CORRUPCIÓN E IDOLATRÍA

             No hay que justificar la entrada de este «post». Son tantos, y tantos, y tantos los casos de corrupción que no hay que explicar por qué me detengo a una reflexión sobre este asunto. La corrupción, nos centramos en la económica, porque hay otras muchas (sexuales, afectivas, laborales, emocionales etc.) que las dejo intencionadamente a un lado.
            ¿Por dónde empezar? Quizá con el dicho latino: «corruptio optimi, pessima». La corrupción de lo óptimo (de lo mejor, de los más noble y excelso), es lo peor, es lo más deplorable y detestable. Volveré sobre este punto.
            La corrupción que tiene que ver con el dinero es tan antigua como el mundo. Ya en el Nuevo Testamento, un mago quiere comprar el don del Espíritu Santo cuando ve que Pedro impone las manos sobre los nuevos bautizados; Pedro le dice: «al infierno tú con tu dinero, por pensar que el don de Dios se puede comprar» (Hch 8,19); desde entonces este grave caso se denomina «simonía», pues el corrupto que quería tener en sus manos y controlar a su antojo lo más divino, al mismo Espíritu de Dios, era «Simón el Mago».
            Juan Ruiz, el «Arcipreste de Hita», por tanto un clérigo católico español, de las tierras de Guadalajara, nos regala ya en el siglo XIV unas coplillas en las que habla de cómo el dinero corrompe a todos: nobles y lacayos, de sangre azul y de sangre roja, políticos y sirvientes, clérigos y pueblo llano de Dios. Recordemos algunos versos, que luego populizará en los años 70 el cantautor Paco Ibáñez.

Hace mucho el dinero, 
mucho se le ha de amar;
Al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.





También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten en hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, 
más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de sí señor. (…)


En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,
toda cosa del siglo se hace por su amor. 

            Y Francisco de Quevedo, madrileño, en el siglo XVI, dedica una de sus ingeniosas poesías al «Poderoso caballero don Dinero»

Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

            Cuando en las noticias de prensa, televisión y radio, vemos noticias que hablan de los miles y millones de euros que cobran por comisiones, por favores, por callar, por mirar a otro lado… decimos indignados: «¡no hay derecho!» «¡Que paguen hasta el último céntimo y devuelvan todo lo robado!» Y así debería ser. Estoy convencido de que si un partido político pusiera como obligación sin excusas, como norma obligatoria sin discusión, que los corruptos devolvieran todo el dinero que han robado y amontonado para ellos y sus amigos, muchos obtendrían su voto. La gente sencilla está indignada, y con razón.
            Ahora bien, si nos ponemos la mano en el pecho, tenemos que reconocer que todos, en mayor o menor grado, participamos de este «deseo» de enriquecernos. Seguro que los lectores de estas palabras no podemos hablar de cientos ni de miles de euros; pero reconocemos que podemos regatear unos euros al fisco si está en nuestras manos. No vamos tampoco a presumir de «impolutos» cuando la batalla de la vida hace que vayamos luchando todos por un dinero que nos ayudan a vivir con dignidad, y por qué no decirlo, con cierta holgura.
            El problema está más hondo. Como siempre, me voy a esta condición humana de la que estamos hechos; a este barro del que a veces renegamos. Hacemos del dinero, que es un medio necesario para vivir, un fin en sí mismo: ganar, acumular, acaparar, amontonar euros, aunque se lo tengamos que quitar a otro.  Aunque sepamos que otros no comen, ni tienen casa… El afán por el dinero es insaciable; no acaba nunca; siempre más… aunque tengas que pisar a personas. La usura no tiene ni misericordia ni compasión: pasa por encima de todo. La corrupción de lo mejor es lo peor de todo, decíamos unas líneas más arriba: la corrupción de un medio que nos hemos dado los humanos para vivir, puede llegar a ser nuestra propia tumba si se hace mal y perverso uso de él: del dinero se pasa a la idolatría del dinero.
            Las tablas de la Ley, las de Moisés, ya nos advierten de la idolatría «No tendrás dioses fuera de mí» (Éx 20,3). La idolatría del corazón es más que tener monigotes en casa; es adorar y poner nuestras fuerzas en lo que no es Dios y quiere ocupar el lugar de Dios. El dinero no es divino; es un medio para hacer intercambios comerciales, para pagar trabajos y esfuerzos humanos, para dar debida satisfacción a unas personas que quieren vivir; pero el dinero no se puede acumular en montones porque se quita a otros. La Biblia es muy clara al respecto; ¿y Jesús, qué dijo? Lo sabemos muy bien: «no se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

