IN MEMORIAM

IN MEMORIAM. FLORENTINO NONAY RAGA (2026)

En las fiestas de Navidad, como seguro que a él le hubiera gustado -así lo expresó el obispo de Tarazona, don Vicente, en la homilía- se nos ha ido Florentino. Estaba desde hacía tiempo con sus problemas de corazón; una dolencia añadida a sus ochenta y siete años cumplidos. El cuerpo es frágil y pasajero; nos cobija y da soporte durante unos años al misterio humano y divino que albergamos. Pero el cuerpo se desgasta y caduca y da paso no a la nada, sino a una nueva forma de vida. Estamos llamados a la plenitud, a la divinización. No somos ‘carne de un ciego destino’, sino ‘carne con semillas de vida eterna’.

El funeral en su pueblo natal, Sabiñán, fue una manifestación pública del cariño que mucha gente le tenía. La parroquia estaba llena con feligreses de sus últimas parroquias, cristianos de a pie de otros muchos lugares, antiguos alumnos del Seminario de Tarazona. Al final de la misa seis intervenciones glosaron, cantaron y dieron gracias por su vida y su entrega. Era un ‘hombre de pueblo’. Así lo vivió y así repitieron. Había sido un educador de generaciones de jóvenes de pueblo, de seminaristas mayores; había sido párroco de comunidades pequeñas de la tierra aragonesa, y había sido consultor, guía, confesor, padre espiritual y referente de vida cristiana de comunidades religiosas y de buscadores de Dios.

De Florentino se dijeron muchas cosas. No las voy a repetir. En este breve artículo quiero detenerme en algunos aspectos de su vida que no se vieron reflejados en su despedida o algunos aspectos que nos pueden servir para mirar adelante en esta querida iglesia nuestra.



Florentino entró tarde en el Seminario para estudiar teología. Con los treinta años cumplidos. Venía del campo, y de la Acción católica de su pueblo. Este detalle es muy importante. En aquellos años sesenta, antes del Vaticano II, la acción católica tenía vida sana y fecunda en muchos pueblos. Con Florentino salió otro joven de Sabiñán, Jesús Pina, para prepararse al sacerdocio. Jesús acabó siendo misionero en el Matto Grosso, con Pedro Casaldáliga. Florentino pasó de sus primeros pasos en Salamanca, en el Seminario para vocaciones tardías, que acogía a muchachos maduros de toda España, a estudiar con los Agustinos de Valladolid; luego, una vez ordenado, su primer destino fue el Seminario Menor (Colegio seminario) de Tarazona, en 1974. La acción católica le marcó; nunca renunció a sus orígenes: ser cristiano en una parroquia y en una diócesis; ser cristiano con gente de tu entorno, con tus amigos del pueblo, viviendo lo que vivían los demás. En este entorno humano natural y sano, vivir con alegría la fe cristiana. Este “espíritu” que impregnaba a todos los jóvenes de acción católica, chicos y chicas, no lo perdió nunca.

Por esos ‘guiños’ extraños que nos hace Dios (los cristianos no creemos en un fatídico destino, sino en las ‘pistas’ que va poniendo Dios en nuestro camino), cuando recibió la ordenación sacerdotal por la imposición de las manos del obispo José Méndez, Florentino no fue a un pueblo, sino que fue destinado como formador al Seminario Menor de Tarazona. Entonces no se llamaba así, sino ‘Colegio Seminario’. El nuevo título de la institución no es casual; eran años de abrir caminos sin renunciar a lo fundamental. El obispo de Tarazona, don Manuel Hurtado, había erigido un colegio diocesano en Tarazona, la Sagrada Familia, y había levantado un nuevo Seminario (¡con capacidad para más de doscientos alumnos perfectamente equipado). Don Manuel soñó, como en aquellos años todos los obispos de España, con un renacer de la Iglesia católica, con fuerza y esplendor. Después del concilio, que acabó el año 1964, en el año 1970, se produjo una gran crisis en los seminarios de la Iglesia española. En la pequeña diócesis de Tarazona, el Seminario se desmembró: los seminaristas mayores que decidieron seguir sus estudios teológicos, pasaron a Vitoria y más tarde algunos fueron a Madrid, a la sombra de Juan de Dios Martín Velasco; el Seminario Menor pasó a ser “Colegio Seminario”. Continuidad y novedad sin ruptura radical. En este nuevo centro, que acogía a chicos de todos los pueblos de la diócesis, hijos de campesinos de toda la geografía diocesana, Florentino desempeñó su tarea de educador con otros compañeros sacerdotes. La presencia de un numeroso grupo ya entrado en años, con su corona de flores y con palabras agradecidas al final del funeral, da muestra de su talante cercano, cálido, preocupado, como educador. Varios de sus alumnos, hoy hombres de sesenta, cincuenta años, dijeron que había sido para ellos ‘un segundo padre’.

