DIEZ RAZONES PARA VIAJAR A EGIPTO

Acabo de llegar de un viaje a Egipto. He regresado ‘tocado’ y ‘motivado’. Es verdad que ya conocía el país por ocasiones anteriores, pero sin duda me ha vuelto a ‘envolver’ con su poderío histórico y arqueológico, su encanto natural, su cultura ancestral, sus preguntas inquietantes. Lo resumo en diez razones.

La primera razón para viajar a Egipto es sin duda porque hay que visitar la «tierra de los faraones» (1). La cultura faraónica es compleja, pues se extiende ampliamente en el tiempo y en el espacio. Desde los faraones de la primera dinastía (3100-2890 a.C.), hasta la famosa faraona Cleopatra VII (o simplemente Cleopatra, la amante de Marco Antonio), en el siglo I a.C. La riqueza inagotable de los monumentos, de todas las épocas, hacen que el historiador no pare de sorprenderse: las pirámides; los templos de Karnak y Luxor; de Edfú y Kom Ombo; de Abu Simbel, y otros muchos. Los obeliscos de una sola pieza, las ricas tumbas de los Reyes con sus bajorrelieves policromados. Dos mil años de arquitectura, de jeroglíficos, de dibujos polícromos esquemáticos… Los faraones siguen siendo un imán.



Inseparable de la anterior, como segundo motivo del viaje, es contemplar la riqueza del «imaginario egipcio» (2) único en el mundo: la escritura jeroglífica, la riqueza de símbolos tomados del cosmos (el dios sol), de la naturaleza (las aguas del Nilo y su fauna), el halo de enigma que se respira en cada una de las paredes llenas de historias que nos hablan de una civilización que nos ha precedido y que desapareció dejando sus huellas imborrables.

La «expresión artística singular» (3), propia del ser humano, se desarrolla a lo largo de los tiempos. En Egipto encontramos obras maestras insuperables. De las grandes construcciones arquitectónicas, como las pirámides o las salas hipóstilas de los Templos, a los detalles mínimos de las joyas. De los dibujos esquemáticos de los bajorrelieves policromados a la calidad, casi fotográfica, de los conocidos como “retratos de El Fayum”.




No se puede entender el mundo antiguo egipcio sin la «mitología politeísta» (4), distinta a todas las otras vecinas (babilónicas, cananeas y grecorromanas). El guía, de forma didáctica, narra y explica las narraciones de los dioses, de sus complejas relaciones, de sus conflictos internos y externos. Todas las mitologías son interesantes, pues todas tienen mucho de verdad, quieren responder a las grandes preguntas del ser humano sobre el origen de la vida, sobre el futuro que nos espera más allá de la muerte, sobre el peso de nuestros actos para entrar o no en una vida eterna. Los egipcios desarrollaron todo un mundo bello, interesante, y profundo a la vez. Los dioses Osiris, Isis, Horus…

Damos un paso más. Nos adentramos en el mundo de la «historia de las religiones» (5). El guía nos habla de Amenofis IV, llamado Akenaton. Es el “faraón hereje”. Su herejía consistió en que dio pasos decididos y valientes hacia el monoteísmo en un mundo politeísta, enfrentándose a los sacerdotes de la religión oficial politeísta. Fundó una ciudad (Tell el-Amarna). La correspondencia con otras civilizaciones (Cartas de Amarna, en tablillas cuneiforme, son de gran importancia para conocer el Próximo Oriente Antiguo). Fracasó, pero su intento no ha pasado al olvido de la historia de las religiones. ¿Podría ser el primer ‘monoteísta’ de la historia? ¿Podríamos pensar que Moisés, de cultura y educación egipcia, aunque hebreo de origen, tuvo influencia suya? Podría ser.



