I. CREEMOS EN EL HOMBRE (continuación de 'Ministros de la Nueva Alianza')


I. CREEMOS EN EL HOMBRE

La Escritura abre su historia de salvación con una palabra fundante sobre la creación y sobre el hombre. El hombre, nos dice el primer relato de la creación,  es creado «a imagen y semejanza de Dios» y es «bendecido» por Dios. Una antropología cristiana no puede partir de una condena a priori de lo humano, ni de una visión catastrofista sobre las posibilidades del hombre.


Las respuestas son variadas en nuestra cultura. Sólo nos vamos a fijar ahora en la propuesta cristiana.


Somos criaturas y somos libres, por designio de Dios, pero marcados por las contradicciones: estamos marcados por la fragilidad y la limitación, sin embargo estamos llenos de posibilidades. Estamos en construcción, pero con esperanza ciertas de que tenemos futuro. No podemos caer en un pesimismo anticristiano. El hombre salió «bueno» de las manos de Dios, pero pronto el barro se quebró. Esta fragilidad que llevamos inscrita, no invalida ni impide el designio de Dios.
La condición humana es frágil y falible. No es sólo una palabra de la Escritura, sino que la podemos constatar en el devenir diario y universal.
La persona no nace tampoco «acabada», sino que «se hace» en un continuo combinado de esfuerzo en la acción, de la relación que rompe la soledad y de la escucha que abre posibilidades inesperadas. 
Es más, por ser creados «a imagen y semejanza de Dios», sólo en Dios nos podemos reconocer y, dicho de otra forma, sólo nos reconocemos cuando respondemos a su llamada. La vocación de todo hombre es la divina, aun cuando él pretenda lo contrario. La vocación arranca de él y no del hombre; éste debe responder a ella, pudiéndola incluso malograr:

‘Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina’ (Gaudium et Spes 22).


La espiritualidad, por tanto, debe posibilitar el desarrollo de esta vocación divina, que el sacerdote comparte con todo hombre, sea o no cristiano. De hecho, la acción del Espíritu Santo es la de conducir a todo hombre a la Pascua del Hijo:

‘Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio Pascual’ (…)

El Espíritu vino sobre la carne para acostumbrarla, como diría san Ireneo, a vivir su vocación divina. La vida en el Espíritu, lejos de ser una negación del ser humano, es su máxima posibilidad. Una espiritualidad que fuera en contra de la condición humana no sería cristiana, pues no desarrollaría la vida de Cristo en la persona. ‘Hacer ángeles no es lo que se propone una espiritualidad, sino desarrollar el ser humano de acuerdo con el dinamismo del hombre plenamente revelado en Cristo’[i] El seguimiento de Cristo, hombre nuevo y perfecto, debe desarrollar a la persona.



Hemos dicho que el hombre no está «acabado» ni «codificado», sino que se hace en la acción y en la relación con los demás. Es un luchador por mantener su autonomía y por mantener su libertad. La existencia de Jesús no fue un determinismo, sino que se hizo en libertad; no por obligación impuesta desde fuera, sino como expresión de su amor soberano. La entrega de Jesús pasa por la escucha obediente al Padre y por la entrega a sus hermanos.
Si el hombre es un ser «necesitado» necesita pedir de otro. La espiritualidad bíblica se nutre de la «escucha» a Dios. La espiritualidad cristiana, igualmente, nos enseña a vivir desde el «vocativo». No bastan ni el indicativo ni, menos aún, el vocativo. La existencia de Jesús se encierra en el vocativo ‘Abba, Padre!, súplica que va conjunta con el vocativo que Dios dirige al hombre: «hijo». 
Una expresión preciosa de este vocativo lo encontramos en la parábola del «hijo pródigo», en el vocativo del hijo menor: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo’ (Lc 15,22). Sin embargo, en el hijo mayor, el vocativo está ausente. Sólo hay indicativos de reproche y resentimiento ‘Cuando en las relaciones humanas predomina el indicativo y el imperativo, el ser humano esclaviza a los débiles o se deja esclavizar por los más fuertes. Es el camino de la idolatría o del miedo, de la autosuficiencia o del servilismo halagador’.[ii]