Del ‘colegio seminario’ de Tarazona pasó a Zaragoza. Acababa de morir Atilano, el sacerdote que acompañaba a los estudiantes de ‘la segunda etapa’ que estaba buscando su vocación, como así se decía, en los pisos de la calle Ávila. Florentino le dio un nuevo rumbo: le devolvió el carácter de Seminario Mayor de Tarazona; ordenó la liturgia diaria de los alumnos; poco a poco fue marcando un ritmo y una identidad. Seguían siendo ‘pisos’ en una comunidad de vecinos, pero con signos claros de ‘seminario mayor’: Florentino era el ‘Rector de Tarazona’. Al mismo tiempo era el delegado del Clero de los sacerdotes diocesanos; su participación en encuentros a nivel de toda España le hizo un nombre en muchos sectores de la Iglesia española. Florentino comenzó a ser conocido y le llamaban para retiros, ponencias, encuentros. Por aquellos años, también, su acercamiento a los ‘Sacerdotes del Prado’ (asociación de sacerdotes diocesanos), que había iniciado tímidamente; con el tiempo esta simpatía inicial se convirtió en adhesión libre a la asociación presbiteral, sin dejar su condición de sacerdote diocesano de Tarazona. Esta descripción narrativa es muy importante. Florentino no era solo ‘un rector’, sino que fue quien dirigió el seminario Mayor de Tarazona con criterios claros: una espiritualidad diocesana (había otras propuestas de espiritualidad para los sacerdotes: jesuitas, Opus Dei, comunidades neocatecumenales principalmente), pero Florentino tuvo muy claro que el sacerdote diocesano tiene una espiritualidad propia y un camino de santificación que nace de su ministerio: la evangelización en una comunidad parroquia, en medio de la gente, del pueblo de Dios que se  le ha encomendado. No fue fácil, pero Florentino supo mantener el rumbo con criterio y buen hacer.

No faltaron las tensiones. Recordemos cómo dos seminarios diocesanos, el de Teruel y Albarracín primero, y el de Barbastro Monzón, más tarde, se unieron al seminario de Tarazona, en los pisos de la Calle Ávila, bajo el rectorado de Florentino. Nunca fue un ‘seminario interdiocesano’, sino un proyecto comunitario en el que los obispos de estas diócesis confiaron en él. El proyecto que nació con él, murió con él, y años más tarde, tanto el seminario de Barbastro y Monzón como el de Teruel y Albarracín, regresaron al Seminario de Casablanca en Zaragoza. Son historias ‘importantes’ de la Iglesia en sus diócesis de Aragón. Los que lo vivimos en primera persona, podemos dar testimonio de ello.

¿Cuál era la espiritualidad de Florentino? Tres rasgos a destacar. Primero, la humanidad. Los antiguos alumnos, tanto del Colegio Seminario Menor en Tarazona, como los del Seminario Mayor en Zaragoza, destacan su gran humanidad que en más de una ocasión le causó disgustos. Florentino era como un ‘padre’ que se preocupaba, cuidaba y defendía a los niños y jóvenes que venían de todos los pueblos de la diócesis, sabiendo que sus padres se fiaban del todo de los ‘curas’. Fue un gran educador. 


Florentino este verano de 2025, firmando a antiguos alumnos del 'Colegio Seminario' de Tarazona, el libro homenaje que le hicieron en la Parroquia de Sestrica. 

Más tarde, su humanidad y sentido eclesial lo desarrolló en el Seminario Mayor, en procesos mucho más complejos, pues no en vano se trataba de la vida de las personas (ser sacerdote o no, dar paso a una ordenación o impedirla); en estos años acompañó a muchos jóvenes en sus procesos vocacionales personales.

