04 marzo, 2015

EL ÉXODO COMO PAN NUESTRO DE CADA DÍA. LOS CRISTIANOS ASIRIOS IRAKIES.



Hay muchas formas de leer la Biblia. Unos lo hacen «espirituosamente» (no quiero decir a idea la palabra «espiritualmente», que es muy seria). Otros lo hacen «moralinamente» (la «moralina» es distinta de la «moralidad»). No faltan los que lo hacen «literalísticamente», una cosa es la «literatura» como oficio noble y humanizador y otra la «literalística» que crea mundos falsos o simplemente de ensueño irrealizable. No puede faltar la lectura «historicista» de la Biblia, distinta de la «historia»; por último, la «fundamentalista», que es muy distinta de la «religioso teológica». Cada uno que piense cómo lee la Biblia.

            

La Biblia tiene una serie de «claves» o «chips» (diríamos hoy) que hay que conocer. Son tan antiguos como el relato bíblico leído y releído por mil generaciones. Ellos nos proporcionan esa «chispa» necesaria para desentrañar los textos. Uno de ellos es el «éxodo».
            No me interesa ahora la figura de Charlton Heston             abriendo las aguas en su película «Los Diez Mandamientos». Tampoco me interesan los reportajes del National Geographic destripando los relatos bíblicos, diciéndonos que las «plagas» de Egipto son fenómenos naturales: ‘el Nilo sube, trae agua roja del norte, hay invasión de ranas, los tábanos matan a los animales etc.’ No creo que algo tan importante como el éxodo se lea en clave «naturalística» que le priva de toda su tragedia humana y religiosa.
            El éxodo tiene vida propia. Es un fenómeno que recorre la historia de la humanidad. Conocemos el del pueblo de Israel, pero muchos pueblos han tenido su propio éxodo. Es más, el pueblo de Israel tuvo dos: primero, el de Egipto a la Tierra Prometida; más tarde, el de Babilonia a la tierra de Judá. Dos éxodos, caminos por el desierto, abandonando una tierra con la esperanza de llegar a otra.
            El éxodo es lo suficientemente definitivo como para no olvidarlo. Una persona que ha tenido que «abandonar», a la fuerza o no, su casa para ponerse en camino… no se olvida. Decimos «éxodos», pero decimos «destierros», o «deportaciones», o «huidas hacia adelante». Hay que salvar la vida, hay que romper con el hilo del pasado para ir no se sabe bien dónde.
            El éxodo marca la vida espiritual de la persona, y sin duda la fe. La fe se pone a prueba hasta el límite, hasta el grito que vomita rabia y dolor, hasta rozar la blasfemia. El creyente no entiende por qué se tiene que ir, dejándolo todo, por la violencia de otros. La pregunta se dirige a Dios, el Dios de la justicia, el Dios providente que acompaña el camino.
            Muchos pueblos doloridos en América del Sur, muchos pueblos invisibles en África negra, muchos pueblos en el corazón de la vieja y oxidada Europa, muchos pueblos en el Asia de las luces  y colores, han hecho y siguen haciendo su éxodo.
            El caso más terrible está siendo ahora mismo el de los cristianos asirios del Norte de Irak. Ellos son habitantes de la tierra. Son pobres. Pero son cristianos viejos. De hace dos mil años. Los que se dicen que se vayan, porque esa es «su tierra», llegaron siete siglos más tarde en sucesivas invasiones: recordemos que la Égira (que marca el comienzo de la era musulmana) es del año 622 después de Cristo. ¡No cambiemos la historia! Pero los cristianos que recibieron la fe en Jesús seis siglos antes, ¡se tienen que ir… o morir!
            La Biblia se puede leer de muchas maneras. Una de ellas guarda celosamente una verdad espesa, densa, incombustible, repetida cada generación, que es la de la verdad del corazón humano. ¿El éxodo es un hecho del pasado de Israel? No. El éxodo de los pueblos es un «continuo» en la historia de la humanidad. ¿Por qué no decimos ni hacemos nada, sino solamente los grabamos y difundimos por los Medios de Comunicación? Porque son pobres, porque son irakíes, porque son minorías asirias cristianas… que no importan. Vale.

