Evangelio: Juan 7,1-2.10.25-30
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado». Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
Comentario
La fiesta de las Tiendas o de los Tabernáculos (Sukkot en hebreo) marca el comienzo del otoño mediterráneo para los judíos. Desde un punto de vista agrícola, es la fiesta de la recolección de frutos (uvas, higos y otras frutas dulces); desde el punto de vista bíblico, el pueblo recuerda la estancia de Israel en tiendas en el desierto, antes de entrar en la tierra prometida. Es una fiesta popular, donde la gente festeja en la calle y llega a montar pequeños cobijos para pasar el día, incluso la noche. Es tan popular que a veces se llama sencillamente «la fiesta», como vemos en el texto de hoy (Jn 7,8.10.11.14). Después del destierro, el judaísmo, incipiente como religión distinta de la de sus vecinos, establece tres fiestas de peregrinación obligatoria: la Pascua en primavera, las Semanas a comienzos de verano y las Tiendas a comienzos de otoño. Así se entiende la insistencia en el texto de que los conocidos de Jesús acuden a Jerusalén, mientras que Jesús les esquiva: primero les dice que no va, pero luego acude.
La fama de Jesús ha llegado a Jerusalén y hay opiniones encontradas. Para unos es «bueno», pero para otros «engaña a la gente». Los sacerdotes del Templo encendían los cuatro grandes candelabros y bajaban hasta la alberca de Siloé para recoger agua; después subían procesionalmente hasta el altar de los sacrificios y lo rociaban con agua, quizá para pedir lluvia en la siguiente estación. Así se entiende que en el contexto de los rituales religiosos prescritos Jesús diga: «Yo soy la luz del mundo» (8,12), y «si alguien tiene sed, que venga a mí y beba» (7,37). Jesús se presenta en el Templo, pero no quieren creer en él. La fe es un riesgo que hay que correr.

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