Uno de los problemas que tenemos
hoy los cristianos es cómo acercarnos a la Biblia. No sólo es una razón
«teológica», pues para un creyente se trata no de un simple libro sino de la
«Palabra de Dios»; es también una razón «cultural», pues con frecuencia nos
repelen textos que bien parecen anclados en un pasado ya superado (como es el
caso del relato de la creación), bien son violentos y pensamos que no hay que
leerlos.
Una tercera razón, más allá de las
dos anteriores, es una razón de lectura creyente. El Nuevo Testamento es más
fácil, pero ¿cómo leer el Antiguo Testamento sin renunciar a nuestra condición
de creyentes y de personas de este mundo occidental del siglo XXI?
Os propongo no una lectura
«literal» de textos mínimos, sino una lectura creyente y narrativa desde la
perspectiva de los personajes. Dicho de otra forma, se trata de ver que cuando
leemos la Biblia ,
no intentamos «ajustar a nuestra vida» historias que no nos importan, sino que
podemos decir que ‘esta historia que leo, es mi historia’.
Los
pasos son tres:
Primero:
la experiencia humana
Segundo:
el personaje tal como nos lo presenta el texto bíblico
Tercero:
la teología (nuestra idea de Dios) que subyace y que debemos cambiar.
1. Abrahán: de la búsqueda a la obediencia
La experiencia humana. Con frecuencia nos encontramos
con personas inquietas. Inquietas por su futuro porque tienen ambición, o
inquietas por las grandes preguntas que una y otra vez vuelven a su vida. Puede
ser que esta persona, si es religiosa, busque una palabra en Dios. Pero, ¿qué
Dios? ¿Vale con el Dios de los padres? ¿Es suficiente la fe heredada o hay que
ponerse en camino? ¿No es mejor conformarse con lo que ya sabemos? ¿Y si en el
camino se pierde incluso las pocas seguridades que nos quedan? ¿Hay que fiarse
de los otros o hay que rechazar? ¿Hay que partir de las seguridades o es mejor
no fiarse de nada ni de nadie, el escepticismo absoluto? ¿Juega Dios con
nuestros sentimientos?
La experiencia de Abrahám.
Abrahám es
descrito como alguien que vive en su casa con su familia. Debemos suponer, por
tanto, que tiene sus seguridades. Podría llevar su vida sin más complicaciones.
Podría seguir la religión de sus padres. Un día escucha una llamada que le dice
‘ponte en camino a la tierra que yo te
mostraré’ (Gn 12,1). Es lo mismo que decir: desinstálate, muévete, deja tus
seguridades y arriésgate.
Es más. Parece que Dios se le
está riendo, porque las dos promesas son absurdas: a una persona anciana cuya
mujer es estéril le dice que va a ser padre de una multitud como las arenas de
la playa o las estrellas del cielo. A una familia de itinerantes les promete
que les dará una tierra y que la habitarán (Gn 15,1-5;18; 22,17).
Abrahám puede tener el pecado de
la osadía, de la imprudencia... o puede correr el riesgo de la fe. Abrahám se
arriesga a pesar de que su mujer, Sara, se le ríe. Abrahám tiene la osadía de
albergar en su casa a unos personajes extraños e invitarlos a la mesa; ellos
serán los que anunciarán una buena
noticia tantas veces esperadas y tantas veces frustradas: va a ser el
padre de un niño (Gn 18,10-15)
Cuando la promesa de Dios parece
que se va a cumplir, Dios parece que se riera de nuevo del pobre y buen
Abrahám: quiero que sacrifiques a tu hijo (Gn 22). La prueba de que la fe de Abrahám
es segura se manifiesta aquí; sabe que Dios no le va a fallar y decide
obedecerle. Es obediencia en la fe; no obediencia ciega a un destino cruel,
sino a una promesa anterior: ‘multiplicaré
tu descedencia’. El ‘aquí estoy’
de Abrahám (Gn 22,11) no es un juego de palabras, sino una actitud de fe
confiada a la vez que obediente.

El recorrido de Abrahám es
actual porque ninguno de nosotros puede presumir de no tener que hacer el
camino de la fe y de pasa la prueba. Cada uno tendrá las suyas; tendrá que
dejar sus seguridades (la casa paterna, sus dioses) y correr el riesgo de una
fe que no sabes bien dónde te puede llevar. La fe bíblica te llevará a decir
‘hinnení’ aunque lo digas con los ojos llorosos. La experiencia de Abrahám es
que Dios ni se goza en el sufrimiento ni falla. Su camino es para buscadores,
pero buscadores que saben acoger el misterio del más grande.
2. Jeremías: la escucha del Dios incómodo

