06 febrero, 2014

CUATRO PERSONAJES EN BUSCA DE LECTOR


 Uno de los problemas que tenemos hoy los cristianos es cómo acercarnos a la Biblia. No sólo es una razón «teológica», pues para un creyente se trata no de un simple libro sino de la «Palabra de Dios»; es también una razón «cultural», pues con frecuencia nos repelen textos que bien parecen anclados en un pasado ya superado (como es el caso del relato de la creación), bien son violentos y pensamos que no hay que leerlos.
Una tercera razón, más allá de las dos anteriores, es una razón de lectura creyente. El Nuevo Testamento es más fácil, pero ¿cómo leer el Antiguo Testamento sin renunciar a nuestra condición de creyentes y de personas de este mundo occidental del siglo XXI?
Os propongo no una lectura «literal» de textos mínimos, sino una lectura creyente y narrativa desde la perspectiva de los personajes. Dicho de otra forma, se trata de ver que cuando leemos la Biblia, no intentamos «ajustar a nuestra vida» historias que no nos importan, sino que podemos decir que ‘esta historia que leo, es mi historia’.
Los pasos son tres:
Primero: la experiencia humana
Segundo: el personaje tal como nos lo presenta el texto bíblico
Tercero: la teología (nuestra idea de Dios) que subyace y que debemos cambiar.


1. Abrahán: de la búsqueda a la obediencia

La experiencia humana. Con frecuencia nos encontramos con personas inquietas. Inquietas por su futuro porque tienen ambición, o inquietas por las grandes preguntas que una y otra vez vuelven a su vida. Puede ser que esta persona, si es religiosa, busque una palabra en Dios. Pero, ¿qué Dios? ¿Vale con el Dios de los padres? ¿Es suficiente la fe heredada o hay que ponerse en camino? ¿No es mejor conformarse con lo que ya sabemos? ¿Y si en el camino se pierde incluso las pocas seguridades que nos quedan? ¿Hay que fiarse de los otros o hay que rechazar? ¿Hay que partir de las seguridades o es mejor no fiarse de nada ni de nadie, el escepticismo absoluto? ¿Juega Dios con nuestros sentimientos?
La experiencia de Abrahám. Abrahám es descrito como alguien que vive en su casa con su familia. Debemos suponer, por tanto, que tiene sus seguridades. Podría llevar su vida sin más complicaciones. Podría seguir la religión de sus padres. Un día escucha una llamada que le dice ‘ponte en camino a la tierra que yo te mostraré’ (Gn 12,1). Es lo mismo que decir: desinstálate, muévete, deja tus seguridades y arriésgate.
Es más. Parece que Dios se le está riendo, porque las dos promesas son absurdas: a una persona anciana cuya mujer es estéril le dice que va a ser padre de una multitud como las arenas de la playa o las estrellas del cielo. A una familia de itinerantes les promete que les dará una tierra y que la habitarán (Gn 15,1-5;18; 22,17).
Abrahám puede tener el pecado de la osadía, de la imprudencia... o puede correr el riesgo de la fe. Abrahám se arriesga a pesar de que su mujer, Sara, se le ríe. Abrahám tiene la osadía de albergar en su casa a unos personajes extraños e invitarlos a la mesa; ellos serán los que anunciarán una buena  noticia tantas veces esperadas y tantas veces frustradas: va a ser el padre de un niño (Gn 18,10-15)
Cuando la promesa de Dios parece que se va a cumplir, Dios parece que se riera de nuevo del pobre y buen Abrahám: quiero que sacrifiques a tu hijo (Gn 22). La prueba de que la fe de Abrahám es segura se manifiesta aquí; sabe que Dios no le va a fallar y decide obedecerle. Es obediencia en la fe; no obediencia ciega a un destino cruel, sino a una promesa anterior: ‘multiplicaré tu descedencia’. El ‘aquí estoy’ de Abrahám (Gn 22,11) no es un juego de palabras, sino una actitud de fe confiada a la vez que obediente.
Abrahám, padre en la fe. Abrahám ha pasado a ser modelo del creyente en las tres grandes religiones monoteístas o proféticas. Primero porque creyó ‘contra toda esperanza’ la promesa que le había hecho Dios. Después porque no dudó en hacer lo contrario a lo evidente (sacrificar al hijo de la promesa) sólo porque Dios se lo había pedido. El valor de Abrahám es ponerse en camino; ser un buscador, y dejar sin miedo que le visitase Dios por medio de aquellos desconocidos. El valor de Abrahám es la integridad de su vida y la fe en un Dios personal que se le comunica en la historia, no al margen de la historia. Las personas son mediaciones; unas veces como estorbo (Sara desconfía), otras como don precioso: Isaac.
El recorrido de Abrahám es actual porque ninguno de nosotros puede presumir de no tener que hacer el camino de la fe y de pasa la prueba. Cada uno tendrá las suyas; tendrá que dejar sus seguridades (la casa paterna, sus dioses) y correr el riesgo de una fe que no sabes bien dónde te puede llevar. La fe bíblica te llevará a decir ‘hinnení’ aunque lo digas con los ojos llorosos. La experiencia de Abrahám es que Dios ni se goza en el sufrimiento ni falla. Su camino es para buscadores, pero buscadores que saben acoger el misterio del más grande.

2. Jeremías: la escucha del Dios incómodo


La experiencia humana. La fe puede ser una alegría, una gozada, una suerte maravillosa... o puede ser fuente de conflictos, de tristezas, de combates internos. Se puede dar gracias por el don de la fe, o se puede protestar a Dios diciendo por qué a mí; por qué yo... ¿Acaso no soy el hazmerreír de la gente? ¿No sería mi vida más feliz si fuera como todos’. Ser creyente no es sinónimo de vivir en paz. Es más; muchas veces es sinónimo de vivir en tensión, en contradicciones, en confrontación con personas que hacen mofa y escarnio.
La experiencia de Jeremías. Jeremías ha pasado a la historia por ser un personaje amargado: ‘lloras más que Jeremías’, se dice aún en algunos sitios. En efecto, de él nos han llegado las confesiones (Jer 11,18-12,6; 15,10-21; 17,14-18, 18,18-23; 20,7-18); son, sin duda, sus textos más significativos.
Jeremías es un ‘hombre de Dios desde el seno materno’ (Jer 1,5). No podemos decir, por tanto, que sea un converso, o un trabajador ‘de la última hora’, como dirá la parábola del evangelio. Jeremías ha recibido la vocación siendo aún un muchacho y la ha aceptado (Jer 1,6). Vive en una aparente contradicción: unas veces desea que Dios hable (Jer 15,16); otras lo vive con angustia (Jer 20,8).  Sin embargo su vocación profética le impide callar la voz del Señor (Jer 20,9)
Su misión se convierte con frecuencia para él en burla y escarnio (Jer 15,17-18). Tiene que nadar contra corriente; tiene que predicar lo que no quieren oír. Cuando todos, pueblo y políticos, dicen que la salvación viene de las tropas egipcias, que salvarán a Jerusalén de su asedio, él dice de parte de Dios que no hay remedio, que el pecado del pueblo ha llegado a su límite y es mejor que no pongan resistencia. Jeremías es golpeado y condenado a muerte. Jeremías se enfrenta con un falso profeta que halagaba los oídos de Jerusalén (Jer 28).
Jeremías es el hombre que  sufre precisamente por ser fiel a su vocación; por eso grita y protesta y llega incluso a decir que hubiera sido mejor si no hubiera vivido (Jer 20,14-18). Es un profeta trágico, sufriente, para nada tranquilizador de conciencias.
¿En qué Dios creemos? El gran riesgo de todos los creyentes es hacernos un Dios según nuestros prejuicios o a nuestra imagen y semejanza. Puede ser que nos construyamos un Dios juez y severo, que no transige con el mal hasta el punto de que está siempre irritado y con mala cara. ¿No será que nosotros somos así y proyectamos en Dios nuestra forma de ver el mundo y a los demás?
Puede ser, por el contrario, que nos hagamos a la idea de un Dios bonachón, el abuelete que es cómplice con los nietos frente a los padres y les pasa todo, ‘papa Noel’ que va repartiendo regalos y dulces. El Dios revelado en Jeremías es, sin embargo, un Dios desconcertante y exigente. Por una parte llama: Jeremías se sabe enviado por Dios; por otra le envía a una misión que la vive como fuente de tensión. ¿Puede ser esto así? ¿No será mejor no creer?
El Dios de Jeremías es un Dios que no se deja manipular. Jananías es un falso profeta que dice hablar en nombre de Dios. ¡Tremendo desconcierto! ¿A quién hacer caso? ¿Quién dice la palabra de Dios? ¿El que pronuncia lo que nos gusta o el que dice la verdad aunque no nos guste y nos moleste? El Dios bíblico da la felicidad, da la vida; su palabra es verdadera, pero esto no  quiere decir que sea siempre agradable a nuestros oídos o que coincida con nuestras apetencias en cada momento. ¿Cuándo leo la palabra de Dios la siento como interpelante o como droga calmante que me da la razón?