De Akenaton a Moisés, y de Moisés a «la Biblia» (6). Los faraones vivieron sin duda de espaldas a la Biblia. Son dos mundos distintos que no hay que mezclar. Pero sí podemos decir que en la Biblia la referencia a Egipto es fundamental: Abrahán bajó a buscar trigo por las hambrunas de Canaán; más tarde lo hizo Jacob, y allí su hijo José llegó a ser visir del faraón. Los hijos de Jacob son explotados y sufren esclavitud. Una intervención de Dios, por medio de Moisés, les libera: la Pascua, fiesta principal del judaísmo hasta el día de hoy, es la ‘liberación de la esclavitud’. Un fragmento de la estela del faraón Meren Ptah, que se conserva en el Museo Antiguo de El Cairo, recuerda que el faraón (innominado) intervino militarmente contra un clan al que denomina “Israel”. Siglos más tarde, cuando Jerusalén cae bajo los babilonios, parte de la población se refugió en Egipto: en la isla de Elefantina, en Asuan, hay restos de un pequeño templo que los hebreos levantaron a su llegada. Su importancia es que estos restos nos permitirían imaginar cómo pudo ser el primer templo de Jerusalén, del que los babilonios no dejaron piedra sobre piedra. La Biblia no se escribió en un solo siglo ni es obra de un solo autor. Es un libro largo, que recoge obras de distintos siglos, momentos históricos y, como se diría hoy, de distintas sensibilidades políticas y religiosas. El estudioso del texto bíblico tiene como referencia necesaria el texto de los Setenta. La comunidad judía de Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno en el 332 a.C., no hablaba hebreo. Pide que les traduzcan los principales libros que se leían como Escritura en las sinagogas, de la lengua hebrea a la lengua griega. Según una leyenda (la Carta de Aristeas) este trabajo lo realizaron setenta sabios judíos durante setenta días (de ahí su nombre de “La Setenta”). Esta Biblia (o mejor, libros del Antiguo Testamento) en griego es fundamental para leer y comprender el Nuevo Testamento, escrito también en griego. Más aún; con mucha probabilidad el libro del Eclesiástico se escribió en Egipto, en los tiempos de mecenazgo cultural del rey Ptolomeo VII; muchos son los autores, también, que afirman que el último libro del Antiguo Testamento, el libro de la Sabiduría, fue redactado también en la ciudad alejandrina.

La Biblia es de todos y no es de nadie. Tiene una matriz hebrea, judía, indiscutible; pero tiene así mismo una segunda parte vinculada a ella, a raíz del acontecimiento de Jesús: el Nuevo Testamento. Es verdad que no podemos forzar los textos para llevarlos a nuestro argumento, porque la vida de Jesús se desarrolla en Galilea y Judea. Solo Mateo nos dice que, siendo un niño, Jesús viajó a Egipto, huyendo toda la familia de Herodes. Jesús es un “refugiado político”. Sin embargo, los «orígenes del cristianismo» (7) tienen raíces propias en esta tierra. La ciudad de Alejandría muy pronto acogió la predicación de los apóstoles, que ellos remontan a san Marcos. La Iglesia de Alejandría dio pronto muestras de tener pensamiento original, propio, no exento de polémicas. Se conoce como “teología alejandrina”, distinta de la “teología antioquena”, que nos remite a Antioquía, en Siria, otro de los centros donde nace y se desarrolla la Iglesia. El gran teólogo Orígenes (184-253 d.C.), era original de esta comunidad; a su vez, otro de los grandes pensadores que se adentraron en caminos divergentes, Arrio, pertenecía a esta Iglesia de Alejandría, aunque fuera de nacimiento libio. Cómo no, san Atanasio de Alejandría (328-373), defensor de la doble naturaleza de Cristo (humana y divina). La Iglesia de Egipto, los coptos (aegyptoi/kpt), representantes de los primeros cristianos de África, nos ha regalado una de las oraciones más antiguas a María; una oración que apareció en un papiro del siglo III: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados. Líbranos de todo peligro, Oh siempre Virgen, gloriosa y bendita”.

El «monacato cristiano» (8) tiene varios puntos de nacimiento: Siria, Palestina y Egipto en Oriente, e Italia, con san Benito, en occidente. ¿Quién no ha oído hablar de san Antón? San Antón, o san Antonio Abad (251-356 d.C.), nació y murió en Egipto, dando lugar a un importante movimiento eremítico. La Tebaida, cuna del monacato cristiano, es testimonio vivo hoy de la vida ascética. San Antonio Abad y San Pacomio (fundador del monacato cenobítico) establecieron las primeras comunidades de ermitaños y monjes en el siglo IV, creando una tradición de vida ascética, oración y trabajo en soledad o en comunidad bajo una regla. Su espiritualidad ha llegado a nuestros días, recohgiendo sus experiencias en los «Apotegmas de los Padres del Desierto». 

