08 marzo, 2014

EL DULCE SABOR DE LA TENTACIÓN


(Guardado en la página Año Litúrgico: Cuaresma 2014)

Las dulces tentaciones que nos rodean. Las tentaciones son dulces, apetitosas, sabrosas; por eso son atractivas. Todas llevan en sí la marca del «deseo» y del «placer». El «deseo» es muy humano; de lo contrario no avanzaríamos, no nos moveríamos de casa, no arriesgaríamos. El «placer» también es muy humano. Nos gusta «descansar con placidez», nos gusta «alimentarnos con satisfacción», nos gusta «que nos reconozcan» socialmente. No podemos decir, por tanto, que las tentaciones sean perversas.
El punto débil de las tentaciones está en lo que esconden. Tras la tentación suele haber una trampa que, si no controlamos, caemos en ella y nos puede esclavizar, someter o incluso destruir. Tras la tentación del descanso placentero está la inactividad, el inmovilismo; tras la tentación de la satisfacción de las necesidades vitales está el acaparar sin límites; tras la tentación del aplauso, está la soberbia.
Jesús fue tentado. Jesús también fue tentado. No una sola vez, de forma puntual. Jesús estuvo tentado en el centro de su ser y de su misión. Él era el Mesías de Dios, pero: ¿cómo ser el mesías-salvador y liberador en aquellas circunstancias? Una posibilidad era llenar el estómago de la gente y llenar sus arcas de riquezas; la gente le aclamaría, pero Jesús no ha venido a ser un «empresario» que cobre luego sus beneficios, como si de un negocio se tratara. Otra tentación es la de alcanzar el poder; cuando todo esté bajo sus pies, todo y todos se le someterá; pero Jesús no ha venido a controlar países, gobiernos, estados, que le llevarían a dar órdenes, normas, decretos, incluso represiones; Jesús es el mesías débil cuya fuerza es el servicio. La última tentación es la de la magia; Jesús sabe que el corazón del ser humano se va tras lo maravilloso, lo sorprendente; si él es un Mesías que hace cosas portentosas, todos lo considerarán como un ser superior, extraño y sorprendente; pero Jesús no pone la fuerza que le ha dado su padre al servicio de la farándula, sino que es fuerza para curar.
¿Cómo ser discípulo hoy? Las tentaciones de Jesús se repiten hoy en nosotros, sus discípulos. ¿Por qué no hacer de nuestras comunidades lugares de riqueza para repartirá los más pobres? ¿por qué no hacer de nuestras parroquias y asociaciones centros de poder político y desde allí tomar decisiones? ¿por qué no poner la fe al servicio de los espectáculos maravillosos para conseguir nuevos adeptos que se queden subyugados? El camino que nos lleva a la Pascua comienza por ponernos cara a cara con nosotros mismos y con el evangelio; descubrir nuestras tentaciones y nuestra condición de discípulos del crucificado.
Pedro Ignacio Fraile Yécora


La palabra de Dios nos ilumina

Texto a leer: SAN MATEO  4,  1 11

Jesús tuvo tentaciones en el comienzo de su misión. ¿Tenía que dar respuesta a todas las necesidades humanas? ¿No sería mejor demostrar su poder con milagros que no dejaran lugar a dudas acerca de su persona y de su misión? ¿No es mejor alcanzar el poder y desde arriba conseguir sus objetivos legítimos? El camino de Jesús no le lleva al trono de Herodes o al Pretorio desde donde gobierna Pilato, sino al Gólgota. La muerte de Jesús se ilumina con su vida. El misterio de quién es Jesús se comienza a comprender cuando se ve cómo tuvo que hacer frente a las tentaciones que le cercaron.

Todos tenemos tentaciones. No nos vamos a fijar ahora en las más habituales, diarias u ordinarias. Vamos a ponernos delante del evangelio y ver cuáles son las tentaciones por las que pasa Jesús y que se repiten en nuestra vida. Leemos despacio el texto.