3. Jonás: las convicciones contrariadas


La experiencia humana. Las personas solemos tener unas ideas fundamentales en torno a las cuales organizamos nuestra vida: son nuestros principios. Principios éticos, principios religiosos, principios políticos. En la infancia recibimos de nuestros padres, profesores y entorno social. En la adolescencia decidimos que  no valen y que queremos tener los nuestros propios. En la juventud tenemos principios universales y por lo general generosos; en la madurez aparece la sensatez y vamos aquilatando los que moverán el resto de nuestra vida. Por eso mismo, cuando una persona que tiene, más o menos claro lo que piensa y ve que de repente todo se le cae... decimos que se le ‘caen los palos del sombrajo’. Contamos con imprevistos, con dificultades, pero no con que se nos venga abajo las columnas sobre las que edificamos nuestra vida.
La durísima experiencia de Jonás. Jonás es una buena persona y un buen judío. Sabe qué agrada a Dios y lo que le contraría. Sabe que Dios es justo, que premia y castiga. Es más, ha recibido de Dios mismo una palabra profética. Por lo cual debería sentirse privilegiado y halagado. Jonás conoce bien la política de su tiempo y ha oído hablar de Nínive, la gran ciudad impía donde abundan los ídolos abominables, donde la gente no respeta los mandamientos de Dios y donde la sangre se derrama por doquier. Nínive está, sin duda, llamada a la destrucción.
La palabra de Dios le dice, sin embargo, que tiene que ir a Nínive para que anuncie un castigo venidero, el pueblo tenga tiempo de convertirse y se pueda salvar. Jonás no sólo no lo entiende, sino que se niega a obedecer: Nínive debe ser destruida.  Jonás desobedece y huye; se va justo hacia el oeste, hacia Tarsis, para huir de la misión. Después de muchas peripecias Jonás predica la conversión y Nínive se convierte. Como el hermano mayor de la parábola de Lucas, Jonás se enfada (4,1) y le pide a Dios que le quite la vida porque su soberbia no soporta ver que los pecadores se hayan salvado. Por segunda vez, Dios le corrige. Por medio de una ramita de un árbol donde se había cobijado y que se había secado, el Señor le hace comprender a Jonás dónde está lo importante y dónde lo secundario.
¿Quién corrige a quién? No es demasiado difícil encontrar entre gentes religiosas personas que se atreven a enmendar la plana a Dios. Cuando se insiste en que el Dios Bíblico es un Dios de amor y de misericordia, no falta quien diga: ‘Sí, pero antes es justo’. A Dios le salen con frecuencia abogados que lo quieren defender y corrigen otros textos bíblicos. Son como Jonás que se enfada porque Dios es misericordioso y él está convencido de que se ha equivocado.
La fe supone no el decirle a Dios cómo tiene que actuar, o cómo debe comportarse en el mundo, sino en abrirse a su acción siempre desconcertante a la vez que iluminadora. El Dios bíblico no permite ser reducido a un ídolo que cogemos y dejamos, que castigamos o premiamos, que engañamos con nuestras mentirijillas y que le hacemos ir por donde nosotros queremos.


4. Elías: la pasión por Dios

La experiencia humana: ¿Conoces a alguien que defienda los derechos de Dios? Puede ser que cualquiera de nosotros nos pongamos en esta texitura: «no toleramos que se manche el nombre de Dios».  Las razones son varias y distintas:

-        no permitimos que se mofen de Dios porque es nuestro Padre
-        no permitimos que nadie «use» el nombre de Dios para hacer magia, o para manipularlo       como si de un títere se tratara.
-        no permitimos que en nombre de Dios se explote a nadie; por ejemplo, cuando decimos ante una catástrofe «es la voluntad de Dios».
Dios es Dios y no se puede «reducir» a un sentimiento de bienestar, porque ¿qué hacemos cuando las cosas no van bien, dejamos de creer en Dios?
Tampoco es un «Dios relojero» que pone en marcha el reloj del mundo y se retira a descansar. El Dios de Jesús es un Dios que sufre y que actúa.
¿Se puede vivir la fe en Dios de forma «desapasionada» como si de algo accesorio se tratara? ¿Podemos vivir igual cuando creemos en Dios?

Elías, un profeta contra todos: La Biblia nos presenta a Elías con tres rasgos:
-        Es el hombre que defiende a los pobres y se enfrenta a la reina Jezabel  porque ha mandado asesinar a un pobre campesino para quedarse con su tierra (1Re 21,17). Dios no tolera la injusticia
-        Es el hombre que se enfrenta a todos los profetas de Baal y es perseguido porque confunden al pueblo y lo alejan del Dios verdadero (1Re  18,36-39)
-        Es el hombre que recibe una lección de parte de Dios: él no quiere la violencia sino la presencia del Dios oculto; del que se revela pero que no se puede asir, coger, capturar.

Elías ha pasado a la historia bíblica como el «defensor del yahvismo». Moisés es el guía del pueblo, el libertador y el compilador de las leyes de Dios. Elías es el que más va a defender la verdadera fe contra todos los intentos de reducción a una idolatría o de una fe movida por las «creencias», pero que olvida al Dios de la justicia.