El cristianismo en Egipto, además del unido en comunión a la gran Iglesia (Patriarcados de Alejandría, Antioquía y Roma), tiene «desarrollos distintos» (9). Solo a modo de ejemplo, podemos citar las comunidades gnósticas del Nilo, que nos regalaron en la ciudad de Nag Hammadi (1945) una colección de 13 manuscritos de textos desconocidos hasta la primera mitad del siglo XX: el «Evangelio de Tomás» y el «Evangelio de Felipe». No podemos olvidar la colección de papiros encontrados en Oxyrrinco, (actual El-Bahnasa) en distintas campañas (ss. XIX-XXI) que recoge textos antiguos grecorromanos, otros cristianos y otros bizantinos. Los estudiosos que quieren trazar el desarrollo del cristianismo en torno a las comunidades del Nilo, beben de las fuentes que siguen dando sus frutos abundantes en los desiertos que acompañan al río en su camino al Mediterráneo.


Egipto acogió muy pronto el «islam» (10). El año 642, las tropas del califa Omar llegaron a las tierras del Nilo con la bandera de la nueva fe monoteísta. La historia de Egipto nos habla de Saladino, que inaugura la dinastía ayubí poniendo fin a la fatimí. En la ciudad de El Cairo sigue en pie su fortaleza, en cuyo interior admiramos la Mezquita de Alabastro. Por fin, no podemos olvidar el Sultanato Mameluco de Egipto, que dirigió el país hasta la llegada de los franceses en 1798.   

Son diez razones para visitar Egipto. Puedes añadir otras muchas. Egipto es un destino para la cultura, la religión, la historia, y para conocer y amar a África.

 

Pedro Fraile

MISIONEROS AQUÍ Y AHORA... Y HOY

 Evangelio: Mateo 10,7-13

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros».

 



Comentario

La misión nunca ha sido fácil. Si hacemos un rápido recorrido por la historia, veremos cómo cada generación de cristianos ha interpretado el mandato de Jesús conforme a sus criterios, bien culturales, bien sociales, bien políticos. Los tres primeros siglos fueron martiriales; ser apóstol era casi sinónimo de ser mártir. Los siglos siguientes fueron de encuentro y choque cultural con pueblos no romanizados (bárbaros primero y musulmanes a partir del siglo VII). Luego vendrán las expansiones geográficas, más allá de los límites del Mare Nostrum inicial –el Mediterráneo y el Levante– donde nació y prosperó la fe cristiana.

¿Evangelio contra las culturas locales? ¿Evangelio respetando la idiosincrasia de cada pueblo? ¿Evangelio como occidentalización, aunque el evangelio en origen sea oriental?

Discusiones, debates, reproches… La misión, en palabras de Jesús, tiene una dimensión amplia, versátil, universal. Hay que ir a todo el mundo (no dice que haya que limitarse a una raza, a una tribu o clan, a un colectivo preciso). El Evangelio nace en la libertad de la expansión del Reino. La misión, dice Jesús en Mateo, se compone de varias acciones: curad, resucitad, limpiad, expulsad. ¿El qué? Las enfermedades que llevan a la muerte, las incapacidades y estigmas que excluyen de la comunidad, los males que encadenan y someten. Dios es Dios de vida y de libertad. 

¿Y cómo hacerlo? Con gratuidad (¡no buscando oscuros intereses!). Con pobreza de medios (no sirviéndose de unas riquezas que escandalizan y provocan divisiones sociales). Con radicalidad (ni bastón ni sandalias): la limpieza y honestidad es el vestido que no cierra puertas. Sobre todo, «paz»; ni la violencia, ni la venganza, ni el rencor, ni las malas artes caben en el Reino. 

Cada generación de cristianos necesita sus misioneros y sus evangelizadores. Todos tienen un elemento común: han tenido la experiencia de Jesús y la quieren compartir. Los evangelizadores no son ideólogos sociales, políticos o culturales. Los evangelizadores son testigos del reino de Dios, hecho presente en Jesús.

 

 

 Evangelio: Juan 15,26-16,4

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto para que no tambaleéis. 

Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».


