13 marzo, 2013

(IV) BESO ALARGADO, ABRAZO INTENSO, ALEGRÍA DESBORDANTE


 
Hace muchos años D. Ramón Búa Otero, a la sazón Obispo de Tarazona, recientemente fallecido, se servía en una homilía de la imagen de las brasas para explicar la fe adormecida de muchas personas. Las brasas, decía, parece que están apagadas; pero si soplas, si las remueves, si tienes paciencia y un poco de dedicación, de aquellos tizones y cenizas puede brotar de nuevo un fuego vivo, intenso,  extensivo, abrasador… También la fe, decía, a veces está conservada bajo brasas sólo aparentemente apagadas… Hay que soplar, hay, que esperar, hay que tener paciencia, hay que creer que el fuego se puede reavivar.

            La fe no se puede reducir a un «sentimiento», a una «sensación» o a un «gusto personal». Esto forma parte del ‘a,e,i,o,u’ de la teología;  sin embargo la fe se expresa y se vive de forma sentimental. La fe no es un sentimiento porque no depende del variable estado anímico de la persona: es como si dijéramos, ‘cuando estoy deprimido, triste, mal, tengo menos fe’ y ‘cuando estoy optimista, alegre, positivo, tengo más fe’. Tampoco se puede reducir al mundo de las sensaciones: ‘creo porque me hace sentirme bien conmigo mismo, porque me da paz, serenidad’; ni mucho menos al juicio de valor de nuestras aprobaciones: ‘esta afirmación de la fe me gusta o no me gusta’; como si la fe de la Iglesia tuviera que ver con nuestra aprobación o nuestro consenso, siempre sometido a las opciones personales y al devenir de la cultura dominante. Sin embargo, y esto es muy importante, la fe se expresa con sentimientos porque tiene que ver con la persona, con la vida, con la experiencia, con la memoria: sentimientos de alegría desbordante, o de tristeza; de gritos de horror o de serenidad; de paz interior o de lucha; de agradecimiento o de petición de cuentas. La fe cristiana, por ser humana, expresa la vida personal, diaria, combativa, que quiere vivir, y expresa nuestra vida con Dios.

            El viaje a Tierra Santa hace que afloren múltiples sentimientos que puede ser que tengamos reprimidos: lloramos en la travesía del barco por el Lago de Tiberíades, haciendo presentes las palabras de Jesús: «ven y sígueme». Nos emocionamos al besar el lugar del nacimiento de Jesús, en la pobreza de la cueva, o besando el lugar de su muerte, en la roca del Gólgota; o como María Magdalena besamos la tumba vacía, y decimos: «verdaderamente ha resucitado». Repetimos un «sí»  profundo, intenso, claro, rotundo, nítido, a la vez que ensanchamos el pecho… con María en Nazaret. Lloramos nuestras ‘pequeñas traiciones’, nuestros «noes», con Pedro en la Basílica del Galli Cantu. Nos sentimos discípulos predilectos de Jesús cuando, en la gruta del Pater Noster, rezamos con las palabras que Jesús nos enseñó. No quisiéramos levantarnos de la piedra de Getsemaní cuando apoyamos la cabeza y pasa la película de nuestros sufrimientos personales, familiares, y nos queremos hacer uno solo con Jesús. Es mi Getsemaní; es mi respuesta a la llamada de Jesús; es mi ‘sí’ con María; son mis ‘noes’ como Pedro; es mi oración con Jesús. No  son «sentimientos religiosos blandos», como si la fe fuera un «sentimentalismo» adolescente, no. Se trata de «sentir con Jesús»; de dejar que la fe se exprese en canto sereno o en lamento sincero;  en beso alargado o en abrazo intenso; en ojos cerrados con lágrimas a la vez que parece que se quiere salir el corazón. Tierra Santa mueve y remueve; aunque no queramos. Pedro Ignacio Fraile.

11 marzo, 2013

(II) PARÁBOLAS Y BIENAVENTURANZAS


 
            Muchas veces   cuando nos presentamos como «cristianos» en un grupo que no tiene por qué serlo, vemos cómo alguien interviene o se queda con las ganas de decir: «pues la Iglesia…». No dicen «yo creo que Jesús…», o «para mí el Evangelio…» sino que directamente apuntan a la Iglesia. En el fondo hay una conciencia de que ser cristiano tiene que ver con la Iglesia, pero ¿por qué no se refieren a Jesús o a su evangelio? Creo, sinceramente, que es muy difícil que alguien que haya leído el evangelio o que haya tenido un mínimo de acercamiento a Jesús se sienta indignado, molesto o reacio con él. Yo soy católico, y mi credo es el credo de la Iglesia católica; me «duele la Iglesia»… pero también soy consciente de la dificultad que estoy presentando. Para recuperar el sentido de «Iglesia de Jesús», hay que volver a Jesús y a su evangelio. Un viaje o peregrinación a Tierra Santa dan buena cuenta de ello.

            Es bien sabido que Jesús no «daba conferencias» ni «sermoneaba»; por eso, cuando hablamos del «Sermón de la montaña», hay que tomar las debidas precauciones evitando asimilarlo a «rollo» o «chapa», como se dice hoy. Jesús sin duda se sirvió de las «bienaventuranzas», una forma de hablar conocida en aquella época, para meterse en el corazón de los oyentes: «bienaventurados los pobres, los que lloran, los pacíficos…» y añadía «porque sois los favoritos de Dios; porque Dios será vuestra riqueza…» La gente sencilla se quedaba «tocada»: ¡esto es nuevo!, ¡esto nadie lo había dicho antes! Jesús hablaba de Dios; nadie lo duda; pero lo hacía de forma que la gente quería que le hablaran de Dios. Es como si le dijeran, «Jesús, háblanos de Dios».  Luego, san Mateo se imagina una proclamación solemne de todas juntas y seguidas, con la gente echada a los pies de Jesús, en la cima de una montaña. Cuando vamos al Lago y subimos al Santuario de las Bienaventuranzas, todos nos vamos con el corazón y con la mente a las palabras de Jesús que nos dice: «¿Eres feliz?» ¿«qué necesitas para ser feliz»? ¿«qué te sobra para ser feliz»? ¿«Necesitas a Dios para ser feliz»? Y vuelves a oír, como si de la primera vez se tratara, una a una, todas las bienaventuranzas de Jesús. Allí, junto al lago, te pasa la vida como si de una película se tratara.

            Jesús no «sermoneaba» y tampoco ponía adivinanzas a la gente. Hablaba de forma muy sencilla, para que lo entendiesen todos: «el Reino de Dios se parece a un hombre que salió a sembrar; o a un hombre que encontró un tesoro…». Campos sembrados se pueden ver en todas partes, sin necesidad de ir a Tierra Santa;  que los tesoros son deseados es también muy compresible. Cuando se va a Tierra Santa sorprende la sencillez de los ejemplos que ponía Jesús y cómo arrastraba a todos: ¿dónde residía la autoridad de su palabra? ¿Qué decía de extraordinario? ¿Por qué esas imágenes eran tan poderosas entonces y no lo parecen ser ahora? El evangelio se presenta no como algo sabido, como un texto «aparcado» en nuestra memoria, sino como un continuo despertar de preguntas, como un desinhibidor de sentimientos, como un despertador de nuestra conciencia religiosa más adormecida. Puede ser que algunos no necesiten esta agitación interior para recuperar las páginas evangélicas, pero sin duda para muchos de nosotros el viaje a Tierra Santa no sólo es un estímulo, sino un verdadero revulsivo y motor interior. Pedro Ignacio Fraile Yécora.