El segundo rasgo era la eclesialidad. Florentino no era ‘eclesiástico’ al uso. No solo porque vestía de ‘seglar’, como se decía en el lenguaje del clero, sino sobre todo porque sus formas no eran las clásicas del clero formado en seminarios clásicos. Florentino se había formado en sus tiempos de estudiante en Salamanca en el seminario de vocaciones tardías, y más tarde en Valladolid compartiendo piso con otros jóvenes como él que se preparaban para el sacerdocio. Recordemos que eran los años inmediatamente posteriores al Concilio, ricos y complejos, esperanzadores y tensos, vivos e innovadores.  Florentino no era un ‘eclesiástico’ al uso, pero era profunda y radicalmente eclesial. Entendía perfectamente la unión indisoluble que hay entre la fe en Cristo Jesús y la pertenencia a una comunidad cristiana. Le gustaba predicar, y predicaba del evangelio. Predicaba con pasión. He recordado, como título de este artículo, unas palabras que solía repetir en los entierros, especialmente cuando la muerte de aquella persona dejaba desconsuelo entre los suyos. Decía con voz firme desde el púlpito: ‘con Dios no lo entiendo; sin Dios me desespero’. Y esta confesión de fe, llegaba a la gente. Florentino sentía con la Iglesia y a Florentino le dolía la Iglesia. No soportaba los falsos maestros (que siempre ha habido y habrá), que despistaban al pueblo santo con palabras confusas, o planteamientos poco claros. Defendía la fe de la buena gente de sus pueblos, y la fe de la Iglesia.

El tercer rasgo era el evangelio. Su formación, ya lo he indicado arriba, había nacido en los jóvenes de Acción Católica de Sabiñán, donde se enamoró del evangelio de Jesús. Más tarde, y sobre todo siguiendo la espiritualidad de los sacerdotes del Prado, se reunía mensualmente con sus compañeros para hacer ‘Estudio de evangelio’, un método para leer de forma creyente la Palabra de Dios. Recuerdo que una expresión, también muy suya, era decir: “eso” (esa actitud, ese comentario, esa decisión), “eso es religioso, pero no evangélico”. Así es. No aprobaba ciertos comentarios o situaciones que aparentemente podían pasar como ‘religiosas’, pero que se apartaban del evangelio de Jesús.

            Su recuerdo ha hecho mella y ha dejado huella en muchas personas. Él supo encarnar un ministerio sacerdotal entregado a lo que él amaba y creía, hasta el final. Hasta que ya no pudo más, porque no podía conducir, siguió sirviendo a los pueblos que se la habían encomendado. Aún después, cuando tenía que trasladarse en coche ajeno, tuvo fuerzas para seguir anunciando el evangelio con sus charlas, sus comentarios, sus consejos.

                Puedo hablar de Florentino porque soy testigo de todo lo que he escrito, testigo muchas veces en primera persona. Desde los trece años, que lo conocí como formador en el Seminario de Tarazona, siempre ha estado presente en mi vida. Sin duda que mi fe, heredada de mis padres y de mi familia -también ellos personas de gran fe, de la Acción Católica- fue madurada gracias a Florentino. La fe crece, madura, cambia; hay que renunciar a algunas convicciones para dar paso a otras; hay que dejar atrás costumbres adquiridas para iniciar caminos de libertad. Sin duda Florentino es la persona que más ha influido en mi fe, en mi amor a la Iglesia diocesana y a la lectura creyente del evangelio. Maestro y amigo. Confesor y consejero. Animador y crítico conmigo a la vez. Porque creo -creemos - en la Resurrección, sé que podremos de nuevo juntarnos en el cielo, no ya en un 'estudio de evangelio' en torno a una mesa y a una Biblia, como los que hacíamos mensualmente, porque ya no será necesario, porque estaremos gozando del Buen Dios, del Jesús de la Tierra Santa, del Jesús de los evangelios.  

Descansa en paz. Florentino, sacerdote. Amigo.

Pedro Ignacio Fraile Yécora

JOSÉ LUIS ALDEA GARICANO. SACERDOTE. DIÓCESIS DE TARAZONA

"Tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero"

El verano nos trajo, con el calor plomizo y sofocante, la noticia de que José Luis estaba enfermo, muy enfermo. Le habían detectado un tumor cerebral.  La sangre se nos quedó helada, el rictus de los labios desapareció como por encanto. Tenemos ya una edad lo suficientemente madura como para saber que se nos anunciaba la antesala inmediata de la muerte.