1)     La primera tentación lleva trampa. Si Jesús dice que no quiere transformar las piedras en panes, parece que no le preocupa el hambre y las necesidades de la gente. Él habla del «hambre de la palabra de Dios». ¿La misión de Jesús es solucionar problemas cotidianos o devolverle al hombre su verdadera condición, dignidad, sentido, vocación, que realmente le satisfarán?
2)     ¿Podemos hacer de la fe un espectáculo? ¿Podemos reducir la fe en Jesús a buscar protección divina en «pulseras milagrosas», «cruces protectoras», «llamadores de ángeles»? ¿podemos buscar nuevos adeptos confundiendo lo esencial con lo secundario o incluso terciario, como milagros o apariciones que no tienen nada que ver con el evangelio?
3)     La tercera tentación es muy sutil. ‘Si alcanzamos el poder… haremos leyes justas’. ¿Por qué Jesús no quiso llegar a ser el rey, o el emperador, o el líder político de un grupo? ¿Podemos corregir a Jesús, el maestro?
4)     ¿Cómo vivimos nosotros estas tentaciones en nuestra sociedad, en nuestros ambientes, en nuestros grupos y parroquias? ¿Nos damos cuenta de las trampas que llevan dentro?


«PAN, FUERZA Y CIRCO»

Los romanos estaban satisfechos
con tener «pan y circo».
el diablo les corrige
y añade el placer del dominar.

Jesús ha recibido del Padre
el encargo de hacer presente el Reino.
¿multiplicando riquezas?
¿reforzando sistemas de control?
¿haciendo del hombre una marioneta?

Jesús nos recuerda que cada uno de nosotros,
sólo nos podemos saciar con Dios;
sólo vencemos con la fuerza del servicio,
sólo adoramos al Señor y Creador.

Pedro Ignacio Fraile Yécora


Pedro Fraile
8 de Marzo de 2014 
http://pedrofraile.blogspot.com.es/





           


07 marzo, 2014

¿QUIÉN DIJO QUE EL JUDAÍSMO NO TENÍA MARCHA?


Los jueves son días de celebración del 'bar Miztvah' en el Muro de las Lamentaciones. El 'bar Mitzvah' sería algo semejante al sacramento de la Confirmación (la comparación se podría establecer teniendo en cuenta que se realiza en el paso de la infancia a la adolescencia, poco más tienen que ver).

En el Muro una serie de 'animadores' invitan a cantar y bailar a unos niños que, en muchos casos, no saben bien qué están haciendo, pero... la fiesta y la marcha es evidente. ¿Quién dijo que el judaísmo no tenía marcha?







Bueno, como en todos los lugares del mundo, también aquí hay diferencias. Mientras unos jóvenes con 'posibles' celebran su 'Bar Mitzvah', una familia de judíos etíopes, ellos solos, quieren dar el paso también. Esta vez no están acompañados por otros ruidosos jóvenes.







06 marzo, 2014

LA TENTACIÓN DE VIVIR SIN DIOS (Reflexión sobre el evangelio de las tentaciones)


(Guardado en la página 'Homo credens')

            Esta reflexión que sigue nace de una meditación para Cuaresma sobre las Tentaciones de Jesús, a partir del libro de Benedicto XVI, «Jesús de Nazaret». Son las páginas 49-71.
            Benedicto XVI nos hace caer en la cuenta, primero, de que Jesús es el Ungido por Dios; y de que a continuación es tentado. Acaba de ser «revestido» como Mesías, en conformidad con el Antiguo Testamento (Is 11,2; 61,1) y, sin embargo, no se libra del tentador:


El relato de las tentaciones guarda una estrecha relación con el relato del bautismo, en el que Jesús se hace solidario con los pecadores (…) Las tentaciones acompañan todo el camino de Jesús (…) como una anticipación en la que se condensa la lucha de todo su recorrido’.

Los tres evangelios coinciden en que es el Espíritu el que le lleva al desierto. Podemos pensar que el desierto es un lugar de penitencia, de recogimiento donde nos separamos de las cosas no imprescindibles para vivir. 




Pero podemos pensar también que es el lugar donde se da el descenso a los peligros que amenazan al hombre. Si la misión de Jesús es la de salvar, sólo desde la solidaridad con la humanidad amenazada puede hacerlo:


‘Jesús tiene que entrar en el drama de la existencia humana –esto forma parte del núcleo de su misión-, recorrerla hasta el fondo para encontrar así a la «oveja descarriada», cargarla sobre sus hombros y devolverla al redil’.



