18 octubre, 2014

Cuatro textos para el DOMUND

DOMUND
Domingo Mundial de la 
propagación de la fe

Cuatro textos para este domingo

PABLO VI


‘Evangelizar constituye la dicha y vocación de la Iglesia, su identidad más profunda. La Iglesia existe para evangelizar’

(Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 14)


“Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor” 

(Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 15)


PAPA FRANCISCO

 “Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»”

(Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 14).


‘La palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas

(Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 22)

16 octubre, 2014

ELOGIO Y ELEGÍA DE LOS MISIONEROS


            El próximo domingo es el DOMUND. El próximo domingo también el papa Francisco beatifica en Roma al gran papa Pablo VI. ¿Tienen algo en común? Muchas cosas. La primera que se me ocurre, y de enorme importancia, es que Pablo VI nos regaló la «Evangelii Nuntiandi», o «La evangelización del mundo contemporáneo». Una exhortación apostólica firmada en Roma el día de la Inmaculada de 1975.

            La exhortación apostólica nos recuerda que ‘evangelizar constituye la dicha y vocación de la Iglesia, su identidad más profunda. La Iglesia existe para evangelizar’ (EN 14). La Iglesia es misionera, como el agua nos moja y el fuego nos quema. No tienen vida propia lo uno sin lo otro. No hay agua seca, ni fuego frío, ni iglesia callada.
         
   Los misioneros son por tanto, los «mejores» hijos de la Iglesia. No son los «mejores» a lo humano, entendiendo esto en que sean los que mejores calificaciones académicas obtuvieron en sus estudios, ni los que mejor predican, o los dotados con más «don de gentes». Son los «mejores» porque han entendido que su vida es anunciar el evangelio con palabras y con obras saltando las fronteras que ponemos las personas.

            ¿Os imagináis un misionero trazando límites o levantando vallas para que los otros no pasen o no lleguen? ¿Os imagináis un misionero diciendo a alguien que «no es de la comunidad»? ¿Os imagináis a un misionero diciendo a alguien que «no es digno»? ¿Os imagináis a un misionero poniendo condiciones para ayudar a alguien?
            Los misioneros son la «avanzadilla» del evangelio. Son la «primera fila» que va desbrozando el camino de lianas, espesuras y trampas, no solo naturales, sino las más difíciles, las espirituales.
            Los misioneros se van a la misión sin billete de vuelta. No saben si volverán, pero tampoco les importa, porque han encontrado otras familias. Muchos de ellos mueren incluso de forma violenta, como consecuencia de su tarea evangelizadora, pero lo saben. Hace poco conocí a un misionero ya mayor, de más de setenta y cinco años, que había estado condenado a muerte en dos ocasiones por los «paramilitares» de las repúblicas centroamericanas. Él se libró, sin saber aún por qué ni cómo; otros compañeros suyos murieron y están enterrados sin que aún se sepa dónde. Recuerdo a uno, de un pueblo pequeño de Aragón, que era seglar.
            Hay que escribir un «elogio del misionero», no para enaltecer su figura a lo humano, esto es, con estatuas o monumentos, o reconocimientos públicos con «cena de homenaje»; no. El «elogio del misionero» es decirles que no les olvidamos, que sus comunidades oran por ellos y les apoyan; que no han marchado a la misión por una locura transitoria, sino porque llevan el corazón mismo del evangelio.
            Hay que escribir el «elogio» y no la «elegía» triste de una tarea que se agota. Uno de los síntomas de que una comunidad está débil es la falta de misioneros. Una comunidad viva no escribe «elegías», sino «elogios alegres» porque el evangelio se difunde como un buen olor.
            Oremos al buen Dios por los misioneros, y pidamos al beato Pablo VI que su exhortación apostólica «Evangelii Nuntiandi» siga siendo motor luminoso para nuestras comunidades.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
16 de Ocubre de 2014

           

           


