La
tentación de «corregir» la llevamos inscrita en nuestra identidad, en nuestro
«ADN», como dicen algunos ahora. No está mal ni es negativo el hecho mismo de «corregir»,
incluso es una «obra de misericordia», la de «corregir al que yerra». No me
refiero a esta «corrección», pues sin duda al que está haciendo daño o propaga el
mal de forma escandalosa y evidente, al que se ríe de los pobres y pequeños, al
que propaga equívocos y falsedades, hay que «corregirle». También está la
«corrección fraterna», que ha dado lugar a cientos y cientos de páginas. ¿Qué
es y qué no es este tipo de corrección? A veces puede ser una excusa para
hundir a personas débiles que no tienen recursos argumentativos para poder
defenderse.

En
el Antiguo Testamento podemos encontrar la figura de Jonás, que se atreve a
«corregir» a Dios: «Tú no tienes razón, Dios, porque eres clemente y
misericordioso». Los ninivitas no tienen
derecho a que se les predique la conversión y se les perdone. ¡Tienen
que morir y que desaparecer! Cuando en la segunda parte del libro, Jonás, a su
pesar, predica en Nínive y sus habitantes se convierten, Jonás se vuelve a
enfadar con Dios. Hay muchos como Jonás, hoy en día, que se atreverían a decirle
a Dios que no puede compadecerse de según quiénes.
En
esta misma línea se mueve el hijo mayor de la parábola del «Hijo pródigo», que
se atreve a enfrentarse con su padre porque se ha conmovido ante el hermano
menor que regresa a casa. En su soberbia, pide «justicialismo», que se cargue
contra él y pague su pena, pero no acepta la misericordia del padre. El hijo
mayor se atreve a «corregir» a su padre.
Es
impresionante el episodio de la confesión de Cesarea de Filipo. Cuando, después
de que Pedro confiese a Jesús como Mesías, el maestro se pone a explicarles a
todos que su camino le lleva a Jerusalén, y que allí le espera el sufrimiento y
la muerte… ¡Pedro se atreve a corregir a Jesús! Le dice que nunca sucederá eso,
que él no lo permitirá. En esta ocasión vemos cómo Jesús se vuelve a Pedro y le
dice unas palabras muy duras, llegando a llamarle «Satanás» porque quiere
impedir que se cumpla la voluntad del Padre sobre Jesús.
Ayer,
sábado 16 de abril de 2016, el papa Francisco fue a Lesbos a visitar a los
miles de refugiados que están «presos» en ese campo de concentración. No podía
hacer mucho, entre otras cosas porque el papa no tiene «poder real». Su
presencia era profética, pero no vino con «barcos y pasaportes», porque ni
podía ni puede. Tomó la decisión de que seis refugiados se volvieran con él a
Roma. Aquí salta la «corrección» de los «buenos». El papa hacía el bien solo a
medias, porque los seis refugiados que se traía con él eran «musulmanes», no
había pedido que fueran cristianos. Yo entiendo la frustración de muchos, pues
los cristianos en esta guerra cruel de Siria ocupan el lugar de los últimos,
que además sufren la persecución religiosa por ser cristianos. El papa hizo un
gesto profético: son personas necesitadas y perseguidas, y eso es suficiente.
Los que siempre corrigen, desde su superioridad espiritual soberbia le
corrigen: «se ha equivocado».
En
este domingo del Buen Pastor, cuando vemos a Francisco como «pastor» de la
humanidad sufriente solo podemos decir: «bajémonos de nuestras soberbias y no
nos atrevamos a juzgar con dureza a nadie». Dios es Buen Pastor, Jesús es Buen
Pastor, que seamos unos y otros «buenos pastores».
Pedro Ignacio Fraile Yécora