17 mayo, 2013

UN ESPECTÁCULO PENOSO EN JERUSALÉN


 

Esta noche acabo de ver un espectáculo penoso en la puerta de Damasco. Varios cientos de judíos ortodoxos  salían ordenadamente, en silencio, cabizbajos, deprisa, como derrotados de una batalla, por la hermosa y noble puerta de la muralla norte de la ciudad. Salían en una larga procesión de una sola dirección, como si fueran deportados. Nadie entraba. Los que habíamos salido a dar un paseo y nos habíamos acercado a la puerta de Damasco, verdadero centro de la ciudad antigua, contemplábamos en la distancia, en silencio.

Salían en parejas, en grupos, también algunos solos. Todos deprisa. Salían familias enteras; padres, madres e hijos pequeños, incluso algunos en el cochecito que empujaba la madre. Salían con los vestidos de fiesta, hoy es Sabat: batines de raso negro, o blanco, ceñido por un cinturón ancho del mismo color, con sombrero de astracán, ellos. Vestidos amplios, largos, de corte decimonónico, siempre en tonos oscuros, ellas. Algunos salían con el talit sobre los hombros y el libro de oración entre las manos, como si les hubieran echado de algún lugar sin darles tiempo siquiera a que recogieran el paño de oración. Todos iban, sin parar, sin titubear, en dirección a su barrio: Mea Shearim.

La policía antidisturbios les observaba sin intervenir. Estaban relajados, al menos eso parecía, pero sin duda el hacerles pasillo para que salieran por la puerta de forma ordenada y continua no era mera casualidad.

He comentado a los que me acompañaban: «esto no es normal». A veces, cuando te das un paseo en la víspera del Sabat, ves cómo suben en grupos, separados, a distancia unos de otros… Ves que se mezclan con los vendedores palestinos de la Puerta de Damasco en medio de sus gritos. Pero esta noche no había gritos, sino mucho silencio; nadie gritaba ni cantaba, ni daba voces; sólo se oía el paso y las bocinas de los coches que pasan por la calle en su discurrir ordinario. Esta noche no había vendedores en la puerta de Damasco; sólo una marea humana de personas vestidas de negro, judíos observantes, que salían presurosos, probablemente porque les habían  «evacuado» del Muro de las Lamentaciones.

Luego nos hemos enterado de que los ortodoxos tienen un conflicto abierto con su gobierno a raíz de que ha aprobado que sus jóvenes (estudiantes ortodoxos de sus Escuelas de Torah) también tienen que hacer la mili, como ‘todo hijo de vecino’, y ellos no están dispuestos.

Yo no sé si esto que hemos visto respondía a una «evacuación forzosa» del Muro de las Lamentaciones. Lo que sí sé es que he sido testigo de un espectáculo, sin nada de hermosura ni de espiritualidad, sino de tristeza y de violencia contenida con un falso trasfondo religioso porque, seamos sensatos, ¿cuál es el testimonio oportuno y necesario que debemos dar los creyentes en Dios esta sociedad que cada vez más prescinde de él? ¿ser creyente es sinónimo de fanático? Ojalá llegue un día en que los creyentes demos testimonio de lo que realmente importa: testimonio inseparable de amor a Dios y a las personas con las que convivimos.

Pedro Ignacio Fraile Yécora, Jerusalén 17 de Mayo de 2013  

16 mayo, 2013

VER, OLER Y ENTENDER EL EVANGELIO


 
Hoy escribo desde Tierra Santa. Esta mañana hemos ido al Lago de Tiberíades y hemos hecho presente en cada momento el evangelio de Jesús. La verdad es que no cuesta, que es fácil.

Ayer estuvimos en Nazaret y, casi sin quererlo, las palabras se iban a María y su ‘’sí’ al ángel; a José, el hombre bueno y justo que no repudió a María sino que la recibió en su casa; a Jesús, en su vida oculta… Hoy, junto al lago, nos vienen a la cabeza nuevos textos: Jesús, dejó Nazaret y marchó al Lago; allí, en la ciudad de Cafarnaún, puso su centro neurálgico desde donde anunciar la buena noticia del Reino.

La mañana de hoy era preciosa. No hacía calor. El sol resplandecía. El campo, en primavera, nos regalaba todo su esplendor. Como siempre uno de los peregrinos hace un comentario acertado, muy acertado, que quiero traer a mi escrito. Había en el monte de las Bienaventuranzas tantas flores, tantos colores, tan distintos y tan desarmónicamente ubicados que ha citado a Jesús: ‘Fijaos en las flores del campo, que ni el mismo Salomón, en todo su esplendor, vestía como ellas. Dios, sin embargo, las llena de hermosura’. ¡Era verdad! Estábamos ante buganvillas doradas, rojas, violetas…  No lejos de allí dejaba su esplendor el azul intenso de las hojas de la jacaranda; el verde intenso de los árboles se confundía con amarillos de flores diminutas, con pétalos de mil colores que hacían entre todos un mosaico natural de gran belleza. Es verdad, a veces queremos explicar lo que quería decir Jesús con complicadas y enrevesadas interpretaciones… pero, para entender estas palabras de Jesús no hacía falta más que abrir los ojos y dejarse empapar de tanta belleza.

Luego hemos ido a la abadía benedictina de Tabga, donde se encuentra el mosaico bizantino de la multiplicación de los panes y de los peces. Allí, en la entrada, hay un molino de trigo, con una piedra de tamaño considerable para moverla una sola persona. A pocos metros está el mar de Galilea. De nuevo el evangelio se comenta sin esfuerzo: ‘el que escandalice a uno de estos pequeños, más le valdría que le ataran una piedra de molino y que le tiraran al mar’. Todos los peregrinos presentes han asentido al ver la plasticidad de las palabras de Jesús. Una vez que se ve el molino con su piedra de moler y el mar allí cerca, sólo quedar decir: ‘sobran las palabras’.

De allí a Cafarnaún. La ciudad tiene comentario aparte. Por cierto, para los que hace mucho que no han ido, aviso que están haciendo importantes obras en el jardín.  Pues bien, después de explicar distintos textos evangélicos  relacionados con la ciudad se me ha acercado un peregrino y me ha dicho… Pedro, te falta un texto muy importante. ¿Cuál?, le he preguntado. Cuando Jesús cura al siervo de un centurión; fíjate si es importante, me ha dicho, que sus palabras las decimos siempre en la misa. Entonces me he acordado de estas hermosas palabras del centurión de Cafarnaún que han pasado a nuestra liturgia: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa…’ Un peregrino nos ha iluminado.

En el Lago se ve, se huele, se siente, se escuchan hoy las palabras de Jesús. Primavera en Galilea. Primavera de la Iglesia escuchando con atención a Jesús, de Nazaret, el Señor.

Pedro Ignacio Fraile. Tiberiades 16 de Mayo de 2013