CONTINUACIÓN DE LOS TRES POST ANTERIORES
III. MINISTROS DE LA NUEVA ALIANZA
3.1.
Discípulos del Señor Jesús
Las más variadas culturas, incluidas las corrientes religiosas,
presentan a los fuertes, sabios y ricos como «hombres realizados». Pero este no
es el camino del evangelio, y ello implica una revolución radical, pues
presenta al siervo humillado y escarnecido, coronada de espinas y vestido con
un manto de púrpura como «el hombre». Este es el hombre, sigue resonando en la
vida espiritual de todo discípulo de Jesús.
La clave no está en la exaltación del «dolorismo», sino en el sentido
que nace del «amor entregado». Ser hombre es, ante todo, desarrollar la
vocación de la libertad en el amor.

Ante todo
somos discípulos de Jesús de Nazaret, y nuestra referencia está en el
crucificado, en el Jesús «Siervo de Yahveh». Así lo ha leído la Iglesia desde
los mismos textos evangélicos. En la persona de Jesús se revela en plenitud la
salvación de Dios en el servicio humilde y en la compasión con los débiles.
«Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve»
(Lc 22, 27).
El ministerio público de Jesús está marcado por una serie de
rasgos constitutivos y diferenciadores de otros predicadores ambulantes. De
ellos destacamos dos: uno es que Jesús comprende su misión desde el servicio;
el otro, que Jesús comprende su misión desde la compasión. Ante las
expectativas de los discípulos que quieren ver en su mesianismo un «asalto al
poder», y ante los fariseos que cargan con enormes fardos pesados las espaldas
de los conciudadanos, Jesús se presenta a sí mismo «como el que sirve» (Lc 22,
27).
Surgió también una discusión entre ellos sobre quién debía ser
considerado como el más grande. Él les dijo:
"Los reyes de las naciones las tiranizan y sus príncipes reciben el nombre
de bienhechores. Entre vosotros no ha de ser así, sino que el mayor entre
vosotros será como el más joven, y el que mande como el que sirve. En efecto,
¿quién es más grande, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No es el que
se sienta a la mesa? Pues bien, yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
(Lc 22, 25-27)
En Mateo y Marcos Jesús se presenta como ‘el Hijo del hombre’ que
no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por
todos’. En los tres textos, Mateo, Marcos y Lucas añaden una precisión
importante para el tema que estamos tratando. Jesús les dice: ‘Entre vosotros
no debe ser así, sino que si alguno de vosotros quiere ser grande, que sea
vuestro servidor’.
«Se me conmueven las entrañas»
El otro gran tema que podemos tomar de los sinópticos, que marcan
el ser y el actuar de Jesús y que, de nuevo sirven de referencia para una
espiritualidad sacerdotal, es el de las «entrañas de misericordia». Es un tema
bien conocido, pues Jesús cuando se conmueve, trasparenta el mismo ser de Dios
en el Antiguo Testamento. De la misma forma que Dios se «conmueve» por Israel
en el profeta Oseas, Jesús se conmueve por el nuevo Israel al que ha sido
enviado en el Evangelio.
3.2. Ministros de la «Nueva
Alianza» en Jesús (2Cor 3,6)
Retomamos el texto fundamental de la «Pastores Dabo vobis», que
para explicar la misión del sacerdote parte de la misión de Jesús en la
Sinagoga de Nazaret. El evangelista presenta a Jesús como el «Ungido» que
«cumple» el plan de salvación de Dios. La misión de Jesús no es sino la que el
Padre le encomienda. La misión del sacerdote se entronca en la misión de
Jesús:
El sacerdote tiene como relación fundamental la que le une con
Jesucristo Cabeza y Pastor. Así
participa de manera específica de la «unción» y de la «misión» de Cristo (Lc
4,18-19). (Pastores Dabo Vobis 16, 1992). Lucas presenta un caso distinto, pues
no lee en clave mesiánica los textos del segundo Isaías, sino los del tercero.
Jesús, en la sinagoga de Nazaret, asume la condición de Mesías tal como lo
había anunciado el tercer Isaías. En este caso no se trata de asumir sobre sus
hombres las culpas ajenas, sino anunciar la «Buena Noticia» a todos los que en
este mundo necesitan una esperanza desde el corazón mismo de Dios. Después
explica que el sacerdote no sólo cumple su misión «en la Iglesia», sino al
frente» de la Iglesia, como cabeza y pastor que es en continuidad con Jesús.
a) El ministerio de la «nueva alianza»
Pablo, de forma distinta a Hebreos, también pone su mirada en la
Antigua Alianza. Juega con la imagen conocida de Moisés, que se cubría con un
velo el rostro. Los israelitas, dice Pablo, siguen intentando ver a través del
velo, mientras que Jesús es la revelación manifestada. Estamos en tiempos nuevos, en los tiempos de la «alianza nueva», y
nosotros somos sus ministros.