2. El hombre necesita ser salvado


          A lo largo del Antiguo Tesamento, surgen no sólo «modelos» de referencia a seguir, enviados por Dios para que el pueblo siga los pasos de la alianza. Con ellos aparecen los «antimodelos». Entre los más famosos están, sin duda, tanto los asirios, con su capital de Nínive y Babilonia. Poco hay que explicar de ambas.
          Nínive representa la opresión y la crueldad. En el recuerdo del asalto a la ciudad de Samaría, los asirios destacaron por ser inhumanos. Nínive es la gran ciudad pecadora, a la que Jonás se niega a acudir para que se convierta.
          Babilonia criminal, como dice el salmo 137, es el gran símbolo de la humillación del pueblo de Israel. No sólo destruye la ciudad de Dios, Sión, y el Templo, sino que además les obliga a cantarles un canto de Dios en su oprobio.  
          En ambos casos, el mensaje es claro: la victoria no está en las armas. La razón no la tienen los Imperios de este mundo. Dios se puede servir de estos pueblos como «instrumentos» en su mano, pero Dios no los bendice.
          Sólo el Pueblo de Dios es el bendito, pero una bendición condicionada: «si cumples mis mandamientos».

b) La salvación no está en los ídolos

          A lo largo de la Escritura encontramos también no sólo la negación de los ídolos, sino la certeza de que no se puede servir a Dios y a los dioses[iii].
          Es una constante en el libro del Deuteronomio: ‘sólo a Dios servirás y amarás’.Se repite en los profetas, tanto en los relatos de Elías como en los textos de Oseas, pero atraviesa de parte a parte todo el texto sagrado.

No adorarás a sus dioses, ni los servirás.
No imitarás sus obras, sino que las destruirás por completo
y destrozarás sus estelas.
Si servís al Señor, vuestro Dios,
él bendecirá tu pan y tu agua;
y yo alejaré de ti toda enfermedad.
(Éx 23,24-25)

          Los salmos así lo repiten.

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
El es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en  el Señor:
El es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
El su auxilio y su escudo.
(Salmo 113 b)

c) La salvación en la Antigua Alianza

La salvación está en «conocer a Dios» (Oseas). Este gran profeta, en el s. VIII, define el pecado de Israel en términos de «conocimiento».  Hay una serie de textos en Oseas que giran en torno al mismo verbo y a la misma exigencia. Dios se presenta como fiscal que en un juicio acusa a su pueblo:

“El Señor se querella contra los habitantes de esta tierra:
 no hay fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios en esta tierra.
Sólo perjurio y engaño, saqueo y robo, adulterio y violencia,
sangre sobre sangre” (Os 4,1-2).

 ‘Mi pueblo perece por falta de conocimiento;
por haber rechazado el conocimiento (…)
yo también me olvidaré de tus hijos’ (Os 4,6)

El pueblo es responsable, pues ha hecho experiencia de la liberación de Egipto; sabe cómo es y cómo actúa Dios. En el desierto la relación fue intensa y mutua, de forma que no se pueden excusar como si no supieran el uno del otro: 

“Yo soy el Señor tu Dios desde Egipto.
No conoces a otro Dios fuera de mí,
yo soy el único salvador.
Yo te conocí en el desierto, tierra ardiente” (Os 13,4-5).

¿Qué le pide Dios a su  pueblo? Que se convierta: ‘Esforcémonos en conocer al Señor? (Os 6,3) Para Oseas esto es lo fundamental, y no los sacrificios de animales:

‘Quiero amor y no sacrificios,
conocimiento de Dios y no holocaustos’ (Os 6,6)

Pero, sin duda, el texto principal de Oseas es el capítulo segundo, donde después de presentar las relaciones de Dios con Israel como las de una esposa con su esposo traicionado, proclama que las nuevas relaciones se resumen en un solo verbo: «conocer»

“Me casaré contigo para siempre,
me casaré contigo en la justicia y el derecho,
en la ternura y el amor;
me casaré contigo en la fidelidad,
y tú conocerás al Señor” (Os 2,21-22).

La salvación está en el «Emmanuel» (Is 6-12). En continuación con la explicación anterior, el Libro del Enmanuel del profeta Isaías es reflejo de una «contestación» interna. Dios va a intervenir, pero de una forma inesperada y se va a mostrar en unos signos totalmente desconcertantes[iv].

