referencia.
                En el judaísmo que vivió Jesús, ya había ‘maestros’ o ‘masters’ en la Ley judía, la Torah. Todos se dirigían a ellos, convencidos de que eran ‘autoridades’ en la interpretación de la Ley. Les escuchaban con admiración y respeto; les obedecían porque la gente sencilla ponía en ellos la respuesta a sus dudas y descansaban.
El evangelio da un vuelco. Jesús conocía bien esta situación. Él desde pequeño había oído hablar de estos ‘maestros de la Ley’ y luego, sin duda, en más de una ocasión los frecuentó y los escuchó. Sin embargo no lo hizo con la sumisión entregada y acrítica de la mayoría de sus compañeros. Jesús no solo no estaba de acuerdo con ellos, sino que se enfrentó a ellos y les denunció. El evangelio de Mateo comienza solemnemente con las palabras de Jesús: «en la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos». Jesús no rechaza la Ley de Dios, sino el abuso y la interpretación que unos pocos hacen de ella. Ellos se consideran «maestros»; Jesús dice, sin embargo, a sus discípulos que no les llamen «maestros», porque uno solo lo es, Dios. Lo mismo dice con el título de «padre»: solo a Dios se le debe llamar «Padre»; lo mismo dice del título de «jefe».
                ¿Acaso Jesús propone una sublevación total de los estamentos sociales? ¿Podríamos pensar que Jesús anuncia un cambio de esquemas políticos? A lo largo de la historia se han intentado distintas lecturas en esta línea: Jesús como revolucionario, como instigador de cambios radicales en la sociedad… La compleja y convulsa vida de la humanidad y de la Iglesia han ido desvelando que se tratan muchas veces de lecturas del evangelio interesadas, que parten de prejuicios ideológicos.
‘Master’ sí, en discipulado. Recuperamos la imagen del título de ‘master’ que tanto juego da, en los albores del siglo XXI, en los países de occidente que sueñan con un futuro prometedor e ilusionante. Siguiendo esta estela, me atrevería a reflexionar y compartir. ¿Jesús nos propone un ‘master’? La respuesta sería, ‘sí’. La propuesta de Jesús sigue siendo paradójica. Se mueve entre el ‘ya’ y el ‘todavía no’; entre las ‘expectativas’ que se crean y la ‘realidad profunda’ que encierra.
                Jesús nos propone que seamos ‘maestros en su seguimiento’; que hagamos el ‘curso del discipulado’; que nuestra ‘especialidad’ sea la de interpretar y seguir las huellas por donde  él transita. La sorpresa será, precisamente, esa: que no llamaremos a nadie «maestro», ni «padre», ni «jefe», porque Dios hará que descubramos que él mismo, Dios, es nuestro maestro; que Dios es «el Padre del cielo»; que las jerarquías entre jefes que mandan y subordinados que obedecen desaparecen ante la nueva realidad: todos somos hermanos en nuestra condición de hijos del Padre de Dios, de hermanos en el hermano mayor que es Jesús.
Un deseo final: que todos hagamos este ‘master de discipulado’ tras las huellas de Jesús.

Pedro Ignacio Fraile


04 noviembre, 2017

SEGUIR A JESÚS O SEGUIR MIS CRITERIOS

El don de la vocación. La vocación forma parte esencial de la experiencia bíblica, y por tanto, cristiana. Dios llama (a Abrahán, a Moisés, a Samuel, a Jeremías) y el llamado se ve en la obligación de escuchar o de rechazar. La iniciativa siempre es de Dios. No se trata de una elección fruto de la voluntad humana, sino de una escucha atenta y obediente a la voz de otro. Por eso hablamos de «don» y no de «conquista».
                La certeza de la vocación. La experiencia religiosa de la vocación cuenta con dificultades. No es evidente. Una de estas dificultades es discernir si la persona llamada escucha sus deseos, sus proyectos, o si escucha la voluntad de Dios en su vida. De ahí que la Escritura insista en que las personas llamadas se resisten. Pero también la experiencia de la vocación aparece unida a la certeza: no es fruto de una imaginación, sino una llamada veraz y directa de Dios que pide una respuesta.
                Una vocación universal. Desde un punto de vista bíblico, la vocación se dirige a hombres y a mujeres; a casados como Moisés, a niños como Samuel, y a profetas célibes como Jeremías. A cada uno le pide algo distinto: a Moisés que saque el pueblo de la esclavitud de Egipto; a Samuel que escuche su voz sin miedo a lo que le vaya a pedir; a Jeremías le encomienda una ardua tarea que incluye sembrar y arrancar; construir y derribar. En todos los casos no cumplen la voluntad propia, sino la misión que les encomienda Dios. En todos los casos afecta al misterio del ser humano.
                Jesús nos llama a seguirle. En los evangelios asistimos a una novedad crucial. Jesús llama a sus discípulos a seguirle; como hace Dios en el Antiguo Testamento. Jesús anuncia el Reino de Dios, pero a la vez les pide que le sigan a él. La razón es obvia: Jesús encarna con su mensaje y con su vida el Reino.
                La vocación de los discípulos se repite en los evangelios: llama a Pedro y a su hermano Andrés; llama a Santiago y a Juan. Llama a Mateo y le pide que deje su mesa de recaudador. No podemos entender el evangelio sin pararnos en este comportamiento contrastado de Jesús «que llama»; no es solo una clave de interpretación teológica, sino un comportamiento que nos afecta y condiciona a todos. Jesús me llama a mí y a ti. Jesús nos llama para que le sigamos a él, desde nuestra vida ordinaria, en el quehacer cotidiano. La vocación al seguimiento se actualiza en cada generación y en cada persona.
                Seguimos a Jesús, no a nuestros criterios. El evangelio recoge las resistencias propias de toda vocación: miedo al futuro, inseguridad ante los retos y debilidad humana, comodidad comprensible. Pedro añade otra dificultad: la ideológica. Pedro está convencido de que Jesús es el Mesías, pero un Mesías triunfador. Pedro se siente con la obligación de corregir al mismo Jesús. En una escena sorprendente, Jesús le llega a llamar «Satanás»: entorpecedor, obstáculo, impedimento para su misión.
                Jesús le habla muy claro: «el que quiera seguirme». ¿Yo estoy dispuesto a seguir a Jesús?; «que cargue con su cruz y me siga». No podemos poner primero mis expectativas y criterios, y luego negociar el seguimiento. Esa «condición ideológica» es la que puso Pedro a Jesús. Estamos sobre aviso. Tenemos que dar una respuesta.
               
