18 marzo, 2016

LECTURAS COMENTADAS DE LA FIESTA DE SAN JOSÉ

SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA

Lectura del segundo libro de SAMUEL 7, 4-5a. 12-14a. 16

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:
-«Ve y dile a mi siervo David: “Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo.Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»
Palabra de Dios

Comentario exegético: La conocida como ‘promesa davídica’ (texto que leemos hoy) es una de las claves teológicas de interpretación del Antiguo Testamento. David, elegido como rey de Israel, ungido por el profeta Samuel, cae repetidamente en el pecado. Sin embargo Dios no abandona a su ungido, sino que le conduce de forma que por su medio instituye toda una descendencia. Las palabras con que Dios rubrica su promesa, ‘por siempre’, supondrán un serio problema para el pueblo de Israel cuando vean que con Sedecías, en el año 587, desaparece la monarquía davídica. Será Isaías quien ayude a interpretar la promesa en clave mesiánica y no puramente biológica. Dios no estuvo sólo con el rey David para salvar a su pueblo, sino con todos sus descendientes; la promesa no se reduce a un hecho de la antigüedad, sino que se renueva y actualiza en el Mesías. El profeta Natán con su palabra no sólo legitima una dinastía humana, sino que enraíza en ella un símbolo mesiánico. La casa de David se perpetúa en el pueblo de Israel.   

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los ROMANOS     4, 13. 16-18. 22

Hermanos:
No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo.
Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos.»
Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó.
Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia.» Por lo cual le valió la justificación.

Comentario exegético: Palabras tajantes si las leemos en un contexto de observancia judía donde la Ley o Torah había adquirido rango de culto. Pablo rompe el argumento y apela al mismo Abrahán para reivindicar la salvación por la fe y no por la observancia de una normativa ético-religiosa. La perspectiva se abre a una nueva dimensión insospechada pues según el apóstol la descendencia de Dios no se limita a la legal, esto es a los israelitas observantes, sino a toda la humanidad que abre su corazón a la fe. La promesa no se le hace a Abrahán por ser cumplidor, sino por ser creyente. Con estas afirmaciones el apóstol Pablo rompe todo particularismo excluyente que limitara la acción de Dios a un pueblo o grupo que fuese fiel a una observancia concreta para abrirla a la humanidad creyente sin distinción. En el título ‘padre de muchas naciones’ Pablo contempla a la gran humanidad redimida en la persona de Cristo. La diferencia entre los dos tiempos salvíficos es que en Abrahán Dios promete, y el creyente vive en la tensa esperanza de que se cumpla la promesa; en el tiempo inaugurado por Cristo, Dios ha cumplido, y el creyente sabe que en su fe se actualiza y realiza el plan de Dios.

Palabra de Dios.

Lectura del santo evangelio según san MATEO 1, 16. 18-21. 24a

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
-«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Palabra del Señor.

Comentario exegético: La figura de José aparece poco en los textos evangélicos. Mateo acaba de introducir la genealogía de Jesús, hijo de Abrahán, hijo de David haciendo que la  cadena desemboque en José, del que se dice que es esposo de María, y no al revés como se esperaría, María, esposa de José.
El relato quiere desarrollar que la maternidad de María no es obra de José, sino del Espíritu santo. Para ello lee en clave de cumplimiento la promesa mesiánica que aparece en Isaías – la señal de la presencia de Dios es que la virgen está encinta- y que el texto litúrgico en este caso no recoge.
Según las costumbres judías se han celebrado los esponsales, pero no la boda y consiguientemente se presume la no cohabitación de la pareja. Mateo emplea la conocida figura del sueño y del ángel para introducir el misterio que supera a la inteligencia humana.
José es colocado en la línea de los hombres creyentes que, como Abrahán, va más lejos de las leyes naturales o humanas y acepta entrar en la dinámica de los planes de Dios. Cristo es hombre como los demás, pero al mismo tiempo es fruto del Espíritu Santo. José acepta esta paradoja por ser creyente, no sólo por ser bueno.  El texto acaba con la obediencia de José; obediencia que no es sumisión ciega sino aceptación del misterio que sobrepasa y que se acoge con reverencia.


Pedro Fraile



16 marzo, 2016

CRISIS DE REFUGIADOS: LA ZORRA GUARDA LA GALLINA


         En esta crisis de refugiados, a la que estamos asistiendo entre cabreados, impotentes, indignados y sobresaltados, vemos cómo Europa entrega por dinero a miles de personas a sus enemigos naturales: los turcos.
            La política es de todo menos ingenua. Los que se dedican a la política, arte necesaria, saben que siempre hay un pasado que recordar y que tener en cuenta. Nadie comienza de cero. Los políticos españoles no empiezan de cero (si así fuera, no estarían recordando ni la guerra civil, ni la dictadura de Franco, ni la Transición). Tampoco los políticos internacionales del próximo oriente negocian partiendo de cero. Recuerdan la cercana guerra del Golfo, las intervenciones soviéticas, la no menos cercana segunda guerra mundial, y por supuesto, la primera guerra mundial, porque de aquellos barros vienen estos lodos. La crisis de la primera guerra mundial no se cerró: el imperio turco fue derrotado y dividido en pedazos, como se parte una tarta de cumpleaños, pero no desapareció: quedó Turquía. Hubo miles de afrentas y humillaciones por parte de los vencedores, y  los turcos no se olvidan.

