
Saber «sobre» Dios. En una cultura que
valora mucho el «saber», el tener «conocimientos», podemos preguntarnos qué
sabemos sobre Dios; qué podemos decir sobre él. De la misma forma que podemos
elaborar un discurso o ponencia sobre historia, política, sociedad, arte o
psicología, también podemos articular una propuesta coherente sobre el problema
de Dios y su misterio. Pero ¿es lo mismo tener conocimientos sobre Dios que
creer en él?
Saborear a Dios. Cuando hablamos de
Dios tenemos que recurrir necesariamente al mundo de la experiencia, propia y
ajena. Nos faltan las palabras y aun sin querer usamos símbolos; no podemos
ofrecer fotos ni dibujos de Dios y nos servimos de imágenes aproximativas a un
misterio que nos envuelve y a la vez nos desborda. Es una presencia y una
realidad que, cuando se ha hecho vida, no se olvida, porque no es una «lección
aprendida», sino una parte viva de lo que somos y sentimos. Por eso, más que
«saber sobre Dios», lo que necesitamos es «saborear a Dios».
Confesar a Dios. La fe cristiana es
confesante y a la vez es moral. El cristiano cree en Dios «en» la Iglesia y
«con» toda la Iglesia, y a la vez se compromete en su día a día con la fe que
profesa. Para un cristiano, la fe que profesa en un Dios cercano e íntimo,
misericordioso y compasivo, libertador y justo, la vive en su pequeño mundo.
Dios es Padre de todos, es el Hijo amado revelado plenamente en Jesús, es el
Espíritu vivificador y dador de vida. Dios es comunidad que ama, y sólo se
tiene acceso a Dios desde el amor. Sólo el que ama puede «saber» de Dios,
«saborear a Dios» y vivir según la voluntad de Dios. Por eso podemos decir, 'dime cómo vives, y te diré en qué Dios crees'.
Pedro Fraile