-        Primer signo: la virgen está encinta. La gran paradoja.
-        Segundo signo: Ha nacido un niño. ¡Hay futuro!
-        Tercer signo: brotará un renuevo del árbol de Jesé. De lo que no cuenta, Dios saca vida.


" Aquel día, el resto de Israel,
los supervivientes de la casa de Jacob,
dejarán de apoyarse en su agresor,
y se apoyarán con lealtad en el Señor, en el Santo de Israel.
Un resto volverá al Dios fuerte, un resto de Jacob.
Aunque fuera tu pueblo, Israel,
como las arenas del mar,
sólo un resto volverá.
La destrucción está decidida, ninguna injusticia hay en ella.
El Señor llevará a cabo en todo el país
el exterminio que ha sido decretado" (Is 10,20-23).

Son los humildes del pueblo los que durante opresión confían en el Señor y esperan en Él. Saben que su futuro no depende de los ejércitos que arrasan aunque prometan un futuro de gloria, sino que el futuro sólo es de Dios: "Señor, apiádate de nosotros, que esperamos en ti; sé nuestra fuerza cada mañana, nuestro socorro en tiempo de aflicción" (Is 33,2).[v]




Pasando de los Sinópticos a san Juan descubrimos la identidad de Jesús en el hombre ajusticiado ante Pilato. El tribunal del Imperio romano proclama y regala al mundo una sentencia fundamental cuando dicta su veredicto sobre Jesús: «He aquí al hombre» (Jn 19,5). Esta afirmación traspasa lo anecdótico para ser revelación de la verdad de Jesús y una verdad de alcance antropológico.
El «hombre» no se manifiesta en Adán, desobediente a Dios y seducido por la tentación, sino en Jesús, transparencia del amor entregado y de la obediencia:
‘El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y descubre la sublimidad de su vocación’ (Gaudium et Spes 22).

b) Adán-Cristo(Rom 5,15)

La negatividad humana es una losa tan pesada, tan insoportable de llevar, que no se puede bromear con ella. ¿Acaso todo el proyecto de amor de Dios, de creación del ser humano, de llamarlo a la vida, se puede diluir en la muerte? San Pablo nos recuerda que Cristo es la primicia de los que han muerto, que ha roto las ataduras de la muerte y que nos abre las puertas de la vida eterna.
La epístola a los Romanos recuerda cómo en Adán el ser humano participa del pecado y de la muerte: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (…) 13 Pues ya antes de la ley se cometían delitos en el mundo, pero cuando no hay ley, el delito no se toma en cuenta;  14 sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre aquellos que no habían cometido un delito como el de Adán, que es figura del que había de venir. (Rom 5,13-14)
Por encima de Adán está la obra salvadora de Dios en Cristo. Pablo hace una confesión de fe en un Cristo que es horizonte de salvación para todo hombre: “(Cristo Jesús) fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25).
Este es su evangelio, su buena noticia. 15 Pero el delito de Adán no puede compararse con el don de Dios. Si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón el don de Dios, ofrecido generosamente por un solo hombre, Jesucristo, se concede más abundantemente a todos. (Rom 5,15)
Es verdad que cada persona es libre para decidir qué quiere hacer con su vida. No estamos sometidos a ningún «destino fatal» que nos esclavice. Por eso Pablo a los romanos les pide que tomen una decisión: por el pecado/muerte o por Dios/salvación:  “Si obedecéis al pecado terminaréis en la muerte y si obedecéis a Dios, en la justicia” (Rom 6,16).





[i] Cf. A. Bravo, El evangelio, fundamento de la espiritualidad sacerdotal (san Sebastián 2004), Idatz, Gentza 17, p. 36

[ii] Cf. A. Bravo, El evangelio, fundamento de la espiritualidad sacerdotal (san Sebastián 2004), Idatz, Gentza 17, p. 39.

[iii] Cf. Dt  8 No harás ídolos ni imagen tallada alguna de cuanto hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas subterráneas. 9 No te postrarás ante ellas ni les darás culto, pues yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso. (Dt 5,8-9)
Ésta será vuestra conducta con ellos: derribaréis sus altares, romperéis sus estelas, abatiréis sus cipos y quemaréis sus ídolos.  6 Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios. El Señor, tu Dios, te ha elegido para pueblo suyo entre todos los pueblos que hay sobre la tierra. (Dt 7,5-6).