Pedro Ignacio Fraile Yécora



LA EXALTACION DE LA SANTA CRUZ


Hoy, 14 de Septiembre, es la fiesta de la «Exaltación de la Santa Cruz». Fiesta hermosa y popular. En mi ciudad natal, Tarazona, es el «Santísimo Cristo de la VOT (Venerable Orden Tercera)», memoria de la presencia franciscana. Para la gente de a pie es sencillamente «el Cristo». En torno a Tarazona muchos pueblos celebran también la fiesta de la cruz del Señor. Hoy quiero acercarme a esta fiesta desde la poesía.

La primera cita, cómo no, me lleva al poeta sevillano y soriano, andaluz y castellano, católico doliente y descorazonado, que no ofensivo ni indiferente, que es Antonio Machado. En su poema «al Cristo de los gitanos» dice: ‘no puedo cantar ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar». Hermosas palabras que Juan Manuel Serrat ha divulgado por todo el mundo hasta el punto de que ni él mismo es dueño de su canción: por doquier se canta esta hermosa letra y esta hermosa melodía, pero… ¿qué quería decir Antonio Machado? ¿no queremos cantar la cruz redentora de Cristo? ¿preferimos al Jesús de Galilea que anuncia el reino de Dios entre los pobres, a orillas del mar de Galilea, y no queremos al que entregó su vida hasta el final y fue ajusticiado por los dirigentes en Jerusalén? No lo sé… pensemos. Y leamos de nuevo a Antonio Machado.

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el nazareno?

¡Oh, la saeta al cantar
al Cristo de los gitanos
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar.

Descendimiento de Cristo. Santo Sepulcro de Jerusalén
Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz.

Cantar de la tierra mía
que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores.

¡Oh, no eres tú mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino el que anduvo en la mar

         


Una poesía anónima del siglo de oro español, que se atribuye sin saber bien por qué a san Francisco Javier, se dirige al Cristo «clavado en una cruz y escarnecido», y juega con las paradojas tan del gusto de los poetas místicos españoles: «aunque no hubiera cielo, yo te amara» y «aunque no hubiera infierno te temiera». La cruz de Cristo tiene esa capacidad de ponernos frente a él. Miramos y nos mira. Le interrogamos y nos interroga. Cuentan del Santo cura de Ars que una vez entró en la iglesita de su parroquia y vio a un campesino mirando al Cristo. El buen cura le preguntó ¿qué hace usted? Y el campesino le dijo: «yo le miro y él mi mira». Dejemos que hable el poema.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

            Entre las poesías a Cristo crucificado siempre me ha impresionado la dedicada al hombre sufriente desde la experiencia del dolor propio, que la autora denomina ‘mi carne enferma’. La experiencia del dolor humano tiene su espejo en Cristo crucificado. No creemos en un «dios de juguete» que no comparte nuestra vida. La experiencia del dolor acompañar el devenir diario del ser humano, y el amor de Cristo crucificado abraza al hombre que sufre en su carne y en su espíritu. Abraza para amarlo, para decirle que Dios no le ha abandonado.

La sangre de Cristo salva a la humanidad. Santo Sepulcro de Jerusalén

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y sólo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
 cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

Gabriela Mistral

Quiero concluir con un himno litúrgico y con una antífona. El himno nos adentra de nuevo en la paradoja cristiana: la victoria y la vida que nos regala Cristo está en su cruz: ‘Victoria, tú reinarás, ¡oh cruz, tú nos salvarás!

Peregrina besa la cruz de Cristo en el Gólgota. Santo Sepulcro de Jerusalén
























 ¡VICTORIA! ¡TÚ REINARÁS!
¡OH CRUZ! ¡TÚ NOS SALVARÁS!

El Verbo en ti clavado,
muriendo nos rescató.
De ti, madero santo,
nos viene la redención.

