09 junio, 2017

PENTECOSTÉS EN LONDRES. In memoriam de Ignacio Echevarría




            La noche del sábado celebrábamos la Vigilia de Pentecostés, solemnidad del Espíritu Santo. La noche del sábado tenían lugar en Londres un atentado masivo contra personas.  Es irreverente, casi blasfemo, este comienzo.  Supongo que alguno se parará aquí y dirá que no quiere seguir leyendo, que esta relación sobra o al menos es impresentable.
            En Jerusalén, dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, se habían reunido en la ciudad «partos, medos, elamitas; Judea y Capadocia; creyentes de Frigia, Panfilia, Egipto etc… otros procedentes de Roma». Un mar de lenguas: griego, latín, hebreo, persa, arameo, árabe, dialectos locales… En Londres había australianos, franceses, canadienses, españoles,  paquistaníes… Las lenguas de la ciudad esa noche eran el inglés, el español, el francés, el urdu… y por qué no, el ruso, el hebreo, el árabe… Cada uno hablaba en su propia lengua.
            Los medios de comunicación van diciendo cosas sueltas, sin coherencia aparente. Entre ellas han dicho que Ignacio hablaba cuatro idiomas, para resaltar su valía. Yo supongo que serían el español, el inglés (obviamente, pues trabajaba en Londres), el francés (había estudiado en La Sorbona), y una cuarta: ¿el gallego, pues sus padres procedían de Ferrol? No lo sé; no es importante saber cuál es la cuarta.
            También han dicho que era «muy religioso; que iba a misa todos los domingos». Puede ser que ese día, siendo la Solemnidad de Pentecostés, hubiera ido ya el sábado por la tarde o que hubiera esperado al domingo. Tampoco lo sé.
            No quiero forzar nada. Ni los argumentos ni los ritmos del discurso. Pero me atrevería a decir que Ignacio habló esa noche la quinta lengua: la del amor. En Pentecostés descendió el Espíritu, llenó de valentía a aquellos cristianos que estaban con las puertas cerradas, salieron a la calle, y hablaron la lengua del amor. Esta lengua, todos la entendieron aunque eran de procedencias muy distintas. La gente se quedó maravillada. Es la fuerza del Espíritu que sopla abriendo caminos donde parece que todo está cerrado.
            El sábado por la noche tuvo lugar un Pentecostés muy especial en Londres, donde el Espíritu Santo se manifestó en la entrega de una vida joven, defendiendo a una mujer que no conocía. El Espíritu Santo habló por Ignacio la lengua del amor. El Espíritu Santo nos dijo que esa es la lengua que tenemos que hablar; no la de la violencia y el odio. ¡Espíritu Santo, ven, ven!


Pedro Ignacio Fraile Yécora

08 junio, 2017

PODEMOS CONFIAR EN EL SER HUMANO



            Ante tanta noticia desalentadora, parece que tienen razón las películas norteamericanas en las que se nos cuenta cómo el mundo está muy mal, los malos son muy malos, y hace falta un «superhéroe» cargado de mala leche, de mucha violencia y de armas imposibles para poner orden en el mundo. Muchos, que no todos, siguen pensando que esa es la solución: un bruto sin talento que impone la ley del más fuerte.
            Ese es el modelo que nos venden en innumerables títulos de películas de segunda clase, que el aterrado y desinformado espectador consume con fruición. Ante tanta cantidad de «malos», exigimos «héroes» que nos defiendan. Nosotros les daremos nuestro beneplácito y aplauso compulsivo.
            En los medios de comunicación social se están hartando de decir que Ignacio Echevarría es un héroe porque defendió con un patín a una mujer que estaban acuchillando, y eso le valió la muerte. Aplausos generalizados.
            Yo no me conformo con esa reflexión. Por muchos motivos. Primero porque Ignacio es un héroe que no llevaba armas como los héroes de las películas; además porque él no buscó la violencia, sino que se la encontró. Más aún, murió en la reyerta, y los héroes de película no suelen morir; salen ilesos entre el aplauso de la gente.
            Análisis muy corto. Hay que seguir. La actuación generosa de Ignacio nos lleva a considerar la condición humana. Hay dos tipos de personas: los
que viven pensando solo en ellos y en sus intereses y los que ponen al otro, especialmente al débil, por delante de él mismo. Los primeros conjugan solo el pronombre personal «yo»: «yo pienso», «yo hago», «yo decido». Son del grupo del «yo/mi/me/conmigo». Un sacerdote sabio amigo, don José María Piñero nos hablaba de las etapas del ser humano y decía: «el niño dice: “yo, yo”; el joven: “yo, ya..”; el maduro dice “ya, yo…”; y el anciano responde a todos: “ya, ya…”. La mayor parte del mundo se mueve en la etapa del niño: «yo, yo».
            La madurez supone pasar de que uno se considere el «centro» del mundo a poner a los demás en el centro. Hay un camino de desapropiación, de desinstalación, de despojo en la madurez del ser humano: me importan más los demás que yo mismo. No siempre se puede hacer en la vida, pero ese es el camino: los padres piensan en ellos porque piensan en sus hijos;  el camino no es que «yo» quiero ser feliz, sino que «yo quiero que ellos sean felices». Esa es la diferencia.
            Ignacio debía estar ya en esa etapa de madurez. No pensó en él, sino en la mujer que estaban acuchillando. No le importó su vida, sino la vida de otra persona, que además desconocía.
            En la tele, han dicho, como de pasada, como si no fuera importante, que «Ignacio era muy religioso»; y han añadido «iba todos los domingos a misa». Yo me pregunto: ¿a lo mejor tiene algo que ver esa madurez, ese desposeimiento, ese desprecio ante la muerte cuando se juega la vida de otra persona, con el comportamiento de Ignacio? Si Ignacio iba a misa todos los domingos, conocía ese evangelio que dice: «no hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13); y otro que dice: «el que quiera guardar su vida la perderá, pero el que la pierda la ganará» (Mt 16,25).
            Sea como sea, nuestra reflexión podría ser esta: no todo está perdido; hay gente mala, pero hay gente muy buena, como Ignacio, que entienden que la vida es para darla por los demás y no para guardársela. ¿No fue eso lo que nos enseñó Jesús, el de Nazaret, el que murió en una cruz? Amigos, no desfallezcamos, podemos confiar en el ser humano.


