07 septiembre, 2013

LOS ÁNGELES LLORAN EN MALULA (SIRIA)


 Hace cinco años que estuve en Malula. Fue un viaje inolvidable en el que un grupo de peregrinos habíamos comenzado en Damasco (Siria), atravesamos la hermosísima y rica Siria (la fortaleza de Alepo, la columnata de Apamea), fuimos al desierto (ciudad romana de Palmira), y nos adentramos en Turquía por Antioquía. ¡Qué hermosura y qué riqueza!
            Una de las paradas, no menores en importancia, sí en ser un lugar conocido, fue el pueblecito entre montañas de Malula. Es un pueblo cristiano donde aún se conserva como lengua el arameo. ¡La lengua que habló Jesús!

            Era domingo y fuimos a una Iglesia, creo recordar de rito caldeo, y pedimos celebrar allí la Eucaristía. Los parroquianos acababan de salir de su celebración semanal. Nos saludamos afablemente, aun sin conocernos. La fe en Cristo, el Señor, nos unía. Allí, el muy querido y muy llorado José Antonio Marín Jiménez (en la foto), nos presidió la celebración. ¡Estábamos en un pueblecito de Siria, pequeño, celebrando la Misa en medio de un gran país, en una iglesia antiquísima! ¡Qué hermosura!

            A la salida pasamos por un estrecho desfiladero que corta en dos un monte y que lleva el nombre de «Desfiladero de santa Tecla»; luego fuimos a una Iglesia ortodoxa, justo en el momento en que una monja tocaba el madero que llama a la oración. Luego tuvimos tiempo para ver cómo los hombres del pueblo se acercaban a la panadería a comprar sus hogazas de pan recién horneadas. ¡El pueblo olía a pan!

            ¡Malula, Malula! Pueblo en las montañas a la que un día prometí volver. ¿Qué quedará de ti si algún día regreso a Siria? ¿Seguirá existiendo la pequeña comunidad cristiana caldea que nos acogió en su iglesita? ¿Seguirán las monja saliendo a tocar el madero de forma armoniosa? ¿Seguirán yendo los hombres a la panadería a busca el pan que partirán en la mesa con la familia?

            José Antonio, desde el cielo, sigue pidiéndole al buen Dios que ponga su mano protectora sobre las rocas de Malula… y de Siria.


Pedro Ignacio Fraile Yécora

7 de Septiembre de 2013



06 septiembre, 2013

EL ELOGIO DEL SILENCIO (Vigilia de oración por la paz en Siria)

   
            La religión cristiana, en general, es una religión muy ruidosa. Los popes orientales que desgranan sus salmos, plegarias, anáforas y prefacios en la «Divina liturgia» cantan sin parar, sin dejar huecos. Los jóvenes armenios apuntan a lo alto en tonos agudos, donde sólo unos pocos privilegiados pueden llegar, en las liturgias que guardan celosamente los primeros cantos cristianos con sabor a los montes caucásicos. Los pentecostales norteamericanos mezclan las invocaciones al Espíritu Santo con espasmódicos gritos aleluyáticos. Los coros de gospel evangélicos hacen de los cantos litúrgicos un modo de soul medio africano, medio barriobajero norteamericano, que se puede cantar tanto en las iglesias de Mississipi como en el cine, como en los teatros de todo el mundo. Los luteranos han hecho del órgano un instrumento que nos lleva, casi sin querer, al Deus tonans (al Dios tronante) de las divinidades paganas. ¿Qué decir de la liturgia católica? Que es extremadamente ruidosa. Unos apuestan por el monástico y cadencioso canto gregoriano, muy nuestro, muy «católico»; otros prefieren la solemnidad del órgano; otros los compases desgarrados y repetitivos de la guitarra; otros optan por los tonos metálicos de la guitarra eléctrica; y por la batería si se tercia; otros católicos danzan y bailan al estilo pentecostal; otros entonan horribles melodías que no desaparecen de las liturgias dominicales con el pretexto de que «son las únicas canciones que la gente se sabe».