Un profeta para nuestro tiempo. No es fácil hoy ni hablar de Dios ni, mucho menos, sustraerlo a la acusación velada de que el monoteísmo es la causa de la violencia remota de muchas situaciones de nuestras sociedad.
Sin duda que Elías es un profeta violento, pues se enfrenta a los profetas de Baal por defender a Dios. Es un profeta apasionado. Pero recibe de Dios una lección:
-        Él no está en el viento huracanado del que nos protegemos
-        Él no está el terremoto que destruye
-        Él no está en el fuego devorador
Dios se revela en ese «susurro» apenas perceptible. Hay que salir de la cueva, hay que vivir en medio de mundo y descubrir el paso de Dios por las vidas de las personas.




05 febrero, 2014

HÁBLAME DE DIOS

Preparando un trabajo sobre la Trinidad, y buscando en el 'fondo de armario' de apuntes, poemas, y textos de todo tipo, me he encontrado con esta maravilla que escuché hace unos años. No sé quién es el autor, pero no creo que le importe que lo comparta con vosotros. La he titulado 'háblame de Dios'  porque es el estribillo que se repite en cada verso.
HÁBLAME DE DIOS

Dije al almendro: háblame de Dios
y el almendro floreció,
Dije al pobre: háblame de Dios,
y el pobre me ofreció su capa.
Dije al sueño: háblame de Dios
y el sueño se hizo realidad.
Dije a un campesino: háblame de Dios
y el campesino me enseñó a labrar.
Dije a la naturaleza: háblame de Dios
y la naturaleza se cubrió de hermosura
Dije a un amigo: háblame de Dios
y el amigo me enseñó a amar.
Dije a un pequeño: háblame de Dios
y el pequeño sonrió.
Dije a un ruiseñor: háblame de Dios
y el ruiseñor se puso a cantar.
Dije a la fuente: háblame de Dios
y el agua brotó.
Dije a mi madre: háblame de Dios
y mi madre me dio un beso en la frente.
Dije a la gente: habladme de Dios
y la gente se amaba.
Dije a la voz: háblame de Dios
y la voz no encontró palabras.
Dije al dolor: háblame de Dios
y el dolor se transformó en agradecimiento.
Dije a la Biblia: háblame de Dios
y la Biblia no paró de hablar
Dije a Jesús: háblame de Dios
y Jesús rezó el Padrenuestro.
Dije temeroso al sol poniente: háblame de Dios
y el sol se ocultó sin decirme nada.
Pero al día siguiente al amanecer,
cuando abría la ventana, ya me volvió a sonreír.

04 febrero, 2014

¡¡CIEN ARTÍCULOS DEL BLOG ‘RELATOS DE UN PEREGRINO’!!



            El número cien es muy redondo. A los presidentes de gobierno, a los gobiernos, ¡incluso al Papa de Roma!, le revisan en su quehacer y su ‘queprometer’, sus expectativas y sus lagunas después de «cien días».
            Os contaré algunas curiosidades de la vida interna del blog. Por ejemplo, que el único artículo que ha llegado a las 200 visitas es el dedicado a la ‘Conversión de San Pedro y San Pablo’. Son unos antiguos apuntes míos que tenía por el ordenador y que un día decidí compartir; sin embargo, otros apuntes, dedicados al ‘Padrenuestro’, se han perdido en los números bajos del «ránking». Le sigue en lecturas las «Diez razones para ir a Tierra Santa», con 135 lectores; luego «Los ángeles lloran en Malula» (109), «Paisaje y paisanaje» (85), «Saberes y sabores de Tierra Santa» (84), «Un espectáculo penoso en Jerusalén» (63), «Beso alargado, abrazo intenso» (62), «Jesús; una revisión personal, dolorosa y necesaria» (62) y por último «Jesús, los hipócritas y Séforis» (61).
            Es bueno saber lo que más leéis. A veces, te emperras en un artículo porque crees que es interesante o piensas que algo merece la pena, y sin embargo no se encuentra el beneplácito de los lectores.
            Entre los países que leen el blog (6.594 entradas a la hora de escribir este informe), lleva la ventaja, como no podía ser de otro modo, España; le sigue Estados Unidos (1776); luego Rusia (534); Argentina (397); México (210); Colombia (205); Alemania (180); Perú (143); Ucrania (68) e Israel (65). Algunos lectores han entrado alguna vez desde Vietnam, Filipinas, China, Suecia, Zimbabwe… Ahora mismo veo que están leyendo desde América Central: El Salvador, Costa Rica, Panamá… Un saludo para todos. A veces escribo de cosas que pasan en España, con lo cual no será fácil que se pueda entender bien de qué estoy hablando.
            Entre los temas, como habréis podido ver, me tiran de forma especial los relacionados con Tierra Santa y Turquía, viajes incluidos. Por cierto, si estáis interesado en alguno de los dos que preparamos para este verano, no dudéis en escribirnos a viajesatierrasanta@hotmail.com y os contestaremos seguro.
            Otros temas sobre los que vuelvo son el de la fe y el hombre moderno. ¿Se puede ser cristiano en esta sociedad? Esa es la pregunta a la que más vueltas le doy. Si se puede ser cristiano, ¿cómo serlo de forma coherente y atractiva a la vez?
            Una pega enorme para el blog: la participación de los lectores. No he sido capaz de hacerlo fácil para que pudierais participar con vuestros comentarios. A ver si de ahora en adelante lo conseguimos.
            Por último, el título. Va cambiando, hasta que encuentre uno que se «ajuste» a nuestro propósito. ¡A por otros cien artículos!


            

02 febrero, 2014

EL "PASO DES(ACOMPASADO) DE DIOS"



            Cuando se aprende la instrucción en el ejército (se «aprendía», más bien), el cabo primero gritaba marcando bien las dos sílabas: «¡pa-so!», y todos repiqueteaban el suelo con dos golpes de pie (y de bota), la orden repetida del soldado mil veces reenganchado: «bum-bum». Así una y otra vez: «¡pa-so!»!- «bum-bum»; «¡pa-so!»… Horas de instrucción para que en el día de la «jura de bandera» las compañías compitieran entre ellas a ver quiénes iban más acompasadas. Había que aprender a «marcar el paso». La instrucción era, en buena medida, aprendizaje de ir todos uniformes y uniformados con un paso al unísono.
            

Hoy es el «día de la Candelaria». El jesuita que ha presidido la Eucaristía nos ha dicho que debemos descubrir el «paso de Dios» por nuestras vidas, porque solemos estar a veces despistados: Dios pasa, y no nos damos cuenta. La cosa iba por los buenos de Simeón y de Ana, que subieron como todos los días al Templo de Jerusalén, y cuando vieron aparecer a aquella familia de pocos posibles (¡sólo llevaban dos tórtolas, lo mínimo que exigía le Ley pa
ra no ir de vacío al Templo!), dijeron: «acaba de entrar en estos atrios el Mesías de Dios». Sólo ellos, dos ancianos cansados de ver gente, vieron que en aquel niño acompañado por sus padres pobres (¡que no «pobres padres»!), estaba Dios mismo en plenitud. Supieron ver y entender el «paso de Dios».
            Dios «pasa» pero  no marca el paso. Dios «pasa» por nuestra vida, pero no se fija en los que marcan el paso. Dios prefiere los que van con el paso libre, o suelto, con gracia, con gracejo, con simpatía y desparpajo.
            Muchas veces decimos que a Dios no le gustan los «caminos hechos, trazados, cerrados», sino que prefiere adentrarse por caminos sin trillar, porque Dios no tiene miedo y espera mucho de cada hombre.
            Hoy podemos decir que a Dios no le gusta la gente que «marca el paso», si bien le gusta que descubramos que él «pasa» por nuestra vida. ¿Tiene que ver esto con la providencia y su tensión dramática con la libertad? Probablemente sí, porque Dios camina con nosotros, a veces sin hacerse notar, a veces dándonos un tirón de orejas, a veces llorando con nosotros, a veces llamándonos la atención, a veces cuando estamos «felices» (en uno de esos «sorbos» de felicidad que no sabemos de dónde salen, pero que sabemos que son de verdad).
            El «paso» de Dios tiene que ver con la «providencia y su tensión dramática con la libertad», y tiene que ver con nuestras superficialidades y profundidades, con nuestros hondones y nuestros vuelos rasantes. ¡Cuántas veces no vemos que Dios pasa porque «no vemos», o «no oímos», o no «escuchamos», o no «sentimos»! Quizá haya que empezar por ahí, por aprender a «escuchar y no sólo oír»; a «contemplar y no sólo mirar»; a «sentir y no sólo analizar». Probablemente entonces descubriremos cómo Dios pasa por nuestra vida, aunque nunca, nunca, nunca, nos «haga marcar el paso».