[iv] El profeta Isaías recoge la predicación de Natán. Afirma que Dios no puede apartarse de la casa de David. El nacimiento de un niño "Emmanuel", ¿no es acaso un nuevo signo de esta gracia de Dios? Pase lo que pase, dice Isaías, siempre quedará un resto, un vástago que podrá germinar de nuevo. Esta profecía de Isaías, que históricamente intenta sostener una realeza que se bambolea, un pueblo desesperado, tendrá una influencia decisiva para las esperanzas judías en un mesías de la estirpe de David.
A la casa de David Dios hizo extraordinarias promesas por medio del profeta Natán (2 Sam 7,1-17). El legítimo jefe de Jerusalén es únicamente el descendiente de David (Is 7,9).
El reino del hijo de Jesé será establecido y fortalecido para siempre: "Dilatará su soberanía en medio de una paz sin límites, asentará y afianzará el trono y el Reino de David sobre el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre" (Is 9,6).

[v] Isaías inaugura el evangelio del pequeño número de los elegidos y Pablo lo retoma para su teología: “Isaías clama sobre Israel: «Aunque el número de los israelitas  fuera como la arena del mar, sólo un resto se salvará»” (Rom 9,27). Un poco más adelante, en la misma carta a los Romanos retoma el argumento: “Pues así también en el tiempo presente Dios ha elegido generosamente un resto” (Rom 11,5). La teología del «resto», que no del «residuo», es profundamente bíblica y profundamente cristiana.

«MINISTROS DE LA NUEVA ALIANZA» El ministerio sacerdotal a la luz de la Palabra de Dios


Ante la proximidad de la fiesta que celebra a San Juan de Ávila como "Patrono del clero diocesano español", quiero recuperar los apuntes de una ponencia que redacté y pronuncié el año 2009 en la diócesis de Coria-Cáceres.

Hoy presento solo la introducción.  En días sucesivos publicaré los capítulos siguientes.
Como en otras ocasiones, no solo es público, sino que está a disposición de aquel a quien pueda interesar.


«Os daré pastores según mi corazón,
que os apacentarán con inteligencia y sabiduría» (Jer 3,15)

«Dios nos ha capacitado para ser «ministros de una alianza nueva»,
basada no en la letra de la ley, sino en la fuerza del Espíritu» (2Cor 3,6)

"Yo soy el buen pastor.
El buen pastor da su vida por las ovejas.
(Jn 10,11)


Los años posteriores al Vaticano II

Tomamos como punto de partida el Decreto conciliar «Presbiterorum Ordinis». En los años posteriores, década de los 70, se discutió, dicho de forma esquemática, si la fundamentación del sacramento del Orden, había que ponerlo en relación con Cristo «corriente cristológica»[i] derivando de ello tanto el ser como el ejercicio o la espiritualidad, o con la Iglesia, «corriente eclesiológica».[ii] En ambos casos, desde una postura moderada, se evitó el riesgo monístico: una fundamentación sólo en Cristo («cristomonismo») o una fundamentación sólo en la Iglesia («eclesiomonismo»). Sobre la mesa había dos puntos importantes:
Primero, qué se debía entender por el término «sacerdocio». Algunos exageraron la preferencia del Vaticano II por el término «presbítero», con una crítica desmesurada al término «sacerdote». Las razones que daban eran:
1) No se puede aplicar a Cristo porque fue un «laico». De hecho, el término ‘i`ere,uj’ (sacerdote) sólo se aplica en el Nuevo Testamento a los sacerdotes paganos o a los judíos, nunca a Jesús
2) En la primera generación no se aplicó nunca a los oficios cristianos. A éstos se les calificaba como «episcopoi» (inspectores), «diakonoi» (servidores), y otros títulos secundarios tales como «hegoumenoi»
3) Sólo como «ocupación» del espacio dejado por las religiones paganas, se dio este paso que es, en sí, ilegítimo y equívoco.
4) Este paso supone un retroceso en la Iglesia al Antiguo Testamento.

En 1971 se celebra el Sínodo de Obispos, convocado por Pablo VI, sobre el «Sacerdocio ministerial» que recoge en su documento la posición cristocéntrica matizada[iii].  En segundo lugar la pregunta era qué papel ocupa el «Espíritu Santo». Se hizo una lectura dialéctica entre «carisma» y «ministerio», concibiendo este último como «institución». El Espíritu Santo sería el único protagonista (Jesús sólo «puso en marcha» un movimiento, sin relación de continuidad con él), de forma que la Iglesia se concibe como la acción del Espíritu manifestada e identificada con la dinámica del grupo de creyentes[iv].