15 octubre, 2014

LA MUJER Y DIOS



Hoy es Santa Teresa de Jesús. Es una de las mujeres más respetadas en todos los ámbitos. Respetada y muy querida entre los católicos, pues es «santa de las grandes», de las de primera división de honor, que nos habla con hondura del misterio de Dios que nos supera y nos atrae a partes iguales: «Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta». Parece como si cada frase fuera un tratado de teología poética o de poesía teológica.
Respeto entre los literatos y poetas, pues en castellano ha alcanzado cotas de altísima belleza, en sus paradojas acabadas y rítmicas, sin cursilería ni vaciedad: «tan alta vida espero, que muero porque no muero». Teresa ocupa páginas por derecho propio en la historia de la literatura española y en la historia del castellano, independientemente de la fe o ausencia de credo del historiador de la lengua.
Respeto entre los historiadores de la religión, pues Teresa abre un camino en la mística de forma seria, madura. No es esoterismo, ni brujería, ni visionaría. Teresa habla de su experiencia de Dios, de su saber de Dios. Los que saben de Dios, saben de conversión al misterio y de ausencia del misterio. Teresa se «convirtió», pues aunque ya era religiosa en un convento, aún no había hecho experiencia de aquel que llenó del todo su vida. Los que saben de Dios saben también de ausencia del misterio; algunos piensan, torpemente, que la fe «se tiene». No; la fe «no se tiene», sino que «nos tiene» a nosotros. Somos nosotros los que en momentos de nuestra vida parece como si «perdiéramos» la fe, siendo todo lo contrario: aunque parezca que todo se nos cae, que ya no creemos en nada, que nos adentramos en los abismos, cuando hemos gozado del don incomparable de la fe, ella es la que nos tiene.
Respeto entre las mujeres «esta es una de las nuestras». Teresa es mujer de armas tomar. Valiente, lista, emprendedora, regidora, incansable viajera. Supo mantener una relación fructífera, amistosa y a la vez modélica con otro santo castellano, místico, poeta y grande entre los grandes: «Juan de la cruz».
 Teresa es mujer, teóloga, mística, emprendedora, poeta y santa. Una mujer así ¿cuándo vivió? ¿En el siglo XXI? No; ¡vivió en el convulso siglo XVI!, teniendo que luchar contra los inquisidores que querían leer y entender lo que Teresa no decía; en el siglo del auge y expansión de la reforma protestante, cuando se miraba con lupa cada palabra, cada expresión, cada detalle… Teresa pasó a ser Santa Teresa. ¿Algo más? Sí, Teresa 'con apellido': Teresa 'de Jesús'.
Hoy, en el siglo XXI, la situación de la mujer ha cambiado en muchos sitios para bien; en otros muchos no. Esta apreciación sigue siendo ridícula y casi indignante, pues si decimos que «ha cambiado para bien» es que ha sido y sigue siendo tremendamente injusta, violenta y denigrante respecto al varón en muchos sitios lejanos y hogaños, de ayer y de hoy. Personalmente, como consecuencia directa de mi fe cristiana en Dios que es «señor y dador de vida», que es «creador del ser humano en libertad a su imagen y semejanza» (¡Dios no tiene sexo, a ver si nos enteramos; el sexo es propio de los animales y de los humanos; Dios es Dios! Esto lo digo para los machistas y para las feministas, que en esto son iguales), pues gracia a la fe en Dios, sostengo que «varón y hembra» somos iguales totalmente en deberes y derechos a los ojos de Dios y de la humanidad.