Pedro Ignacio Fraile Yécora
2 de Febrero de 2014
Fiesta de la Presentación del Señor en Templo
http://pedrofraile.blogspot.com.es/


31 enero, 2014

JERUSALÉN DE AGUA. EL OFEL O LA CIUDAD DE DAVID


Es frecuente escuchar un estribillo que dice «Yerushalaim shel zahav» (Jerusalén de oro), cuando se quiere traer a la memoria la ciudad bíblica por excelencia. Con las licencias que concede la literatura, me he atrevido a cambiarla por «Yerushalaim shel mayim» (Jerusalén de agua), porque de ambas quiero escribir.
La pretensión es ambiciosa: pasar y repasar, como si en un viaje se tratara, todos los lugares donde el agua se deja ver hoy o se ha dejado ver en la historia de la ciudad. Ante el riesgo de hacer un artículo denso de citas, donde el lector tuviera que imaginar una geografía que quizás desconoce, he optado por el relato breve, que sin ceder ni un ápice al rigor, da mucha más libertad para poner por escrito el objetivo de esta colaboración.
El personaje que narra es ficticio, y atraviesa el tiempo, los siglos, como un observador neutral que da cuenta de lo que ve. La ciudad es real; los nombres de sus ríos, de sus fuentes, de sus pozos, de sus albercas, de sus barrancos, cisternas y aljibes son ciertos. Las referencias bíblicas son todas contrastables, sin dejar nada a la propia imaginación. ¿El resultado? el lector juzgará. Si consigo un viaje en el tiempo, en la geografía y en los acontecimientos que la narración bíblica refiere en torno al agua en la ciudad de Jerusalén, sin tergiversar lo que sabemos por la arqueología y la historia; si, además, consigo que el lector llegue hasta el final de la narración, me daré por satisfecho.
He optado por poner todas las notas al final del artículo, de forma que no corte la narración y que puedan ser consultadas si alguna de ella es de interés. Sin duda que muchos lectores echarán en falta textos que hacen referencia al agua: los torrentes del Negev, los oasis del desierto, el río Jordán, el mar de Galilea (que también es agua dulce), la Samaritana. En este artículo me limitaré conscientemente a Jerusalén. Ella es «ciudad de oro» y también «ciudad del agua»

Entre montañas y wadis[1]

Mi nombre es Hasid ben Jebús. Dicen que mi ciudad es tres veces santa; al menos, así la conocen en el siglo XXI. Para los hijos de Israel, era ‘Sión’, lugar de la Morada de Dios. Para los cristianos, el lugar donde murió y resucitó Jesús de Nazaret; por eso en la época cristiana de la ciudad, bajo el dominio de Bizancio, comenzó a llamarse ‘Hagia Polis’ (Ciudad Santa)[2]




Más tarde, cuando los musulmanes se apoderan de ella, y hasta el día de hoy, mantendrán este mismo nombre: ‘Al Quds’ (La Santa). Hoy los judíos la llaman Yerusalaim; los cristianos Jerusalén; los palestinos Al Quds. Para el que os habla es, sencillamente, mi ciudad.
No quiero hablar hoy de su santidad, sino de sus fuentes, de sus aljibes, canales y piscinas, de sus wadis que marcan, como si de hondas cicatrices se tratara, los límites de su territorio. En las crónicas de los peregrinos que han acudido allí a lo largo de los siglos no faltan las referencias a sus torrentes: «Después de lo dicho ya descendimos para el Valle de Josaphat fasta el lugar torrente Cedrón, el qual en tiempo d’el estío seco mengua de aguas, empero antes, en la primavera, hay abundancia de ellas muy grande, y por especial en la quaresma»[3].
Jerusalén ha vivido siempre pendiente del agua. Ya el rey David se sirvió de un túnel que comunicaba Jebús con el manantial del Guijón para conquistarla. Su hijo Salomón se hizo ungir en la misma fuente. El profeta Isaías salió al encuentro del rey Ajaz en el canal de la «Alberca del Batanero» y el rey Ezequías mandó cercenar la roca para que el agua del Guijón llegase a Siloé - maravilla que sigue admirando a los ingenieros actuales-. El escriba Esdras, ya en época persa,  hizo la primera lectura pública de la Ley de Moisés en la «Puerta del Agua». También aparecen sus albercas en los textos cristianos: dos escenas evangélicas localizan la actuación de Jesús en ellas: primero curando al paralítico de la piscina probática; luego enviando al ciego a que se lave los ojos en la de Siloé.
Quizá he dicho muchas cosas en poco tiempo, por eso prefiero ir despacio. Como os he dicho, mi nombre es Hasid ¿cómo no ser «piadoso» en la ciudad tres veces santa? Nací aquí, en Jebús; soy hijo de ella, y si me permitís, os iré llevando de la mano[4].
Mucho antes de que David, el vecino betlemita, se pusiera al frente de un puñado de hombres para dotar al nuevo reino de una capital, una pequeña ciudad cananea se había hecho fuerte entre dos valles. Jebús se alzaba orgullosa en la alta montaña del sur de Canaán, sólo superada por la altura de la ciudad de Hebrón. Jebús era una colina, con forma de lengua, entre dos barrancos. Al oeste, mirando al Mar Muerto, el profundo torrente Cedrón le hacía de frontera natural con un altivo monte, que posteriormente pasará a la historia como Monte de los Olivos. Al este de la colina de Jebús, otro barranco, este más estrecho, pero profundo y cortante: el Tiropeón. Los dos wadis delimitaban la colina hasta encontrarse en Siloé, cerrando en una pinza la lengua de tierra.



Urusalim, al pie del Gujión

            Los orígenes de la ciudad se pierden  en el tiempo; sólo basta con citar los textos antiguos donde aparece por primera vez su nombre. Sabemos que una aldea nació en las cercanías del torrente Guijón y que muy pronto tuvo que dotarse de altas murallas para defenderse. Los antiguos moradores de estos valles y montañas se las tuvieron con los faraones egipcios, cuando atravesaban el país en busca de nuevas conquistas. Antiguos textos egipcios inscritos en trozos de arcilla nos hablan de Rushalimum y de Siquem, ciudades ambas en la montaña. Más tarde, en otros textos también egipcios hallados en la ciudad de Tell-Amarna, aparece de nuevo el nombre de mi ciudad, que ahora llaman Urusalim. Es más, nos dice el nombre de uno de sus reyes, Abdi-Heba, que se queja al faraón del ataque de los hapiru, hombres muy combativos que continuamente provocan problemas[5].