Extiende por el mundo,
tu Reino de salvación.
¡Oh cruz, fecunda fuente,
de vida y bendición!

La gloria por los siglos,
a Cristo libertador.
Su cruz nos lleve al cielo,la tierra de promisión.

La antífona es luminosa a la vez que hermosa:


“Tu Cruz adoramos, Señor,
y tu santa resurrección
alabamos y glorificamos,
Por el madero ha venido
la alegría al mundo entero”.

 Que pongamos, como el campesino de Ars, nuestros ojos en Cristo crucificado.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
14 de Septiembre de 2016
Exaltación de la Santa Cruz

           

TRES BODAS POSTCRISTIANAS EN LA VIEJA EUROPA

Un buen amigo me dice que el estilo de mis artículos es «periodístico» y que mis escritos son «apologéticos». La primera palabra es un elogio… ¿y la segunda? La segunda, que parece un insulto o un «palabro», ha tenido siempre su función en la sociedad. La «apología» tiene que ver con la «defensa», o mejor con la «defensa argumentada» de valores o principios filosóficos, morales y religiosos. Si es así, tampoco me importa ser un «apologeta». Mi blog lleva el nombre de «peregrino» porque los que vamos por la calle con los ojos abiertos nos fijamos en las personas que se cruzan con nosotros (o nosotros con ellas, dependiendo de la perspectiva de quien habla); detenemos nuestra mirada crítica e irritada en las calles sucias; vemos con preocupación el aumento de mendigos que han renacido en un número nunca visto en nuestras calles; nos paramos a leer los carteles que convocan al gran público a un poco de todo: desde fiestas salvajes interminables sin normas de ningún tipo, hasta cursos de meditación impartidos por un gurú innombrable que acaba de llegar a la ciudad y que nadie conoce, o la humilde y sentida petición de ayuda de un inmigrante que busca trabajo, que puede planchar y cuidar ancianos. Todo es objeto de la mirada del peregrino.
En este último fin de semana (de viernes a domingo), o sea tres días, he estado con amigos en momentos, lugares y circunstancias muy distintas. Los tres habían asistido a unas bodas. Entre ellos no se conocían ni fue un tema buscado adrede; salió en la conversación porque ellos lo sacaron. Son de ambientes sociales diversos. No doy más pistas.
Las tres tenían en común que eran «postcristianas», que las familias de los novios –o al menos de alguno de los dos- eran profundamente religiosas y católicas, y que hicieron ritos alternativos. Vayamos por partes. Una se celebró en el pre
pirineo aragonés; la otra en la cuna de la Castilla del Cid; la tercera en un lugar del norte de Francia en una antigua abadía que hoy pertenece a manos privadas.
Las tres tenían en común que no hubo sacramento del matrimonio, pero sí hubo «rito». Los ritos no son de nadie, son de la cultura. Escanciar un buen vino es un rito: se reúne un grupo de personas, se abre la botella, se echa al escanciador, se huele y se lleva un poco a la boca, se pone cara de circunstancias…; preparar una buena paella tiene su rito: se hace al fuego con leña, solo la puede hacer uno, el maestro; él va echando los ingredientes, se enfada si alguien quiere meter mano o echar más sal…, es un rito. Las personas necesitamos los «ritos»; un ganador de una competición no recibe su medalla por correo, sino que suena un himno, la llevan en bandejas, y alguien que dicen que es importante se la pone al cuello. Hay muchos ritos, y entre ellos algunos son «ritos religiosos». Las tres bodas tuvieron un «ritual»: es imprescindible que alguien presida, anime o dirija; los gestos necesitan de unas palabras oportunas y acertadas, etc. Pues bien, en las fotos de una de estas bodas me enseñaron una mesa a guisa de altar, con manteles y con una copa de cristal (¿de vino, de cava?); el presidente de la ceremonia iba vestido de arlequín (sí, sí… de colores verdes y rojo, con campanillas y gorro); delante de él los novios, alrededor los invitados. En otra el presidente leyó la ley civil correspondiente, y unos amigos hicieron llorar a los presentes contando sus andanzas de adolescentes y jóvenes. En la tercera hubo lecturas cristianas, poemas hindúes y pensamientos filosóficos; música selecta y hasta una bendición.