¿Todos los cambios son buenos en lo que respecta a la mujer? Aquí habría mucho que hablar. Casi sin pensar, lo primero a lo que nos dirigimos todos es a la cuestión sexual-genital. Es sin duda un progreso que la mujer no sea «esclava», «sierva», «propiedad», del varón (¡ni aunque sea su legítima esposa!), y mucho menos que se quiera legalizar en nombre de las tradiciones o de la religión, aunque sea la cristiana. Es sin duda un progreso que la mujer tenga una asistencia sanitaria adecuada, propia y regular (al menos en los países occidentales y avanzados, no podemos decir lo mismo en países mal llamados del «tercer mundo»). Es sin duda un progreso la educación sexual, que hasta hace pocos años era un «tema tabú», teniendo que buscar la información por los canales que se tuviera al alcance, muchas veces nada apropiados. Otros temas en los que habría mucho que discutir son los temas «peliagudos»; el más grave sin duda el presunto «derecho al aborto» que se ha erigido como bandera en estos últimos años ¿Una mujer gestante puede apelar a su derecho a no ser madre? ¿Y el derecho del que ha sido gestado a que no corten su vida, que es autónoma y distinta a la de la madre? Un tema muy serio y muy doloroso, del que no se pueden hacer bromas ni chistes, ni se puede trivializar. No hay que condenar, pero sí que hay que iluminar.
Habría muchos otros cambios que son sin duda a mejor a nivel laboral, de responsabilidades políticas, académicas, estatales, sociales, de remuneración justa (ni más ni menos que las del hombre). Hay mucho, mucho, mucho, aún por hacer.
¿Y en lo religioso? Son muchas las voces que se alzan pidiendo a la Iglesia católica que dé pasos en la progresiva toma de responsabilidades por parte de la mujer en la Iglesia. Son cada vez más las teólogas que reivindican una «teología con rostro femenino». Hemos dicho un poco más arriba que Dios no es sexuado; así es. Podemos decir también, por consiguiente, que el varón no tiene por qué entender mejor el misterio de Dios que la mujer; o que el varón sea el teólogo y la mujer sea la que escuche las enseñanzas del «varón teólogo». El varón y la mujer son «criaturas», distintas de Dios, creados a «imagen y semejanza de Dios». Los dos tienen mucho que decir sobre Dios; es una experiencia que se comparte porque es distinta y complementaria. La experiencia materna de la mujer, que concibe y engendra, que tiene un sentimiento único de unión al hijo, nunca la podrá experimentar el varón. Esta experiencia de «entrañas maternas», de las que ya nos habla el profeta Oseas, es femenina. Puedo decir, desde mi experiencia, que textos bíblicos cuya interpretación había escuchado mil veces en labios de varones, cambian totalmente y adquieren un sabor nuevo explicados y comentados por una mujer. Es así. Necesitamos teólogas.
La tragedia, sin embargo, es otra a mi modo de ver. La mujer, al menos en España, ha hecho en los últimos años un gran movimiento de alejamiento de la Iglesia. Creo no equivocarme si digo que mayor y más radical que el de los varones. Hace más de quince años esta afirmación mía la presentó un profesor de Zaragoza, Javier Calvo, en el primer número de la Revista Aragonesa de Teología. Es la retirada progresiva de la mujer de la Iglesia. Se hace patente sobre todo en las generaciones más jóvenes.
Hemos estado hablando durante muchos años, quizá demasiado, de forma crítica y criticona, sin demasiado criterio y con acritud muchas veces, del «Dios machista» de la Biblia; del «Dios juez que condena», del «Dios que culpabiliza y traumatiza», del «Dios represor de nuestros sentimientos». ¡Nos hemos despegado de él y lo hemos abandonado para ser «mayores de edad»! Creo, honradamente, que nos han ganado la partida los «detractores de Dios» a quienes hemos querido presentar el misterio de Dios conforme al evangelio: «Dios Padre», «Dios compasivo», «Dios que busca al pecador para que viva», que toma rostro en Jesús de Nazaret. En muchos sitios se ha optado por «no hablar de Dios», siguiendo la norma de que no se habla de lo que bien «no existe», bien «no interesa».
Necesitamos teólogos y teólogas. Necesitamos mujeres y varones creyentes. Necesitamos hacer experiencia de Dios, hablar de Dios, compartir la «hondura y la herida» que llevamos de Dios en nuestra vida. Teresa de Jesús hablaba de Dios sin tapujos ni medias tintas: «quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta».