          ¿Nos podemos imaginar un Jesús salvador que vive al margen o por encima de la humanidad dolorida? La solidaridad de Jesús ‘con todos nosotros prefigurada en el bautismo implica también exponerse a los peligros y amenazas que comporta el ser hombre (cf. Heb 2,17s.)
           
Las tentaciones en Mateo y Lucas.

            El núcleo de toda tentación. Marcos presenta un texto muy breve; escueto. Mateo y Lucas, sin embargo, presentan tres tentaciones. Sin duda que nos hablan de la lucha interior de Jesús por cumplir su misión, pero a la vez surge la pregunta de qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana. Aparece claro el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras.
Ahora bien, nosotros relacionamos espontáneamente la tentación con la vida moral. Solemos entender la tentación como una llamada seductora a pecar o a satisfacer nuestros deseos no siempre confesables y defendibles en público. El papa nos hace caer en la cuenta de que una verdadera tentación no se presenta de forma torpe, sino que lo hace de forma solapada: por una parte deberíamos hablar de seducción intelectual, por otra de realismo vital. Una tentación no nos pide directamente que hagamos el mal, sino que nos invita a cambiar de rumbo, a que tomemos por fin constancia de la realidad y cambiemos el rumbo de nuestras decisiones. ¿Debemos seguir contando con Dios o debemos expulsarlo de una vez del mundo? ‘La cuestión de Dios es el interrogante fundamental que nos pone ante la encrucijada de la existencia humana’. Las tentaciones, en el orden que las presenta san Mateo, son como tres escalones progresivos:
- En la primera se le pide a Dios que dé pruebas de que es bueno
- En la segunda se cuestiona la confianza en él.
- En la tercera se plantea, en definitiva, la necesidad que tenemos de Dios.

Primera tentación : ‘Que Dios nos dé pruebas de que es bueno’. (págs. 54-59)

‘Jesús, después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre’ (Mt 4,2).  El tentador apela directamente a su condición de Hijo de Dios: ‘Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes’ (Mt 4,3).
Este texto, nos dice el Papa, suena a burla a la vez que pide pruebas. En el Antiguo Testamento leemos cómo hacen mofa del hombre justo: ‘Si es Justo, Hijo de Dios, lo auxiliará’ (Sab 2,18)  Pero también nos recuerda el escarnio que sufre Jesús: ‘Si eres Hijo de Dios baja de la cruz’ (Mt 27,40)
Se le burlan pero a la vez le piden pruebas para creer en él. Esta exigencia de pruebas le acompañó a lo largo de toda su vida. Esta petición se la dirigimos también nosotros a Dios, a Cristo y a su Iglesia a lo largo de la historia: si existes, Dios, tienes que mostrarte.
Prueba de su bondad. En efecto, ¿qué es más trágico, qué se opone más a la fe en un Dios bueno y a la fe en un Redentor de los hombres que el hambre de la humanidad? ¿No es el problema de la alimentación del mundo y, más general, los problemas sociales, el primero y más auténtico criterio con el cual debe confrontarse la religión’  (pág 56). Esta crítica que muchos hacen contra la fe en un Dios bueno, el papa la recoge también como crítica que puede hacerse de la Iglesia: Si quieres ser la Iglesia de Dios preocúpate ante todo del pan del mundo, lo demás viene después. ¿Tiene la Iglesia que centrarse en el desarrollo del mundo y dejar a un lado el anuncio del evangelio?
La trampa del desarrollo sin Dios. Para el Papa, en un desarrollo que expulsa conscientemente a Dios ahí está la misma trampa. Muchas veces las ayudas han dejado de lado las estructuras religiosas, morales y sociales existentes y han introducido su mentalidad tecnicista en el vacío. Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en vez de pan (…) No se puede gobernar la historia con meras estructuras materiales, prescindiendo de Dios. (…) En este mundo hemos de oponernos a las ilusiones e las falsas filosofías y reconocer que no sólo vivimos de pan, sino ante todo de la obediencia a la palabra de Dios.