Con José Luis me unían muchos recuerdos, muchas experiencias compartidas, muchas horas de conversación. Primero en el Seminario Menor de Tarazona; luego en el Seminario Mayor de Tarazona (calle Ávila); luego como profesores en el Seminario de Tarazona, luego en su pueblo, en Fuentes de Jiloca, y también en Mallén… y también en Zaragoza. Digo que teníamos muchas horas de conversación… y las que nos faltaban. José Luis era un gran conversador. Más que listo, agudo; más que sesudo, brillante; más que erudito, provocador. Le gustaban las cuestiones difíciles. Esos campos de batalla en los que muchos huyen, porque no saben qué decir. Él se encontraba a gusto en el debate inteligente, en la búsqueda de la verdad, en la diatriba que busca esclarecer lo oscuro. No le daba miedo nada.

Como hombre de fe, la vivía al estilo unamuniano; como un don que se rebela; como una lucha consigo mismo, con la Iglesia, con la verdad… Quizás porque teníamos muchas cosas en común, cada vez que emprendíamos una conversación, acabábamos hablando del Dios en el que creemos y en el que no creemos; de la Iglesia como lugar de vida pero también de cansancio, de peso de una historia que nos supera… y que es nuestra.

José Luis estaba en las fronteras. Siempre había sido ese su sitio. No le gustaban las retaguardias. Siempre lúcido, a la vez que crítico, ponía ese punto de sal necesario para sazonar los buenos platos.

Te nos has ido muy joven, porque cincuenta y tres años son pocos años. Bueno, para el ser humano, ni cincuenta, ni tampoco sesenta u ochenta… ¡es tan grande el misterio que encerramos en nuestras pobres carnes! ¡Es tanto lo que podemos amar, sufrir y esperar, que nunca unos pocos años de vida pueden hacer justicia con nuestra auténtica valía! Solo Dios puede hacer justicia cuando, en nuestra corta peregrinación por el mundo, nos tenemos que despedir. Solo Dios nos puede decir: tú eres único para mí, tú eres mi querido hijo amado.

Esa es nuestra esperanza: el amor misericordioso de Dios. Esa es nuestro consuelo, saber que no estamos en manos de un destino cruel que se ríe de nuestra pequeñez, sino que Dios hace grande y valiosa nuestra pequeña historia. Ese es nuestro consuelo: saber que nos volveremos a «encontrar» en Dios, porque Dios es nuestro «encuentro».

Amigo José Luis. Disfruta de la fe que ya no se cree, sino que se vive… porque en el cielo, usando las palabras de uno de tus poetas, que también lo es mío, Miguel Hernández, «tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero»

20 de Octubre de 2017



Pedro Ignacio Fraile Yécora



CANTAD CON CÍTARAS PARA EL SEÑOR. IN MEMORIAM DE CARMEN CAÑADA, STJ.
30 de Mayo de 2016

Nuestra sociedad necesita personas sensibles, con finura de espíritu, luminosas, y por qué no decirlo, «creyentes». Las tres primeras cualidades son propias de los artistas; la última lo es de aquellos que se abren al misterio de Dios y lo acogen.
            Carmen era artista, componía y tocaba la cítara, pero sobre todo era «creyente». Recuerdo una anécdota con ella. En torno al año 92 o 93, si no recuerdo mal, le invitaron a que diera un concierto de cítara en la Parroquia de San Francisco de Tarazona. Al día siguiente ella volvía a su «Casa de Oración» cerca de Zaragoza. Como yo tenía que ir, me pidieron que la llevara a ella y a su cítara. Esa noche cayó una notable nevada, y ni cortos ni perezosos los dos emprendimos el camino. Entonces no me dijo nada, pero unos años más tarde, con esa sonrisa que ella tenía siempre en la boca me recordó: «¿te acuerdas de la nevada y el miedo que pasamos?
            Mis últimos recuerdos personales de ella son en la Pascua del año 2008. La celebramos un grupito en la «Casa de Oración». Todo muy cuidado, muy preparado. Profundo, con largos tiempos para la oración y la contemplación. Con tiempo, con mucho tiempo. Ella ensayaba con su cítara los cantos antes de comenzar las celebraciones. Espacio para cada uno de nosotros y para nuestro encuentro con Dios en la Pascua de su hijo Jesús.
            No hace mucho estuve a punto de escribirle para preguntarle si las letras de unos poemas que cantaba en sus discos eran suyas. Yo estaba preparando mi libro «Entrañas de misericordia. Jesús, ternura de Dios», y cuando llegué a la «mirada de Dios» recordé lo que ella nos ensayaba en las preparaciones de los momentos de oración.
            Una canción que repetíamos decía: «El mirar de Dios es amor, el mirar de Dios es amor». Otra decía en su verso «ayúdame a ver las cosas como tú las ves». Preparando estas notas he visto que la letra no es suya, pero sí la música. No importa, porque la belleza y la profundidad es la misma.

