El
problema de Siria es muy complejo y se nos escapa. Tiene que ver con antiguos
regímenes árabes socialistas laicistas que han desembocado en dictaduras
familiares; tiene que ver con la división del Islam y su lucha por la
preponderancia en el mundo árabe (sunitas y chiíes); tiene que ver con una
presencia cristiana anterior al Islam, perseguida a muerte por unos y por
otros. Allí hay mucha violencia, unas veces transmitida al mundo y otras
silenciada por intereses que se nos escapan. Allí se juega mucho el equilibrio
actual entre Occidente y Oriente. Como si de una maldición se tratara, las
tierras de Siria y Palestina están condenadas a ser tierra donde se hacen las
guerras las potencias extranjeras. En la Biblia se nos dice que allí
combatieron babilonios contra egipcios; egipcios contra hititas… hoy combaten
norteamericanos contra rusos… La
historia se repite; cambian los protagonistas, pero no los escenarios ni los
intereses. Desde esta página, un grito: ¡No a la guerra! ¡No a esta guerra, ni
a cualquier guerra! ¡No al terror! ¡No a la barbarie!
En
este ambiente de preocupación real es obsceno hablar de la riqueza cultural de
Siria. Algunos pensarán que Siria es un gran desierto, sin nada interesante.
Falso totalmente. Desde esta página dedicada a Tierra Santa voy a ir mostrando
algunas de las maravillas de este país.
Cuando
el viajero mira a derecha e izquierda, y cree que ya sólo hay un interminable
desierto de arena que no alcanza con la vista; cuando piensa ingenuamente que
es un audaz descubridor de sendas por las que nadie ha pasado antes…., ve una
indicación en la carretera que dice: «a Palmira». Esta ciudad con nombre de
mujer, guarda en medio del desierto, las huellas de lo que fue una ciudad
populosa, culta, exquisita, romanizada, allá por el siglo III d.C. La ciudad,
de origen nabateo, alcanzó su esplendor con la reina Zenobia (266-272 d.C.).
Pedro Ignacio Fraile Yécora
3 de Septiembre de 2013