            Me confirmo en lo dicho; la Iglesia católica ofrece al mundo una «religión ruidosa». A veces vas a una Iglesia a rezar, y el párroco pone música de fondo ¡cuando lo que buscas es silencio! Otras veces vas a una oración comunitaria, y el presidente no hace sino hablar, ¡no calla!… En muchas celebraciones eucarísticas dominicales el que preside la celebración católica por excelcnia, no hace sino echar homilías: homilía antes de empezar, homilía antes del perdón, homilía antes de la lectura, homilía como homilía, homilía antes del padrenuestro, homilía antes de los avisos finales y homilía después de los avisos finales…. ¿Cuándo se está en silencio? Si va a haber silencio, rápidamente alguien entona un canto… «Que no haya sensación de vacío acústico, aunque sea penoso; hay que cantar, aunque cantemos mal», parece que piensan…

            Los católicos tenemos que aprender a rezar en silencio. La verdad es que forma parte de nuestra tradición: adoración eucarística en silencio; Iglesias abiertas para rezar sin música de fondo; capillas recoletas donde se puede escuchar el sonoro ruido del silencio; rezar en la naturaleza; rezar haciendo silencio interior en medio de unos grandes almacenes comerciales; rezar silenciando los ruidos externos en el bullicio de una ciudad.

            El silencio es «la voz de Dios». Con frecuencia decimos «vamos a rezar», y ponemos música, o hacemos lecturas, sean las que sean, vengan a cuento o no; ¡que alguien lea algo!; todo por no guardar silencio. ¿Será miedo a lo que Dios nos quiera decir? ¿Podemos escuchar a Dios si estamos continuamente habitados por pensamientos ruidosos, por rumores persistentes, por gritos insolentes, por deseos no acallados? Los católicos necesitamos urgentemente revisar nuestras liturgias y nuestras oraciones para dar cabida al silencio: para escuchar la palabra de Dios en silencio, para comulgar el cuerpo de Cristo en silencio, para adorar en silencio. Muchas veces pensamos que si el sacerdote o alguien cualificado no comenta el texto evangélico que se proclama… ¡no vale la oración! Dejemos que Dios, por medio de su palabra, diga lo que tiene que decir…No le digamos a Dios lo que no quiere decir…

            Este «elogio del silencio» lo escribo un día antes de las vigilias que ha convocado por todas partes el Papa para rezar por la paz en Siria y, por extensión, en todos los países en guerra. Por eso propongo que en las vigilias de oración no haya canciones de ningún tipo. Que nadie cante.

            Propongo comenzar escuchando el estallido de bombas y de sirenas que anuncian bombardeos; los asistentes a la oración callan. Puede seguir sonido de disparos de fusil, o de ametralladoras (taca, taca, taca, taca…). Un grito de fondo desgarrador, le han dado a alguien… Luego llantos de niños y de adultos… La fachada de una casa se derrumba… Entre estos sonidos, que sean reales, tomados de reportajes a las que se les han quitado las imágenes, sólo silencio… Que no haya ni música de guitarra, ni de órgano, ni de batería; tampoco de violas y violines. Dios está hablando. Dios habla para decir que él no quiere guerras. Dios habla para decir que las guerras no las ha creado él.

            Un solo relato bíblico para judíos, musulmanes y cristianos: Caín y Abel. ¿Dónde está tu hermano? Y la respuesta de Caín: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? La violencia, nos dice el Génesis, no ha sido creada por Dios; Dios no es el origen de la violencia; Dios no quiere violencias.

            Señores políticos del mundo; cuando estén solos en su habitación, sin que nadie les hable, ni les moleste, pidan una Biblia y lean de nuevo el relato de Caín y Abel. ¡En nombre de Dios decimos: no a ninguna guerra! Lo lean… en silencio.

