29 marzo, 2014

Luz, ciegos y encegados






A TODOS LOS QUE BUSCAN,
COMO ‘CIEGOS’ O POR ‘ENCEGADOS’
LA LUZ DE DIOS,
UN POEMA DE LUZ



Luz…
Cuando mis lágrimas
te alcancen
la función de mis ojos
ya no será llorar,
sino ver
(León Felipe)

28 marzo, 2014

LAS CRISIS DEL CREER (Cuarto domingo de Cuaresma: el Ciego de Nacimiento. Segunda reflexión)


La palabra «crisis» es muy seria como para hacer bromas de mal gusto. Cuando nos dicen una y otra vez que entre nosotros, aquí, en casa, cada vez hay más personas que no pueden afrontar los gastos ordinarios… eso es muy serio. No es para «ningunear» el problema. Por eso, sólo diré que la palabra «crisis», siendo terrible en muchas ocasiones, tiene en su origen etimológico un aspecto positivo junto con el negativo. El negativo es evidente; crisis es sinónimo de «ruptura», de «fracaso», de «abandono»; en definitiva, de dolor y de frustración.
¿Cuál es el aspecto positivo de la «crisis»? La etimología griega nos dice que viene de una palabra que significa «juicio»; por extensión «estar en crisis» supone estar en un estado de «enjuiciamiento», de «poner todo encima de la mesa para emitir un juicio», de «dirimir entre valores y contravalores». Desde este punto de vista, de la «crisis» se puede sacar luz o se pueden abrir caminos nuevos.



El evangelio de este próximo domingo, el del ciego de nacimiento que comenté ayer, cuando Jesús se encuentra por segunda vez con el ciego, ya curado, le preguntó: ‘Crees en el Hijo del hombre? El ciego le contestó: ¿quién es para que pueda creer en él? (…) Aquel hombre dijo: creo, señor, y se postró ante él (Jn 9, 36). Aunque seamos poco observadores, descubriremos que al final del relato, por tres veces aparece el verbo «creer». Jesús, en el evangelio de san Juan, pone en un compromiso a quien se cruza en su camino: «¿crees?», es la pregunta que hace a cada uno que se atreve a leer estas páginas.

Hace ya muchos años, quince o quizá más, un sacerdote de estos clarividentes, afirmaba sin complejos: «el gran problema de la Iglesia es la falta de fe». Los años le están dando la razón. Otro sacerdote amigo mío, con gracejo malagueño, sentenciaba hace más de treinta años: «cuando falla la fe, aumentan las devociones»; lo decía porque ya entonces se cambiaban en algunos grupos los planteamientos teológicos serios por una vuelta a devociones de bajo perfil. Un tercer sacerdote, también amigo, dice con frecuencia cuando se entera de que mucha gente abandona la fe cristiana para dejarse llevar por las atractivas llamadas de la «New Age»: «si ya lo digo, con tal de no creer en Dios, creen en cualquier cosa». Por último, mi padre, que no era sacerdote pero era un hombre de fe repetía una frase que no era suya: «el ser humano está hecho para adorar; si no adora a Dios, acaba adorando a las bestias».
Pongamos un poco de orden en lo que acabo de decir. El ser humano tiene inscrito en su corazón una huella indeleble, a fuego: la espiritualidad. Los cristianos reconocemos en ella la huella creadora de Dios; el profeta Isaías lo dice de forma hermosa y poética: «nuestros nombres están tatuados en las manos de Dios».
La fe es una respuesta afectiva, amorosa y madura de la persona que sabe reconocer las huellas de Dios en su vida. El paso de Dios por la vida de una persona «deja huellas», como nos dice el relato de la lucha de Jacob con el ángel de Dios. La fe, decimos los creyentes monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e Islam) es personal: necesita un «tú» (Dios) al que se dirige, al que ora, al que suplica y al que pide explicaciones el ser humano: «yo». Las religiones monoteístas se toman muy en serio a Dios y al hombre: podemos abrirnos a él y creer en él, pero podemos también cerrarnos a él y negarle o incluso decidir que no lo queremos en nuestra vida.
La crisis ha llegado desde hace tiempo a la fe. La crisis no ha llegado a Dios, que no necesita «defensores» (en todos los siglos abundan «defensores de la causa de Dios»). La crisis ha tocado el corazón del ser humano, como decía mi amigo sacerdote: unos dirán que la teología es cosa de teólogos, y volverán a los devocionarios buscando una fe de perfil bajo. Otros se adentrarán en mundos nada definidos de espiritualidades sin nombre, con la promesa de encontrarse a sí mismos (incluso algunos presumiendo de haber abandonado el evangelio de Jesús por estar ampliamente superado)… Los hay que adorarán cualquier cosa: un deportista, un cantante, el poder, el dinero… ¡las bestias! ¡Adoramos a las bestias cuando sólo se puede adorar a Dios!
El evangelio del ciego de nacimiento nos habla de cegueras hondas (las propias del que nunca ha visto la luz, ni conoce los colores); de luces que faltan y de sombras que desdibujan la realidad. Nos hablan de una vida sin luces, sin colores, sin matices ni contornos… ¡sin sentido!
La fe tiene que ver con el sentido. Jesús nos invita a creer porque sabe que Dios no es barrera, no es obstáculo, ni callejón sin salida, sino puente, puerta y camino. La fe está en crisis. No es una buena noticia. El evangelio del domingo nos invita a que demos el paso: ‘Crees en el Hijo del hombre? El ciego se adelantó y dijo «creo».

