Evangelio: Mateo 10,7-13
En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: «Id y proclamad que el reino de
los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos,
echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la
faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de
repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando
entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos
en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se
lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz
volverá a vosotros».
Comentario
La misión nunca ha sido fácil. Si hacemos un rápido recorrido por la historia, veremos cómo cada generación de cristianos ha interpretado el mandato de Jesús conforme a sus criterios, bien culturales, bien sociales, bien políticos. Los tres primeros siglos fueron martiriales; ser apóstol era casi sinónimo de ser mártir. Los siglos siguientes fueron de encuentro y choque cultural con pueblos no romanizados (bárbaros primero y musulmanes a partir del siglo VII). Luego vendrán las expansiones geográficas, más allá de los límites del Mare Nostrum inicial –el Mediterráneo y el Levante– donde nació y prosperó la fe cristiana.
¿Evangelio contra las culturas locales? ¿Evangelio respetando la idiosincrasia de cada pueblo? ¿Evangelio como occidentalización, aunque el evangelio en origen sea oriental?
Discusiones, debates, reproches… La misión, en palabras de Jesús, tiene una dimensión amplia, versátil, universal. Hay que ir a todo el mundo (no dice que haya que limitarse a una raza, a una tribu o clan, a un colectivo preciso). El Evangelio nace en la libertad de la expansión del Reino. La misión, dice Jesús en Mateo, se compone de varias acciones: curad, resucitad, limpiad, expulsad. ¿El qué? Las enfermedades que llevan a la muerte, las incapacidades y estigmas que excluyen de la comunidad, los males que encadenan y someten. Dios es Dios de vida y de libertad.
¿Y cómo hacerlo? Con gratuidad (¡no buscando oscuros intereses!). Con pobreza de medios (no sirviéndose de unas riquezas que escandalizan y provocan divisiones sociales). Con radicalidad (ni bastón ni sandalias): la limpieza y honestidad es el vestido que no cierra puertas. Sobre todo, «paz»; ni la violencia, ni la venganza, ni el rencor, ni las malas artes caben en el Reino.
Cada generación de cristianos necesita sus misioneros y sus evangelizadores. Todos tienen un elemento común: han tenido la experiencia de Jesús y la quieren compartir. Los evangelizadores no son ideólogos sociales, políticos o culturales. Los evangelizadores son testigos del reino de Dios, hecho presente en Jesús.
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