Década de los 80 a los 90. En estos diez años proliferan en España los estudios acerca de la figura del sacerdote. En los 80, la Conferencia Episcopal Española había trabajado repetidamente una serie de temas y aspectos relacionados con el ministerio sacerdotal. Primero fue la reflexión conjunta sobre la vida y ministerio de los sacerdotes, expresada en el Simposio (1986). Un año más tarde la Comisión Episcopal quiso reflexionar sobre la vida apostólica de los presbíteros, con la publicación del documento «Sacerdotes para evangelizar», en 1987[v]. De nuevo, sólo con dos años de diferencia, la Comisión Episcopal del Clero celebró un Congreso de espiritualidad sacerdotal (1989).[vi]

Siguió en 1990 el Sínodo convocado por Juan Pablo II sobre la formación de los sacerdotes, cuyo fruto será, dos años más tarde, la Exhortación «Pastores Dabo vobis».

De nuevo la Comisión del clero convocó a un Simposio, esta vez sobre la formación permanente de los sacerdotes[vii]. Siete años más tarde, en 1997 la Comisión Episcopal del clero celebra de nuevo un Simposio, esta vez con el título «Presbiterado y secularidad».[viii]

El Sínodo de 1990: «Pastores Dabo vobis»

El debate postconciliar, doloroso y rico, se puede considerar culminado en el Sínodo de 1990 y en su consiguiente Exhortación post-sinodal «Pastores Dabo vobis» (1992) del papa Juan Pablo II.
El documento da prioridad a la relación con Cristo en la determinación de la naturaleza y misión del ministerio sacerdotal. Es evidente que quiere recuperar el aspecto cristológico en la comprensión del ministerio sacerdotal, si bien busca una articulación entre los dos aspectos, el cristológico y el eclesiológico. 
Reflexionando en el número 12 sobre la «identidad específica» del sacerdote y de su ministerio afirma:

‘La referencia a Cristo es la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales’ (PDV 12)

‘El presbítero, en virtud de la consagración que recibe con el sacramento del Orden, es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, con el cual como Cabeza y Pastor de su pueblo se configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo’ (PDV 12)

          Un poco más adelante, en este mismo número, comenta:

‘La eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo. La referencia a la Iglesia es pues necesaria, aunque no prioritaria, en la definición de la identidad del presbítero’. (PDV 12)

El número 16 de la Exhortación presenta al sacerdote no sólo «en la Iglesia», sino «al frente de la Iglesia». [ix]


Pero íntimamente unida a esta relación está la que tiene con la Iglesia. No se trata de relaciones simplemente cercanas entre sí, sino unidas interiormente en una especia de mutua inmanencia (…) La relación con la Iglesia se inscribe en la única y misma relación del sacerdote con Cristo, en el sentido de que la «representación sacramental» de Cristo es la que instaura y anima la relación del sacerdote con la Iglesia (…) se sitúa no sólo «en la Iglesia, sino también «al frente de la Iglesia»’ (Pastores Dabo Vobis 16, 1992)

Lejos de pensar que hemos llegado a un acuerdo o una postura clara, estamos de nuevo replanteando 1) en qué consiste el ministerio sacerdotal y 2) en qué consiste una espiritualidad sacerdotal.

