15 septiembre, 2016

CORRUPCIÓN E IDOLATRÍA

             No hay que justificar la entrada de este «post». Son tantos, y tantos, y tantos los casos de corrupción que no hay que explicar por qué me detengo a una reflexión sobre este asunto. La corrupción, nos centramos en la económica, porque hay otras muchas (sexuales, afectivas, laborales, emocionales etc.) que las dejo intencionadamente a un lado.
            ¿Por dónde empezar? Quizá con el dicho latino: «corruptio optimi, pessima». La corrupción de lo óptimo (de lo mejor, de los más noble y excelso), es lo peor, es lo más deplorable y detestable. Volveré sobre este punto.
            La corrupción que tiene que ver con el dinero es tan antigua como el mundo. Ya en el Nuevo Testamento, un mago quiere comprar el don del Espíritu Santo cuando ve que Pedro impone las manos sobre los nuevos bautizados; Pedro le dice: «al infierno tú con tu dinero, por pensar que el don de Dios se puede comprar» (Hch 8,19); desde entonces este grave caso se denomina «simonía», pues el corrupto que quería tener en sus manos y controlar a su antojo lo más divino, al mismo Espíritu de Dios, era «Simón el Mago».
            Juan Ruiz, el «Arcipreste de Hita», por tanto un clérigo católico español, de las tierras de Guadalajara, nos regala ya en el siglo XIV unas coplillas en las que habla de cómo el dinero corrompe a todos: nobles y lacayos, de sangre azul y de sangre roja, políticos y sirvientes, clérigos y pueblo llano de Dios. Recordemos algunos versos, que luego populizará en los años 70 el cantautor Paco Ibáñez.

Hace mucho el dinero, 
mucho se le ha de amar;
Al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.





También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten en hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, 
más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de sí señor. (…)


En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,
toda cosa del siglo se hace por su amor. 

            Y Francisco de Quevedo, madrileño, en el siglo XVI, dedica una de sus ingeniosas poesías al «Poderoso caballero don Dinero»

Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

            Cuando en las noticias de prensa, televisión y radio, vemos noticias que hablan de los miles y millones de euros que cobran por comisiones, por favores, por callar, por mirar a otro lado… decimos indignados: «¡no hay derecho!» «¡Que paguen hasta el último céntimo y devuelvan todo lo robado!» Y así debería ser. Estoy convencido de que si un partido político pusiera como obligación sin excusas, como norma obligatoria sin discusión, que los corruptos devolvieran todo el dinero que han robado y amontonado para ellos y sus amigos, muchos obtendrían su voto. La gente sencilla está indignada, y con razón.
            Ahora bien, si nos ponemos la mano en el pecho, tenemos que reconocer que todos, en mayor o menor grado, participamos de este «deseo» de enriquecernos. Seguro que los lectores de estas palabras no podemos hablar de cientos ni de miles de euros; pero reconocemos que podemos regatear unos euros al fisco si está en nuestras manos. No vamos tampoco a presumir de «impolutos» cuando la batalla de la vida hace que vayamos luchando todos por un dinero que nos ayudan a vivir con dignidad, y por qué no decirlo, con cierta holgura.
            El problema está más hondo. Como siempre, me voy a esta condición humana de la que estamos hechos; a este barro del que a veces renegamos. Hacemos del dinero, que es un medio necesario para vivir, un fin en sí mismo: ganar, acumular, acaparar, amontonar euros, aunque se lo tengamos que quitar a otro.  Aunque sepamos que otros no comen, ni tienen casa… El afán por el dinero es insaciable; no acaba nunca; siempre más… aunque tengas que pisar a personas. La usura no tiene ni misericordia ni compasión: pasa por encima de todo. La corrupción de lo mejor es lo peor de todo, decíamos unas líneas más arriba: la corrupción de un medio que nos hemos dado los humanos para vivir, puede llegar a ser nuestra propia tumba si se hace mal y perverso uso de él: del dinero se pasa a la idolatría del dinero.
            Las tablas de la Ley, las de Moisés, ya nos advierten de la idolatría «No tendrás dioses fuera de mí» (Éx 20,3). La idolatría del corazón es más que tener monigotes en casa; es adorar y poner nuestras fuerzas en lo que no es Dios y quiere ocupar el lugar de Dios. El dinero no es divino; es un medio para hacer intercambios comerciales, para pagar trabajos y esfuerzos humanos, para dar debida satisfacción a unas personas que quieren vivir; pero el dinero no se puede acumular en montones porque se quita a otros. La Biblia es muy clara al respecto; ¿y Jesús, qué dijo? Lo sabemos muy bien: «no se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