Pedro Ignacio Fraile Yécora- 4 de Marzo de 2015

http://pedrofraile.blogspot.com.es/

03 marzo, 2015

UN CANAL PARA SALVAR EL MAR MUERTO

Acabo de leer la noticia. La recoge el profesor Fréderic Manns, del Instituto Bíblico y Arqueológico de la Flagelación de Jerusalén, que a su vez la toma del periódico francés Le Monde.


Todos los que vamos por aquellas tierras comentamos la situación del Mar Muerto. Es evidente cómo se va muriendo poco a poco. Con frecuencia habíamos oído hablar de distintos proyectos para llevar el agua desde el Mar Rojo. Debemos recordar que el Mar Muerto está en un 'pozo', en una 'depresión' a cuatrocientos metros por debajo del Mar Rojo. El mismo desnivel servirá para conducir por su peso el agua.
La noticia dice que el acuerdo entre el gobierno de Jordania e Israel, los dos países interesados, fue firmado en Ammán el 26 de febrero de este mismo año.
Sin duda una buena noticia... aunque sería mejor que no hubiera que recurrir a este 'trasvase' para salvar un mar que si no fuera por el abuso que de él se hace, podría tener muchos años de vida.


EDILIO MOSTEO, In Memoriam



A las horas en que escribo estas palabras están enterrando a Edilio en su pueblo natal, Épila, en la provincia de Zaragoza.
Edilio era un buen cura, atípico, de los que gustan o no gustan. Era profundamente espiritual sin adentrarse en los mundos de la «new age». Creía en Dios y hablaba de Jesucristo. Celebraba la Eucaristía, con intensidad; cerraba los ojos, hacía largos e intensos silencios, como para dejar que el Espíritu hablara.  Muchas personas querían hablar con él; le buscaban, y él les hablaba de Dios, de Jesús, de María, del Evangelio. Sus retiros eran una «lectio divina» que previamente había orado, había rumiado, y había pasado por el corazón hasta poder pronunciarla luego con los labios. Mucha gente se las pedía, e incluso algunos las coleccionaban.

Edilio tenía mucho gusto. Hacía sus pequeños pinitos en el mundo del diseño. Buscaba las líneas limpias, nítidas, claras. No era para nada barroco. Los que conocíamos algunas de sus obras pronto lo reconocíamos pronto: «esto es de Edilio», decíamos. Muchas portadas de libros y publicaciones de la Archidiócesis de Zaragoza llevaban su seña de identidad.
Edilio hacía muchos años que estaba muy enfermo, de los riñones; siempre cuidando con las comidas y vigilando sus horas de descanso; pero ha fallecido, casi sin esperarlo, medio de repente, a causa de un tumor cerebral.
He buscado una foto en las redes sociales, y sólo he podido rescatar un dibujo de los suyos. Seguro que habrá más, pero este es suficiente. Un rostro humano y el Espíritu Santo. En tiempos duros es necesario volver al Espíritu para que sea él quien nos consuele, nos dirija y nos ilumine.
Edilio, te vas con la sensación de haber tenido una conversación pendiente contigo. No te digo, «hasta siempre», o menos aún «hasta nunca», sino «hasta el cielo». Los que nos movemos en esta tierra con la mirada y el corazón puestos en Dios creemos que tenemos muchas conversaciones aún por hablar, muchos ratos con los que gozar, muchos recuerdos que volver a pasar por el corazón. Dile al buen Dios, amigo Edilio, que en este pedazo de tierra aragonesa, entre el Jalón y el Ebro, entre el Moncayo y el Pirineo, hay buena gente que sigue esperando y confiando en él.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
http://pedrofraile.blogspot.com.es/
3 de Marzo de 2015


01 marzo, 2015

¿CON QUÉ ME VAS A SORPRENDER, SEÑOR?