Los fundamentos del ministerio sacerdotal, están claros, porque están en Cristo, cabeza y pastor, no en nosotros y en la Iglesia, sacramento de salvación, a la que amamos. El fundamento no está en nosotros
Sin embargo, esta afirmación la vivimos con cierto desasosiego. Personalmente, como sacerdotes, estamos sometidos a la duda: si esto es así, que el fundamento está en Cristo, y Cristo no falla ¿acaso hemos vivido mal nuestro ministerio y no hemos transparentado a Cristo? ¿Acaso hemos caído en el «funcionariado» que tantas veces hemos criticado? ¿por qué no hemos transmitido esta ilusión a los jóvenes? Hay que decir, en honor a la verdad, que es un mal planteamiento, primero porque la mayoría de los sacerdotes nos hemos entregado sin reservas al ministerio. En segundo lugar, porque el complejo de «culpabilidad» es malsano, nos hunde y nos incapacita.
A este respecto quiero recoger unas palabras que considero «luminosas». Hoy es evidente la ‘falta numérica de pastores, agobio de los que permanecen, desconfianza de los fieles en ellos. Del heroísmo al fracaso y abandono. El voluntarismo de los setenta desemboca en el cansancio de los ochenta’.
Pero no son sólo palabras de una lucidez en el análisis, sino un canto a la entrega heroica de muchos consagrados. ‘el heroísmo de consagrados y ordenados con edades muy avanzadas que siguen en su puesto sosteniendo imposibles instituciones y dando tiempo al Señor para su intervención. Emociona ver a religiosas cuidando ancianos más jóvenes que ellas; o sosteniendo centros de enseñanza desde una jubilación más cargada de trabajo que su período profesional; o perseverando en la misión cuando todos los voluntarios y profesionales huyen en tiempos de violencia. Cómo conmueve ver a párrocos octogenarios, incluso a cargo de varias parroquias separadas por kilómetros. Algún día, quizá antes de la vida eterna, se cantará la epopeya de esta Iglesia envejecida pero fiel hasta darlo todo’.[x]
Todos sabemos que las respuestas no son simples, sino muy complejas. Mirando a la sociedad podremos decir que la situación actual tiene mucho de laicismo galopante donde es muy difícil que un joven se enfrente a un ambiente no propicio o incluso hostil; tiene mucho que ver también con el individualismo salvaje, característica de esta sociedad neoliberal en la que vivimos, donde lo comunitario (y por ende lo eclesial) es muy delgado, casi mínimo, incluso con riesgo de desaparecer.
Mirando hacia el interior, proponiendo una autocrítica siempre necesaria, tenemos que reconocer una catequesis no siempre bien planteada, que se ha deslizado de presentar a Jesucristo como Palabra del Padre a una propuesta de valores universales. También debemos reconocer una vida no «tensa» del ministerio apostólico. Sin duda no somos inmunes al desgaste propio de cualquier misión, por noble que sea, que sufre el ministerio en una sociedad cambiante. Desde el punto de vista teológico han aparecido nuevos aspectos.
La fe a la carta, donde cada uno hace su propia selección de artículos a creer. Un cristianismo difuso, de «valores», sin «confesión de fe», sin Cristo. En las siguientes palabras, hablando del ministerio sacerdotal,  se ve el entronque con este problema de un cristianismo sin «credo»

‘El ministerio ordenado es hoy el punto donde se establece esa confrontación permanente entre un cristianismo del nombre (confesante) y un cristianismo de valores (sin Rostro, anónimo)’. Hoy parece que el ministerio ordenado se convierte en la encrucijada de lo cristiano: ¿puede hablarse de Iglesia sin sacerdocio? ¿puede hablarse de sacerdocio seriamente? Tal cual se concibe y se vive, este sacerdocio ¿manifiesta u oculta a Cristo? ¿Tiene el cristiano que soportar un ministerio que escapa del control de la comunidad? [xi]