 La ciudad antigua de Jerusalén (Jebús) se alza entre dos torrentes: el Tyropeón y el Cedrón. Fuera ya de la ciudad, se juntan con el torrente Hinón, en la fuente de En Roguel. La pequeña lengua de tierra que era Jebús (la ciudad conquistada por David), tenía como fuente natural la de Guijón. Siloé fue, posteriormente, un piscina donde se recogían las aguas provenientes del manantial del Guijón.


  





A Jebús se entra por la fuente

Fue un invierno duro y de continuas nevadas, cuando el reyezuelo cananeo de Jebús propuso hacer un túnel que aprovechase toda la riqueza de agua que pasaba por debajo de la ciudad. En la primavera empezarían las obras. La ciudad protegía con esmero el manantial de Guijón, a los pies de la muralla, cerca del Cedrón, porque sabían que su supervivencia dependía de él. Los ingenieros cananeos consiguieron horadar verticalmente la roca, de forma que incluso en los más duros asedios sus habitantes podían resistir con provisión de agua limpia y fresca. 
            David había dejado definitivamente su servicio con los filisteos para ponerse al frente de un pueblo que reclamaba un nuevo rey. Saúl no había estado a la altura de las circunstancias y el cambio se hacía inevitable. David, buen estratega y mejor hombre de gobierno, sabía que la capital del Reino que él proyectaba construir no podía situarse ni en Hebrón, capital de las tribus del sur, ni en Siquén, capital de las tribus del Norte. La colina de Jebús era el lugar ideal. Además, según las tradiciones del lugar, en un monte próximo, Abrahám mismo había estado a punto de  sacrificar a su hijo Isaac.
            Los habitantes de Jebús creían que era inexpugnable (¡como tantos otros pueblos!). Se atrevieron incluso a provocar a David: ‘los ciegos y los cojos no te dejarán entrar’. Craso error, pues David no se andaba con chiquitas. Aprovechó el canal de agua que abastecía la ciudad desde la fuente del Guijón, y trepando por las paredes del pozo, hizo que entraran sus hombres. Mujeres y niños, cojos y ciegos, fueron testigos de su mano dura. Jebús perdió su nombre, y pasó a llamarse «Ciudad de David»[6]
 

Unción real en la fuente del Guijón

            La sucesión del rey David no fue fácil. No en vano, cada una de sus esposas pensaba que la corona sería para alguno de sus hijos. David ya no salía de casa; estaba muy anciano y Adonías aprovechó para dar un ‘golpe de efecto’. Sin avisar a David, convocó a quienes le apoyaban en la fuente de Roguel (En Roguel), donde se juntan los tres wadis de Jerusalén: el Hinón al poniente,  el Tyropeon en el centro, y el Cedrón en el levante. Allí reunió a sus incondicionales: al sacerdote Abiatar, a Joab, general del ejército y a los otros hijos del rey. En la fuente de Roguel hicieron sacrificios, comieron, bebieron y Adonías fue proclamado rey [7].
            Estuvo a punto de iniciarse una guerra civil. Los ánimos estaban crispados y Betsabé, la madre de Salomón, fue al lecho de David a reivindicar los derechos de su hijo. La palabra se cumple, le dijo. Y David, recordando su promesa, ratificó a Betsabé que el trono sería para su hijo: «yo te juré por el Señor, Dios de Israel, que tu hijo Salomón me sucedería en el reino y se sentaría en mi trono en mi lugar. Pues así lo haré hoy mismo» [8].
            El sacerdote Sadoc, el profeta Natán, y la guardia fiel a David, montaron a Salomón en la mula de David y bajaron a la fuente del Guijón. El sacerdote Sadoc había tomado de la tienda de la presencia el cuerno de óleo para ungir a Salomón. Tocaron la trompeta y el pueblo comenzó a dar voces y a correr la voz. «¿Salomón es rey! ¡Viva el rey Salomón!» [9] .           

Sacrificios y holocaustos

            ¿Qué decir de Salomón? Su sabiduría no tenía medida y su fama atravesó mares y desiertos. ¡Hasta la Reina de Saba vino para probarle, y quedó maravillada!
            Sin duda Salomón es recordado por la construcción del Templo. Mandó comprar una era, hermosa y espaciosa, al norte de la ciudad de Jerusalén. Trajo a los mejores arquitectos, ingenieros, capataces y artesanos y les pidió que construyeran para Yahveh el Templo más hermoso que supieran hacer.
            El recinto exteriormente parecía como un palacio, lo que ellos llamaban el hekal; pero en su interior había una estancia reservada para Yahveh: el Santo de los Santos, el debir. A él sólo tenía acceso el Sumo Sacerdote.
            Los israelitas, una vez purificados, podían acercarse hasta el altar de los sacrificios, donde entregaban sus animales a los sacerdotes y levitas encargados de cumplir con escrupulosidad el rito prescrito.
            Sangre de machos cabríos, sangre de corderos, sangre de palomas, sangre que caía por el altar y sangre con la que se asperjaba al pueblo. Sangre y humo de las partes que se consumían por el poder de las llamas. Un intenso olor a sangre y humo de carne quemada, entremezclados, impregnaba la ropa de los asistentes.
            Los levitas estaban encargados de los servicios menores del Templo de Jerusalén. De la vigilancia, del canto, y de la limpieza. Muy cerca del Templo, en la parte oriental, los reyes procuraron que no faltaran aljibes hondos y anchos. El servicio del Templo así lo requería.
           
El asedio de Senaquerib

            Los sabios que cuentan la historia dicen que la época de Isaías fue muy dura. Muy pronto, siendo aún un hombre joven, tuvo que ver cómo el Reino hermano de Israel, junto con el pueblo de Aram, amenazaban al rey de Judá, Ajaz, que por entonces gobernaba Jerusalén y su entorno. El rey sucumbió ante el pánico de una guerra inminente, y el joven profeta Isaías tuvo que salir con su hijo a su encuentro, «al final del canal que conduce a la alberca del Batanero». El mensaje de parte de Dios al rey Ajaz era claro: fíate de Dios y de su voluntad, no de las alianzas políticas con los asirios [10]. Sin embargo el torpe rey no quiso oír al profeta y prefirió pedir ayuda al enemigo cruel y sanguinario. Isaías se quejó entonces de forma bella, pero amarga. El Señor trae la paz, como se ve reflejado en las aguas de Siloé, mientras que el Eufrates es río impetuoso.