Pedro Ignacio Fraile



03 noviembre, 2017

SABER ESPERAR

Tiempos recios. Nos tocan vivir «tiempos recios». Esta frase, como sabe muy bien el lector, no me la puedo apropiar; es de Santa Teresa de Jesús. Lo que sí podemos decir es que en la historia siempre ha habido «tiempos recios»; cada sociedad y cada época ha tenido los suyos. ¿Acaso son más «recios» estos tiempos que los de las distintas persecuciones religiosas donde se mataba a causa de la fe? ¿Acaso son más recios estos tiempos que los de las Revoluciones francesas o mexicanas, abiertamente antirreligiosas? ¿Acaso son más recios estos tiempos que los que llevaron a la Iglesia de nuevo a las catacumbas en todo el mundo del bloque comunista? Ahora tocan otros tiempos; para algunos más duros, pues tras la «tolerancia» se esconde la «indiferencia»: “el mayor desprecio es no hacer aprecio, dice el refrán español”. Para otros son tiempos de confrontación, de poner en duda y en valor las distintas formas de expresión religiosa. 


Tiempos de espiritualidad. Lo que sí podemos afirmar es que estamos viviendo por todas partes un «renacimiento de la espiritualidad». No decimos renacimiento del «discipulado de Jesucristo» o de «espiritualidad confesante». Son cosas distintas. Algunos buscan espiritualidad fuera de las tradiciones religiosas, principalmente el cristianismo. Muchas formas de relajación, de meditación, de silenciamiento interior solo quieren eso, «paz interior» que no esté unida a ninguna profesión de fe. El debate hace tiempo que está abierto. ¿Cómo vivimos los discípulos de Jesús, los que vivimos la fe en la Iglesia, estas nuevas formas de espiritualidad no confesante?

La espiritualidad necesita tiempo, y sobre todo lentitud. En una de las muchas obras que retoman este tema, el autor después de criticar la aceleración en la que vivimos, hablaba precisamente de esto: la verdadera espiritualidad necesita tiempo y sobre todo lentitud. Precisamente porque la verdadera espiritualidad tiene que ver con las relaciones interpersonales, hay que dedicarle tiempo, como se dedica a los amigos. Las relaciones con las personas son de largo alcance; hay que invertir horas, espacios, escuchas, serenamientos, novedades, conflictos, diálogos. Lo mismo en las relaciones espirituales.

La paciencia y la espera como aprendizaje. Hay que tender puentes, sin renunciar a lo esencial; para nosotros la fe en Jesús como Señor. Uno de esos puentes que podemos tender lo encontramos en el evangelio: aprender a esperar, cultivar la espera. Dios con frecuencia se hace esperar; no porque juegue con nosotros, sino porque el tiempo es pedagógico. Dios no necesita dilatar el tiempo de su amor, pero nosotros sí que necesitamos percibir este amor, de forma lenta, paulatina, progresiva. Dios no tensa la paciencia para forzar nuestras decisiones, pero sí nos enseña a madurar, a sopesar, a leer nuestra vida con perspectiva. Sabemos que el encuentro con Dios es seguro; pero no sabemos cuándo. No podemos apresurarnos, provocar fracasos por nuestra impaciencia; forzar las situaciones. Nuestra espera debe ser atenta, vigilante.

El tiempo en la historia de la salvación. El sentido del tiempo en las tradiciones y filosofías religiosas es muy distinto de unas a otras. Las propuestas religiosas de carácter cósmico proponen un tiempo circular, cíclico, de eterno retorno. La Palabra de Dios nos propone un tiempo pedagógico, de esperanza, de futuro. Un tiempo donde las promesas y la confianza son fundamentales. Un tiempo donde la paciencia no es solo una virtud humana, sino la forma de esperar la presencia siempre novedosa y siempre sorprendente de Dios. Un tiempo salvífico.

Pedro Ignacio Fraile