Pedro Ignacio Fraile Yécora
28 de Marzo de 2014

http://pedrofraile.blogspot.com.es/ 

27 marzo, 2014

¿ESTO POR QUÉ? O ¿ESTO PARA QUÉ? (Razón o sentido en el 'Ciego de Nacimiento'. Cuarto domingo de cuaresma)



El niño pequeño le pregunta a su madre, ¿por qué? El adolescente le pregunta a su padre ¿por qué? El científico se pregunta a sí mismo ¿por qué? No sé explicar la primera de las tres preguntas, la del niño pequeño, pues no soy pedagogo; intuyo que es porque se abre a un mundo novedoso, sorprendente e inesperado a la vez. Es más fácil explicar la pregunta del adolescente, que tiene que recomponer su mundo y tomar decisiones en una vorágine de estímulos, dudas, seducciones y convicciones no maduras a partes iguales: ¿por qué lo tengo que hacer yo? o ¿por qué no puedo hacerlo? Duda existencial biológica, dolorosa y necesaria. La más fácil de las tres es explicar la pregunta del científico, que busca las «causas» de las cosas (su aitía), su razón última, (su lógos), su «porqué» (¡todo junto y con acento!).
Los europeos y occidentales, que remontamos nuestra paternidad intelectual a la antigua Grecia de los filósofos, solemos trabajar el mundo de la razón, de las causas primeras, segundas, hasta llegar a las últimas. Cuando pensamos que lo hemos logrado, gritamos eureka (o sea, «lo he encontrado»). ¡Hemos vencido a la pregunta a la duda o al misterio! Es más; llegamos a pensar que esta es la única forma de acceder al corazón de la vida. ¡Gran error!
Otros pueblos se acercan a la realidad de distintas formas. Yo conozco un poco más la aproximación de los semitas a la realidad de la vida (mundo bíblico), tanto en el pensamiento hebreo como árabe. La Biblia no es un «libro de los porqués». La Biblia no es un libro de ciencias naturales (biología, cosmología, física, astronomía…). La Biblia (repito, todo el mundo semita), cuando quiere hablar de la vida nos cuenta una historia real, un suceso, una hermosa narración, algo que ha pasado o que puede perfectamente pasar porque es humano. Lo cuenta no para que busquemos «su porqué», sino para que reflexionemos, lo comentemos y entre todos saquemos una enseñanza. No les preocupa demasiado si «fue así» o «fue algo parecido». ¡Ahí está la gran dificultad de los occidentales para leer la Biblia: la leemos como un libro de «historia sesuda» o de «ciencias naturales», o de «propuestas filosóficas», y no es nada de eso! Cuando vamos armados y pertrechados con nuestras preguntas lógicas y se las ponemos delante a la Biblia… ¡fracasamos!, porque esa no es la forma de «derribar sus muros y acceder a sus tesoros». La Biblia nos habla del «para qué» de las situaciones, de la vida misma, de lo que les pasa a personas de carne y hueso como nosotros. Habla de deseos, de pecados, de gestas heroicas, de personas débiles y creyentes a la vez…; pero no se pregunta el «por qué», la «causa última» de las cosas.
El evangelio del cuarto domingo de Cuaresma es el conocido como del «ciego de nacimiento» curado por Jesús (Capítulo 9 de san Juan). San Juan dice que los discípulos preguntan a Jesús: ¿quién pecó para que naciera ciego? Otras traducciones son más explicitas: ¿por qué nació ciego? (Jn 9,2) Jesús hace todo un alarde de «mano izquierda» y redirige la situación. Jesús primero dice que ese hombre no es ciego por ninguna causa externa a él (un pecado de sus padres). Jesús aprovecha la vida que tiene delante (un hombre ciego) y la curación (un signo de vitalizar), para una hermosa catequesis. Cambia el «por qué nació ciego» por un «para que…»: «este hombre nació así para que el poder de Dios pueda manifestarse en él» (Jn 9,3).
Dicho de otra forma. La Biblia, como Palabra de Dios que es, nos hace entrar en el sentido de las cosas más que en su causa. Las preguntas a las que responde la Biblia son: «¿para qué vivimos?», «¿para qué trabajamos y nos esforzamos?», «¿para qué tomamos decisiones: amamos, protestamos, nos oponemos? Y también «¿para qué nos abrimos a Dios?», o sea, «¿para qué creemos»? Esas son las preguntas sobre el sentido de la vida, sobre las enseñanzas que aprendemos y que ponemos (o ni aprendemos ni ponemos) en práctica; son los «para qué» que presenta Jesús en su evangelio.
San Juan usa muchas veces en su evangelio el « para que…»: Jesús ha venido al mundo «para que nadie se pierda» (Jn 3,16); no ha venido «para condenarlo», sino «para salvarlo» (Jn 3,17). Jesús ha venido «para que tengamos vida y la tengamos en abundancia» (Jn 10,10). Jesús nos alimenta «para que no tengamos hambre» (Jn 6,50) y nos da agua viva «para que nadie tenga sed» (Jn 4,15). Jesús ha venido al mundo «para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). En este relato del ciego de nacimiento, cuando Jesús se encuentra por segunda vez con el ciego, ya curado, le preguntó: «crees en el Hijo del hombre? Y el ciego le contestó: «¿quién es para que pueda creer en él?» (Jn 9, 36). Luego sigue hablando Jesús: «Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar la vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver» (Jn 9,39).
Hoy muchas personas viven y no saben para qué viven. En palabras «occidentales»: no encuentran sentido a la vida. Jesús, nos dice el evangelio de hoy, ha venido para «dar la vista a los ciegos» (Jn 9,39). Nosotros podemos añadir: Jesús ha venido para llenar de sentido todo lo que somos, lo que hacemos, y lo que nos acontece. Por eso nos podemos preguntar: y tú, ¿para qué trabajas, amas, luchas, sufres, perdonas, denuncias, rezas, crees…?

Pedro Ignacio Fraile Yécora
27 de Marzo de 2014
http://pedrofraile.blogspot.com.es/