«El Señor me habló otra vez y me dijo
Este pueblo desprecia las aguas de Siloé, que corren mansas,
y tiembla ante Rasín, el hijo de Romerías.
Pues bien, el Señor va a traer sobre ellos las aguas del Eufrates,
Impetuosas y abundantes.
Se saldrá de madre, desbordará su cauce,
Irrumpirá en Judá, la inundará,
Las aguas llegarán hasta el cuello,
Y se extenderá a lo ancho del país» [11]

Aquel primer peligro pasó para Jerusalén, pero no para  el reino de Israel y su capital Samaría, que fueron asolados por Sargón, general de los ejércitos del Imperio del río Tigris, y desaparecieron hasta el día de hoy.
            El recuerdo de la destrucción de Asiria pesaba en Jerusalén como una losa. Los asirios eran crueles. Pasaban a fuego y cuchillo a toda la población, y a los cuadros de los principales del pueblo los deportaban. Habían pasado sólo veinte años, y de nuevo amenazaban con la destrucción; esta vez de Jerusalén.
            Ezequías estaba bien considerado por el pueblo. La gente lo apreciaba, los sacerdotes del Templo lo admiraban por su piedad. Sólo el profeta Isaías ponía serios inconvenientes a la figura real. Isaías no podía admitir que el rey, el Ungido de Dios, se fiase de las tropas de Egipto antes que de Dios. ¿No era acaso un grave pecado? Isaías decidió andar desnudo por la ciudad para que todos los habitantes de la ciudad entendieran que algo grave iba a pasar.
            Ezequías no hizo caso al profeta y se atrevió a rebelarse contra el rey de Asiria: ni una moneda más iba a salir de las arcas de Judá para pagar los impuestos! El nuevo rey de Asiria, Senaquerib, era soldado antes que cortesano, y siguiendo la tradición de sus mayores, se puso al frente del ejército. Arrasó Laquis y mandó emisarios a Jerusalén. El copero mayor de Senaquerib negoció con el rey en el mismo sitio que Isaías le había profetizado al rey Acaz, «en la alberca de arriba, en el camino del campo del Batanero» [12].
            Ezequías sabía que el asedio de Jerusalén iba a ser duro. Mandó cegar todos los arroyos que podían abastecer de agua al imponente ejército enemigo y procuró el abastecimiento para la ciudad sitiada [13]. ¿Cómo hacer frente a esta inaudita situación? Los ingenieros del rey tuvieron una idea: si hacemos que el manantial del Guijón se remanse en el aljibe de Siloé, ¡no faltará agua! ¿Pero cómo conseguirlo, si su curso natural sale fuera de las murallas y pueden cortar el abastecimiento de los sitiados? La osadía no conoce límites: ¡perforaremos la roca, haremos un canal, y conduciremos el agua del manantial de Guijón hasta el embalse de Siloé sin que los enemigos puedan impedirlo!
            Ezequías no sólo bendijo la idea, sino que la mandó ejecutar con presura: «Dos equipos de hombres trabajarán por turnos horadando la roca. Unos comenzarán por la fuente; los otros, por  el aljibe» ¡Aún recuerdo los gritos de alegría que dieron los mineros cuando entrechocaron los picos, y cuando vieron que por las hendiduras de la roca abierta comenzaba a manar agua!
           



TRADUCCIÓN DE LA INSCRIPCIÓN ENCONTRADA EN LA PISCINA DE SILOÉ
1.      ...cuando se excavó el túnel. Y este fue el modo con que se perforó: Mientras... había todavía... los picos, 
2.      cada hombre hacia su compañero, y mientras todavía quedaban tres codos por horadar, se oyó la voz de un hombre que llamaba a 
3.      su compañero, pues había resonancia en la roca proveniente del norte y del sur. Cuando 
4.      se excavó el túnel, los picapedreros excavaron la roca, cada uno en dirección a su compañero, pico contra pico; 
5.      y las aguas fluyeron desde la fuente hasta el estanque a lo largo de 1.200 codos; 
6.      y la altura de la roca, por encima de las cabezas de los picapedreros, era de 100 codos.
Los hombres de sabiduría aún no saben por qué Senaquerib decidió no atacar la ciudad, una vez que la había sitiado. Los más escépticos hablan de una terrible peste que les asoló; los más piadosos, del ángel de Dios que intervino. Sea lo que fuere, Jerusalén contó desde entonces con un canal subterráneo para nuevas vicisitudes [14].

La cisterna de Jeremías

            La historia de Jerusalén se escribe con «m» de mayim (agua), con «z» de zahav (oro), y con «d» de dam (sangre). ¡Cuántos asedios había sufrido, y cuántos asedios le quedaban aún por sufrir! Ahora ya no eran los asirios quienes amenazaban, sino los babilonios. Sí, esta vez Nabucodonosor, el general del nuevo Imperio del Eufrates, no iba a fallar como había fallado el asirio Senaquerib.
            Ahora ya no estaba en la ciudad Isaías para advertir a los sucesivos reyes que conoció. Ahora el profeta era Jeremías, que una y otra vez tenía que denunciar su falta de confianza en Dios al monarca jerosolimitano. Jeremías se servía para denunciar el pecado del pueblo con la imagen del agua.
            Parece como si de una broma de mal gusto se tratara. Cuando Jeremías tenía que denunciar los pecados de su pueblo, les recordaba de parte de Dios, que eran tan necios que cambiaban el agua fresca y viva que sólo Dios puede dar, por agua cenagosa y escasa de aljibes dispersos por la ciudad:

«Doble iniquidad ha cometido mi pueblo:
me han abandonado a mí,
la fuente de agua viva
para excavarse aljibes,
aljibes agrietados,
que no retienen agua». (Jer 2,13) [15].

Jeremías tenía razón. Nabucodonosor no tenía compasión y decidió que Jerusalén debía caer. El asedio fue terrible; el hambre y la sed se apoderó de la ciudad: «Los ricos mandan a sus siervos a buscar agua; éstos van a los aljibes, no encuentran agua y vuelven con sus cántaros vacíos; quedan consternados, humillados, y se cubren la cabeza.» [16] .
            Sí; suena a venganza: «tú nos acusas de beber agua de ciénaga, pues tu castigo va a ser revolverte en la ciénaga». El pobre Jeremías, echado al aljibe seco, revuelto en lodo, gritando a Dios. Los ejércitos de Nabucodonosor asediando la ciudad, y el profeta clamando en vano [17].
            Una dura losa cayó sobre la ciudad tres veces santa. Nabucodonosor entró, quemó, saqueó, arrasó, aniquiló, hundió… y deportó. ¿Qué ha sido de tu Templo, el Templo del Señor? ¿Qué ha sido de tus murallas, construidas paso a paso, ganando terreno a los barrancos?

Las aguas del Templo de Ezequiel

            Jerusalén siempre había gozado de «hombres de Dios» piadosos y esforzados que escuchaban la voz del Señor y nos la transmitían fielmente. Ezequiel era uno ellos. Tampoco podría deciros cómo era, pues de niños había sido exiliado a Babilonia en la segunda gran deportación con que Nabucodonosor nos castigó antes del ataque definitivo contra la ciudad.
            Según me explicaron más tarde, Ezequiel tenía visiones. Veía a Dios y hablaba. Se quedaba largo tiempo en silencio, y cuando recobraba la palabra,  transmitía lo que le había dicho el Señor. Muchos le buscaban porque se divertían, otros porque les parecía sugerente. Un día habló de que veía el nuevo Templo de Jerusalén. ¡Qué risa les daba! ¿Cómo podía ver el Templo si estaba destruido y si nadie pensaba que iba a volver?
            Ezequiel decía: he visto que «por el lado oriental del Templo brotaba una corriente de agua». Luego añadía que un hombre con un cordel iba midiendo la altura que alcanzaba. El agua pasó de ser una fuente a ser una corriente, y de una corriente a un «torrente que no se podía atravesar». El torrente por donde pasaba creaba vida, incluso llegó hasta el Mar Muerto ¡y lo saneó! Los que somos de Jerusalén sabemos bien que en cuanto se deja la ciudad por el oriente, pronto se entra en un desierto árido, duro, pedregoso, sinuoso, que desciende abruptamente hasta la gran fosa de la sal. ¡El Templo era el lugar donde manaba la vida, el agua fresca, el futuro de todas aquellas montañas! [18].