Ayúdame a mirar con amor 
Texto: M. Iceta / Música: C.Cañada

Ayúdame a mirar con amor
a descubrirte en el silencio.
Ayúdame a mirar con amor,
a ver las cosas como Tú las ves. (bis)

            Ella publicó discos con textos bíblicos, otros tomados de los santos carmelitas o de los poetas, y los musicalizaba. En otros la letra y la música eran suyas.





Purifica mis deseos 
Texto y música: C.Cañada

Purifica mis deseos,
silencia mi corazón.
Cura todas mis heridas,
enciende en tu Amor mi amor.
Purifícanos, siléncianos,
Cúranos, cúranos, enciéndenos.

            Carmen ayudó a que muchos cristianos de Zaragoza y sus alrededores, religiosas de la Compañía de Santa Teresa, sacerdotes, laicos etc. se iniciaran en el mundo de la oración. En su proyecto mimado la «Casa de oración», en el barrio de Garrapinillos, cerca de Zaragoza, miles de personas hemos rezado y hemos aprendido a rezar. Carmen fue, como se dice en una expresión «cursi», una «adelantada a su tiempo», pues entendió que el futuro era de los orantes.
            Ayer, lunes, 30 de Mayo, en una carretera de la provincia de Zaragoza, moría en un accidente de tráfico en el que viajaba con otras religiosas. Murieron dos Teresianas y otra compañera quedó muy grave. Hoy todos los cristianos de a pie y de bien, de las tierras aragonesas y aledaños, estamos de luto. Un luto esperanzado, pues Carmen era creyente de cuerpo entero, y sabemos que estará tocando su cítara, con los ángeles, en la presencia de Dios. Descanse en paz.


         


IN MEMORIAM, GONZALO ARANDA. 
Un poquito más solos, más empobrecidos, más necesitados.

4 de Abril de 2016


«Dios nos libre del día de las alabanzas», se dice por mi tierra, que es la de Gonzalo, la aragonesa. Este dicho popular es elocuente, pues en los elogios fúnebres se hincha la figura del difunto hasta hacerla irreconocible.
Sin querer excederme, quiero dar gracias a Dios por la vida y la obra de este humilde hijo de campesinos, de las duras tierras del campo de Daroca que frisan con las de Guadalajara; de las altas y frías tierras de los llanos de Cubel y Aldehuela de Liestos, cerca del Campo Bello de Teruel. Gonzalo nació en Torralba de los Frailes, un pueblo donde hay que ir de propio, porque está adentrado en las tierras altas y frías del límite entre Zaragoza, Guadalajara y Teruel.
De allí pasó al Seminario de Zaragoza, pues aunque muchos lo desconocían porque lo relacionaban directamente con la Universidad de Pamplona, él se ordenó al servicio de la archidiócesis zaragozana. Cura humilde, piadoso y bondadoso. Siempre sonreía y te dedicaba su tiempo; nunca tenía brotes de soberbia, displicencia o altivez. Era un especialista en copto, la lengua de los antiguos cristianos egipcios, pero él no hablaba de eso. No era lo más importante para él. Cuando te acercabas, siempre te atendía con dedicación, respeto, cariño. Como decimos también por los pueblos, «un sol de hombre». Dice mucho de él que, siendo profesor en Pamplona, se llevó a sus padres, longevos y enfermos, a la capital navarra para cuidar personalmente de ellos.
Desde el punto de vista académico e intelectual, Gonzalo era un especialista mundial en apocalíptica del Antiguo Testamento, en concreto del libro de Daniel. Los grandes diccionarios bíblicos recientes contaban con su pericia y su sabiduría para que nos explicara en pocas palabras el «Libro de Daniel». Personalmente tengo otros recuerdos, todos buenos, que no creo que sea necesario traer a colación.
Gonzalo, nos dejas un poquito más solos porque no tenemos ya tu cercanía de amigo; un poquito más empobrecidos, pues no podemos recurrir a tu sabiduría vasta y precisa a un tiempo, un poquito más necesitados, pues ya no podremos echar mano de tu apoyo sincero.
Que el Hijo del hombre, como diría el libro de Daniel en su capítulo 7, que tantas veces comentaste, el Señor resucitado, te dé la vida junto a él. Que la Virgen de «Guía al Guererro», patrona de tus tierras, te cubra con su manto. Descansa en paz. Requiescat in pace. Amén. Aleluya.