Las tres tenían en común que las novias iban vestidas como manda la tradición (de blanco), al menos en dos de las tres; se había habilitado un sitio ad hoc y que el espacio celebrativo no era un templo cristiano: jardines, piscinas, campo…
Resumiendo: tres bodas de antiguas familias cristianas (padres y abuelos), donde los hijos/nietos optan (porque quieren), por la celebración ritual y el compromiso civil pero no por el sacramento. Tres bodas donde se reproduce un esquema en muchos casos tomado de la Iglesia, pero donde Dios se da por descontado, como en una fiesta donde hay personas que ni están ni se les espera. Dios parece formar parte del «bagaje obsoleto» de los tiempos pasados.
Quiero expresar decididamente mi aprobación del amor de dos personas; de la libertad que tienen para tomar decisiones tan importantes como son el día de su boda: cómo quieren vivir con sus personas queridas este hecho tan fundamental. No lo cuestiono.
¿De qué quiero hablar? De algo más sutil, que quizá se nos escapa: del sacramento. Al menos del sacramento cristiano de unos bautizados. La fe es un don precioso, que se nos presenta y que a acogemos o no; que quizá hoy no acogemos y que de aquí a unos años buscamos con ansiedad, queriendo recupera el tiempo perdido; un don que un día lo defendíamos con orgullo y decisión pero que hoy nos cuesta. Pero es un don, que no todos acogen. Respeto máximo por los que no creen y por los que buscan a Dios. También, por supuesto, por los que creen.
La pregunta se vuelve a nosotros, los cristianos. Algunos con los que comentaba esto (el hecho evidente de unos hijos de cristianos que rechazan el sacramento) decían con palabras llenas de tristeza, que se entendían perfectamente: ¿qué hemos hecho mal? La respuesta es… Nada. Nada hemos hecho mal. No se puede culpabilizar a padres/madres, a abuelos/abuelas, profundamente creyentes, de que sus hijos no se sientan llamados, es más, impelidos, a pedir el sacramento a la Iglesia. Culpabilización malsana, nunca; reflexión lúcida, sí.
Yo me vuelvo a lo importante, a lo que merece la pena. ¿Cómo es nuestra experiencia de Dios? ¿La vivimos de forma que otros, hijos y nietos, vecinos y allegados, digan, ‘qué suerte tiene fulanito/a de ser creyente? ¿La comunicamos con sana normalidad o la escondemos para que no nos tachen de «bichos del pasado»? Cuando uno cree en Dios y lo vive con paz y alegría, ni lo va escondiendo, ni pide perdón por ser creyente. Tampoco agobia a nadie, ni «da la vara» hasta hacerse insoportable.
¿Cómo podemos hacer visible, cálido, deseable para tanta buena gente, el don precioso de la presencia sanadora y amorosa de Dios en el sacramento del matrimonio? ¿O acaso nos conformamos con decir que con tal de que sean buenos chicos y de que se quieran, ya basta, aunque no haya sacramento, que total no es para tanto? Más aún, ¿qué sabríamos decir nosotros del valor del sacramento que un día celebramos y que vivimos?
Ante una realidad emergente, como es el de las bodas no religiosas, pero que se sirven de ritos con referencias religiosas inequívocas (lecturas, músicas, palabras sentidas, gestos, símbolos); ante una realidad emergente como es la de que los hijos/sobrinos/nietos de grandes y convencidos cristianos no quieren el sacramento, no podemos dejar de preguntarnos. ¿Cómo vivimos nosotros, los que nos confesamos cristianos, esta presencia real, no virtual; este vínculo religioso, no sentimental; este encuentro salvador con Cristo, no símbolo neutral, que es el sacramento?
Los cristianos no deberíamos tanto quejarnos, que a veces se nos va la fuerza por ahí, cuanto redescubrir que tenemos la preciosa tarea de hacer presente, en la vida, en la calle, y en la celebración vital de los sacramentos, a Cristo vivo.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
6 de Septiembre de 2016


