Muchas veces cuando nos presentamos como «cristianos» en
un grupo que no tiene por qué serlo, vemos cómo alguien interviene o se queda
con las ganas de decir: «pues la Iglesia…». No dicen «yo creo que Jesús…», o
«para mí el Evangelio…» sino que directamente apuntan a la Iglesia. En el fondo
hay una conciencia de que ser cristiano tiene que ver con la Iglesia, pero ¿por
qué no se refieren a Jesús o a su evangelio? Creo, sinceramente, que es muy
difícil que alguien que haya leído el evangelio o que haya tenido un mínimo de
acercamiento a Jesús se sienta indignado, molesto o reacio con él. Yo soy
católico, y mi credo es el credo de la Iglesia católica; me «duele la Iglesia»…
pero también soy consciente de la dificultad que estoy presentando. Para
recuperar el sentido de «Iglesia de Jesús», hay que volver a Jesús y a su
evangelio. Un viaje o peregrinación a Tierra Santa dan buena cuenta de ello.
Jesús no «sermoneaba» y tampoco
ponía adivinanzas a la gente. Hablaba de forma muy sencilla, para que lo
entendiesen todos: «el Reino de Dios se parece a un hombre que salió a sembrar;
o a un hombre que encontró un tesoro…». Campos sembrados se pueden ver en todas
partes, sin necesidad de ir a Tierra Santa; que los tesoros son deseados es también muy
compresible. Cuando se va a Tierra Santa sorprende la sencillez de los ejemplos
que ponía Jesús y cómo arrastraba a todos: ¿dónde residía la autoridad de su
palabra? ¿Qué decía de extraordinario? ¿Por qué esas imágenes eran tan
poderosas entonces y no lo parecen ser ahora? El evangelio se presenta no como
algo sabido, como un texto «aparcado» en nuestra memoria, sino como un continuo
despertar de preguntas, como un desinhibidor de sentimientos, como un
despertador de nuestra conciencia religiosa más adormecida. Puede ser que
algunos no necesiten esta agitación interior para recuperar las páginas
evangélicas, pero sin duda para muchos de nosotros el viaje a Tierra Santa no
sólo es un estímulo, sino un verdadero revulsivo y motor interior. Pedro Ignacio Fraile Yécora.