MALTA Y SICILIA: EL ULTIMO VIAJE DE SAN PABLO


 La vida es una caja de sorpresas. El «homo viator» que todos llevamos dentro nos ayuda a sacar el jugo a cada uno de nuestros peregrinajes interiores y exteriores. Acabamos de regresar del corazón del Mediterráneo: Malta y Sicilia. La motivación, recorrer los caminos de san Pablo en lo que fue su último viaje desde Cesarea Marítima a Roma. Seguimos la ruta que nos indica el libro de los Hechos de los Apóstoles en sus capítulos vigesimoséptimo y vigesimoctavo.


Primera sorpresa: la conformidad del texto de los Hechos con la geografía. Nuestro pequeño periplo comenzó por la isla de Malta. Buscamos las huellas del apóstol, que nos conduce a una ciudad, Medina, y sus arrabales: Rabat.  Ambos nombres recuerda la proximidad de la costa africana y la herencia árabe. En los dos lugares se guarda memoria viva de la presencia de Pablo. En Rabat nos acercamos a una iglesita donde se preservan los restos de la casa de Publio, hombre de posibles que acogió al apóstol cuando el barco donde iba prisionero camino de Roma, naufragó y encalló en unas rocas de una isla que reconocieron como Malta (Hch 27,39-44). 



El papa Juan Pablo II estuvo allí en su peregrinación a la isla, y allí oró. También en el dintel interior de la puerta de entrada a la ciudad de Medina se puede ver cómo el bajorrelieve esculpido en la piedra narra la picadura de serpiente al apóstol (Hch 28). Pablo debería haber caído muerto, pero el vigor y la fuerza que mantuvo fueron signo de gracia ante Dios para los atónitos indígenas que presenciaron la escena. 

Malta es un lugar preñado de historia; desde los restos megalíticos que se pierden en la noche de los siglos hasta la más reciente historia de protectorado británico, cuya herencia son el inglés como lengua cooficial de la isla y la conducción por la izquierda. ¿Qué hay en medio de estos dos límites temporales? Destaca en la historia la poderosa Orden de los Hospitalarios de San Juan, que se refugiaron en la isla tras ser expulsados de Tierra Santa por los sarracenos. 

No se querían marchar lejos de la costa de Israel movidos por la esperanza de recuperarla. Vano sueño. Tuvieron que permanecer en la isla y hacer frente a los turcos otomanos que en distintas oleadas la quisieron conquistar. La capital actual de La Valetta es un testimonio perenne y único de una ciudad vuelta al mar y construida para resistir. Sus dos puertos, con La Valetta en medio; las tres ciudades como bastión en forma de tenaza que junto con la capital hacían casi imposible el ataque otomano. Los almogávares defendiendo y venciendo a los forzados marineros y soldados de la media luna... Mucha historia... 
Belleza, historia, fuerza, nobleza, memoria agradecida. Todo se reúne en la isla que sin querer se hizo «puerta de entrada» para los que transitaban por el sur del mediterráneo en su camino hacia el occidente. Malta, por si misma, merece más de dos días de reposado y entusiasta callejeo.
Estábamos con Pablo. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que «pasados tres meses partimos en una nave alejandrina que llevaba por insignia a Cástor y Pólux. Llegados a Siracusa, nos detuvimos tres días. De allí fuimos a Regio, y luego a Pozzuoli. (…) Por fin nos pusimos de camino hacia Roma». (Hch 27,11-14).  De esta etapa tenemos pocos detalles, pero es patente que Pablo evangelizó Sicilia.
Segunda sorpresa. El evangelio a tiempo y a destiempo. Cuántas veces se quejan los cristianos de hoy que no son tiempos fáciles para anunciar y vivir el evangelio. ¿Lo fueron mejor los de san Pablo? Al recorrer Sicilia uno descubre lo que supuso la civilización griega en la isla. Era la conocida como «Magna Grecia». Allí se habían asentado desde los siglos VIII y VII a.C. las colonias de las ciudades griegas que expandían su cultura y su comercio por el mediterráneo. ¿Algunos restos secundarios? En absoluto. 
La guía nos explica cómo la isla de Sicilia estuvo durante muchos siglos partida en dos: el occidente para los púnicos, de cultura semítica fenicia, bajo la mirada atenta de Cartago. La parte oriental de la isla para los griegos, que alcanzaron su máximo esplendor en la ciudad de Siracusa, que le llegó a hacer competencia a la misma Atenas. Hoy en día recorremos los templos de Agrigento, expresión delicada y poderosa a la vez del nivel arquitectónico y estético que alcanzó la sociedad griega; pero hay otros muchos que completan la secuencia del arte dórico: los templos en diferentes colinas de Selinunte y el templo que focaliza todas las miradas en Segesta.  Hoy nos quedan los templo y los teatros, pero ¿el culto a los dioses que acogían? ¿los mitos que año tras año celebraban? ¿las acrópolis con sus construcciones religiosas que presidían la vida de la ciudad? Pablo no predicaba en terrenos solitarios, sino que iba al corazón de la civilización. Por donde pasaba y se lo permitían, hablaba del evangelio de Jesús.
Tercera sorpresa: la evangelización de la cultura. Ir a Sicilia es adentrarse en el corazón de la historia y de la cultura de la Europa mediterránea. Nos hablan de los listos y paganos griegos, cuyos monumentos y mitos perduran en los nombres y tradiciones hasta el día de hoy: templo de Hércules, Polifemo etc. Nos hablan de los poderosos romanos, en cuya villa de mosaicos de Piazza Armerina hasta los más insensibles al arte no son capaces de hacer el recorrido sin abrir la boca en señal de estupor. Nos hablan de los árabes, cuya presencia fue menor, pero perdura en palabras y sobre todo en comidas. Nos hablan de los normandos (¡sí, los vikingos!), que fueron encargados de expulsar a los árabes por el mismo papa (en aquella época pasaban estas cosas), y de paso nos dejaron un «unicum»: la arquitectura y el estilo «árabe normando»; este peculiar estilo, consecuencia de un matrimonio cultural casi imposible, solo se da en esta isla. Les siguen los bizantinos. En mi humilde perspectiva, solo son comparables los mosaicos de Monreale, Cefalú y de Sta María del Ammiraglio, en Palermo, a los de la mismísima Constantinopla (San Salvador en Cora y Santa Sofía). 

