En las fiestas de Navidad, como seguro que a él le hubiera gustado -así lo expresó el obispo de Tarazona, don Vicente, en la homilía- se nos ha ido Florentino. Estaba desde hacía tiempo con sus problemas de corazón; una dolencia añadida a sus ochenta y siete años cumplidos. El cuerpo es frágil y pasajero; nos cobija y da soporte durante unos años al misterio humano y divino que albergamos. Pero el cuerpo se desgasta y caduca y da paso no a la nada, sino a una nueva forma de vida. Estamos llamados a la plenitud, a la divinización. No somos ‘carne de un ciego destino’, sino ‘carne con semillas de vida eterna’.
El funeral en
su pueblo natal, Sabiñán, fue una manifestación pública del cariño que mucha
gente le tenía. La parroquia estaba llena con feligreses de sus últimas
parroquias, cristianos de a pie de otros muchos lugares, antiguos alumnos del
Seminario de Tarazona. Al final de la misa seis intervenciones glosaron,
cantaron y dieron gracias por su vida y su entrega. Era un ‘hombre de pueblo’.
Así lo vivió y así repitieron. Había sido un educador de generaciones de
jóvenes de pueblo, de seminaristas mayores; había sido párroco de comunidades
pequeñas de la tierra aragonesa, y había sido consultor, guía, confesor, padre
espiritual y referente de vida cristiana de comunidades religiosas y de
buscadores de Dios.
De Florentino
se dijeron muchas cosas. No las voy a repetir. En este breve artículo quiero
detenerme en algunos aspectos de su vida que no se vieron reflejados en su
despedida o algunos aspectos que nos pueden servir para mirar adelante en esta
querida iglesia nuestra.
Florentino
entró tarde en el Seminario para estudiar teología. Con los treinta años
cumplidos. Venía del campo, y de la Acción católica de su pueblo. Este detalle
es muy importante. En aquellos años sesenta, antes del Vaticano II, la acción
católica tenía vida sana y fecunda en muchos pueblos. Con Florentino salió otro
joven de Sabiñán, Jesús Pina, para prepararse al sacerdocio. Jesús acabó siendo
misionero en el Matto Grosso, con Pedro Casaldáliga. Florentino pasó de sus
primeros pasos en Salamanca, en el Seminario para vocaciones tardías, que
acogía a muchachos maduros de toda España, a estudiar con los Agustinos de
Valladolid; luego, una vez ordenado, su primer destino fue el Seminario Menor (Colegio
seminario) de Tarazona, en 1974. La acción católica le marcó; nunca renunció a
sus orígenes: ser cristiano en una parroquia y en una diócesis; ser cristiano
con gente de tu entorno, con tus amigos del pueblo, viviendo lo que vivían los
demás. En este entorno humano natural y sano, vivir con alegría la fe
cristiana. Este “espíritu” que impregnaba a todos los jóvenes de acción
católica, chicos y chicas, no lo perdió nunca.
Por esos
‘guiños’ extraños que nos hace Dios (los cristianos no creemos en un fatídico
destino, sino en las ‘pistas’ que va poniendo Dios en nuestro camino), cuando recibió
la ordenación sacerdotal por la imposición de las manos del obispo José Méndez,
Florentino no fue a un pueblo, sino que fue destinado como formador al
Seminario Menor de Tarazona. Entonces no se llamaba así, sino ‘Colegio
Seminario’. El nuevo título de la institución no es casual; eran años de abrir
caminos sin renunciar a lo fundamental. El obispo de Tarazona, don Manuel
Hurtado, había erigido un colegio diocesano en Tarazona, la Sagrada Familia, y
había levantado un nuevo Seminario (¡con capacidad para más de doscientos
alumnos perfectamente equipado). Don Manuel soñó, como en aquellos años todos
los obispos de España, con un renacer de la Iglesia católica, con fuerza y
esplendor. Después del concilio, que acabó el año 1964, en el año 1970, se
produjo una gran crisis en los seminarios de la Iglesia española. En la pequeña
diócesis de Tarazona, el Seminario se desmembró: los seminaristas mayores que decidieron
seguir sus estudios teológicos, pasaron a Vitoria y más tarde algunos fueron a
Madrid, a la sombra de Juan de Dios Martín Velasco; el Seminario Menor pasó a
ser “Colegio Seminario”. Continuidad y novedad sin ruptura radical. En este
nuevo centro, que acogía a chicos de todos los pueblos de la diócesis, hijos de
campesinos de toda la geografía diocesana, Florentino desempeñó su tarea de
educador con otros compañeros sacerdotes. La presencia de un numeroso grupo ya
entrado en años, con su corona de flores y con palabras agradecidas al final
del funeral, da muestra de su talante cercano, cálido, preocupado, como
educador. Varios de sus alumnos, hoy hombres de sesenta, cincuenta años,
dijeron que había sido para ellos ‘un segundo padre’.
