16 septiembre, 2015

PASCAL, DE BUDISTA A SACERDOTE CATÓLICO


            Este domingo pasado, día 13 de Septiembre, nos reuníamos en la parroquia del zaragozano barrio de Valdefierro para despedir a Pascal. Tras varios años entre nosotros, Pascal regresa a su Corea natal. Esto, siendo muy importante, porque la gente de la parroquia se volcó con él en señal de agradecimiento, no es lo que hoy quiero contar.
            La vida precede al pensamiento. El testimonio tiene mayor valor que las ideas. No quiero exponer una reflexión más o menos juiciosa, más o menos densa sobre las distintas religiones y sus interconexiones, siempre complejas y con frecuencia difuminadas a fuerza de forzarlas (valga la expresión). Quiero hablar de la experiencia del ser humano, del humano religioso.
            Pascal es un converso. Esto es decir mucho y no decir nada. En la historia de la Iglesia hay conversos como Pablo de Tarso, que era un judío intachable y correoso, hasta que se encontró con Jesucristo y le cambió la vida (de perseguidor a su máximo anunciador). Pedro era un hombre generoso que quería ser «el mejor discípulo», «el más aventajado», hasta que se rompió y lloró después de decir que no conocía Jesús; su conversión fue del voluntarismo a la humildad. Agustín de Hipona era un «pagano-filósofo-brillante», que buscaba la verdad, hasta que la descubrió en Dios y se entregó por completo a él. Francisco de Asís era un «pieza», el más juerguista entre los jóvenes acaudalados de la ciudad medieval italiana, y dejó todo para casarse con la «hermana pobreza» siguiendo a Jesús. Ignacio de Loyola dejó las armas y la carrera militar para entregarse por completo a la causa de Jesús. Teresa de Ávila llevaba tiempo de carmelita en el convento hasta que cambió por completo su vida. Edith Stein pasó de ser «filósofa-atea-judía» a ser «carmelita descalza» asesinada por los nazis en un campo de concentración por ser judía. La historia de las conversiones son muy distintas y muy personales. Todas tienen en común un encuentro con el Dios personal, con el Dios que se manifiesta en Jesús, «camino, verdad y vida».
            Pues bien, nuestro amigo Pascal era un joven budista inquieto, piadoso, que se quedó «fuera de juego» cuando le hablaron de un Dios personal. La divinidad no era el vacío, la nada, la despersonalización, sino todo lo contrario. Dios era historia llena, plenitud colmada, persona que busca y abraza: Dios no es soledad fría, sino amor cálido. Pascal se quedó conturbado y perdido, desnortado y marcado por el signo a fuego de Dios… hasta que se entregó a él. Tras su bautismo en la Iglesia católica y años de formación, Pascal entendió que Dios le llamaba al ministerio sacerdotal y estudió para ser sacerdote. Se ordenó en Zaragoza, en el Pilar.
            En una de las conversaciones que tuve con él me decía: «No entiendo a los europeos. Ellos tienen a Cristo y muchos lo dejan para buscar el budismo. Yo he abandonado el budismo cuando encontré a Jesucristo». Dicho de otra forma: nosotros tenemos al Dios personal que se nos da en la historia de la humanidad, del pueblo de Israel y de forma definitiva en Jesús… Un Dios con rasgos y con rostro humano, un Dios persona y personal, y resultad que ahora muchos europeos (entre los que se encuentra buen número de españoles), dejan atrás a Jesús para buscar la divinidad sin rostro, sin historia.
            Hace poco un teólogo español, que no pasa precisamente por ser «conservador», sino más bien todo lo contrario, escribía y decía poco más o menos esto: la fe cristiana es una fe fundada en la historia que mira al futuro; los cristianos no podemos buscar una espiritualidad que renuncie a nuestra identidad de religión personal y se entregue a la búsqueda del Dios-nada-vacío-no persona. Aviso para caminantes.
            Gracias Pascal por tu testimonio y tu experiencia de Jesús que cambió toda tu vida.

Pedro Ignacio Fraile Yécora

17 de Septiembre de 2015

15 septiembre, 2015

PEREGRINACIÓN A ROMA CON MOTIVO DE LA INAUGURACIÓN DEL AÑO DE LA MISERICORDIA.


Estamos organizando una peregrinación de 'romeros' (los peregrinos que van a Roma, a la tumba del apóstol Pedro). El Papa Francisco convoca a un gran jubileo de la Misericordia, y nosotros queremos estar allí. Las fechas son del 5 al 8 de Diciembre, ambos incluidos. Salimos de Barcelona. Si te interesa, escribe a    


viajesatierrasanta@hotmail.com

14 septiembre, 2015

LA TEOLOGÍA DE LA CRUZ EN LOS CRISTIANOS DE SIRIA



            Hoy celebramos en la liturgia de la Iglesia católica la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz; popularmente la fiesta del «Cristo de Septiembre». La cruz sigue siendo motivo de burla y  de escándalo, como ya nos lo recuerda san Pablo; de ridículo ilógico e incluso sádico para los laicistas; de fiesta popular para muchos. Para los cristianos de a pie, motivo de espiritualidad; para los cristianos de «frontera y trinchera», patíbulo donde les siguen crucificando realmente, no simbólicamente. No tenemos más que ver las fotos que nos siguen llegando de Siria.