¿Qué decir del barroco siciliano? Pues decir que no tiene ni retablos de madera, ni imaginería al estilo sevillano, ni pan de oro; pero ¡tiene mármol!, y como arte barroco que se precie, decora absolutamente todos los espacios, dando lugar al conocido como «horror vacui», sin que por ello agobie al espectador. La Iglesia del Gesù de Palermo es un exceso de belleza barroca. ¿Se puede anunciar el evangelio con las distintas culturas? Se puede y se debe.
Pablo de Tarso no tenía previsto ir a Malta y Sicilia. Él se dirigía a Roma porque había apelado al César, ya que por su condición de «ciudadano romano» no le podía juzgar un tribunal menor. El naufragio en Malta, primero, y el paso por Sicilia después, le llevaron a esta parte hermosa donde casi se cierra el mediterráneo.
El peregrino hoy puede contemplar sus huellas, presentes en los cristianos de hoy que pueblan estas tierras; puede hacer memoria de los que nos han precedido en la fe gracias al «apóstol de los gentiles», que no se amedrentó ante el poderío del mundo pagano. Puede hacer memoria de esta Iglesia que en cada momento hace frente y sale al paso de las circunstancias de la historia: griegos y romanos; árabes y normandos; bizantinos, franceses y aragoneses… ¡y de Garibalid con sus «mil» piamonteses!, pero esto es ya otra historia que, si Dios quiere, continuará.

Pedro Ignacio Fraile Yécora

MALTA-SICILIA
Octubre de 2014



PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE TARAZONA A TIERRA SANTA




Estamos preparando una nueva peregrinación a Tierra Santa.. En esta ocasión lo hacemos con la Diócesis de Tarazona. 
Yo la acompaño con alegría y entusiasmo, porque es mi diócesis de origen y porque vamos a recordar al gran José Antonio Marín, magnífico sacerdote y guía que falleció hace unos años.
Si alguno está interesado, puede inscribirse sin ninguna dificultad.
Es sin duda una oportunidad para todos.




