El título me lo dio, supongo que
sin querer, el sacerdote que ayer celebró la misa del segundo domingo de
Pascua. Es un hombre mayor, muy bien formado, que además predica muy bien.
Comenzó recordándonos que seguíamos celebrando la alegría de la Pascua. Siguió
con el centro del texto evangélico, cuando Tomás dice «Señor mío y Dios mío».
Aquí enganchó un discurso sobre la importancia de creer en Jesús y cómo las
generaciones jóvenes, siendo en general buena gente, viven de espaldas a esta
fe. Una buena homilía, bien pronunciada y bien trabada, que acabó con un hilo
de melancolía (recordando otros tiempos que no volverán) y de no disimulada
tristeza.
Ahora muchos de vosotros, o
todos, entenderéis el título de mi artículo. El buen sacerdote nos quería
invitar a que no nos avergonzáramos de nuestra fe cristiana, a que estuviésemos
orgullosos de ella y dijéramos como Tomás, después del encuentro con Jesús en
Pascua, «Señor mío y Dios mío». Es más, el evangelio de ayer nos dice que los discípulos
«se llenaron de alegría al ver al Señor». Dicho con palabras de hoy: «es una
suerte y una alegría ser cristianos».
La
fe se «confiesa». Es «confesante». Uno de los títulos de los cristianos de
todos los tiempos es precisamente este, el de «confesor de la fe», que en
muchos casos acaba en martirio. Precisamente por eso, la «perversión» de muchos
de nuestros contemporáneos (sean de derechas, de izquierdas, o
«mediopensionistas», que para esto no hay colores), es precisamente el de negar
el derecho de los cristianos a ser «confesores». Lo dicen de una forma más
«educada» (¡ay la politesse!), que es
la de decir que la fe «es cuestión privada».
Yo
la verdad es que nunca lo he entendido. Yo puedo ir a una manifestación (algo
público, pues las manifestaciones se hacen con ruido, en la calle, para que se
vean y se oigan), pero sin embargo no debo «manifestar públicamente mi fe» (eso
es algo «de puertas adentro»). Una persona puede decir que pertenece a tal
partido o asociación pública (sea la que sea), pero no está bien visto que diga
«soy católico». Muchos en la Iglesia dicen que tiene que ser así, que esto es
lo correcto. Ser cristiano pero sin manifestarlo expresamente. Pues yo no lo
entiendo.
El
otro día vi en la tele que, con motivo de la horrible, ignominiosa, abominable
y sacrílega situación de los deportados por Europa a Turquía, había un grupo
de personas que se habían movido para recoger ropas, zapatos y productos de
primera necesidad. Se trataba de una parroquia, regentada por una orden religiosa
bien conocida en la sociedad española; pues bien, los medios de comunicación
que oí hablaban de que esta noble y humana acción la organizaba ¡una ONG!
Seamos un poco puñeteros: si lo organiza una ONG tiene el aplauso del público,
pero ¿y si lo organiza una parroquia, no se puede decir?
Es
verdad que Jesús nos dice en el evangelio que seamos sencillos; que no toquemos
las trompetas cuando demos limosna; que devolvamos bien por mal etc. Pero
también nos dice que demos testimonio de la verdad. En este caso que nos ocupa,
la verdad es que muchas veces las opciones que toman los cristianos no son por
bonhomía, sino como consecuencia de su fe.
¿Es
imprescindible decir que somos cristianos a todas horas, por la mañana, por la
tarde, por la noche…? Probablemente no. Pero tampoco hay que esconderse, ni
jugar al despiste, ni fomentar equívocos, ni pedir perdón por creer en Jesús.
¿Es usted cristiano? «Pues sí, oiga; además me encanta mi fe». Lo dicho, con el
evangelio de ayer en la mano: «se llenaron de alegría al ver al Señor», y
también, como Tomás, decimos a Jesús «Señor mío y Dios mío»
Pedro Ignacio Fraile
Segundo Domingo de Pascua 2016