La «Puerta del Agua»

            Dejemos que el libro de las Lamentaciones ponga voz al llanto por Jerusalén. La ciudad santa, la elegida por David, la Santa Sión, ahora se ve humillada por los cascos de los caballos de las tropas babilonias, ennegrecida por el fuego y  desdibujada por los cascotes que llenan las calles.
            Dejemos que la voz de Ciro, el vencedor de Babilonia, dicte su Edicto. «Habla Ciro, rey de Persia. El Señor, Dios del Cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un Templo en Jerusalén» [19]. Como acabo de decir, esto os lo cuento de segunda mano, porque nunca en mi vida he dejado Jerusalén. ¡Cómo lloraban de alegría los deportados! ¡Podemos cantar un cantar de Sión, pero no ya en tierra extranjera, sino en casa!
            Seríamos injustos si no dijéramos la verdad. La cosa no sólo no fue fácil, sino que fue harto difícil, por no decir inhumana. ¡Qué mal recibieron a los deportados que volvían a casa! ‘¿A qué volvéis?’, les decían. ‘Nosotros hemos rehecho aquí nuestra vida, ya no tenemos nada que ver con vosotros.’
            Qué dura fue la vuelta; qué dura la permanencia; qué dura la estancia entre los tuyos que no te quieren. Sólo algunos profetas, sobre todo Ageo, decía que la única forma de que tuviéramos futuro era volver a construir el Templo. ¡Qué osadía! ¡Si no teníamos dinero, ni fuerzas, ni ilusión!
            Necesitábamos hombres de empuje. Primero vino Sesbasar, luego Nehemías, más tarde Esdras. Nehemías se empeñó en reconstruir las murallas de Jerusalén, dándoles un trazado nuevo. Él mismo nos cuenta cómo, la misma noche que llegó, rodeó la ciudad a lomos de su caballo para ver el estado ruinoso en que estaban los antiguos muros: «Salí, pues, de noche, por la puerta del Valle, me dirigí hacia la fuente del Dragón y luego a la puerta del Muladar, inspeccionando la muralla de Jerusalén destruida y las puertas consumidas por el fuego. Continué después hasta la puerta de la Fuente y la alberca del rey; pero, como no había sitio para pasar con mi cabalgadura». [20]
            Nehemías trabajó con denuedo para que la ciudad recobrara su esplendor. Devolvió a la ciudad sus puertas y reconstruyó albercas para que el pueblo pudiera satisfacer sus necesidades más perentorias. Salún restauró la puerta de la Fuente y reparó el muro de la alberca de Siloé; los sirvientes del Templo restauraron la «Puerta del Agua». [21]
            Entre mis mejores recuerdos de la ciudad está el día en que Esdras, el escriba, cuando convocó a toda la ciudad a la «Puerta del Agua». Allí se reunieron hombre y mujeres, ancianos y niños. Esdras se subió a una altura de forma que todos pudieran escucharle. La gente fue guardando silencio, sabedora de que algo grande iba a pasar. Sacó de un estuche un rollo y comenzó a leerlo. Conforme avanzaba la lectura la gente se conmovía. Unos lloraban, otros bendecían a Dios, otros se daban golpes de pecho, otros rasgaban sus vestiduras. Sí, era el libro de la Ley del Señor. La Ley se proclamaba y el pueblo fiel asentía, se postraba, se hincaba de rodillas y decía con una sola voz «Amén, Amén» [22].
            Al escrutar las Escrituras descubrieron que Dios había prescrito a su pueblo, por medio de Moisés, que debían vivir en tiendas en la fiesta del mes séptimo. Todos corrieron a buscar ramas y hojas de palmera, y construyeron tiendas en las terrazas, en los patios, en los atrios del Templo, en la plaza de la «Puerta del Agua» y en la «Puerta de Efraín».[23]

La cisterna de la «Torre Antonia»

            Recordará el lector cómo he lamentado que la historia de Jerusalén va unidad con la historia de la sangre y el fuego. Parecía que los tiempos de los reyes persas iban a ser de una paz duradera. Nada más lejos. No pasó mucho tiempo cuando el joven macedonio Alejandro, por sobrenombre «el Magno»,  irrumpió en Asia. Bajó como una centella desde Issos hasta Tiro; desde Tiro hasta Egipto. Yo no me acuerdo de él, quizá porque no estuvo en Jerusalén, como sostienen algunos sabios. No importa mucho, porque sus hijos y sus descendientes sí que estuvieron.
            Entre sus descendientes griegos, aún se acuerda el pueblo del monarca Antíoco IV, por sobrenombre Epífanes. ¡Qué crueldad! ¡Qué humillaciones! ¡Cómo abusaba de la fe de los piadosos! Fue una nube negra de tormenta que es mejor olvidar. Los griegos introdujeron costumbres helénicas en todo el país. Les gustaba departir en la plaza pública, ejercitarse en el gimnasio y las obras de teatro. En Jerusalén llegaron a profanar el Templo, en una de las páginas más oprobiosas de toda la historia de la ciudad. Sólo cuando unos piadosos jóvenes del campo, sublevados con su padre y bajo la dirección del hermano mayor consiguieron recuperar la ciudad y el país, la tragedia devino paz. La humillación había sido tan grande que fue necesario volver a dedicar el Templo.  
            Los descendientes de aquellos guerrilleros piadosos no soportaron la vida humilde de quienes querían una Jerusalén fiel a Dios, y cayeron en la trampa vanidosa de crear una monarquía, la asmonea. Falsa y falaz, bajo la protección de Grecia primero y de Roma después. Pompeyo tuvo que venir, parece mentira, para poner paz entre hermanos que no se soportaban.
Cuando subía el Procurador romano desde Cesarea Marítima a Jerusalén, iba acompañado de una cohorte de soldados. Se alojaban en la Torre Antonia. Al Procurador no le gustaba mucho; prefería la vida cortesana y amable de la costa mediterránea a tener que vivir con la soldadesca. Además, cada vez que subía a Jerusalén por la Pascua, se encontraba un problema nuevo. Unas veces revueltas por los impuestos otras, tenía que decidir sobre la suerte de delincuentes o asesinos; no faltaban quienes decían ser el mesías esperado.
            El caso es que sus antecesores habían tomado la decisión de que una fortaleza debía vigilar permanentemente la explanada del Templo. Una torre capaz de resistir una revuelta y de albergar una cohorte de la legión. Hombres rudos que vivían permanentemente allí. Un procurador, del cual no recuerdo bien el nombre, mandó construir un hermoso aljibe capaz de abastecer las necesidades de la Torre Antonia: el «Strution».
             