Comentario

Las lecturas de este año no recogen el «segundo anuncio del Paráclito», donde se nos dice que el Espíritu Santo nos lo «explicará todo» (14,25-26). Leemos hoy el «tercer anuncio»; es el «Espíritu de la verdad». La verdad solo tiene un camino. Lo demás son componendas, arreglos, medias verdades. El Espíritu Santo da testimonio de quién es Jesús, y nosotros también debemos dar «testimonio». 
La fe se confiesa con los labios, pero se lleva a la vida diaria, no escondiéndose de las dificultades o buscando escenarios favorables, sino allí donde se está. Jesús habla de la persecución directa: expulsión de la sinagoga e incluso pena de muerte. 
Desde un punto de vista histórico, podemos ver en estas palabras la ruptura que tuvo lugar entre la comunidad cristiana naciente y la comunidad judía (la sinagoga). No todo fue fácil al principio; más aún, fue muy difícil, y las controversias acabaron en ruptura. Los discípulos de Jesús saben que la fe que profesan y la proclamación abierta del Evangelio, la verdad del Evangelio, es fuente de conflictos. Pero no hay que temer, porque no estamos solos. El Espíritu Santo es nuestro defensor.

Sin trucos ni atajos

 Evangelio: Juan 15,9-11

 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».


 Comentario

 Seguimos leyendo el evangelio de Juan; ayer contemplábamos la afirmación de Jesús «Yo soy la vid», y añadía que «mi Padre es el viñador». Luego, en el desarrollo de la imagen, insistía en que, así como los sarmientos no pueden vivir separados de la cepa, así tampoco los discípulos pueden vivir separados de Jesús. De ahí la invitación a «permanecer» unidos a él. 

De nuevo Juan recurre al motivo teológico que repite en su obra: «el amor». Lo que nos pide Jesús es: «Permaneced en mi amor». Juan hace una afirmación, luego incorpora una nueva idea, vincula las dos, retorna a la primera… es una forma de hacer teología reiterada, insistiendo una y otra vez para buscar mayor profundidad.

El amor en el que debemos permanecer nos lleva a guardar los mandamientos, ¿y cuál es el mandamiento nuevo, según Juan? Que os améis unos a otros. Esta propuesta de Jesús lleva a la profunda alegría. Con frecuencia estamos desorientados, buscando alternativas a la vida, esperando que alguien nos dé claves nuevas para afrontar el día a día y lleguemos a la «plenitud». Jesús nos dice que la verdadera felicidad está en el amor; más aún, en permanecer en el amor de Cristo. No hay otros «trucos» ni «atajos».

 

Optamos por la paz en amor, sin recurrir a la violencia

 Evangelio: Juan 14,27-3

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. 

Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, sigáis creyendo. 

Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago».



 
Comentario

Seguimos leyendo el evangelio de san Juan en el contexto de los discursos de despedida de Jesús. Él «vuelve al Padre», pero no nos deja solos, sino que nos entrega el Espíritu Santo.

El discurso de Jesús avanza en espiral, como es su costumbre: Jesús nos entrega su «paz», no la del mundo. El don de la «paz» (shalom en el mundo bíblico) está íntimamente unida al amor del Padre (ágape en el evangelio de Juan); a su vez, este amor del Padre está inseparablemente vinculado a él y a los que el Padre les ha confiado.

No hay paz sin amor; el odio nunca puede traer la paz. La división y la mentira son compañeras de la violencia. Desde un punto de vista humano y espiritual, la paz forma un binomio con el amor. En muchas ocasiones son sinónimo de los deseos de toda persona de bien, sea religiosa o no.

Juan insiste en la situación en que queda el discípulo; no puede caer en el miedo/pánico ante lo desconocido que paraliza y esteriliza, sino en la confianza, porque sabe que Jesús no le ha dejado solo, abandonado a su suerte, sino que volverá. El adversario de Jesús, «el príncipe de este mundo», no tiene poder sobre él.

  


¿Y si no está todo decidido aún en tu vida de fe?

 Evangelio: Juan 3,1-8

 Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él». Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el  vientre de su madre y nacer?». Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

 


Comentario

 Nicodemo, un fariseo principal, va a ver a Jesús y le reconoce que «viene de parte de Dios» por los signos que hace, si bien no cree en él. Su fe es inicial, incompleta, pues Nicodemo va «de noche»; san Juan juega en su evangelio con la luz del día para indicar si la persona protagonista está en tinieblas, está comenzando a ver o si ve con claridad.

Estamos ante un diálogo creciente: Jesús le invita a «nacer» de lo alto; pero Nicodemo habla de un «nacimiento físico», porque no entiende más allá. Jesús insiste y le dice que hay que «nacer del agua y del Espíritu». Es más, «hay que nacer de nuevo».