            La frontera sur de Turquía nunca ha sido zona clara, como tampoco lo han sido sus fronteras orientales: los kurdos se mueven en tierra de nadie entre Irak y Turquía. Los armenios siguen reivindicando el monte Ararat, símbolo irrenunciable de su país, que hoy está en Turquía. ¿Y la frontera con Siria? Zona permanente de conflictos. Uno de los más llamativos es la ciudad de Antioquía de Siria, lugar de nacimiento de la comunidad cristiana desde donde Pablo inició su evangelización, que siempre había sido de Siria pero fue conquistada por Turquía.
            Si echamos la vista atrás, buscando explicaciones, vemos una diferencia fundamental: los sirios son los descendientes de las culturas locales: los arameos, los cananeos, los seléucidas, los bizantinos etc. Son los habitantes naturales de esas tierras y culturas. Son los hijos de «Abrahán, Isaac y Jacob», que de aquellas tierras se desplazaron hacia el sur, hacia la franja costera entre el mediterráneo y el Jordán que hoy ocupan palestinos e israelitas.
            Los turcos, por su parte, son los descendientes de las invasiones de los habitantes del Asia central, que en sucesivas oleadas fueron ocupando desde el siglo XI el imperio bizantino, hasta que lo dominaron. No fueron siempre las mismas tribus turcas. Primero fueron las tribus selyúcidas, en el siglo XI; más tarde vinieron las tribus otomanas, que alcanzaron su máximo poder y extensión con Solimán el magnífico, en el siglo XVI. Tribus asiáticas que se instalaron en la antigua Anatolia. Tribus de ancestrales religiones chamánicas, que se hicieron musulmanas.
            Los turcos en el norte y los sirios en el sur. Comparten la fe musulmana, pero nada más. Ni la misma lengua (turco para unos y árabe para otros); ni la misma cultura (asiática para unos y mediterránea para otros); ni los mismos orígenes (las estepas de Asia central para unos, y los ríos de la Mesopotamia para otros). La cultura occidental proviene en buena parte de Siria (las bibliotecas de Ebla, Ugarit, Mari etc.) son fuente de las lenguas semíticas. La cultura turca es ajena a nosotros. Curiosamente la cultura occidental está mucho más cercana a la siria (es mediterránea) que la turca (de origen asiático).  Algunos matizarán: las dos son del Oriente. Sí, pero no. Siria, como Palestina, como Israel, pertenecen al Próximo Oriente; mientras que la cultura turca tiene su origen en el Medio Oriente. Parece una distinción ridícula, pero estudiando lenguas y culturas, nos damos cuenta de que no lo es.
            Volviendo a la crisis de los refugiados. Los sirios quieren venir a Europa por muchas razones. Una de ellas, no menor, es porque se miran en nosotros y se reconocen en nosotros. Para ello tienen que cruzar por Turquía. ¿Qué ha hecho Europa? Quitarse el problema y dárselos a los turcos, sus enemigos naturales y ancestrales, a cambio de dinero. Europa paga y Turquía es la zorra que cuida las gallinas.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
Marzo de 2016

           


14 marzo, 2016

UN ICONO DE HOY

Los iconos no son ni viejos,
ni ajenos, ni extraños.
Hay artistas que nos regalan
las imágenes para rezar hoy,
como este icono de
Cristo tras las alambradas.

Un regalo para la Pasión
que se aproxima
y para el Viernes Santo
de este año 2016

Pedro Fraile

13 marzo, 2016

YO TAMPOCO TE CONDENO

La muerte por lapidación se encuentra en la Biblia como castigo a pecados muy graves; entre ellos el adulterio. Es una ley tribal que se pierde en la memoria de los tiempos. Los que así hacen dicen que quieren cumplir la Ley de Moisés. ¡Manipulan a Dios para sus intereses!

Hoy en día se sigue argumentando, incluso ejecutando a mujeres, de forma semejante. Se sigue haciendo en nombre de Dios. Hoy en día se sigue usando a Dios para atacar a los más débiles. ¿Hay mayor blasfemia?


Si Dios no es el enemigo del ser humano, sino su máximo valedor, ¿cómo argumentar con preguntas falsamente religiosas para matar a una persona? La vida de todos es "sagrada". No hay nada que justifique la muerte de nadie.



Jesús no entra a discutir la norma sagrada con sus contrincantes, sino que pone a la persona por encima de la Ley de Moisés. 
Jesús no cae en la trampa que le tienden, sino que revela a Dios que es misericordia. Tampoco justifica el comportamiento de la mujer: no la condena, y le pide que "no vuelva a pecar".


Quinto domingo de Cuaresma

Pedro Ignacio Fraile Yécora