23 noviembre, 2013

VIAJA, PEREGRINA, CAMBIA TU MUNDO


¿QUIERES VIAJAR CON NOSOTROS?

Estamos preparando dos viajes para este verano.

Nuestra filosofía es 'excelencia en la cultura, exquisitez en el trato, calidad en el viaje'.

Nuestros viajes buscan tanto la información histórica, artística, cultural y religiosa del lugar al que vamos, como una reflexión desde la fe para hombres y mujeres de hoy.



Los viajes que estamos preparando con mimo para este verano son dos:

TIERRA SANTA Y JORDANIA, del 22 al 31 de Julio

TURQUÍA: LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO. SAN PABLO-APOCALIPISIS-PADRES CAPADOCIOS-CONCILIOS-CONSTANTINOPLA, del 8 al 16 de Agosto.

De momento, sólo tenemos reservadas las fechas. En cuanto tengamos más información, la iremos colgando. Si alguien está interesado, puede escribirnos al correo viajesatierrasanta@hotmail.com

Si tú no puedes ir, pero conoces a personas que le puedan interesar, no dudes en pasarles nuestra información y nuestro correo.










UN REY EN EL PATÍBULO DE LA CRUZ


            La cruz es un patíbulo. En la historia cruenta de la humanidad, los ajusticiados a muerte han ido pasando, en momentos diversos, por el «filo de la espada o del alfanje», por la «guillotina» francesa, por el «garrote vil» ibérico, por la «horca» primero , la «silla eléctrica» o la «inyección letal», después, de los sheriffs americanos; por el disparo de fusilería de los paredones; por los «hornos crematorios», los «gulags» y los «campos de reeducación» de los asesinos institucionalizados del siglo XX… y por la cruz…. La cruz de los imperialistas romanos.
            La condena a muerte es abominable, como todas las condenas a muertes. Pareciera que a muerte se condenan sólo a asesinos reincidentes confesos, a violadores sin escrúpulos, a delincuentes muy peligrosos, a revoltosos y sublevados… También la historia nos dice que la pena de muerte se ha aplicado a reyes burgueses que vivían a espalda del sufrimiento secular de su pueblo. También que se han matado a personas cuyo único delito era «el no ser de los nuestros» o «no pensar como nosotros».              La historia recoge el grito de muerte de muchos condenados a muerte. La historia recoge también la ejecución de un «rey pacífico y compasivo; humano y coherente; duro con los poderosos y misericordioso con los débiles; un rey inocente». Mañana es «Cristo Rey y Señor del Universo». La Iglesia nos invita a celebrar en una gran fiesta que la historia de la humanidad no está desbocada como un caballo sin rumbo; que la historia tuvo un comienzo en el acto creador de Dios (Alfa) y que se dirige a su consumación final en la nueva creación de Cristo (Omega). La historia tiene principio y fin: todo viene de Dios y todo se dirige a Dios. Jesucristo, el rostro humano de Dios, ocupa todo el arco dándole dirección y sentido. Ahora bien. La tentación perenne de la humanidad es hacer de este Cristo un «emperador» poderoso al estilo humano: violento, justiciero, vengativo, duro, inmisericorde… ¡Cuánto daño se ha hecho con esta imagen de Dios, que se ha traspasado de forma injusta y dañina a la de Cristo!

            El evangelio de este domingo de Cristo Rey del Universo apunta en la dirección correcta: Jesús es rey en la cruz. Sí, en un patíbulo. Jesús muere como un condenado a muerte. Para entender quién es el Cristo-rey-crucificado no podemos acudir a las imágenes de los reyes de la antigüedad (¡tampoco de los reyes de hoy!). Solo podemos entender a Cristo-crucificado poniendo nuestra mirada en el Siervo de Yahvé que no abría la boca cuando le insultaban, que ofrecía su espalda para llevar culpas ajenas, cuyas heridas nos han curado.
            Jesús sí que es rey; así lo dice el cartel que corona el palo vertical «Jesús nazareno, rey de los judíos». Tiene corona, pero es de espinas. Lleva cetro, pero es una caña; sus ropas no son una hermosa capa de armiño, sino un paño de pureza; su trono no es un hermoso sillón dorado, sino una cruz de dos palos entrecruzados; sus manos no llevan anillos, sino clavos de herrero… Con todo, no caigamos en la descripción sentimentalista. Jesús es rey en la cruz, pero es rey misericordioso; no grita venganza, sino perdón; no inicia un camino de violencia, sino que sella un camino de coherencia.
            Jesús en la cruz es rey, y lo es en solidaridad con todos los crucificados del mundo: los niños asesinados en Siria; los que han visto perder todo en el tifón de Filipinas; las niñas perseguidas a muerte de Afganistán; los desahuciados por los bancos después de haber sido alevosamente engañados… Los crucificados de hoy tienen muchos nombres. No creemos en un «rey emperador» que banquetea con la «crème» de este mundo, sino en un «rey crucificado».