Pedro Fraile
4 de Abril de 2016
Anunciación del Señor




EDILIO MOSTEO
3 de Marzo de 2015

A las horas en que escribo estas palabras están enterrando a Edilio en su pueblo natal, Épila, en la provincia de Zaragoza.
Edilio era un buen cura, atípico, de los que gustan o no gustan. Era profundamente espiritual sin adentrarse en los mundos de la «new age». Creía en Dios y hablaba de Jesucristo. Celebraba la Eucaristía, con intensidad; cerraba los ojos, hacía largos e intensos silencios, como para dejar que el Espíritu hablara.  Muchas personas querían hablar con él; le buscaban, y él les hablaba de Dios, de Jesús, de María, del Evangelio. Sus retiros eran una «lectio divina» que previamente había orado, había rumiado, y había pasado por el corazón hasta poder pronunciarla luego con los labios. Mucha gente se las pedía, e incluso algunos las coleccionaban.

Edilio tenía mucho gusto. Hacía sus pequeños pinitos en el mundo del diseño. Buscaba las líneas limpias, nítidas, claras. No era para nada barroco. Los que conocíamos algunas de sus obras pronto lo reconocíamos pronto: «esto es de Edilio», decíamos. Muchas portadas de libros y publicaciones de la Archidiócesis de Zaragoza llevaban su seña de identidad.
Edilio hacía muchos años que estaba muy enfermo, de los riñones; siempre cuidando con las comidas y vigilando sus horas de descanso; pero ha fallecido, casi sin esperarlo, medio de repente, a causa de un tumor cerebral.
He buscado una foto en las redes sociales, y sólo he podido rescatar un dibujo de los suyos. Seguro que habrá más, pero este es suficiente. Un rostro humano y el Espíritu Santo. En tiempos duros es necesario volver al Espíritu para que sea él quien nos consuele, nos dirija y nos ilumine.
Edilio, te vas con la sensación de haber tenido una conversación pendiente contigo. No te digo, «hasta siempre», o menos aún «hasta nunca», sino «hasta el cielo». Los que nos movemos en esta tierra con la mirada y el corazón puestos en Dios creemos que tenemos muchas conversaciones aún por hablar, muchos ratos con los que gozar, muchos recuerdos que volver a pasar por el corazón. Dile al buen Dios, amigo Edilio, que en este pedazo de tierra aragonesa, entre el Jalón y el Ebro, entre el Moncayo y el Pirineo, hay buena gente que sigue esperando y confiando en él.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
http://pedrofraile.blogspot.com.es/
3 de Marzo de 2015



FRANCISCO MARÍA LÓPEZ MELÚS
19 de Septiembre de 2014




Ha fallecido la semana pasada en Zaragoza Francisco María López Melús. Biblista, sacerdote, profesor. Algunos lo conocerán por sus libros sobre las Bienaventuranzas. Su muerte ha pasado casi desapercibida. Yo me enteré de casualidad. La vida no es justa; nunca lo ha sido; ha habido demasiado silencio en torno a un buen sacerdote y un buen conocedor de la palabra de Dios.
Recuerdo que en mi época de estudiante hice un trabajo sobre el capítulo 13 de Corintios en la asignatura que él nos daba en el seminario, Escritos Paulinos: el himno al amor. Ese texto que escuchamos en las bodas, que algunos preguntan entusiasmados de quién es por lo bonito que es, y se quedan luego como desengañados, musitando un «¡ah!» cuando se les dice que es de san Pablo:


El amor es paciente, afable;
no tiene envidia;
no presume ni se engríe;
no es mal educado ni egoísta;
no se irrita; no lleva cuentas del mal;
no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. 
Disculpa sin límites, cree sin límites,
espera sin límites, aguanta sin límites. 
El amor no pasa nunca. 
(Pablo de Tarso en una carta a los cristianos de Corinto)