La espiritualidad del sacerdote. La segunda cuestión, si no más importante, sí al menos más urgente pues nos va en ello la vida, también tiene su fundamento en Cristo. No somos superiores al resto de la comunidad cristiana. Somos en primer lugar, y ante todo, «discípulos de Jesús», por lo que nuestra espiritualidad es la del evangelio. No hay que buscar cosas raras. Pero dentro de este discipulado que compartimos con el pueblo de Dios, tenemos que buscar nuestro sitio, de forma que los sacerdotes no sean laicos y los laicos no sean sacerdotes. Debemos evitar dos «reduccionismos»: el del «jibarismo» que reduce la figura del sacerdote al máximo, de forma que el «laico» es un «sacerdote en miniatura». Tampoco vale otra reducción del ser sacerdotal, al hacer de él un «super man», esto es, un «laico sobredimensionado».
El fundamento bíblico del ministerio sacerdotal no puede estar en contradicción con la Sagrada Escritura, y ¿qué es la Sagrada Escritura sino la Alianza de Dios manifestada plenamente en Cristo? Somos «sacerdotes» de la nueva alianza, como nos dirá Hebreos. Este punto de partida aclara muchas cosas, pues aunque usemos esta palabra, «sacerdotes» sabemos que su contexto natural de interpretación no es el sacerdocio pagano, ni siquiera el judío, sino es la Escritura leída desde Cristo.
Recordamos a este respecto la propuesta de exégesis canónica que presenta el Papa Benedicto XVI como camino a recorrer por la Iglesia. Son tres puntos esenciales:
El punto de partida de una lectura cristiana de la Biblia es leerla como «Palabra de Dios». La Sagrada Escritura tiene una unidad fundamental. No se trata de dos «alianzas» independientes, sino de una sola y única alianza que se cumple en Cristo. La clave de interpretación de la Escritura es el Señor Jesús.
Una segunda clave de interpretación es que la vida de Jesús es importante. No basta decir que nos «configuramos con Cristo», sino ¿con qué Jesús nos queremos configurar, con uno que nos creamos o con el Siervo de Yahveh?
          Como conclusión podemos apelar, primero, a la necesidad de un necesario equilibrio entre las dos posturas, la cristocéntrica y la eclesiocéntrica, podemos decir que desde un punto de vista teológico moderado actual, no hay diferencia real entre las dos «corrientes» salvo para los que destacan tanto un ángulo que elimina al otro.


‘En un planteamiento cristológico serio, que marque la distancia necesaria entre Cristo y el ministerio sacerdote, la Iglesia siempre estará presente en la raíz del ministerio. En una visión eclesiológica que diferencie de verdad este ministerio como constitutivo de la Iglesia, es evidente que la referencia a Cristo está presente aunque no se prime’.[xii]

No podemos dejar de lado unas palabras de la Pastores Dabo Vobis sobre la figura presente y futura del sacerdocio

‘Ciertamente hay una fisonomía esencial del sacerdote que no cambia: en efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá asemejarse a Cristo (…) También en el 2000 la vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único y permanente sacerdocio de Cristo’ (PDV 5)

(seguirá)
 Pedro Ignacio Fraile Yécora





[i] La «corriente cristológica» entiende el ministerio ordenado como «sacerdocio» antes que como «ministerio» (o «diaconía»). Su razón de ser es el «sacerdocio de Cristo». Es una coherente con la tradición católica. Al igual que teníamos que distinguir entre dos posiciones en la «corriente eclesiológica», también tenemos que distinguir dos posiciones en la «corriente cristológica».
«Cristomonistas». Son los que acercan tanto el ministerio ordenado a su fuente cristológica que corren el riesgo de desconocer o dejar en la sombra la «irrepetibilidad» del sacerdocio de Cristo y el «carácter sacerdotal del pueblo de Dios». Se deslizan a una visión casi exclusivamente cultual. Su punto de partida es el «sacerdocio de Cristo». Desde aquí se mueven en dos direcciones: unos se remontan a la tarea del «sacerdocio» en todas las religiones y después se aplica a Cristo y a los ministros ordenados. Otros partiendo del sacerdocio de Cristo, ven su continuación en los ministros. Unida a esta idea va la de la «mediación perfecta» entre Dios y el hombre. La consagración del sacerdote le habilita para celebrar los sacramentos y de forma primordial el sacrificio eucarístico. La locución «alter Christus» expresa este tipo de animosidad. El «carácter» se puede deslizar a un «superbautismo».
 La «corriente cristológica» moderada (representada por Urs von Balthasar, Ratzinger) se mueven en el terreno de la «representación sacramental» con tonalidad pastoral, entroncada con el «sacerdocio común» de los fieles.