Del ‘colegio
seminario’ de Tarazona pasó a Zaragoza. Acababa de morir Atilano, el sacerdote
que acompañaba a los estudiantes de ‘la segunda etapa’ que estaba buscando su
vocación, como así se decía, en los pisos de la calle Ávila. Florentino le dio
un nuevo rumbo: le devolvió el carácter de Seminario Mayor de Tarazona; ordenó
la liturgia diaria de los alumnos; poco a poco fue marcando un ritmo y una
identidad. Seguían siendo ‘pisos’ en una comunidad de vecinos, pero con signos
claros de ‘seminario mayor’: Florentino era el ‘Rector de Tarazona’. Al mismo
tiempo era el delegado del Clero de los sacerdotes diocesanos; su participación
en encuentros a nivel de toda España le hizo un nombre en muchos sectores de la
Iglesia española. Florentino comenzó a ser conocido y le llamaban para retiros,
ponencias, encuentros. Por aquellos años, también, su acercamiento a los
‘Sacerdotes del Prado’ (asociación de sacerdotes diocesanos), que había
iniciado tímidamente; con el tiempo esta simpatía inicial se convirtió en adhesión
libre a la asociación presbiteral, sin dejar su condición de sacerdote diocesano
de Tarazona. Esta descripción narrativa es muy importante. Florentino no era
solo ‘un rector’, sino que fue quien dirigió el seminario Mayor de Tarazona con
criterios claros: una espiritualidad diocesana (había otras propuestas de
espiritualidad para los sacerdotes: jesuitas, Opus Dei, comunidades
neocatecumenales principalmente), pero Florentino tuvo muy claro que el sacerdote
diocesano tiene una espiritualidad propia y un camino de santificación que nace
de su ministerio: la evangelización en una comunidad parroquia, en medio de la
gente, del pueblo de Dios que se le ha
encomendado. No fue fácil, pero Florentino supo mantener el rumbo con criterio
y buen hacer.
No faltaron
las tensiones. Recordemos cómo dos seminarios diocesanos, el de Teruel y Albarracín
primero, y el de Barbastro Monzón, más tarde, se unieron al seminario de
Tarazona, en los pisos de la Calle Ávila, bajo el rectorado de Florentino.
Nunca fue un ‘seminario interdiocesano’, sino un proyecto comunitario en el que
los obispos de estas diócesis confiaron en él. El proyecto que nació con él, murió
con él, y años más tarde, tanto el seminario de Barbastro y Monzón como el de
Teruel y Albarracín, regresaron al Seminario de Casablanca en Zaragoza. Son historias
‘importantes’ de la Iglesia en sus diócesis de Aragón. Los que lo vivimos en
primera persona, podemos dar testimonio de ello.
¿Cuál era la espiritualidad de Florentino? Tres rasgos a destacar. Primero, la humanidad. Los antiguos alumnos, tanto del Colegio Seminario Menor en Tarazona, como los del Seminario Mayor en Zaragoza, destacan su gran humanidad que en más de una ocasión le causó disgustos. Florentino era como un ‘padre’ que se preocupaba, cuidaba y defendía a los niños y jóvenes que venían de todos los pueblos de la diócesis, sabiendo que sus padres se fiaban del todo de los ‘curas’. Fue un gran educador.
Florentino este verano de 2025, firmando a antiguos alumnos del 'Colegio Seminario' de Tarazona, el libro homenaje que le hicieron en la Parroquia de Sestrica.
Más tarde, su humanidad y sentido eclesial lo desarrolló en el Seminario Mayor, en procesos mucho más complejos, pues no en vano se trataba de la vida de las personas (ser sacerdote o no, dar paso a una ordenación o impedirla); en estos años acompañó a muchos jóvenes en sus procesos vocacionales personales.