Confieso que soy bastante hermético a la hora de aceptar «cambios» en mis explicaciones de Tierra Santa. Mucho me tienen que gustar para que las propuestas que siempre se hacen pasen a formar parte de mis comentarios.  Voy a contar dos experiencias de este último mes de febrero, con dos personas distintas y dos grupos distintos.
            Pepe es un joven cura madrileño, de treinta y tres años. Jovial, divertido, positivo, a la vez que sensato y libre. El último día presidía él la celebración eucarística, por lo que nos dirigió unas palabras. Hacía un resumen en el que nos felicitábamos de lo bien que había ido todo. Cuando habló de las visitas, y de sus correspondientes comentarios, o sea, me tocaba a mí, dijo algo parecido a esto: «a veces nos parábamos a pensar si el lugar en el que estábamos era conmemorativo, o histórico, o tradicional, o arqueológico, para interpretar o entender el sitio. También nos pasa que, como ya nos hemos hecho una idea de lugares por el evangelio, creemos que lo sabemos todo. Yo pienso que es mejor ir a los lugares  y decir ‘Señor, ¿con qué me vas a sorprender?’. Si vamos con esta actitud de sorpresa, descubrimos cosas maravillosas y dejaremos que Dios nos hable».  Estas no son sus palabras, sino las mías que le interpretan, pero en el fondo esa es la idea. No podemos ir a Tierra Santa con los ojos analíticos de quien necesita que le expliquen, para que los acepte si son plausibles, los lugares que se visitan. La actitud correcta del que peregrina a Tierra Santa es estar dispuesto a dejarse sorprender en cada momento. Gracias Pepe, tomo nota.
            El segundo caso que traigo a colación tiene que ver con otro hombre joven, Miguel. No es sacerdote, sino un soldado profesional que venía en peregrinación. Yo veía que en muchas visitas se retiraba del grupo cuando veía, por ejemplo, un sagrario, y se ponía a rezar, él solo, en actitud de recogimiento. Poco a poco me fui acercando a él. Me pasó lo que se suele decir en castellano: «ir a por lana, y salir trasquilado». Yo fui a preguntarle a él y él fue quien me preguntó a mí. Yo le pregunté si estaba a gusto en la peregrinación y él me preguntó si yo rezaba. Ante el estupor que vio en mi cara, añadió: «a veces en tus  comentarios parece que no crees en los milagros». Por supuesto que creo, le dije enseguida; me considero creyente y católico, añadí como si me hubieran ofendido. «Bueno, -me dijo él-, parece que no le dejas espacio a lo ‘sobrenatural’». Él utilizó esta palabra, «sobrenatural», y lo entendí. Me quería decir, al menos eso supuse, que mis explicaciones abundaban en datos históricos, arqueológicos, técnicos, pero les faltaba el «alma» del evangelio que seduce a los creyentes. El día que me despedí de Miguel, le di las gracias, junto con un fuerte abrazo.
            Dos hombres jóvenes que hablan de «dejarse sorprender por Dios» y de «poner el alma del evangelio» a la vida. Entendí que me pesan mucho las rémoras de cierta educación de hace ya algunos años donde queríamos desentrañar el misterio, exponiéndolo triunfantemente a la vista de todos. Dios se deja contemplar, pero no es un espectáculo; el misterio de Dios se saborea, pero no se puede deshacer en colores, gustos, estructuras y formas. Dios se cuela en el corazón de las personas por conductos que ni nosotros mismos conocemos. Entonces, solo entonces, cuando nos damos cuenta de que se ha metido hasta dentro sin que sepamos cómo, decimos: «¡me has vuelto a sorprender, Señor!». O, como Miguel, vemos que el evangelio se «escucha con alma» si se quiere comprender.
            Todos las peregrinaciones a Tierra Santa son una caja de sorpresas; en esta Dios me estaba esperando, por partida doble, en las personas de dos hombres creyentes jóvenes.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
1 de Marzo de 2015