LA RELIGION EN LAS BARRICADAS DE LA ENSEÑANZA



            Estamos asistiendo en España, una vez más, a la dura batalla de la enseñanza de la religión en la escuela. La sensación que se tiene en algunos momentos es la de los bajorrelieves egipcios, que siempre pintaban de perfil a sus protagonistas; «ponerse de perfil» es una postura que ha pasado a nuestro lenguaje, pero sobre todo a nuestro posicionamiento en temas en los que no nos queremos mojar. La otra sensación es que, ante este incómodo tema, a veces parecemos a esos niños que juegan a no escucharse; unos quieren decir algo y otros gritan y gesticulan, «bla, bla, bla…» impidiendo que haya comunicación. ¿Estas son las únicas salidas a un asunto de calado mayor?
Pienso que hay que mojarse en este asunto, y yo desde estas páginas lo voy a hacer. Voy a evitar los clásicos argumentos que ya conocemos, como que los niños tienen que conocer su propia historia, su arte, sus costumbres, sus fiestas, su calendario (¡un magma que es cristiano en España y en buena parte de Occidente!), so pena de tener generaciones de nuevos indocumentados o incultos; este argumento está más que de sobra planteado y argumentado. Además tiene un punto débil, y es que el mundo desde hace años es de todos; todos pertenecemos a esta «aldea global» que tiene muchas expresiones de arte, de costumbres y de calendarios. La religión así entendida se funde en la historia universal o en la historia del arte, y ya es suficiente.
Otro argumento es el de la «identidad». Hablo de España, incluso de los países que nos rodean (Portugal, Italia, Francia…). Pertenecemos a un occidente no sólo cristiano, sino católico. No se puede explicar la identidad del occidente mediterráneo (y también del sajón y eslavo) sin apelar a la configuración del pensamiento cristiano: sentido de la historia, de la libertad, de los valores morales, de la familia. Este segundo argumento tiene dos puntos débiles. El primero es que no habría que hablar de «herencia o identidad cristiana», sino «judeocristiana», pues la libertad y la responsabilidad del ser humano son judíos antes que cristianos, son «bíblicos»; lo mismo podemos decir del sentido del «caminar en la historia», pues el primer peregrino es Abrahán. El segundo punto débil es que no todos aceptan hoy que estos «valores judeocristianos» (y en muchos casos islámicos) sean definitivos. Estamos asistiendo a una desvalorización del sentido histórico, a un cuestionamiento serio de la familia, del sentido de la libertad etc. Parece que el mundo de la identidad (o identidades), sería más propio de la filosofía (o filosofías).
Según esto, si la cultura antigua y las costumbres pueden estudiarse como historia, como antropología o como filosofía, ¿para qué explicar o enseñar religión en la escuela? Voy a adentrarme en otros campos, más complicados.
1) La religión como fenómeno humano. La religión tiene esa condición difícil de explicar, de ser indómita. Cuando parece que ya está sometida del todo, aparece de repente un grupo, unas personas, que dicen que creen en Dios. ¿No habíamos quedado en que eran etapas de la inmadurez humana que con el progreso se resolverían (A. Comte)? ¿No habíamos quedado en que eran estados enfermizos provocados por la represión, el miedo, la debilidad y la frustración? (S. Freud) ¿No habíamos aceptado que era consecuencia de una situación de sometimiento y sumisión, de droga para poder aguantar y justificar la penosa situación de millones de seres humanos? (K. Marx) Según esto, el ser humano maduro, libre de miedos atávicos y liberado de las situaciones opresoras, dejará de ser religioso. Pero, mira por dónde, no es así. La religión y las distintas formas religiosas renacen con fuerza sorprendente en los lugares más inhóspitos. Los campos de exterminio nazi deberían haber sido lugares para ahogar para siempre la pregunta sobre Dios; pero curiosamente mientras unos decidieron definitivamente que Dios no tenía derecho a existir ante tamaña crueldad, otros se dirigieron a él, afirmándolo y preguntando si tenía sentido tanto horror. Ahora estamos viendo cómo ante los asesinatos en masa de miles de personas en la crueldad del Estado Islámico, muchos se refugian en Dios como el único que les puede dar cobijo. Mucho más cerca, para andar por casa: cuando a un familiar cercano le detectan una enfermedad incurable, por ejemplo un cáncer, unos se enfadan con el mundo; otros se recogen y oran. Y son personas maduras e inteligentes. Dicho de otra forma; la escuela no puede ignorar un fenómeno complejo, que es profundamente humano, como es el caso de la religión. La religión no es ajena al ser humano, sino que las «semillas religiosas» las lleva dentro; una veces germinan, otras no. Unas veces dan fruto y otras no; pero están ahí.