Segunda tentación: ¿Nos podemos fiar de Dios?

La segunda tentación lleva veneno dentro. Satanás, que conoce la Escritura, cita un salmo de confianza. Habla de la protección de Dios a todos los hombres: ‘A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos’ (Sal 91,11s). La segunda tentación se presenta como un debate entre dos expertos en la Escritura. ¿Cómo hay que interpretarla? 
Después del pan hay que ofrecer algo sensacional: «panem et circenses». ¿Cómo interpretar los «circenses»? Dado que al hombre no le basta con la mera satisfacción del hambre corporal, al querer prescindir del Dios verdadero, tiene que ofrecer el placer de emociones excitantes cuya intensidad suplante y acalle la conmoción religiosa. Es querer cambiar a Dios por una caricatura. Es el deseo de conocer y controlar el misterio de Dios a nuestro antojo, de hacer de Dios un juguete de quita y pon, de reducir la fe a una serie de creencias de bajo perfil que no cuestionan ni sirven para nada. Es el intento de manipular a Dios y hacer creer que en eso consiste la fe: ‘tirate y, como confías, verás que no te pasa nada’.
A Dios se le obliga a demostrar que es Dios; se le pone a prueba como si fuera una mercancía, debe someterse a las condiciones que nosotros consideremos. Es la arrogancia de quien quiere convertir a Dios en un objeto. Jesús no entra al juego del Tentador y responde: ‘No tentaréis al Señor, vuestro Dios’ (Dt 6,16).
Jesús, desde el Pináculo del Templo; no salta al abismo. No tienta a Dios, no pone a prueba su confianza. Jesús confía y obedece desde la cruz. En la cruz desciende al abismo de la muerte, a la noche del abandono. Al desamparo propio de los indefensos. Pero esta confianza en Dios a la que la Escritura nos autoriza y a la que nos invita el Señor Resucitado es algo completamente diverso del desafío de quien quiere convertir a Dios en nuestro siervo.

Tercera tentación: ¿tenemos necesidad de Dios?

            El diablo le sube a un monte desde donde puede dominar el mundo. Esta, a primera vista, debe ser aceptada por Jesús, pues el Mesías viene para conseguir un reino de paz y bienestar en todo el mundo.
Paz y bienestar para todos. El tentador no es tan burdo como para proponernos directamente adorar al diablo. Lo que propone es decidirnos por lo racional, preferir un mundo planificado y organizado en el que Dios puede ocupar un lugar, pero como asunto privado, sin interferir en nuestros problemas esenciales. La nueva ‘Buena Noticia’ ya no es el evangelio, sino ‘Camino abierto a la paz y el bienestar del mundo’.
¿Qué tipo de mesianismo? La tercera tentación es la fundamental: ¿Qué debe hacer un salvador del mundo? En este punto tenemos que fijarnos en la Confesión de Cesarea de Filipo, cuando Jesús le llama a Pedro «Satanás». En el momento crucial, frente a la opinión de la gente, se manifiesta el conocimiento decisivo de Jesús y comienza a formarse su nueva familia. Jesús explica que el mesianismo debe entenderse desde el mensaje de los profetas (el Siervo de Yahveh), y que no significa poder mundano sino la cruz y la nueva comunidad que nace de la cruz.
Es verdad que el Imperio cristiano ya no es una tentación, pero interpretar el cristianismo como una receta para el progreso y reconocer el bienestar común como la auténtica finalidad de todas las religiones, también la cristiana, es la nueva forma de la misma tentación.
Esta tercera tentación se encubre tras la pregunta: ¿qué ha traído Jesús si no ha conseguido un mundo mejor? ¿No debe ser este, acaso el contenido de la esperanza mesiánica? ¿Si quería ser el Mesías, no debería haber traído la edad de oro?
Jesús nos contesta a nosotros como le contestó a Satanás, lo que más tarde le explica a Pedro: ningún reino de este mundo es el Reino de Dios, ninguno asegura la salvación en absoluto. El reino humano permanece humano, y el que afirme que puede edificar el mundo según el engaño de Satanás, hace caer al mundo en sus manos.
Jesús es el Rostro de Dios. Aquí surge la gran pregunta que acompaña a lo largo del libro: ¿qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído?  La respuesta es muy sencilla: Ha traído a Dios que se había ido revelando poco a poco en Abrahán, en Moisés  en los profetas. Ahora conocemos su rostro, ahora podemos invocarlo. Jesús ha traído a Dios, y con él la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino.
La causa de Dios parece estar siempre como en agonía. Sin embargo se demuestra siempre como la que permanece y salva.
En la lucha contra Satanás ha vencido Jesús frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y de la economía, garantiza todo a todos. Jesús contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre.