El segundo rasgo
era la eclesialidad. Florentino no era ‘eclesiástico’ al uso. No solo
porque vestía de ‘seglar’, como se decía en el lenguaje del clero, sino sobre
todo porque sus formas no eran las clásicas del clero formado en seminarios
clásicos. Florentino se había formado en sus tiempos de estudiante en Salamanca
en el seminario de vocaciones tardías, y más tarde en Valladolid compartiendo piso
con otros jóvenes como él que se preparaban para el sacerdocio. Recordemos que
eran los años inmediatamente posteriores al Concilio, ricos y complejos, esperanzadores
y tensos, vivos e innovadores. Florentino
no era un ‘eclesiástico’ al uso, pero era profunda y radicalmente eclesial.
Entendía perfectamente la unión indisoluble que hay entre la fe en Cristo Jesús
y la pertenencia a una comunidad cristiana. Le gustaba predicar, y predicaba
del evangelio. Predicaba con pasión. He recordado, como título de este
artículo, unas palabras que solía repetir en los entierros, especialmente cuando
la muerte de aquella persona dejaba desconsuelo entre los suyos. Decía con voz
firme desde el púlpito: ‘con Dios no lo entiendo; sin Dios me desespero’. Y esta
confesión de fe, llegaba a la gente. Florentino sentía con la Iglesia y a
Florentino le dolía la Iglesia. No soportaba los falsos maestros (que siempre
ha habido y habrá), que despistaban al pueblo santo con palabras confusas, o
planteamientos poco claros. Defendía la fe de la buena gente de sus pueblos, y
la fe de la Iglesia.
El tercer
rasgo era el evangelio. Su formación, ya lo he indicado arriba, había
nacido en los jóvenes de Acción Católica de Sabiñán, donde se enamoró del
evangelio de Jesús. Más tarde, y sobre todo siguiendo la espiritualidad de los
sacerdotes del Prado, se reunía mensualmente con sus compañeros para hacer ‘Estudio
de evangelio’, un método para leer de forma creyente la Palabra de Dios.
Recuerdo que una expresión, también muy suya, era decir: “eso” (esa actitud,
ese comentario, esa decisión), “eso es religioso, pero no evangélico”. Así es.
No aprobaba ciertos comentarios o situaciones que aparentemente podían pasar
como ‘religiosas’, pero que se apartaban del evangelio de Jesús.
Su
recuerdo ha hecho mella y ha dejado huella en muchas personas. Él supo encarnar
un ministerio sacerdotal entregado a lo que él amaba y creía, hasta el final.
Hasta que ya no pudo más, porque no podía conducir, siguió sirviendo a los
pueblos que se la habían encomendado. Aún después, cuando tenía que trasladarse
en coche ajeno, tuvo fuerzas para seguir anunciando el evangelio con sus charlas,
sus comentarios, sus consejos.
Puedo hablar de Florentino porque soy testigo de todo lo que he escrito, testigo muchas veces en primera persona. Desde los trece años, que lo conocí como formador en el Seminario de Tarazona, siempre ha estado presente en mi vida. Sin duda que mi fe, heredada de mis padres y de mi familia -también ellos personas de gran fe, de la Acción Católica- fue madurada gracias a Florentino. La fe crece, madura, cambia; hay que renunciar a algunas convicciones para dar paso a otras; hay que dejar atrás costumbres adquiridas para iniciar caminos de libertad. Sin duda Florentino es la persona que más ha influido en mi fe, en mi amor a la Iglesia diocesana y a la lectura creyente del evangelio. Maestro y amigo. Confesor y consejero. Animador y crítico conmigo a la vez. Porque creo -creemos - en la Resurrección, sé que podremos de nuevo juntarnos en el cielo, no ya en un 'estudio de evangelio' en torno a una mesa y a una Biblia, como los que hacíamos mensualmente, porque ya no será necesario, porque estaremos gozando del Buen Dios, del Jesús de la Tierra Santa, del Jesús de los evangelios.
Descansa en paz. Florentino,
sacerdote. Amigo.
Pedro Ignacio Fraile Yécora

Este año en poco tiempo dos sacerdotes de El Prado han fallecido:
ResponderEliminarEl " Perena" como conocían a su familia en Campillo, José Pérez Ratia, y su amigo Florentino.
José era pobre, humilde, ermitaño en sus últimos años, devoto de la Sábana Santa de Campillo y de su pueblo y la jota.
Los últimos años lo disfruté en Campillo, su humildad franciscana, su cariño a la eucaristía... tantas cosas, que aún las estoy saboreando.
Su amistad la conocí en un encuentro de antiguos alumnos y jugadores de rugby en Calatayud.
Dios los tenga en su Gloria y recen por nosotros hasta que nos juntamos en la Resurrección.
Muy acertado tu artículo.Para mi una persona irreemplazable.
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