Las curaciones de Jesús

            Los romanos habían entrado en escena con Pompeyo, que intervino para ‘poner paz’ en el avispero de Palestina. Los romanos no se las andaban con chiquitas. Intervenían con decisión, sometían al pueblo y a los príncipes, vigilaban las entradas y salidas de las ciudades, establecían sus cuarteles. Era todo un ‘aparato de ocupación’.
            Un día apareció Jesús por Jerusalén. Su fama le precedía. No era la primera vez que había estado en la ciudad. Es más, dicen que, como judío piadoso que era, lo hacía con frecuencia. De hecho, conocía bien la ciudad; sus puertas, sus fuentes, sus recodos.
            Un día fue al estanque que hay en la parte oriental, cerca del Templo. Allí, en dos enorme pozas, se contiene el agua que se reserva para el servicio del Templo. Allí se lavan las ovejas y los animales que han de ser sacrificados ritualmente. Los lugareños la conocían como Betesda; los griegos del lugar la conocían como la probática, porque estaba al lado de la Puerta de las ovejas [24]. Conforme a la Ley judía, un animal impuro o indigno, esto es, que no cumpla todos los requisitos legales, no puede ser ofrecido al Señor.
            No lejos de allí, en el mismo perímetro, hay una pequeña fuente termal, a la que acuden personas con distintos problemas con la confianza de mejorar de sus dolencias.
            Como os decía, un día Jesús fue allí. Había muchos enfermos; cada uno con sus dolencias y sus achaques. Uno de ellos no podía acercarse a las aguas, se arrastraba lastimosamente y nadie se apiadaba de él. Jesús, que tenía fama de ver más allá de lo que las personas solemos ver, se fijó y le habló. Fue algo repentino e inaudito; visto y no visto [25].
            En Jerusalén no es difícil encontrarse con personas ciegas; el griterío de las calles y mercados, las llamadas de unos y de otros para que te fijes en tal producto, el bullicio permanente, hacen que los ciegos pasen inadvertidos. Sentado o tirados en un rincón, ruegan una limosna. Pero el ruido ahoga sus lastimosas peticiones. Esta vez no fue Jesús quien clavó los ojos en el ciego, sino que fueron sus discípulos. Aprovecharon para hacerle una pregunta importante: «¿Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?». Jesús escupió en el suelo, hizo un poco de barro, y se lo aplicó a los ojos. Después le envió a lavarse a la piscina de Siloé. El hombre fue, se lavó, y recobró la vista. La gente, a veces, parece que se molesta cuando alguien le saca de sus casillas, rompe los esquemas o hace cosas que no controla. Los que vieron al ciego parecían que les molestara lo que había hecho Jesús. Encima, le recriminaban al ciego: ¿no eres tú el que te sentabas a pedir limosna? ¿cómo ves ahora? El ciego les explicó cómo había pasado todo; pero ellos, en vez de dar gloria a Dios, preguntaron con insistencia: «¿dónde está ahora ese hombre?». [26]
            La historia del ciego, la del paralítico, la de Esdras, la de Ezequías. Jerusalén es una ciudad que guarda hermosos relatos e historias relacionadas con el agua. Unas veces han sido referencias para la memoria, como cuando se leyó la Torah en la Puerta del Agua. Otras han sido testigos de hazañas militares, como la toma de la ciudad por David, y el asedio del terrible rey asirio Senaquerib.
            Hoy, cuando paseas por sus calles, sigues viendo las distintas piscinas. La de Betesda, junto a la Iglesia cruzada de Santa Ana. El Strution, en el lugar conocido como Litóstrotos; la de Siloé, al final del Cedrón. El canal de Ezequías y el pozo de Warrren siguen atrayendo la curiosidad de visitantes y peregrinos.
            Hoy la ciudad ya no está delimitada por los antiguos torrentes. Ha expandido su manto de casas y barrios. Pero aún se pueden ver los profundos cauces del Cedrón y del Hinón trazando los límites naturales de la vieja y siempre eterna ciudad de Jerusalén. Contigo sea la Paz. Shalom


Pedro Ignacio Fraile Yécora



[1] La palabra wadi significa valle. En realidad se trata de torrentes o barrancos que la mayor parte del año están secos, pero que en la época de lluvias o a causa de las repentinas tormentas, conducen el agua pudiendo arrastrar todo a su paso.
[2] En las excavaciones de la Iglesia de san Jorge de la ciudad jordana de Madaba, se encontró un mosaico del siglo VI. Su importancia radica en que se trata de un plano de la Tierra Santa cristiana (época bizantina). La inscripción que acompaña al plano de Jerusalén dice ‘Agia Polis Ierosolyma’ (Ciudad Santa de Jerusalén).
[3] Cf. B. de Breidenbach, Viaje de la Tierra Santa (Zaragoza 2003) p. 202. Se trata de la edición a cargo de Pedro Tena, publicada por la Institución Fernando el Católico. Su interés para nosotros reside, además del texto mismo y de los grabados, en que Paulus Hurus, figura de la imprenta incunable hispana, publica en 1498 en Zaragoza la traducción española de la obra original alemana.
[4] Jebús es el nombre cananeo de la ciudad antes de ser conquistada por David.
[5] La historia de la ciudad de Jerusalén, anterior a los jebuseos,  aparece en diversas fuentes egipcias. Primero en los textos de execración de las ciudades asiáticas conquistadas por los faraones del siglo XX a.C.; más tarde, en los archivos reales encontrados en Tell-el Amarna, donde se encuentran cartas que envían los reyezuelos de Palestina al Faraón; éstos corresponden al s. XV a.C. No es seguro que los hapiru que atacan ciudades cananeas deban ser identificados con los hebreos. Cf. J. González Echegaray, Pisando tus umbrales Jerusalén. Historia antigua de la ciudad (Estella 2005), pp. 45-55.
[6] Cf. 2 Sam 5,6-10. Hoy se puede visitar en la colina del Ofel lo que se conoce como ‘canal de Warren’, tomando el nombre del arqueólogo que lo descubrió. Se trata de un pozo que comunica la ciudad antigua con la fuente del Guijón.
[7] Cf. 1 Re 1, 8-9.
[8] Cf. 1 Re 1,29-30.
[9] Cf. 1 Re 1,38-39.
[10] Cf. Is 7,3.
[11 Cf. Is 8,5-8.
[12] Cf. 2 Re 18,17; ver también Is 36,2
[13] Cf. 2 Cro 32,3
[14] La Biblia recoge tres textos en libros distintos que refieren cómo el rey Ezequías mandó construir este canal horadando la roca: 2 Re 20,21; 2 Cro 32,30; Eclo 48,17. En… unos niños se bañaban en la fuente de Siloé y descubrieron una placa de piedra con una inscripción. Actualmente se encuentra en la sala correspondiente a Siria-Palestina en el Museo Arqueológico de Estambul.
[15] Cf. Jer 2,13
[16] Cf. Jer 14,3
[17] Cf. Jer 38, 1-13.
[18] Cf. Ez 47,1-12.
[19] Cf. Esd 1,2.
[20] Cf. Neh 2,13
[21] Cf. Neh 3,15-16.26.
[22] Cf. Neh 8,1-6
[23] Cf. Neh 8,13-18.
[24] Cf. El griego próbaton, que significa oveja.
[25] Cf. Jn 5,1-9
[26] Cf. Jn 9,1-12.