La otra noche, cenando con unos amigos, salió el tema de los «libros de autoyuda». Uno de ellos decía que había leído varios, que en un momento de su vida le habían servido, pero que hoy le «sabían» a poco; que él «buscaba» más, que «necesitaba» más. Sin querer estaba poniendo las bases de su diagnóstico: los verbos «saber/saborear», «buscar» y «necesitar». El ser humano, constitutivamente hablando, está creado para «saborear» las cosas gustosas de la vida; en su ADN lleva grabado el «buscar» respuestas que le satisfagan; es un ser «necesitado» de una luz que no proviene de él. Somos soñadores de sueños posibles; exploradores de mundos reales; llevamos la semilla de Dios en nuestro corazón.

Pasemos a la Tierra Santa. No faltan quienes reducen lo religioso a su pequeño mundo, particular, único: «es mi experiencia», «es mi verdad», «la mía, la que me vale a mí». Parecería que la experiencia religiosa estuviera reñida con la historia, con la tierra. Sin embargo, también pertenece al mundo del «a,e,i,o,u» de la teología que la fe cristiana se caracteriza por la «encarnación». Creemos en un Dios que se mete en la historia y lo hace con todas las consecuencias. El que se embarra se mancha de barro; Dios se embarra. El que vive una vida humana, experimenta el olor y el hedor de lo humano; Dios se «enhumana». Para los cristianos, la tierra, el paisaje, lo humano, no es una dificultad para creer, sino que es el lugar de la teología. Para hacer teología hay que preguntarse por el hombre, por la antropología; para comprender la antropología hay que preguntarse por Dios, por la teología.
Cuando nos metemos en la Sagrada Escritura leemos la historia de la condición humana con sus éxitos, pero también con sus miserias de todo tipo. Dios salva este «ser humano real». Cuando vamos a Tierra Santa vemos que Jesús no nació «en el aire», sino en una cultura y en una sociedad: en la cultura hebrea y en la sociedad judía del siglo I antes de nuestra era común. Jesús era, por medio natural, un hombre del mediterráneo; por condición racial, heredero de los semitas; su identidad era la forjada en siglos de historia por el pueblo judío.
La fe cristiana no nace de una experiencia de autoayuda, si bien pone lo humano en el fundamento y en el centro. La fe cristiana nace de un «acontecimiento» histórico. Cuanto más ahondemos en él, mejor sabremos comprender la riqueza del evangelio. ¿Plástico o plata? Que cada uno elija. Pedro Ignacio Fraile Yécora.