Nada te turbe,
nada te espante
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta
sólo Dios basta.
(Teresa de Jesús)

Pedro Ignacio Fraile Yécora
Cuaresma 2014

http://pedrofraile.blogspot.com.es/

05 marzo, 2014

«TE RENUEVA POR DENTRO, TE MOVILIZA POR FUERA»

(Guardado en la página 'Año litúrgico')

            Hoy es miércoles de ceniza. En la parroquia estos últimos días, ha habido un «concurso de ideas» para buscar un lema para esta próxima Cuaresma. Unos decían, «conviértete y cambia de vida», a lo que otros le contestaban, «ya estamos como todos los años». Otro, más audaz, proponía «conversión es revolución», y todos a una le recordaban que eso de la «revolución» no está bien visto en la Iglesia, y que a muchos les suena a muertes, y sangre y todo lo demás.
            Pasaba el rato y nadie tenía una idea que fuera novedosa y atractiva a la vez. Juana, que está mal del estómago, había llevado para merendar un «yogur», como se suele llamar a todos los productos lácteos, sean de lo que sean. La propaganda del producto decía que te «renovaba por dentro». Juana, dijo: ‘ya está, lo que dice esta etiqueta… hay que renovarse por dentro’. Unos protestaron por la frivolidad y otros le dijeron que eso no era serio para una parroquia. Ahí quedó la cosa.
           

El lema que iba a presidir el templo parroquial durante todo el tiempo de Cuaresma seguía sin estar claro. Uno de los participantes, Felipe, muy serio él, dijo que un día había oído en misa que la «conversión tenía que ver con la movilización»; y explicó con voz grave: «si uno se convierte de verdad, se pone en movimiento, se moviliza; que eso de no hacer nada por los demás, el inmovilismo, no es cristiano».
            La luz asomó y se hizo sitio entre aquellas buenas gentes. ‘¡Ya está, la cuaresma es algo que te mueve por dentro y que te lleva a moverte por fuera!’ Sí, eso: ‘La Cuaresma tiene que servirte para «renovarte» desde el interior, desde lo más hondo, y tiene que notarse en que haces otras cosas, en que vives de otra forma, en que no te quedas en casa inmovilizado». Todos se animaron a comentar el nuevo lema.
            Es verdad. La Cuaresma no está ahí para que todo siga igual, sino para que todo cambie: de adentro hacia afuera, y de afuera hacia adentro. Renovación del interior y movilización exterior.
            Hay que renovarse interiormente, porque si no, la Cuaresma es «más de lo mismo»; suena a lo «ya sabido», a «rutina», cuando no suena a «caspa» y «religión rancia» (perdón por estas dos palabras que son muy fuertes, pero que es así). Si alguien se molesta, pido humildemente perdón.



            Pero el cristianismo no es una religión «de lo de dentro, para mí mismo, para mi interioridad íntima, para mi yo profundo que desconozco y deseo liberar de todo mal». El cristianismo es «para la calle», para «vivir hacia afuera». El cristianismo tiene espíritu, tiene sentimiento, tiene entrañas y corazón, pero tiene igualmente «pies y manos».
            Cuaresma, tiempo para ponernos a tiro ante Dios y dejar que sea él quien nos diga por dónde vamos bien y por dónde debemos marchar, es un tiempo para «renovarnos por dentro» (como el yogur ese que es tan bueno y tan necesario) y para «movilizarnos por fuera» (como decía el cristiano aquel que estaba harto de identificar cristianismo con inmovilismo.

¡Buena Cuaresma a todos!