‘Esta confianza que
tenemos en Dios nos viene de Cristo. No presumimos de poder pensar algo por
nosotros mismos; si algo podemos, a Dios se lo debemos. Dios, que nos ha
capacitado para ser ministros de una alianza nueva, basada no en la letra de la
ley, sino en la fuerza del Espíritu’ (2Cor 3,4-6)
Un ministerio confiado por Dios.
Pablo insistió repetidamente que el anuncio del evangelio no es
para él un deseo, un voluntarismo, sino que nace de un encargo. Pablo afirma
que ‘Dios, en su misericordia, nos ha confiado este ministerio. Por eso no nos
desanimamos. Al contrario, evitamos los silencios vergonzosos, el proceder con
astucia y el falsificar la palabra de Dios.
Y ante el juicio que puedan hacer
todos los demás delante de Dios, nuestro testimonio consiste en proclamar
abiertamente la verdad’ (2Cor 4,1-2)
Un ministerio de reconciliación
Acabamos de escuchar que se trata de
un ministerio que busca «proclamar abiertamente la verdad». Un poco más
adelante afirma que es un «ministerio de reconciliación». ‘Todo viene de Dios que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de
Cristo y nos ha confiado el ministerio de reconciliación.’ (2 Cor 5,18)
b) Somos «ministros del evangelio»
Pablo, de oficio evangelizador.
Si le dejamos hablar a él, con sus propios textos, dos de ellos
son especialmente significativos. El primero nos habla en el comienzo de la
carta a los romanos de su condición de apóstol de por vida: “Pablo, siervo de
Jesucristo, apóstol por la llamada de Dios, elegido para predicar el evangelio
de Dios” (Rom 1,1). En el segundo, tomado de la carta a los corintios, dice
explícitamente Pablo, ‘me llamó a evangelizar’.
El evangelio y su fundamento es Jesús.
¿Qué es evangelizar? Para Pablo el evangelio no es un conjunto de
ideas nuevas a contraponer a las ya conocidas de las filosofías de la época.
Tampoco es una variante de la religión judía, como si cambiando los «acentos»
todo lo demás sirviera. La Buena Noticia
es una persona:
“No nos predicamos a
nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor; nosotros somos vuestros siervos
por amor de Jesús” (2Cor 4,5).
¿En que técnicas se debe basar este anuncio? ¿Qué fundamentos son
los más apropiados para asegurar una base sólida y estable? Sólo Cristo es el
único «fundamento» desde el que organizar toda la historia y en el que basarse.
Pablo se lo recuerda a la comunidad de Corinto, muy dada a buscar apoyos y
seguridades en lo humano, bien en sus dotes espectaculares, bien en su poderío según lo humano:
“Porque nadie puede poner
otro «fundamento» que el que está ya puesto, que es Jesucristo. Sobre este
«fundamento» uno puede construir con oro, plata, piedras preciosas, maderas,
caña y paja’. (1 Cor 3,11-12)
«Todo por el evangelio»: urgencia y privilegio y
tarea.
La evangelización ¿no es en algunos ambientes una palabra con
«mala prensa»? Es verdad que el anuncio del evangelio ha ido de la mano
desgraciadamente, y en ocasiones, con la «conquista», con la «colonización»
tanto social como cultural. Otras veces se identifica con la
ideologización». Para Pablo no tiene
ningún tinte negativo o peyorativo, todo lo contrario, es una responsabilidad y
encargo. ‘Todo lo hago por el evangelio,
para participar de sus bienes’ (1 Cor 9,23).
- Urgencia de la
evangelización. En una serie de preguntas
retóricas, Pablo va engarzando el núcleo de la cuestión. No se puede invocar a
Cristo si no se cree; no se puede creer si nadie le ha anunciado al Señor. El
anuncio del evangelio no es una opción entre otras; es ‘la opción’. La única
para alguien que ha sido tomado del todo por Cristo; es una responsabilidad que
brota de la experiencia propia antes que una imposición externa.:
“Ahora bien, ¿cómo van a
invocar a aquel en quien no creen? ¿Cómo van a creer en él si no han oído
hablar de él? ¿Y cómo van a oír hablar de él si nadie les predica? Y ¿cómo
predicarán si no son enviados? (…) Por consiguiente, la fe proviene de la
predicación; y la predicación es el mensaje de Cristo” (Rom 10,14-17).