Pedro Ignacio Fraile Yécora

07 junio, 2017

LA RELIGION DE LOS CIUDADANOS DEL SIGLO XXI


            El otro día cayó en mis manos un libro que leí en mi etapa de estudiante, publicado en estados Unidos de América el año 1975. Su título, «Rumor de ángeles», de Peter L. Berger. El libro recogía una opinión que entonces parecía indiscutible: «esta es nuestra situación: vivir en una época en la que lo divino, especialmente en sus formas clásicas, ha dejado de interesar a la conciencia humana». La tesis del libro es justo la contraria, sostiene que hay un «rumor de ángeles» en la conciencia humana, que impiden que el ser humano se cierre al misterio de lo divino.
            Estos días de inicio del mes de Junio estamos asistiendo, horrorizados, al último atentado islamista de Londres. Todo el mundo opina. Se han dicho muchas cosas sensatas. Yo, por eso, voy a intentar decir algo distinto, que no he oído por ahí, aunque solo sea «por no cansar al personal».
            He comenzado este artículo haciendo referencia a un libro de 1975  donde se preconizaba el ocaso de la religión en la cultura occidental. Es verdad. Occidente camina sin previsión de que nada lo detenga, a una visión secularizada de la vida. No pongo ejemplos, porque creo que no es necesario.
            La cultura occidental vive de espaldas a Dios. Por eso resulta no solo chocante, sino incomprensible, que unos hombres entre veinte y cuarenta años, aparezcan matando a inocentes en nombre de Dios/Alá. ¿No habíamos quedado ya en que Dios no era «nada»? ¿No hemos decidido que Dios no tiene sitio ni espacio en los colegios y en la enseñanza porque es un «vacuum»? «No seremos tan torpes, los sesudos occidentales, de dedicar ni un segundo de nuestro tiempo a la «nada»…
            La cultura occidental ha decidido expulsar a Dios de la vida, y se aterroriza cuando unos fanáticos lo nombran. Esto es muy preocupante y muy peligroso, por ambas partes; no solo por la de los fanáticos. En efecto, cuando no se «explica bien» quién es Dios, cómo es Dios; que decimos cuando decimos Dios y qué no decimos cuando decimos Dios, como consecuencia de ese «vacío explicativo», podemos llenar la imagen de Dios de lo que queramos. Occidente ha decidido que Dios es un «concepto vacío», y los terroristas islamistas (¡no el Islam!) lo han llenado de venganza y de odio.
            La religión es tan importante como las matemáticas; o a un nivel semejante. La religión tiene que ver con las «tripas», con el «sentimiento», con los «impulsos primarios»; por eso hay que educarla. El otro día vimos cómo en el Rocío se reunían cerca de un millón de personas y a las tres de la mañana comenzaban una procesión con la imagen de la virgen por la aldea onubense. ¿Qué era eso? Una manifestación humana religiosa; si es cristiana o no esa manifestación, lo dejo para otro artículo; pero que era «antropología religiosa», sin duda. Insisto en que era «religiosa» no solo porque en la peana iba una imagen de la «Madre de Dios», sino porque no quiero que se reduzca a una manifestación cultural, como muchos desearían. Un aviso para navegantes: la cultura se puede «controlar» por el poder; los sentimientos religiosos nacen de las entrañas del ser humano, y eso va por otros sitios. Las matemáticas pueden explicar muchas cosas; pero no pueden explicar qué hacían un millón de personas, una noche, llenándose de polvo y envueltas de sudor, gritando «guapa, guapa, guapa», a la imagen de una virgen. En un orden muy distinto, pero también dentro de las «tripas», las matemáticas nunca llevarán a la muerte; una mala formación y experiencia religiosa, sí.