El juego de palabras entre lo evidente, palpable y definido, y lo simbólico, posible, novedoso, es evidente. El diálogo entre Jesús y Nicodemo es modélico para la vida de fe. Pensamos que no tenemos edad para empezar de nuevo, porque lo hemos visto todo, no creemos en la novedad o, simplemente, estamos cansados. Las rutinas y la falta de ilusión matan; también pueden ahogar la fe en Dios. Nicodemo es un adulto fariseo, pero Jesús le invita a romper esquemas y dejar que el Espíritu entre en su vida. Se puede empezar de nuevo. Entonces, y ahora, y mañana. La conversión, la revitalización de la fe dormida, la recuperación de la ilusión juvenil, es posible, porque podemos «renacer en el Espíritu de Jesús».

 

El creyente no renuncia a la inteligencia

 Evangelio: Juan 20,19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan
retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 



Comentario

 Las notas propias de la resurrección, y por extensión de la vivencia pascual, son la «paz», la «alegría» y el «perdón», que deben comunicarse a toda la creación. 

La Paz, con mayúscula, es el saludo de Pascua; la injusticia y la violencia que se habían hecho con Jesús, en su cruz, ha sido transformada en «paz» (shalom, en hebreo) para la humanidad.

 La «alegría» que inunda a los creyentes es la consecuencia del encuentro radicalmente novedoso que cambia la vida; un cristiano no puede estar sometido a la tristeza como telón de fondo en su vida.

 El «perdón» manifiesta que la reconciliación de Cristo se extiende a todos, sin límite, sin fronteras.

 El encuentro con el Resucitado no es una experiencia intimista, privada, cerrada; todo lo contrario: es comunicativa, expansiva y pública. Jesús mismo envía a sus discípulos: «Yo os envío».

 La gran dificultad está en la lógica de la carne que busca pruebas, como Tomás: «Si no toco, veo y compruebo», no creo. Para ser creyente no hay que renunciar a la inteligencia humana; hay que creer manteniendo la cabeza fría y despierta; porque la inteligencia no es contraria a la fe. Tomás está «fuera de la comunidad» y no cree: exige pruebas, como tantas personas. El evangelista insiste: solo el encuentro en fe con el Resucitado es capaz de hacer discípulos del Crucificado (manos y pies taladrados). El texto concluye con una bienaventuranza: «Dichosos los que creen sin haber visto». Buena noticia para los creyentes de todos los tiempos.

 

Hay que leer el final del evangelio de Marcos

 Evangelio: Marcos 16,9-15

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando a una finca. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

 


Comentario

El evangelio de Marcos presenta un final distinto al de los otros evangelios (capítulo 16). Es un texto escueto, parece un resumen de otros textos sobre la resurrección de Jesús. Hay una serie de elementos coincidentes:

·   - Jesús resucita «el primer día de la semana», marcando una clara separación con el shabbat/sábado de los judíos.

·    - La primera a quien se aparece es a María Magdalena –Marcos añade que era una mujer con un pasado complicado–, y que ella fue la primera que dio testimonio de la resurrección.

·      - Luego hace referencia a un encuentro con dos discípulos por
el camino, que bien podría referirse a los discípulos de Emaús; pero los discípulos de Jerusalén no les creen.

·  - Por último, se aparece a los «Once», –Judas Iscariote está excluido de las apariciones de Cristo resucitado–, pero Marcos insiste en las dificultades que tuvieron para creer.

 

Nos sorprende y nos hace pensar el final de Marcos.

·       - ¿Cómo es posible que se abriera paso la fe en la resurrección con el testimonio de una mujer de dudosa fama?

         - ¿con dos discípulos a los que no les creen?,   

                 - con una comunidad, la de los Once, compuesta por personas obcecadas y a las que les cuesta entender que Cristo está vivo?

  Sin embargo, Marcos dice que Jesús les encarga: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio». La Buena Noticia de Jesús se abre camino por sendas inesperadas.

 

¿Jesús? Sí. ¿Iglesia? También

 Evangelio: Juan 21,1-14

           En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: estaban juntos Simón Pedro, Tomás –apodado el Mellizo–, Natanael –el de Caná de Galilea–, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

        Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo al que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger».

            Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

          Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

 


Comentario

            Jesús resucitado se aparece en el lago de Tiberíades. El escenario no es Jerusalén, sino Galilea. Los discípulos han regresado a su tarea. Sorprende el nombre de los que están pescando: Simón Pedro y los Zebedeos –los dos hermanos: Santiago y Juan–; esta primera enumeración no llaman la atención; pero falta Andrés, el hermano de Pedro. El texto dice que está presente Natanael, el de Caná de Galilea, pueblo que no pertenece al lago. También está Tomás; y dos más, que son anónimos. En total, siete discípulos.

            Pedro, como es habitual, toma la iniciativa de ir a pescar. La pesca es un fracaso; no recogen nada en toda la noche. Jesús se acerca a ellos y les provoca con una pregunta, pero ellos no le reconocen. El «discípulo amado», circunloquio que evita dar un nombre propio de persona y que se refiere -con mucha probabilidad- a la comunidad de Juan, reconoce a Jesús: no dice que «es Jesús», sino que «es el Señor». Una confesión de fe.

           Entonces Pedro, de nuevo impetuoso, se lanza al agua; aún no ha llorado su pecado. Jesús toma la iniciativa; les reúne y parte con ellos el pan, expresión sublime de la presencia viva de Jesús entre los suyos.

             El capítulo 21 se considera como una adición posterior a la primera edición del evangelio de san Juan. A la aparición pascual, presente en los evangelios, se le sobrepone una serie de elementos eclesiales

                1) La comunidad (Los discípulos de Galilea en torno a Jesús)

                                    2) La fecundidad del trabajo (pesca desbordante)

               3) Pedro, toma la iniciativa, por dos veces en este breve texto

                4) La escena es una comida que prepara Jesús.

 

Podemos leer este texto que cierra el evangelio de Juan desde una perspectiva simbólica eclesial, que sigue siendo válida para hoy. Es un texto cargado de símbolos con relectura eclesial:

1)    Los siete discípulos (toda la Iglesia, ya que el número siete evoca totalidad); no habla de «doce apóstoles».

2)    Aquella noche no pescan nada, porque, sin Jesús, la Iglesia no puede nada;

3)    La red, aunque está llena, sobrepasada en número, no se rompe: la Iglesia recibe a todos sin excepción.

4)    Jesús prepara él mismo la comida (la eucaristía).

 

La Iglesia nace de Jesús, muerto y resucitado. Sin él no deja de ser un grupo humano ineficaz y torpe; compartiendo con él su 

¿Qué somos? ¿Filósofos, poetas, académicos? Somos testigos del Resucitado

 Evangelio: Lucas 24,35-48

 En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Llenos de miedo por la sorpresa creían ver un fantasma. Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros; que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

 


Comentario

 

Ayer leíamos el pasaje conocido como «los discípulos de Emaús», propio de Lucas; hoy leemos su continuación. El texto comienza con una frase que resume el evangelio anterior: los discípulos cuentan a la comunidad lo que les había pasado por el camino –el encuentro con Jesús resucitado–, y cómo lo habían reconocido «al partir el pan», esto es, en la eucaristía. La escena anterior se desarrolla en el camino; la que leemos hoy presupone que la
comunidad está reunida.

Varios elementos que hay que tener en cuenta.

(1) En primer lugar, la iniciativa es de Jesús, que se presenta inesperadamente en medio de ellos. No estamos, por tanto, ante una decisión consensuada de la comunidad o ante una estrategia que hace planes de futuro.

(2) El segundo elemento es el «miedo» que produce una visión de fantasmas, pero Jesús resucitado no es la aparición tenebrosa de un personaje que ha muerto, porque está vivo.

 (3) El tercer elemento es la identidad: Jesús se les revela como «de carne y hueso», es un encuentro personal, no unas formas difusas y etéreas. Más aún, les muestra las manos y los pies, porque Jesús lleva en sus extremidades las huellas abiertas de la crucifixión.  Por si fuera poco, para ratificar que no es una «aparición nebulosa», sino una persona viva, come delante de ellos.

         De nuevo, como en el texto de Emaús,  aparecen las referencias a las Escrituras –la Ley y los Profetas– que anuncian a Jesús. El final del texto nos implica a todos nosotros: el testimonio debido. No somos «filósofos sesudos», «poetas emotivos» o «divulgadores académicos» de Jesús; nuestro título es el de «testigos del Resucitado».