Dicen
que el «llorar» no es de «hombres». ¿Sabrá alguien por qué lloran los hombres?
Dicen que el «llorar» nos humaniza; probablemente esta segunda afirmación nos
reconcilia con nosotros mismos y con el resto de nuestros compañeros de viaje.
¡La vida es un viaje!
Son
dos llantos distintos. Los dos son llantos de humano y llantos de hombre. El de
Jesús es porque «ve», porque «sabe», porque «siente en su corazón», porque «le
toca el alma y la vida», que Jerusalén se cerró al plan de Dios y se va a
volver a cerrar de nuevo. Jerusalén le va a decir «no»; le ha recibido alegre
como Mesías al cruzar desde el monte de los Olivos y entrar en la ciudad santa,
y a continuación le va a condenar a muerte: «nos sacas los colores; nos dices
la verdad en nuestra cara; eres insoportablemente honesto; eres testigo de
nuestra injusticia y nuestra sed de venganza: nuestro veredicto es que tienes
que morir». Jesús llora por la dureza de corazón del ser humano. De entonces y
de siempre.
El
llanto de Pedro es el de una persona que quiere, pero ha calculado mal sus
fuerzas. Quiere pero no puede. Quiere pero le tiemblan las piernas. Pedro no es
mala persona; no es un gran pecador; no es abominable. Pedro es todo corazón,
pero es de barro. Cuando le piden que dé la cara, se «raja»: «no le conozco», «no
sé de qué me hablas», «déjame en paz»… Pedro, cuando se dio cuenta de lo que
había hecho, «lloró amargamente».
No sé si es un descubrimiento. Para mi lo ha sido. Antes de escribir
estas líneas me he tomado la molestia de buscar en la Biblia con uno de esos
«buscadores» que nos regala la informática moderna. En latín (ya sé que el
Nuevo Testamento está escrito en griego, no me lo recriminen); en latín sólo
aparece dos veces el verbo «llorar» en pasado, en tercera persona del singular
(flevit), y las dos veces en san
Lucas. Una vez dice que «Jesús lloró por la ciudad de Jerusalén» (flevit super illam, Lc 19,41); la
segunda vez dice que «Pedro lloró
amargamente» (Petrus flevit amare, Lc
22,62) después de haber negado tres veces a Jesús.
Jesús tenía una mirada
intensa, penetrante, que no dejaba indiferente a nadie. Jesús miró la ciudad y
lloró. Pedro tenía una mirada más a ras de corazón, de sentimientos, y también
lloró. Se puede llorar de rabia, de dolor, de amargura, de amor, de enfado, de
tristeza, de debilidad, de impotencia, de compasión, de miedo, de alegría.
Y tú, ¿lloras? ¿por qué lloras? ¿lloras con
frecuencia? Llorar nos hace humanos. Pedro lloró… y Jesús lloró. Sea como sea,
se llora porque se es de carne y sangre, porque se es de barro, aunque sea
«barro enamorado».
Pedro Ignacio Fraile Yécora
21 de Noviembre de 2013
http://pedrofraile.blogspot.com/