PEREGRINACIÓN DIOCESANA A TIERRA SANTA
organizada por la diócesis de Tarazona
ACTUALIDAD
Del 5 al 12 de diciembre de 2014

Presidida por el obispo de Tarazona, Mons. Eusebio Hernández Sola, OAR

“Tras las huellas de Jesucristo y los pasos de D. José Antonio Marín y los PP. Franciscanos”

+ 5 DICIEMBRE. VIERNES: Tarazona-Madrid-Tel Aviv-Tiberíades.
+ 6 DICIEMBRE. SABADO: Tiberíades-Nazaret-Caná-Tiberíades.
+ 7 DICIEMBRE. DOMINGO: Tiberias-Monte de las Bienaventuranzas-Cafarnaum-travesía por el mar de Galilea -monte Tabor-rio Jordán.
+ 8 DICIEMBRE. LUNES: Tiberiades-Jericó-mar muerto-Qumram-Jerusalem.
+ 9 DICIEMBRE. MARTES: Jerusalem-monte de los olivos-monte Sion-Jerusalem.
+ 10 DICIEMBRE. MIERCOLES: Jerusalem -Ein Karem-Belén- Jerusalem.
+ 11 DICIEMBRE. JUEVES: Jerusalem.
+ 12 DICIEMBRE. VIERNES: Jerusalem-Tel Aviv–Madrid- Tarazona.

INFORMACIÓN E INSCRIPCIONES:

Delegado Diocesano de Peregrinaciones: Luis Zardoya, tfno.: 649515132








IN MEMORIAM DE DON FRANCISCO MARÍA LOPEZ MELÚS

‘EL AMOR NO PASA NUNCA’. LO DEMÁS ES PASAJERO



Ha fallecido la semana pasada en Zaragoza Francisco María López Melús. Biblista, sacerdote, profesor. Algunos lo conocerán por sus libros sobre las Bienaventuranzas. Su muerte ha pasado casi desapercibida. Yo me enteré de casualidad. La vida no es justa; nunca lo ha sido; ha habido demasiado silencio en torno a un buen sacerdote y un buen conocedor de la palabra de Dios.
Recuerdo que en mi época de estudiante hice un trabajo sobre el capítulo 13 de Corintios en la asignatura que él nos daba en el seminario, Escritos Paulinos: el himno al amor. Ese texto que escuchamos en las bodas, que algunos preguntan entusiasmados de quién es por lo bonito que es, y se quedan luego como desengañados, musitando un «¡ah!» cuando se les dice que es de san Pablo:


El amor es paciente, afable;
no tiene envidia;
no presume ni se engríe;
no es mal educado ni egoísta;
no se irrita; no lleva cuentas del mal;
no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. 
Disculpa sin límites, cree sin límites,
espera sin límites, aguanta sin límites. 
El amor no pasa nunca. 
(Pablo de Tarso en una carta a los cristianos de Corinto)

Estamos en tiempos de «movimientos». Para algunos son «terremotos», para otros «temblores»; esto es según la apreciación, como la botella «medio llena o medio vacía». ¿Por qué digo esto? Por muchas razones. Mirando de casa para adentro (vamos a llamar «casa» a la «vieja Europa») tenemos los movimientos secesionistas. Léase Escocia y Cataluña; léase Flandes, Bretaña; y léase también el país «artificial» que es la Padania del norte de Italia. Algo se mueve bajo los pies.
Si miramos más allá de las fronteras europeas, nos encontramos de nuevo con las tensiones no resueltas entre Ucrania y Rusia (algunos dicen que habría que decir U.R.S.S., pues parece querer resucitar su reciente pasado de poder omnímodo). Si echamos la vista al Próximo Oriente (no me gusta decir «Medio Oriente», que es una designación norteamericana, pues para ellos es «Medio», pero para los europeos es Próximo), vemos cómo aquello es un polvorín. Lo del ‘Estado Islámico’ no es ninguna tontería. Yo no soy experto en el tema, pero algo conozco del lugar por mis viajes y mis lecturas. Creo que no hay que tomárselo a pitorreo; y no sólo porque los yihadistas asesinen a los cristianos (niños incluidos), sino porque el radicalismo islámico tiene hondas raíces y se extiende con facilidad en un mundo muy desestructurado.
Parece que todo cambia, que todo está en movimiento, que nada hay estable. Las convicciones más antiguas y más asentadas parece que son permeables, dúctiles, porosas. ¿De verdad que  no queda nada de nada estable bajo los pies? Retomo aquí a san Pablo, su carta a los Corintios, y al viejo profesor que la explicaba, Don Francisco María López Melús. Leemos y escuchamos con atención: «¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará» Nos quedan tres cosas: fe, esperanza y amor. La más importante es el amor. Es palabra de Dios, no palabra de hombre.
Pedro Ignacio Fraile Yécora