Pedro Ignacio Fraile Yécora
15 de Octubre de 2014
Fiesta de Santa Teresa de Jesús




13 octubre, 2014

EL MISIONERO Y EL PERRO (Teoría de los desplazamientos en la crisis del Ébola)



El mundo cada uno lo ve con unas «gafas diferentes». Según quién se asome a él dirá que «estamos ante la catástrofe del Ébola». Otros están (estamos) sobresaltados y preocupados por el avance de ISIS (Califato Islámico) en Siria e Irak; otros, a una nivel más particular, están acabando las «fiestas del Pilar del 2014», y otros, los menos, los que profesamos nuestra fe en la Iglesia Católica, somos convocados a celebrar el DOMUND este próximo domingo.
Esta semana pasada, aquí en las tierras de la península ibérica, hoy poblada por astures y andalucíes, gallegos y murcianos, portugueses y aragoneses, castellanos y catalanes (evito la enumeración pormenorizada), se ha hablado insistentemente del ébola, de su contagio por parte de una auxiliar de enfermería de Madrid y su alerta en toda la comunidad, extensible a otros lares del solar hispánico.
No he dejado de darle vueltas a la cabeza sobre el asunto. Lo primero que me viene, es la «teoría de los desplazamientos», creada por mí, y que me sirve para explicar ciertos comportamientos humanos. Lo segundo que me viene es una frase que repito mucho y de la que cada vez estoy más convencido.
La «teoría de los desplazamientos» dice poco más o menos (no la tengo formulada), que a lo largo de la historia los lugares significativos, las formas de ver la vida y los criterios morales se van «desplazando» sigilosamente sin que nos apercibamos, hasta que alguien da la voz de alarma y dice: «¡pero si esto, hace sólo unos años era de otra manera!». Esta teoría se ve muy bien en Jerusalén: el peregrino cristiano peregrinaba al Santo Sepulcro, lugar de la muerte y resurrección de Cristo,  en quien y por medio de quien celebramos nuestra salvación. Pues bien, me he encontrado con numerosos peregrinos cristianos que se han quedado fríos en el Santo Sepulcro y que sin embargo se han emocionado en el Muro de las Lamentaciones, ¡que a los cristianos no nos dice nada! Como dicen los latinos: «maiora videbis!» (cosas más grandes vais a ver).
En el caso del ébola estamos asistiendo en España a una serie de disparates. Me quedé sorprendido cuando mucha gente, algunos muy cercanos a mí, argumentaban que el culpable era el gobierno por haber repatriado al misionero; insistían en que «se tenía que haber quedado allí». Total, esto lo digo yo, un misionero ya sabe a qué va, o forma parte de su «opción de vida». A los pocos días, esa misma sociedad que no reaccionó por el misionero, se lanzó a la calle a protestar porque habían matado al perro mascota de la asistente de enfermería infectada. ¡Ha habido concentraciones de protesta en toda España! Yo vi las reacciones de algunos en la tele. Unos decían: (el perro)  «¡es un ser vivo!»; otros gritaban: «¡tiene sus derechos!». Que me perdone el lector, pero yo no he podido menos que recordar la polémica sobre el aborto que sólo hace un mes renació en España: ¿el niño gestado no es un ser vivo? ¿no tiene derechos? Sin duda estamos asistiendo a un «desplazamiento» de criterios vitales y morales en nuestra sociedad.
El próximo domingo es el DOMUND. Desde mi atalaya externa veo que poco a poco esta fiesta de la fe católica que cultivaba el espíritu misional está languideciendo. Recuerdo los niños que salían  a las calles con huchas para pedir para los «misioneros». Recuerdo que los «misioneros» eran los «héroes» de los niños y niñas católicos que asistían a la catequesis y que iban a colegios religiosos. Muchos decían: «yo de mayor quiero ser misionero». En España han cambiado muchas cosas (unas para bien, otras para mal y de otras aún no tengo criterios…); una de las cosas que han cambiado son los misioneros. Dos de ellos, Hermanos de san Juan de Dios, han venido a morir a España entre la desgana y las críticas de la opinión pública; al mismo tiempo parte de esta opinión pública se movilizaba porque habían sacrificado un perro en la crisis del ébola. ¿Lo entendéis? Yo no sé si lo quiero entender.
Lo segundo de lo que quería hablar, aunque sea muy de paso, es que todos los hombres no somos iguales. Preciso: somos iguales a los ojos de Dios, pero no de los hombres. Uno de los periódicos de hoy titula literalmente: «Urge la vacuna contra el ébola tras los contagios fuera de África». ¡Vaya titular torpe, o muy significativo, como se quiera! O sea, que si el ébola se queda en África no urge la vacuna. Si el ébola es una enfermedad de africanos, «que se mueran, que hay muchos y son pobres» (esto lo digo con ironía, no se me malentienda); pero si pasa a la «humanidad culta, bien comida, aburrida y sosegada» hay que evitar que se contagie. ¡Menos mal que nos queda la fe en el buen Dios que nos dice que solo Dios es Dios, que solo en él podemos confiar, que sólo él hace justicia! Porque los humanos… damos una de cal y otra de arena.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
13 de Octubre de 2014