Pedro Ignacio Fraile Yécora
Solemnidad de Cristo Rey y Señor del Universo
   http://pedrofraile.blogspot.com.es/

            

21 noviembre, 2013

JESÚS LLORÓ. PEDRO LLORÓ.



            Dicen que el «llorar» no es de «hombres». ¿Sabrá alguien por qué lloran los hombres? Dicen que el «llorar» nos humaniza; probablemente esta segunda afirmación nos reconcilia con nosotros mismos y con el resto de nuestros compañeros de viaje. ¡La vida es un viaje!

            Acabo de llegar de Jerusalén, con un grupo fenomenal de Burgos. Uno de los días uno de los sacerdotes que nos acompañaba celebró en el lugar conocido como «Dominus flevit». Su homilía fue breve: «Hablamos con frecuencia de la ‘mirada’ de Jesús, que cura, que salva. Pero no hablamos de que ‘Jesús lloró’. Jesús lloró al ver la ciudad: por su futuro y por sus habitantes. Decimos que no es posible ponernos en la piel de otro cuando sufre. Jesús se puso en la piel de todos los que lloran al contemplar la ciudad. Jesús lloró por nosotros y con nosotros’. Fue una homilía breve; de frases cortas, pero intensas. Jesús lloró. Los hombres lloran. Jesús es no sólo el «hijo de Dios», sino el «hijo del hombre». Jesús es hombre que llora porque el corazón necesita llorar cuando la realidad se impone y se ve con claridad abrumadora.





            Por la tarde fuimos al otro lado del torrente Cedrón: en la ladera que asciende desde Siloé hasta la ciudad alta, se alza la iglesia del «Galli Cantu». Allí, al recordar las negaciones de Pedro, con el famoso «canto del Gallo», se lee de nuevo el evangelio de san Lucas, donde se dice que «Pedro lloró amargamente». No os podéis ni imaginar cuánto se debe a los peregrinos. Esta observación no es mía, sino de uno de los peregrinos de Burgos. ¡Y no era un cura! Se me acercó y me dijo: «Jesús lloró al ver la ciudad de Jerusalén y aquí Pedro lloró amargamente». Así dice el texto de san Lucas: «Petrus flevit amare».
            Son dos llantos distintos. Los dos son llantos de humano y llantos de hombre. El de Jesús es porque «ve», porque «sabe», porque «siente en su corazón», porque «le toca el alma y la vida», que Jerusalén se cerró al plan de Dios y se va a volver a cerrar de nuevo. Jerusalén le va a decir «no»; le ha recibido alegre como Mesías al cruzar desde el monte de los Olivos y entrar en la ciudad santa, y a continuación le va a condenar a muerte: «nos sacas los colores; nos dices la verdad en nuestra cara; eres insoportablemente honesto; eres testigo de nuestra injusticia y nuestra sed de venganza: nuestro veredicto es que tienes que morir». Jesús llora por la dureza de corazón del ser humano. De entonces y de siempre.
            El llanto de Pedro es el de una persona que quiere, pero ha calculado mal sus fuerzas. Quiere pero no puede. Quiere pero le tiemblan las piernas. Pedro no es mala persona; no es un gran pecador; no es abominable. Pedro es todo corazón, pero es de barro. Cuando le piden que dé la cara, se «raja»: «no le conozco», «no sé de qué me hablas», «déjame en paz»… Pedro, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, «lloró amargamente».
            No sé si es un descubrimiento. Para mi lo ha sido. Antes de escribir estas líneas me he tomado la molestia de buscar en la Biblia con uno de esos «buscadores» que nos regala la informática moderna. En latín (ya sé que el Nuevo Testamento está escrito en griego, no me lo recriminen); en latín sólo aparece dos veces el verbo «llorar» en pasado, en tercera persona del singular (flevit), y las dos veces en san Lucas. Una vez dice que «Jesús lloró por la ciudad de Jerusalén» (flevit super illam, Lc 19,41); la segunda  vez dice que «Pedro lloró amargamente» (Petrus flevit amare, Lc 22,62) después de haber negado tres veces a Jesús.
            Jesús tenía una mirada intensa, penetrante, que no dejaba indiferente a nadie. Jesús miró la ciudad y lloró. Pedro tenía una mirada más a ras de corazón, de sentimientos, y también lloró. Se puede llorar de rabia, de dolor, de amargura, de amor, de enfado, de tristeza, de debilidad, de impotencia, de compasión, de miedo, de alegría.
Y tú, ¿lloras? ¿por qué lloras? ¿lloras con frecuencia? Llorar nos hace humanos. Pedro lloró… y Jesús lloró. Sea como sea, se llora porque se es de carne y sangre, porque se es de barro, aunque sea «barro enamorado».

Pedro Ignacio Fraile Yécora
21 de Noviembre de 2013

http://pedrofraile.blogspot.com/