            Mis conocidos y amigos laicistas me dicen que la cruz es un signo que tiene que desaparecer. ¿Por qué les molesta tanto? Quizá porque les recuerda sus orígenes cristianos de los que reniegan: ¡quita esa cruz de ahí!, es lo mismo que decir: ¡no me recuerdes que me bautizaron! Suelen argumentar con todas las barbaridades que se han hecho en nombre de la cruz (cruzadas, inquisiciones, evangelizaciones forzosas...). Reconozco que ya me estoy cansando de tener que pedir perdón una vez más por todas las atrocidades de la Historia de la Iglesia; pero si alguno me lo exige, digo de nuevo: ¡Es verdad, perdón! Otros argumentan que en nombre de la cruz la Iglesia ha predicado un dolorismo que ha provocado frustración, amargura e incluso incapacidad para vivir de forma sana y feliz en muchas personas. También hay mucho de verdad. ¡Perdón de nuevo! Vayamos adelante.
            En los inicios de la Iglesia el mundo del mediterráneo culto estaba habitado principalmente (¡no solo ellos!) por habitantes de cultura grecorromana y de cultura semítica, principalmente la hebrea. Cuando Pablo predica la cruz, ni unos ni otros la aceptan. Los de cultura grecorromana dicen, ¡vaya necedad! ¡Pero qué bobada es esta de que alguien salva muriendo en una cruz! ¡no hemos oído una filosofía más ridícula en nuestra vida! Los judíos, que esperaban la llegada del Mesías de Dios (como lo siguen esperando aún hoy), argumentaban: ¡esto es un escándalo inaguantable! ¡No podemos admitir que al Dios del Cielo, el Todopoderoso, el Santo, muera como un asesino o un delincuente! Lo dicho, Pablo se quedó solo anunciando la muerte de Jesús en la cruz con carácter salvador (1Cor 1,22-24). Pablo anuncia la muerte entregada de Jesús y su resurrección que lleva a la vida plena. Con otros argumentos, hoy muchas filosofías laicistas dicen algo parecido: si el ser humano busca la felicidad, el camino no puede ser el de la cruz. No es un tema cerrado; ahí está.
            ¿Solo argumenta así la filosofía laicista? En absoluto. No faltan personas bautizadas, incluso dicen que son cristianos, que proponen una vida espiritual sin cruz. La cruz les molesta porque no saben qué hacer con ella. Piensan que es un obstáculo para llevar una vida espiritual, para que el cristianismo sea hoy atractivo y atrayente a los ojos del mundo. Hay que limar asperezas con otras espiritualidades para llegar a una espiritualidad global, holística, planetaria… Hay que liberarse de antiguas tradiciones que solo nos provocan peso y enojo. A estos «nuevos cristianos» de «espiritualidad global» lo primero que les sobra es la cruz de Jesús. Les interesa el Jesús sabio, el fraterno, el místico, el Cristo integrador de espíritus diversos… pero no saben qué hacer con el dolor real y con la espiritualidad de la muerte entregada hasta el final.
            La cruz es molesta también, incluso ofensiva, para gente que no tiene planteamientos espirituales de ningún tipo. Espirituales no, ¡pero sí ideológicos! Una anécdota: un amigo mío va el primer día a su puesto de trabajo, en un pueblo de Aragón, no en un lugar extraño. El que le contrata ve que lleva una cruz al cuello y le dice: «Ya te estás quitando eso». Mi amigo le dijo que no pensaba en hacerlo; se plantó. Hoy mi amigo se ha ganado el respeto de todos, y nadie le dice que se quite la crucecita que lleva en el cuello cuando está en su puesto de trabajo. Cosas de la vida.
            La cruz es una dificultad para la teología, y para la espiritualidad. En efecto, ¿podemos decir que creemos en un Dios amor si a continuación confesamos que su Hijo muere en la cruz por obediencia filial a su Padre? La teología se lo plantea, lo discute, y nos dice que sí. Que el verdadero amor solo puede ser oblativo; los demás, los de color de rosa y suave olor, son de «sueños de adolescencia perpetua» y de «papel couché» (esto último lo digo yo, no la teología). La cruz es una dificultad para la espiritualidad, pues si lo que el ser humano busca sin descanso es la «realización» («yo quiero realizarme»), la «felicidad» («yo lo que quiero es ser feliz»), ¿quién se atreve a proponer una felicidad que pase por el dolor, la entrega, la renuncia?
            La teología y la espiritualidad no están hechas para desarrollar nuestras argumentaciones fáciles, débiles y blandas, sino para hacernos preguntas rocosas, para adentrarnos en caminos duros para la experiencia e insospechados para nuestra inteligencia. Para la vida espiritual y para la reflexión teológica hace falta coraje, no cataplasmas que alivien nuestros dolores o carencias.

            Cristo crucificado se presenta ante nuestros ojos. Él es el verdadero icono de la condición humana por partida doble: primero, porque en él se ve de forma patente la violencia y el odio que puede desarrollar el ser humano. Todos los mártires han pasado por la experiencia de la cruz; muchos de ellos literalmente: mártires de Corea, China y de Japón; de Armenia y ahora de Siria. Mártires crucificados. Jesús crucificado es también icono de la verdadera condición humana porque no hay madurez y plenitud si no hay vida vivida, sufrida, perdonada, experimentada, gritada, abrazada y llorada. El llanto por el dolor propio y ajeno nos humaniza. La indignación y rabia por el sufrimiento y la violencia provocada a inocentes nos hace humanos. La decisión de luchar contra cualquier tipo de dolor nos hace fraternos de la gran familia del mundo.
            Fiesta de la Exaltación de la Santa cruz. Oremos por todos las personas que sufren en este mundo. Oremos por los cristianos que hoy son crucificados en Siria e Irak. Oremos para hacer un mundo de perdón y de misericordia. ¡Señor Jesús, ten compasión de nosotros!

Pedro Ignacio Fraile Yécora
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

14 de Septiembre de 2015