2) La religión en la futura convivencia mundial. Hasta hace poco más o menos cincuenta años, por dar una fecha redonda, las masas de población (familias, pueblos, ciudades) estaban por lo general configuradas por personas más o menos homogéneas. En Zaragoza había una gran mayoría de «aragoneses» si bien siempre había gente de otras partes (principalmente de España). Hoy no es así. En cualquier ciudad española hay, junto con los españoles de cualquier parte (por razones de trabajo, o de matrimonio, o por lo que sea), ciudadanos que son marroquíes, rumanos, ucranianos, senegaleses, peruanos, argentinos, chinos, filipinos, polacos… En esta enumeración que acabo de hacer podríamos decir, de forma rápida que los marroquíes son musulmanes, los rumanos son ortodoxos de la Iglesia de Rumanía; los ucranianos son ortodoxos de la Iglesia de Ucrania; los senegaleses en su mayoría musulmanes del África Negra; los peruanos son bien católicos o bien de alguna Iglesia evangélica; los argentinos pueden ser católicos, judíos, o nada…; los chinos son un misterio, hay budistas, católicos, protestantes, animistas, nada…; los filipinos y polacos por lo general son católicos… Se juntan todos en la misma escuela. Los profesores no pueden hablar de religión sin saber qué niños tiene delante. No puede ignorar a nadie, ni tampoco hacer bromas. El niño tiene sus derechos y es protagonista de su educación. El profesor tiene que ser exquisito al abordar este tema. La futura convivencia, estoy convencido, no pasa por expulsar la religión de la escuela, sino por saber situarla en el lugar que le corresponde. Esto que digo para España, vale para casi todos los países del mundo.
3) La religión como fuerza humanizadora. La religión siempre ha tenido mala fama. Cuando yo era estudiante decíamos que era una de las «Marías», con la gimnasia o educación física y los trabajos manuales. Los dos últimos han sido recuperados: los trabajos manuales son ahora «tecnología» y la gimnasia tiene carta de ciudadanía en todos los deportes que se favorecen en la vida social. La religión ya no es la hermana pequeña, sino que se le considera inútil o inservible. ¿Esto es así? Es verdad que la religión tiene en su hondón una antropología que la sociedad actual rechaza en buena medida. Nuestra sociedad moderna lucha abiertamente contra conceptos religiosos como «pecado» o «salvación»; no quiere ni oír hablar de ninguno de los dos. La filosofía y la psicología se adentra en otros semejantes, que no son lo mismo, como los conceptos de «error/fallo» («todos cometemos errores, voluntarios o no») o los de «felicidad» y los de «satisfacción/frustración» (¿quién no quiere ser feliz?, ¿quién no quiere cumplir de forma satisfactoria sus expectativas?). Pero sin ser muy inteligentes o duchos en el asunto, sabemos que no estamos hablando de lo mismo.
La religión tiene dos palabras humanizadoras que le son propias. Podríamos hablar de tres, las virtudes teologales, por ser don de Dios: la fe, la esperanza y el amor. El amor es la principal y suma de las dos anteriores, como nos dirá san Pablo; pero el amor no es «propiedad privada» de la Iglesia, ni siquiera de las personas religiosas. Muchas personas no creyentes encuentran el sentido de la vida en el amor. Es así.
Sin embargo, junto con el amor, los creyentes tenemos dos «armas humanizadoras»: la fe y la esperanza. Por la fe ponemos todo nuestro esfuerzo, toda nuestra confianza, todas nuestras energías en aquello en lo que confiamos. La fe es motor, no rémora. Por la esperanza miramos al futuro, no nos conformamos con las soluciones parciales o raquíticas; levantamos la mirada por encima de lo previsible, de lo material. La religión es fuerza que humaniza. ¿Más argumentos? Seguro que los hay. Yo pienso que la religión, bien entendida, tiene carta de ciudadanía en la escuela. No basta con ponerse de perfil o con jugar a no dejar hablar o no escuchar al otro. Hay que sentarse, dialogar y discurrir sin prejuicios.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
2 Septiembre 2016