- Privilegio: La evangelización no se puede entender de forma contrariada, como
a quien le ha tocado una mala suerte.
Para Pablo el anuncio del evangelio es, por este orden, un «privilegio», una
«tarea sagrada», un «servicio a Dios»:
“A pesar de todo, me he
atrevido a escribiros para recordaros algunas cosas. Lo hago en virtud del
privilegio que Dios me ha concedido de ser ministro de Cristo Jesús entre los
paganos; mi tarea sagrada consiste en anunciar el evangelio de Dios, para que
la ofrenda de los paganos sea agradable a Dios, consagrada por el Espíritu
Santo. Como creyente en Cristo Jesús, tengo motivos para estar orgulloso de mi
servicio a Dios” (Rom 15, 15-17).
- Tarea: ¿Qué es evangelizar sino dar a luz, engendrar, provocar una nueva
vida? ¿Acaso la fe no es un alumbramiento, un nuevo nacimiento? No se trata
tampoco de algo repetitivo, cargado desde el inicio de unas rémoras imposibles
de llevar. Tiene la frescura y la novedad del recién nacido.
“Porque aunque tuvierais
diez mil pedagogos que os hablen de Cristo, no tendríais muchos padres, pues
por medio del evangelio yo os he engendrado en Cristo Jesús. Os suplico, por
tanto, que sigáis mi ejemplo” (1 Cor 4,15).
Evangelización: tiempos, derechos y estrategias.
Aún podemos hacernos dos preguntas. ¿hay algún tiempo favorable
para la evangelización? ¿qué derechos tiene el que dedica su vida al evangelio?
- ¿Hay algún tiempo
favorable? El evangelio se anuncia «a tiempo y a
destiempo» (2Tim 4,1). El evangelizador no tiene «tiempos reservados», sino que
su vida está dedicada a la misión. Así
lo entiende san Pablo en una de sus cartas pastorales:
“Yo te conjuro ante Dios
y ante Jesucristo, que ha de venir como rey a juzgar a los vivos y a los
muertos: predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, corrige,
exhorta con toda paciencia y con preparación doctrinal” (2 Tim 4,1-2).
La segunda pregunta es qué derechos tiene el apóstol. Se trata
tanto de un estilo de vida como de una forma de vivir. El estilo no puede ser
otro sino el de la humildad. El apóstol se presenta ante la orgullosa y
soberbia comunidad de Corinto como un pobre hombre que tartamudea, que casi no
se atreve a explicar argumentos complicados. Un hombre que sólo sabe hablar de
Cristo. San Pablo reconoce que sus interlocutores son sabios y entendidos. Por
eso él no pretende ponerse a su altura, sino presentarse como alguien que sabe
muy pocas cosas. Lo que sabe es la sabiduría de Dios manifestada en Cristo:
“Hermanos, cuando llegué
a vuestra ciudad, llegué anunciándoos el misterio de Dios no con alardes de
elocuencia o de sabiduría; pues nunca entre vosotros me precié de saber otra
cosa que a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado. Me presenté entre vosotros
débil y temblando de miedo. Y mi palabra y mi predicación no se basaban en la
elocuencia persuasiva de la sabiduría, sino en la demostración del poder del
Espíritu, para que vuestra fe no se fundase en la sabiduría humana, sino en el
poder de Dios” (1Cor 2,1-5).
Sabemos con certeza que Pablo trabajó con sus manos. Por una parte
le daba gran libertad, por otra respondía a quienes le acusaban de hacer de la
evangelización un modo de vida:
“Prefiero morir antes que
verme privado de este glorioso título. Porque si predico el evangelio no tengo
de qué sentir orgullo; es mi obligación hacerlo. Pues ¡ay de mí si no
evangelizare! Si hiciera esto por propia
voluntad, merecería recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo con una
misión que se me ha confiado. ¿Cuál es, pues, mi recompensa? Que predico el
evangelio y lo hago gratuitamente, no haciendo valer mis derechos por la
evangelización. (…) Todo lo hago por el evangelio, para participar de sus
bienes (1Cor 9,12-23).