Pedro Ignacio Fraile Yécora
5 de Marzo- Miércoles de Ceniza de 2014
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PEREGRINACIÓN EXTERIOR Y PEREGRINACIÓN INTERIOR

(Guardado en la página 'Peregrino en Tierra Santa')

El ser humano ha sido definido por los antropólogos, filósofos, pensadores, sabios, teólogos y eruditos, de mil formas. Para unos es un «homo sapiens», subrayando su inteligencia natural y desarrollada por encima de otros homínidos. Otros lo califican como «homo faber», insistiendo en sus posibilidades de transformación de las cosas que tiene ante los ojos. Para otros es un «homo ludens», recalcando que la fiesta y la alegría son inseparables de la vida que quiere vivir. Desde el punto de vista de la fe está el «homo credens», insistiendo en su capacidad de abrirse al misterio de lo divino, e incluso de entregarse a él. Para otros, el ser humano es un «homo viator», resaltando su condición de peregrino.
            Los poetas son los que más insisten en esta última condición del ser humano. En las «Coplas a la muerte de su Padre», de Jorge Manrique, el poeta noble ve cómo pasan inexorablemente las personas y los años: «nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar…». Antonio Machado escribía sobre el «camino» que se hace al andar; entendía la vida como un «viaje» y la muerte como una «nave que parte». León Felipe propone «ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos».
En el océano de las canciones y poemas religiosos, se insiste también en esta condición de que somos «caminantes». Sólo por recoger alguna de las mil letras que hay: «camina Pueblo de Dios»; o «errante voy, soy peregrino…»; o «hacia ti, morada santa,…, peregrinos, caminantes, vamos hacia ti…», o también, «mientras recorres la vida, tú nunca solo estás, contigo por el camino, santa María va». Al mismo Jesús le dedicaron hace ya tres décadas una canción con el título de «El peregrino»; la letra decía: ‘un día por las montañas, apareció un peregrino; iba diciendo a las gentes, «amigo soy, soy amigo»’…
            Esta condición de «peregrinar» como forma humana, espiritual, de búsqueda, la conocemos desde antiguo. Las peregrinaciones de los cristianos a Tierra Santa son muy anteriores a las cruzadas; ya en el siglo cuarto, una monja de origen gallego, con el nombre de Egeria, llegó en peregrinación al sepulcro de Jesús en Jerusalén. El nacimiento del Islam surge de una «huida» de Mahoma desde Medina a la ciudad de La Meca, que con el tiempo se transformará en verdadera y multitudinaria peregrinación; recordemos que uno de los «cinco mandamientos» del Islam es «peregrinar» una vez en la vida a la ciudad santa de La Meca. En la cristiandad medieval surgió con  fuerza inusitada el «Camino de Santiago»; qué decir de la «peregrinación a Roma», a la tumba del apóstol Pedro. El ser humano es un ser «viator», «peregrino». La vida se entiende como «peregrinatio vitae». Así lo creo y así lo defiendo.
            Buceando en nuestros orígenes, podemos ir mucho más lejos. Jesús es en realidad un «peregrino» que va anunciando el Reino de Dios por pueblos y caminos; él dice de sí mismo que «no tiene donde asentar su cabeza», y luego envía a los discípulos a que vayan «de dos en dos» anunciando la Buena noticia, abiertos al mundo. San Pablo, una vez convertido, no paró de transitar por caminos y ciudades llevando a todos el evangelio. ¡Qué decir de otros dos campeones de la fe! San Francisco de Asís fue en peregrinación a Tierra Santa siguiendo a Jesús; luego llegó también a Santiago de Compostela. San Ignacio de Loyola también quiso ser «peregrino» a Jerusalén.
            

El «viaje a Tierra Santa» no es un «viaje de placer» como si a un destino de descanso merecido nos fuéramos. No es tampoco un «viaje de aventuras», como parece que entienden algunos cuando, en las calles de Jerusalén o en los alrededores del Lago, van vestidos como si en un safari estuvieran. Tampoco es un «viaje a lo raro del mundo», como el joven de pintas despistadas que vi hace poco en el Santo Sepulcro, con bermudas, gafas de sol, gorra de «beisbol» y sorbiendo descaradamente un café con leche en un vaso grande de cartón, tal como si estuviera en un parque temático.
           