Pedro Ignacio Fraile Yécora



14 septiembre, 2016

LA EXALTACION DE LA SANTA CRUZ


Hoy, 14 de Septiembre, es la fiesta de la «Exaltación de la Santa Cruz». Fiesta hermosa y popular. En mi ciudad natal, Tarazona, es el «Santísimo Cristo de la VOT (Venerable Orden Tercera)», memoria de la presencia franciscana. Para la gente de a pie es sencillamente «el Cristo». En torno a Tarazona muchos pueblos celebran también la fiesta de la cruz del Señor. Hoy quiero acercarme a esta fiesta desde la poesía.

La primera cita, cómo no, me lleva al poeta sevillano y soriano, andaluz y castellano, católico doliente y descorazonado, que no ofensivo ni indiferente, que es Antonio Machado. En su poema «al Cristo de los gitanos» dice: ‘no puedo cantar ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar». Hermosas palabras que Juan Manuel Serrat ha divulgado por todo el mundo hasta el punto de que ni él mismo es dueño de su canción: por doquier se canta esta hermosa letra y esta hermosa melodía, pero… ¿qué quería decir Antonio Machado? ¿no queremos cantar la cruz redentora de Cristo? ¿preferimos al Jesús de Galilea que anuncia el reino de Dios entre los pobres, a orillas del mar de Galilea, y no queremos al que entregó su vida hasta el final y fue ajusticiado por los dirigentes en Jerusalén? No lo sé… pensemos. Y leamos de nuevo a Antonio Machado.

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el nazareno?

¡Oh, la saeta al cantar
al Cristo de los gitanos
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar.

Descendimiento de Cristo. Santo Sepulcro de Jerusalén
Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz.

Cantar de la tierra mía
que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores.

¡Oh, no eres tú mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino el que anduvo en la mar

         


Una poesía anónima del siglo de oro español, que se atribuye sin saber bien por qué a san Francisco Javier, se dirige al Cristo «clavado en una cruz y escarnecido», y juega con las paradojas tan del gusto de los poetas místicos españoles: «aunque no hubiera cielo, yo te amara» y «aunque no hubiera infierno te temiera». La cruz de Cristo tiene esa capacidad de ponernos frente a él. Miramos y nos mira. Le interrogamos y nos interroga. Cuentan del Santo cura de Ars que una vez entró en la iglesita de su parroquia y vio a un campesino mirando al Cristo. El buen cura le preguntó ¿qué hace usted? Y el campesino le dijo: «yo le miro y él mi mira». Dejemos que hable el poema.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

            Entre las poesías a Cristo crucificado siempre me ha impresionado la dedicada al hombre sufriente desde la experiencia del dolor propio, que la autora denomina ‘mi carne enferma’. La experiencia del dolor humano tiene su espejo en Cristo crucificado. No creemos en un «dios de juguete» que no comparte nuestra vida. La experiencia del dolor acompañar el devenir diario del ser humano, y el amor de Cristo crucificado abraza al hombre que sufre en su carne y en su espíritu. Abraza para amarlo, para decirle que Dios no le ha abandonado.

La sangre de Cristo salva a la humanidad. Santo Sepulcro de Jerusalén

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y sólo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
 cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

Gabriela Mistral

Quiero concluir con un himno litúrgico y con una antífona. El himno nos adentra de nuevo en la paradoja cristiana: la victoria y la vida que nos regala Cristo está en su cruz: ‘Victoria, tú reinarás, ¡oh cruz, tú nos salvarás!

Peregrina besa la cruz de Cristo en el Gólgota. Santo Sepulcro de Jerusalén
























 ¡VICTORIA! ¡TÚ REINARÁS!
¡OH CRUZ! ¡TÚ NOS SALVARÁS!

El Verbo en ti clavado,
muriendo nos rescató.
De ti, madero santo,
nos viene la redención.

Extiende por el mundo,
tu Reino de salvación.
¡Oh cruz, fecunda fuente,
de vida y bendición!

La gloria por los siglos,
a Cristo libertador.
Su cruz nos lleve al cielo,la tierra de promisión.

La antífona es luminosa a la vez que hermosa:


“Tu Cruz adoramos, Señor,
y tu santa resurrección
alabamos y glorificamos,
Por el madero ha venido
la alegría al mundo entero”.

 Que pongamos, como el campesino de Ars, nuestros ojos en Cristo crucificado.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
14 de Septiembre de 2016
Exaltación de la Santa Cruz