            La cultura occidental está aterrada con el futuro. ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Acabaremos con esta lacra del fundamentalismo terrorista? ¿Cómo han llegado hasta aquí estos bárbaros? Habría mucho que comentar. Occidente ha ido progresando y mirándose al ombligo sin darse cuenta de que el sur del mundo que se extiende a su pies (todo África y buena parte de América del Sur), aumentaban su pobreza al tiempo que miraban con envidia a los flamantes y bien alimentados vecinos del norte. Para colmo esos «bárbaros» son tan «bárbaros» que son religiosos. Muchos proponen «asimilar» a esos sureños llenos de hambre y religiosos en la nueva cultura occidental; eso sí, con la doble condición de que acepten nuestras costumbres y el laicismo arreligioso como única opción de vida. ¿O no es así?
            En los viajes a Tierra Santa que hago como acompañante de grupos, descubro una y otra vez lo siguiente. Muchos peregrinos se quedan asombrados de que allí la gente sea tan religiosa. ¿Aquí hay muchos ateos?, me preguntan. Yo les digo que entre los lugareños, no, que es prácticamente imposible; entre los que han venido de fuera, sí que hay laicos laicizantes. ¿Y eso, insisten? Entre los pueblos orientales, la religión es muy importante: la gente sencilla es musulmana, cristiana o judía; y no se avergüenzan. El complejo por profesar una fe es típico de occidente, no de oriente.
            Volviendo a nuestra vieja Europa. Ante el terror desatado por los fanáticos asesinos, que pisotean con rabia el nombre de Dios aunque digan que lo hacen en su nombre, las propuestas parece que dicen: ¡más laicismo!, como un Groucho Marx que gritaba ¡Más madera! Pero ¿esa es la respuesta que necesitamos?
            Desde mi tribuna me atrevo a dar otras soluciones:
            Primera: no basta con decir «Dios sí» o «Dios no». Hay que educar y explicar  los niños y jóvenes qué decimos los creyentes cuando decimos «Dios». Judíos, cristianos y musulmanes adoramos a Dios, el Santo, el Misericordioso. No es verdad que creamos en un Dios iracundo, violento, sediento de sangre. Esto hay que enseñarlo. Por fidelidad a la verdad y como base de convivencia. Las visiones parciales o interesadas sobre Dios hacen mucho daño.
            Segunda: la teología, o en su versión previa, la «formación religiosa» es una disciplina seria y rigurosa que no se puede dejar en manos de tertulianos que hablan de todo, o al albur de la opinión de la gente de la calle: «buen hombre, ¿qué opina usted sobre Dios?». Dios no es una «opinión» para hacer ensayos de sociología. Debemos tomarnos la reflexión sobre Dios en serio, y ver qué supone una vida religiosa para la convivencia en una sociedad.
            Tercera: cuando se expulsa a Dios de la sociedad, no viene la cultura educada y pacífica, la convivencia armónica y justa, el desarrollo igualitario. Curiosamente, viene en algunos casos, o en muchos, el fanatismo. Todos los impulsos internos, todas las frustraciones, todas las energías desbordadas, todos los deseos de venganza, se mezclan y confusos quieren salir sin límites. Los impulsos religiosos, deben ser educados.
            Es verdad, por último, que todas las religiones comparten una herencia común muy importante, pero no se pueden solapar unas a otras ni reducir a un «común mínimo». El que os habla, yo mismo, soy «cristiano y católico romano». Esto supone una decisión que hay que mantener. Otro puede ser «cristiano ortodoxo». Otro puede ser «judío». Otro puede ser «musulmán». Compartimos una fe en Dios Santo, creador, que se revela en el amor; pero un musulmán o un judío nunca aceptarán, como decimos los cristianos, que «Jesús el Hijo de Dios».
Respeto en las diferencias; pero unos elementos comunes y unas diferencias que hay que conocer (explicar, proponer, estudiar) y hay que defender: yo respeto que tú no seas creyente, pero no me insultes a mí porque yo lo sea; no soy menos ciudadano, ni menos humano porque rece.
El camino a seguir para este complejo siglo XXI que solo estamos iniciando, no pasa por la desaparición de la religión, o de las religiones, sino por darles el espacio que piden y hacerlo desde el sentido común, la profundización y el respeto mutuo.


Pedro Ignacio Fraile Yécora