
Si traigo hoy al blog su recuerdo, no es con el afán de «salvarlo»
perpetuando su memoria entre nosotros. La memoria humana es muy frágil, y la
«vida perdurable» que confesamos los cristianos, no es en ningún caso un fruto
maduro de este recuerdo perenne de los suyos. Sabemos que llegará un día que
nadie se acordará de él, ni de nosotros…. ¿Eso es la «vida eterna», que alguien
te recuerde? Evidentemente no. Los creyentes sabemos que, aunque el recuerdo
humano es muy frágil, Dios no «tiene memoria», sino que «es memoria». Dios no
tiene que «hacer un esfuerzo» por recordar o tiene que lamentar que «se haya
olvidado» de alguien. Nuestros nombres están escritos en Dios. Nuestra
esperanza y nuestra seguridad están en Dios. Sin embargo, somos de carne y
hueso; estamos amasados de memoria y sentimiento; por eso es bueno y necesario,
aunque sea frágil, el recuerdo de las personas que hemos querido. «Justo y
necesario», como decimos en la liturgia católica.
He querido poner dos adjetivos
en el título que acompañen al sustantivo «recuerdo». Un «recuerdo agradecido».
La vida de José Antonio estuvo marcada por la generosidad. De ello saben bien
los proyectos que inició en Burkina Fasso (escuela, guardería, pozos de agua…),
todo fruto de una amistad con el Padre Eugenio, carmelita oriundo de este país
al que conoció en Jerusalén. ¡Cómo hablaba de Burkina y de su gente! ¡Con qué
cariño! ¡Qué ilusión! Un año completo quiso marchar allí para dedicarse por
entero a la misión que él mismo había iniciado y para la que no se cansaba de
buscar patronazgos. En más de una ocasión yo le acompañé a pedir dinero para
sus proyectos, como si de un «pobre mendicante» se tratara. Eso sí, «mendicante
de la caridad para los pobres».
Un recuerdo agradecido
porque las personas, y más aún las instituciones, con frecuencia no lo son. Su
vida, compartida con otros muchos lugares queridos, sin duda, estuvo marcada
por Jerusalén y por la «Casa de
Santiago». Yo era su amigo y confidente, y me explicaba todos los proyectos que
tenía… y que desgraciadamente nunca se llevaron a cabo. También me confiaba los
estorbos, tropiezos y dificultades que encontraba a su paso. Me hablaba del
solar que tenía la Obra Pía, cerca de las Teresianas, en Jerusalén; él soñaba
con una casa española allí, cerca de l’École, del Instituto Albright, de la
Puerta de Damasco… El otro día pasé por allí y vi cómo el solar sigue allí,
lleno de malas hierbas; sin visos de que nadie actúe o lleve idea de actuar. Me
acordé de José Antonio.
Me hablaba de las
gestiones que había hecho con los Hermanos de la Salle, en la Ciudad Antigua;
con las Franciscanas Misionera de María, junto a la Puerta de Damasco… Muchas
gestiones para procurar una casa en la ciudad, moderna y cómoda, para los
estudiantes de Biblia que fueran a estudiar a Jerusalén en una institución de
la Iglesia Española. José Antonio se fue en un día de finales de Abril, y nos
dejó como legado el sueño inacabado (hoy sigue todo igual) de una casa española
digna en Tierra Santa. Pocos, o me atrevería a decir que nadie como él, ha
soñado día tras día con este proyecto. Pocos, casi nadie, han reconocido y
agradecido sus desvelos y esfuerzos.
El segundo adjetivo que
acompaña al sustantivo «recuerdo» es el de «esperanzado». José Antonio era un
hombre de fe recia. Heredada de padres, de familia, de tronco enraizado. Son
ese tipo de fe sólida, hecha con historia de cristianos viejos, y amasada con
sufrimiento y esperanza a partes iguales. No me imagino a José Antonio desesperado. No me lo imagino
renegando o enfrentándose a Dios. El «heme aquí» de María, en la escena de la
Anunciación, le hace más justicia: «aquí estoy», «que se cumpla en mí».

«Tanto
dolor se agrupa en mi costado,
que por
doler me duele hasta el aliento.
Un
manotazo duro, un golpe helado,
un
hachazo invisible y homicida,
un
empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi
desventura y sus conjuntos
y siento
más tu muerte que mi vida».
El ser humano es ser que vive del sentido: nace
con sentido, vive con sentido, y muere con sentido. Un sentido que está en él,
por su dignidad, pero que a su vez lo busca en su «marca indeleble», la de «hijo
amado de Dios». Por eso el sentido del ser humano, en visión cristiana, se
torna en esperanza. No estamos amenazados por la destrucción y el olvido, sino
por la Vida y la Resurrección.
Del magistral poema de Miguel Hernández siempre cito el final porque me parece sublime. Con el joven agricultor poeta de la huerta levantina, usando sus palabras, 'te requiero' para una larga conversación en el cielo:
'que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero'
Parafraseando a este poeta, con el debido respeto, sin tener su luz, su dominio del lenguaje ni su maestría, he escrito estos versos para José Antonio, extensivos a tantas personas que queremos y que ya están en los brazos del Padre. Si os sirven, podéis poner otros nombres y rostros.
'que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero'
Parafraseando a este poeta, con el debido respeto, sin tener su luz, su dominio del lenguaje ni su maestría, he escrito estos versos para José Antonio, extensivos a tantas personas que queremos y que ya están en los brazos del Padre. Si os sirven, podéis poner otros nombres y rostros.
Yo quiero ser el hortelano
de la tierra que ocupas,
mi buen amigo y hermano.
Yo quiero ser el jardinero
que llora tu pérdida
y cultiva tus recuerdos
Te necesito y «te requiero»,
compañero del alma,
de la vida compañero.
Sé que nos encontraremos
después del sueño de la muerte
porque Dios nos hizo eternos.
(Pedro Fraile, adaptación libre de la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández)
‘Abuna’ José Antonio, amigo y confidente; fiel
creyente; hombre de Dios, presenta nuestras vidas al Padre, al Buen Dios, ¡Abuna,
hasta el cielo!
Pedro Ignacio Fraile Yécora
28 de Abril de 2010
http://pedrofraile.blogspot.com.es/