Estamos en tiempos de «movimientos». Para algunos son «terremotos», para otros «temblores»; esto es según la apreciación, como la botella «medio llena o medio vacía». ¿Por qué digo esto? Por muchas razones. Mirando de casa para adentro (vamos a llamar «casa» a la «vieja Europa») tenemos los movimientos secesionistas. Léase Escocia y Cataluña; léase Flandes, Bretaña; y léase también el país «artificial» que es la Padania del norte de Italia. Algo se mueve bajo los pies.
Si miramos más allá de las fronteras europeas, nos encontramos de nuevo con las tensiones no resueltas entre Ucrania y Rusia (algunos dicen que habría que decir U.R.S.S., pues parece querer resucitar su reciente pasado de poder omnímodo). Si echamos la vista al Próximo Oriente (no me gusta decir «Medio Oriente», que es una designación norteamericana, pues para ellos es «Medio», pero para los europeos es Próximo), vemos cómo aquello es un polvorín. Lo del ‘Estado Islámico’ no es ninguna tontería. Yo no soy experto en el tema, pero algo conozco del lugar por mis viajes y mis lecturas. Creo que no hay que tomárselo a pitorreo; y no sólo porque los yihadistas asesinen a los cristianos (niños incluidos), sino porque el radicalismo islámico tiene hondas raíces y se extiende con facilidad en un mundo muy desestructurado.
Parece que todo cambia, que todo está en movimiento, que nada hay estable. Las convicciones más antiguas y más asentadas parece que son permeables, dúctiles, porosas. ¿De verdad que  no queda nada de nada estable bajo los pies? Retomo aquí a san Pablo, su carta a los Corintios, y al viejo profesor que la explicaba, Don Francisco María López Melús. Leemos y escuchamos con atención: «¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará» Nos quedan tres cosas: fe, esperanza y amor. La más importante es el amor. Es palabra de Dios, no palabra de hombre.
Pedro Ignacio Fraile Yécora


19 de Septiembre de 2014




JOSE ÁNTONIO MARIN, 
RECUERDO AGRADECIDO Y ESPERANZADO
28 de Abril de 2010

Hoy hace cinco años que enterrábamos a José Antonio Marín. Se fue en silencio, como fue toda su vida. Callada y activa. Cercana y sensible. Amorosa y cálida, muy cálida. Sencilla y generosa, muy generosa.
            Si traigo hoy al blog su recuerdo, no es con el afán de «salvarlo» perpetuando su memoria entre nosotros. La memoria humana es muy frágil, y la «vida perdurable» que confesamos los cristianos, no es en ningún caso un fruto maduro de este recuerdo perenne de los suyos. Sabemos que llegará un día que nadie se acordará de él, ni de nosotros…. ¿Eso es la «vida eterna», que alguien te recuerde? Evidentemente no. Los creyentes sabemos que, aunque el recuerdo humano es muy frágil, Dios no «tiene memoria», sino que «es memoria». Dios no tiene que «hacer un esfuerzo» por recordar o tiene que lamentar que «se haya olvidado» de alguien. Nuestros nombres están escritos en Dios. Nuestra esperanza y nuestra seguridad están en Dios. Sin embargo, somos de carne y hueso; estamos amasados de memoria y sentimiento; por eso es bueno y necesario, aunque sea frágil, el recuerdo de las personas que hemos querido. «Justo y necesario», como decimos en la liturgia católica.
            He querido poner dos adjetivos en el título que acompañen al sustantivo «recuerdo». Un «recuerdo agradecido». La vida de José Antonio estuvo marcada por la generosidad. De ello saben bien los proyectos que inició en Burkina Fasso (escuela, guardería, pozos de agua…), todo fruto de una amistad con el Padre Eugenio, carmelita oriundo de este país al que conoció en Jerusalén. ¡Cómo hablaba de Burkina y de su gente! ¡Con qué cariño! ¡Qué ilusión! Un año completo quiso marchar allí para dedicarse por entero a la misión que él mismo había iniciado y para la que no se cansaba de buscar patronazgos. En más de una ocasión yo le acompañé a pedir dinero para sus proyectos, como si de un «pobre mendicante» se tratara. Eso sí, «mendicante de la caridad para los pobres».
            Un recuerdo agradecido porque las personas, y más aún las instituciones, con frecuencia no lo son. Su vida, compartida con otros muchos lugares queridos, sin duda, estuvo marcada por Jerusalén y por la  «Casa de Santiago». Yo era su amigo y confidente, y me explicaba todos los proyectos que tenía… y que desgraciadamente nunca se llevaron a cabo. También me confiaba los estorbos, tropiezos y dificultades que encontraba a su paso. Me hablaba del solar que tenía la Obra Pía, cerca de las Teresianas, en Jerusalén; él soñaba con una casa española allí, cerca de l’École, del Instituto Albright, de la Puerta de Damasco… El otro día pasé por allí y vi cómo el solar sigue allí, lleno de malas hierbas; sin visos de que nadie actúe o lleve idea de actuar. Me acordé de José Antonio.
            Me hablaba de las gestiones que había hecho con los Hermanos de la Salle, en la Ciudad Antigua; con las Franciscanas Misionera de María, junto a la Puerta de Damasco… Muchas gestiones para procurar una casa en la ciudad, moderna y cómoda, para los estudiantes de Biblia que fueran a estudiar a Jerusalén en una institución de la Iglesia Española. José Antonio se fue en un día de finales de Abril, y nos dejó como legado el sueño inacabado (hoy sigue todo igual) de una casa española digna en Tierra Santa. Pocos, o me atrevería a decir que nadie como él, ha soñado día tras día con este proyecto. Pocos, casi nadie, han reconocido y agradecido sus desvelos y esfuerzos.  
         