[ii] La «corriente eclesiológica» está sostenida por autores que, a su vez, deben ser situados en lugares distintos y distantes: 1) Los que afirman que el ministerio deriva de la comunidad, a modo de delegación de aquella, que es quien realmente la posee 2) Los que sostienen el ministerio ordenado como constitutiv, necesario, dado a la comunidad para su servicio y en su seno (Rahner, Congar, Dianich). Estos autores, si se les preguntara dónde fundamentan esa prioridad, no dudarían en acudir a Cristo. Dentro de esta «corriente eclesiológica» no «eclesiomonista» se puede citar el documento de la Conferencia Episcopal Francesa (Lourdes 1973) que habla de una «Iglesia toda ella ministerial», que acogía la rectificación de Congar sobre su propia  teología del laicado que cambia sus tesis desde la obra ‘Jalones para una teología del laicado’ (1963) hasta su obra posterior ‘Ministerios y comunión eclesial’ (1973) donde la dialéctica no se sitúa ya entre ‘sacerdotes y laicos’ sino entre ‘comunidad y ministerios’. El problema está justifica el ministerio sacerdotal evitando, por una parte, en que se convierta en uno entre otros muchos y también que, por el contrario, los ministerios laicales se transformen en ministerios pastorales arruinando la laicidad, tan reivindicada por la AC. Dentro de esta corriente habría algunos a quienes se les podría clasificar como (eclesiomonistas, sólo la Iglesia). Conciben el ministerio en una eclesialidad cerrada en sí misma. (Schillebeeckx, Kung, Boff). Cf. Trujillo, pp.38-41

[iii] La Comisión Teológica Internacional, formada por Balthasar y González de Cardenal entre otros, redactó el documento preparatorio. Para ellos la raíz de la crisis de identidad del sacerdote está en la «desacerdotalización del ministerio», que a los antecedentes históricos de Lutero hay que añadir la secularización. Afirma el carácter sacerdotal de todo el pueblo de Dios y también el sacerdocio de los ministerios ordenados como representación del de Cristo. Para el documento de la Comisión, cf. C. Pozo (ed.) Comisión Teológica Internacional. Documentos 1969-1996 (Madrid 1998) BAC. Para el Documento del Sínodo de Obispos, cf. Ecclesía 1571 (11 Diciembre 1971) pp. 17-25.

[iv] ¿Cómo explicar el papel del Espíritu Santo? No puede ser el de «mediador». Según Hebreos Cristo es el «único mediador». Ni el Padre ni el Hijo pueden asumir una condición humana. El Padre porque se destruiría su figura divina, el Espíritu porque es puente y no orilla en los encuentros. La misión del Espíritu no «sigue» a la del Hijo, como si esta hubiera sido insuficiente o como si hubiera terminado en el tiempo con su muerte y resurrección. La misión del Hijo consiste en atraer hacia el Hijo a todos los hombres, La pneumatología cristiana salva la unidad de la historia de la salvación, y contempla al Espíritu Santo unido a Cristo y a su obra que se hace presente en la Iglesia y en cada uno de los cristianos. Se desautoriza así la propuesta de Joaquín de Fiore que planteaba una «sucesión» diferenciada en los tiempos salvíficos.

[v] Cf. J.L. Ruiz de la Peña, Sacerdotes para la nueva evangelización. Evangelio, Iglesia y nueva cultura (Madrid 1992) Edice.

[vi] Cf. El Simposio se celebró del 30 de Octubre al 2 de Noviembre de 1986; Publicado por la Comisión Episcopal del clero, Espiritualidad del presbítero diocesano secular. Simposio (Madrid 1987) Edice. El Congreso sobre Espiritualidad sacerdotal se celebró tres años más tarde, del 11 al 15 de Septiembre de 1989, Comisión Episcopal del clero, Espiritualidad Sacerdotal. Congreso (Madrid 1989) Edice.

[vii] Celebrado en Madrid del 4 al 7 de Diciembre de 1992.

[viii] Celebrado en Madrid del 22 al 25 de Noviembre de 1997. Las actas se publican en 1999 por la organización. Cf.
Comisión episcopal del clero, Presbiterio y secularidad. Simposio (Madrid 1999) Edice.

[ix] A diferencia de la «Presbiterorum ordinis» se vuelve a hablar de «sacerdotes».

[x] L. Trujillo, ‘Razones para la misión en la Iglesia española de hoy’, en: VV.AA., Dar razón de la misión hoy. XXV encuentro de animación misionera para sacerdotes. Instituto Español de Misiones Extranjeras (Madrid 2006), p. 24
[xi] Cf. L. Trujillo, ‘El ministerio ordenado en la vida de la Iglesia. Fundamentos cristológicos y eclesiológicos’ p.34, en Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades, Espiritualidad de comunión (Madrid 2003).

[xii] Cf. L. Trujillo, ‘El ministerio ordenado en la vida de la Iglesia. Fundamentos cristológicos y eclesiológicos’ p.43 en Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades, Espiritualidad de comunión (Madrid 2003).