19 de Septiembre de 2014

GRITO DE SOCORRO DE LOS CRISTIANOS DE BELÉN



Acabo de regresar de Tierra Santa. Ayer por la noche, día de san Ignacio de Loyola, concluíamos una peregrinación de amigos. La habíamos iniciado en pleno conflicto de Gaza (para muchos «guerra», para otros «acción de castigo», para otros «masacre» o incluso «genocidio»), que a día de hoy sigue abierto e imprevisible.
            No voy a hablar en este breve artículo de lo que está pasando allí porque no soy un especialista en política internacional, y aunque tengo mi visión y mi opinión propia, no creo que este sea el lugar para hacer un análisis detallado de la situación, de los motivos de las partes, de los verdugos y de la víctimas. No me inhibo, simplemente no lo hago por la complejidad y seriedad del tema. No se puede trivializar.
            Sin embargo, no puedo silenciar una petición que me hicieron unos amigos cristianos de Belén. No digo los nombres para no comprometerlos. Son un matrimonio joven con tres hijos menores de edad. Estuvimos hablando un buen rato, y lo último que me pidieron fue: «por favor, explica qué está pasando en Belén; que lo sepa todo el mundo; tienen que saberlo».
            Belén es para el imaginario infantil, evocación de las fiestas de la Navidad; para los cristianos, misterio de amor y de pobreza, de encarnación de nuestro Dios, el «Dios con nosotros»; para los políticos de este mundo, un lugar «caliente» de enorme intensidad en el Próximo Oriente. Para los judíos, el lugar donde «nació el rey David» y uno de las ciudades de la tribu de Judá; para los palestinos musulmanes, tierra irrenunciable de la que se van apoderando ante el éxodo de los palestinos cristianos y ante la explosión demográfica de las familias musulmanas… ¿Para los cristianos de Belén?
            Los cristianos de Belén se mueven en el dilema de ser «extranjeros en su tierra y entre los suyos». Para la mayoría musulmana (hace muchos años Belén era de mayoría cristiana; hoy se han cambiado de forma irrevocable las tornas), los palestinos cristianos tienen como única salida el convertirse al Islam. Pero ¿por qué una familia que es cristiana, y vive con alegría su fe tiene que renunciar a ella por presiones? Para el estado judío son «palestinos», sin distinguir si son cristianos o musulmanes. Los cristianos de Belén son una minoría que les estorban a todos.
            En la conversación que mantuve con mis amigos me insistían en que «aquí no tenemos futuro»;  «no hay trabajo, no podemos salir de aquí» (Belén está aislado por el Muro y por los controles - «check point» - militares que rodean la ciudad y sus aledaños). ¿Qué futuro les podemos dar a nuestros hijos? Se crían entre muros; no conocen nada del exterior; vivimos bajo presiones continuas; ¿en qué trabajarán sin o hay industria? La única solución es marchar…
            Aún más grave. En la conversación salió el tema de los cristianos de Irak que están siendo obligados a convertirse o a salir de sus casas so pena de muerte. La noticia de las ejecuciones de  cristianos de Irak por parte de uno de los grupos islamistas más radicales, que han llegado incluso a constituir un nuevo «califato», han llegado a Belén. Me decían: «tenemos miedo; si el fundamentalismo yihadista de Siria e Irak se extiende aquí, tendremos también que dejar nuestras casas y salir huyendo…». Y, ¡sorprendentemente!, añadieron: los únicos que nos protegen de estos fundamentalistas islamistas (aunque no lo hagan por eso, ni es lo que buscan), es el ejército de Israel. ¡Paradojas de la historia y de la política! La guerra de Israel contra Hamas y los fundamentalistas, de forma indirecta, sin que lo pretendan, sirve para contener la expansión del movimiento del califato del Norte (Siria-Irak) y para proteger a los atemorizados cristianos de Belén. Me decían: «si la cosa se hace insoportable, dejaremos todo… y también nosotros nos iremos». Insistían: «decidlo, que se sepa en Occidente».

Yo lo digo. Los cristianos de occidente vivimos muy tranquilos; podemos hacer profesión de nuestra fe sin que nos cueste nada. Una fe «sosa», «aguada», «light», que puede caer en el aburrimiento, en el desencanto, en el tedio, en el sopor, en la apatía… Este mismo año pregunté en una charla a un grupo de profesores, en un colegio religioso: ¿estaríais dispuestos a pasarlo mal por mantener vuestra fe? Uno de ellos, dijo sin medias tintas, en voz alta y clara: «¡yo no!».
Oremos, recordemos, tengamos muy presentes a todos los cristianos perseguidos por profesar la fe de Cristo… entre ellos, con mucho cariño, a los cristianos de Belén.

Pedro Ignacio Fraile Yécora


1 de Agosto de 2014