Evangelio: Juan 8,1-11
En
aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó
de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les
enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en
adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido
sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las
adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder
acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado
que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más
viejos.
Y
quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se
incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha
condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te
condeno. Anda, y en adelante no peques más».
Leemos detenidamente el texto que encontramos en san Juan.
Partiendo de un estudio literario, desde la crítica textual, algunos autores proponen que este texto pertenecería a Lucas, considerado el «evangelista de la misericordia».
Desde un punto de vista antropológico y cultural, estamos en una escena de condena de una mujer acusada de adulterio. El castigo de la Ley es la lapidación (Lv 20,10); pena de muerte para la prometida o esposa infiel al hombre a quien legalmente pertenece, aunque todavía no viva con él (Dt 22,21). Los varones presentes «cumplen» con la Ley. No se echa la culpa al varón como adúltero, sino que la culpa es de ella; en nuestra sociedad actual, este detalle chirría y nos enoja.
Desde
una perspectiva religiosa del judaísmo del siglo I, la escena se desarrolla en el Templo, lugar sagrado
por antonomasia. Los que llevan a la mujer son los «escribas del partido
fariseo»; los acusadores no buscan tanto a la mujer cuanto a Jesús. No buscan
una «sentencia», pues Jesús no es un «juez», sino que se pronuncie sobre la Ley
(le llaman «Maestro»). Podríamos parafrasear a los acusadores así: «La hemos
sorprendido en adulterio, ¿qué hacemos?, ¿la llevamos al tribunal competente o
la ejecutamos sin más?» (Gn 38; Dt 17,7). Jesús no responde de inmediato; luego contesta con
unas palabras que hoy siguen resonando más allá de los ámbitos religiosos: «El
que esté sin pecado que tire la primera piedra».
Nadie puede ser juez
inmisericorde de otra persona, pues todos estamos hechos de barro. Nadie puede presumir de no haber
caído nunca en una contradicción, error consentido o pecado. Jesús, una vez
más, da salida a la situación desenmascarando a los falsos piadosos, echándoles
en cara su pecado y salvando a la mujer. Las últimas palabras del texto,
«tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más», son una exhortación
apremiante a la compasión y el perdón. El texto funciona como un «espejo» para todos y cada uno
de nosotros.

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