 El segundo adjetivo que acompaña al sustantivo «recuerdo» es el de «esperanzado». José Antonio era un hombre de fe recia. Heredada de padres, de familia, de tronco enraizado. Son ese tipo de fe sólida, hecha con historia de cristianos viejos, y amasada con sufrimiento y esperanza a partes iguales. No me imagino a  José Antonio desesperado. No me lo imagino renegando o enfrentándose a Dios. El «heme aquí» de María, en la escena de la Anunciación, le hace más justicia: «aquí estoy», «que se cumpla en mí».
No quiero por eso cantar una elegía al estilo de Miguel Hernández, a su amigo Ramón Sijé, que como si de un hortelano se tratase quiere regar con sus lágrimas «la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano». No, nuestro futuro no es el estiércol; pero sí que quiero servirme de los versos del gran poeta de Orihuela, de orígenes devotos católicos luego abandonados, para expresar de forma bella y profunda el dolor que se siente:

«Tanto dolor se agrupa en mi costado, 
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado, 
un hachazo invisible y homicida, 
un empujón brutal te ha derribado. 






No hay extensión más grande que mi herida, 
lloro mi desventura y sus conjuntos 
y siento más tu muerte que mi vida».



El ser humano es ser que vive del sentido: nace con sentido, vive con sentido, y muere con sentido. Un sentido que está en él, por su dignidad, pero que a su vez lo busca en su «marca indeleble», la de «hijo amado de Dios». Por eso el sentido del ser humano, en visión cristiana, se torna en esperanza. No estamos amenazados por la destrucción y el olvido, sino por la Vida y la Resurrección.
Del magistral poema de Miguel Hernández siempre cito el final porque me parece sublime. Con el joven agricultor poeta de la huerta levantina, usando sus palabras, 'te requiero' para una larga conversación en el cielo:

'que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero'

Parafraseando a este poeta, con el debido respeto, sin tener su luz, su dominio del lenguaje ni su maestría, he escrito estos versos para José Antonio, extensivos a tantas personas que queremos y que ya están en los brazos del Padre. Si os sirven, podéis poner otros nombres y rostros.

Yo quiero ser el hortelano
de la tierra que ocupas,
mi buen amigo y hermano.

Yo quiero ser el jardinero
que llora tu pérdida
y cultiva tus recuerdos

Te necesito y «te requiero»,
compañero del alma,
de la vida compañero.
  
Sé que nos encontraremos
después del sueño de la muerte
porque Dios nos hizo eternos.

(Pedro Fraile, adaptación libre de la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández)

  ‘Abuna’ José Antonio, amigo y confidente; fiel creyente; hombre de Dios, presenta nuestras vidas al Padre, al Buen Dios, ¡Abuna, hasta el cielo!

Pedro Ignacio Fraile Yécora
28 de Abril de 2010


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