El «viaje a Tierra Santa» es una peregrinación. Una peregrinación exterior porque se hace a pie; se pisa, se toca suelo, se toca barro. Se está con la gente, se hacen filas, se besan las rocas, se toca el agua del lago. Se oyen los cantos de los muecines llamando a la oración; los cantos eléctricos y nerviosos de los judíos y las campanas de las Iglesias. Se contempla por la noche la silueta de las montañas que rodean al Lago (¡las mismas montañas que vio Jesús!), y se siente la sequedad tremenda del desierto de Judá, el mismo desierto que cruzaba Jesús en su camino de subida de Jericó a Jerusalén. A Tierra Santa se va con «botas», no con «zapato de paseo». A Tierra Santa se va con «mochila», no con «baúles» que pesan y estorban.

            El «viaje a Tierra Santa» es una peregrinación interior. El ser humano es un «caminante», pero un «caminante acorazado». Todos vamos con «corazas» y no permitimos que ninguna rendija permita entrar en nuestra vulnerabilidad. El peregrino suele ir muy serio a los lugares santos. De repente, en el Lago, escucha el relato de la «llamada de Jesús» a sus discípulos y, casi sin darse cuenta, las lágrimas le saltan a los ojos: «tú sabes bien lo que tengo- canta-, en mi barca no hay oro ni espadas». El peregrino llega a Nazaret. Nazaret está impregnado de María: el peregrino escucha cómo la «joven-llena de Dios» dijo un «sí» rotundo y confiado; aunque no quiera, el peregrino ve cómo pasa por delante de sus ojos sus «noes» rotundos, pero llenos de miedos, a las propuestas de Dios. El peregrino llega a Caná; ahí se derrumba: un peregrino está con su esposo o esposa y sólo ellos saben lo que viven: enfermedades de uno de los dos; tensiones familiares; o, por qué no, felicidad sin límites… Otro peregrino es viudo, y no para de llorar recordando a su esposa (no me lo invento, lo he visto con mis ojos); otros no están casados, pero también ellos quieren celebrar el amor que se tienen… El peregrino se acuesta a las aguas del Jordán, y recuerda su bautismo ¿qué hecho yo con mi bautismo, con mi fe? El peregrino va a Belén, y no entiende tanta pobreza, tanta normalidad,  tanta ternura y tanta sencillez para que nazca el hijo de Dios.
El peregrino llega, por fin a Jerusalén, destino que ansía. Lo mejor es dejar el Santo Sepulcro para el final, el último día, porque es la cumbre. En Getsemaní el peregrino llora al ver cómo también él no ha podido velar con Jesús, o cómo se hunde ante el peso del dolor. En El Gólgota besa con pasión la cruz de aquel que se entregó por todos y cada uno de nosotros: nosotros, ¡con nuestras historias, contradicciones y páginas emborronadas que no nos gusta recordar! El peregrino llega a la Tumba Vacía y descubre que el ángel dice: «no está aquí». ¿Cómo? Si no está, ¿para qué hemos venido? Precisamente por eso, porque Jesús no está entre los muertos, porque no está muerto. El peregrino no va a cerciorarse y levantar acta notarial de que la Tumba está vacía; el peregrino va a cantar con todos los cristianos de todos los siglos (de ayer y de hoy), que Cristo vive. El poder de la muerte no le ha podido. Su Padre Dios le ha dado la vida para siempre. El peregrino besa la losa y reza: «creo que vives y creo que estás vivo en mi vida, en la vida, en las personas que aman y luchan; no eres un Dios de la muerte, sino de la Vida en plenitud».
            En Tierra Santa el ser humano alcanza su condición de «homo viator», de «humano que camina», de «humano que se encuentra consigo mismo y con los demás en el camino». Pero, ¿no se podría simplemente ir por cualquier camino? Sí, los caminos pueden transitarse, pueden atravesarse y ser pisados, pero lo importante es quien los anda y con quién vas. En Tierra Santa caminas el camino con Jesús.

            

Pedro Ignacio Fraile Yécora
Peregrino en Tierra Santa
5 de Marzo de 2014


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