 

Pedro Ignacio Fraile Yécora

6 de Septiembre de 2013,

víspera de la Vigilia de Oración convocada por el papa Francisco para pedir la paz en Siria

 

 

 

03 septiembre, 2013

LA OBSCENIDAD DE HABLAR DE PALMIRA, EN SIRIA


 
            A día de hoy, martes tres de septiembre de 2013, aún no han comenzado las hostilidades bélicas de «Occidente» contra el actual régimen dictatorial sirio. El Papa Francisco ha convocado una vigilia de oración, a nivel mundial, contra esta guerra y contra todas las guerras. Me parece que a Obama le importa poco lo que diga el papa, porque él, «erre que erre» (como diría mi paisano Paco Martínez Soria), ha decidido que va a intervenir. ¿Por qué será que todos los presidentes norteamericanos tienen su «guerra»? Obama parecía que iba a ser la excepción, pero parece que tampoco él se libra de ser «sheriff» del mundo. ¿Por qué será, también, que los norteamericanos hacen sus guerras siempre lejos de casa? Ojalá que no veamos a los López, García, Flores etc. (carne de cañón chicana, puertorriqueña o guatemalteca), unidos a los descendientes pobres de los negros esclavos africanos afincados en EE.UU., de nuevo haciendo de «polis malos» en los desiertos de Siria. Una tercera pregunta; si tanto les preocupan los derechos humanos a los gobernantes occidentales, ¿por qué no intervienen en las interminables guerras fratricidas de África, donde desde hace décadas se exterminan las tribus unas a otras ante la mirada indiferente de Occidente? Una última observación triste y cínica: primero fabrican las armas; luego se las venden; luego les acusan de usarlas.

            El problema de Siria es muy complejo y se nos escapa. Tiene que ver con antiguos regímenes árabes socialistas laicistas que han desembocado en dictaduras familiares; tiene que ver con la división del Islam y su lucha por la preponderancia en el mundo árabe (sunitas y chiíes); tiene que ver con una presencia cristiana anterior al Islam, perseguida a muerte por unos y por otros. Allí hay mucha violencia, unas veces transmitida al mundo y otras silenciada por intereses que se nos escapan. Allí se juega mucho el equilibrio actual entre Occidente y Oriente. Como si de una maldición se tratara, las tierras de Siria y Palestina están condenadas a ser tierra donde se hacen las guerras las potencias extranjeras. En la Biblia se nos dice que allí combatieron babilonios contra egipcios; egipcios contra hititas… hoy combaten norteamericanos contra rusos…  La historia se repite; cambian los protagonistas, pero no los escenarios ni los intereses. Desde esta página, un grito: ¡No a la guerra! ¡No a esta guerra, ni a cualquier guerra! ¡No al terror! ¡No a la barbarie!
 

            En este ambiente de preocupación real es obsceno hablar de la riqueza cultural de Siria. Algunos pensarán que Siria es un gran desierto, sin nada interesante. Falso totalmente. Desde esta página dedicada a Tierra Santa voy a ir mostrando algunas de las maravillas de este país.
 
 
            Cuando el viajero mira a derecha e izquierda, y cree que ya sólo hay un interminable desierto de arena que no alcanza con la vista; cuando piensa ingenuamente que es un audaz descubridor de sendas por las que nadie ha pasado antes…., ve una indicación en la carretera que dice: «a Palmira». Esta ciudad con nombre de mujer, guarda en medio del desierto, las huellas de lo que fue una ciudad populosa, culta, exquisita, romanizada, allá por el siglo III d.C. La ciudad, de origen nabateo, alcanzó su esplendor con la reina Zenobia (266-272 d.C.).

            Siria no es una tierra de «gente ruda e inculta». Siria fue en la antigüedad cuna de civilización mesopotámica; luego griega; luego romana. Hoy… ¿destruida, arrasada y «salvada» por los cultos occidentales? Seguiremos mostrando la belleza y cultura de Siria aunque sea un acto obsceno.

 

Pedro Ignacio Fraile Yécora

3 de Septiembre de 2013