La experiencia de Jeremías. Jeremías ha pasado a la historia
por ser un personaje amargado: ‘lloras más que Jeremías’, se dice aún en
algunos sitios. En efecto, de él nos han llegado las confesiones (Jer
11,18-12,6; 15,10-21; 17,14-18, 18,18-23; 20,7-18); son, sin duda, sus textos
más significativos.
Jeremías es un ‘hombre de Dios
desde el seno materno’ (Jer 1,5). No podemos decir, por tanto, que sea un
converso, o un trabajador ‘de la última hora’, como dirá la parábola del
evangelio. Jeremías ha recibido la vocación siendo aún un muchacho y la ha
aceptado (Jer 1,6). Vive en una aparente contradicción: unas veces desea que
Dios hable (Jer 15,16); otras lo vive con angustia (Jer 20,8). Sin embargo su vocación profética le impide
callar la voz del Señor (Jer 20,9)
Su misión se convierte con
frecuencia para él en burla y escarnio (Jer 15,17-18). Tiene que nadar contra
corriente; tiene que predicar lo que no quieren oír. Cuando todos, pueblo y
políticos, dicen que la salvación viene de las tropas egipcias, que salvarán a
Jerusalén de su asedio, él dice de parte de Dios que no hay remedio, que el
pecado del pueblo ha llegado a su límite y es mejor que no pongan resistencia.
Jeremías es golpeado y condenado a muerte. Jeremías se enfrenta con un falso
profeta que halagaba los oídos de Jerusalén (Jer 28).
Jeremías es el hombre que sufre precisamente por ser fiel a su
vocación; por eso grita y protesta y llega incluso a decir que hubiera sido
mejor si no hubiera vivido (Jer 20,14-18). Es un profeta trágico, sufriente,
para nada tranquilizador de conciencias.
¿En qué Dios creemos?
El gran riesgo
de todos los creyentes es hacernos un Dios según nuestros prejuicios o a
nuestra imagen y semejanza. Puede ser que nos construyamos un Dios juez y
severo, que no transige con el mal hasta el punto de que está siempre irritado
y con mala cara. ¿No será que nosotros somos así y proyectamos en Dios nuestra
forma de ver el mundo y a los demás?
Puede ser, por el contrario, que
nos hagamos a la idea de un Dios bonachón, el abuelete que es cómplice con los
nietos frente a los padres y les pasa todo, ‘papa Noel’ que va repartiendo
regalos y dulces. El Dios revelado en Jeremías es, sin embargo, un Dios
desconcertante y exigente. Por una parte llama: Jeremías se sabe enviado por
Dios; por otra le envía a una misión que la vive como fuente de tensión. ¿Puede
ser esto así? ¿No será mejor no creer?
El Dios de Jeremías es un Dios
que no se deja manipular. Jananías es un falso profeta que dice hablar en
nombre de Dios. ¡Tremendo desconcierto! ¿A quién hacer caso? ¿Quién dice la
palabra de Dios? ¿El que pronuncia lo que nos gusta o el que dice la verdad
aunque no nos guste y nos moleste? El Dios bíblico da la felicidad, da la vida;
su palabra es verdadera, pero esto no
quiere decir que sea siempre agradable a nuestros oídos o que coincida
con nuestras apetencias en cada momento. ¿Cuándo leo la palabra de Dios la
siento como interpelante o como droga calmante que me da la razón?
3. Jonás: las convicciones contrariadas

La durísima experiencia de
Jonás. Jonás es
una buena persona y un buen judío. Sabe qué agrada a Dios y lo que le
contraría. Sabe que Dios es justo, que premia y castiga. Es más, ha recibido de
Dios mismo una palabra profética. Por lo cual debería sentirse privilegiado y
halagado. Jonás conoce bien la política de su tiempo y ha oído hablar de
Nínive, la gran ciudad impía donde abundan los ídolos abominables, donde la
gente no respeta los mandamientos de Dios y donde la sangre se derrama por
doquier. Nínive está, sin duda, llamada a la destrucción.
La palabra de Dios le dice, sin
embargo, que tiene que ir a Nínive para que anuncie un castigo venidero, el
pueblo tenga tiempo de convertirse y se pueda salvar. Jonás no sólo no lo
entiende, sino que se niega a obedecer: Nínive debe ser destruida. Jonás desobedece y huye; se va justo hacia el
oeste, hacia Tarsis, para huir de la misión. Después de muchas peripecias Jonás
predica la conversión y Nínive se convierte. Como el hermano mayor de la
parábola de Lucas, Jonás se enfada (4,1) y le pide a Dios que le quite la vida
porque su soberbia no soporta ver que los pecadores se hayan salvado. Por
segunda vez, Dios le corrige. Por medio de una ramita de un árbol donde se
había cobijado y que se había secado, el Señor le hace comprender a Jonás dónde
está lo importante y dónde lo secundario.
¿Quién corrige a quién?
No es demasiado
difícil encontrar entre gentes religiosas personas que se atreven a enmendar la
plana a Dios. Cuando se insiste en que el Dios Bíblico es un Dios de amor y de
misericordia, no falta quien diga: ‘Sí,
pero antes es justo’. A Dios le salen con frecuencia abogados que lo
quieren defender y corrigen otros textos bíblicos. Son como Jonás que se enfada
porque Dios es misericordioso y él está convencido de que se ha equivocado.
La fe supone no el decirle a Dios cómo tiene que actuar, o cómo debe comportarse en el mundo, sino en abrirse a su acción siempre desconcertante a la vez que iluminadora. El Dios bíblico no permite ser reducido a un ídolo que cogemos y dejamos, que castigamos o premiamos, que engañamos con nuestras mentirijillas y que le hacemos ir por donde nosotros queremos.
La fe supone no el decirle a Dios cómo tiene que actuar, o cómo debe comportarse en el mundo, sino en abrirse a su acción siempre desconcertante a la vez que iluminadora. El Dios bíblico no permite ser reducido a un ídolo que cogemos y dejamos, que castigamos o premiamos, que engañamos con nuestras mentirijillas y que le hacemos ir por donde nosotros queremos.
4. Elías: la pasión por Dios
La experiencia humana: ¿Conoces a alguien que defienda los derechos
de Dios? Puede ser que cualquiera de nosotros nos pongamos en esta texitura:
«no toleramos que se manche el nombre de Dios». Las razones son varias y distintas:
-
no permitimos que se mofen de Dios porque es nuestro Padre
-
no permitimos que nadie «use» el nombre de Dios para hacer magia, o
para manipularlo como si de un títere se tratara.
-
no permitimos que en nombre de Dios se explote a nadie; por ejemplo,
cuando decimos ante una catástrofe «es la voluntad de Dios».
Dios es Dios y no se puede
«reducir» a un sentimiento de bienestar, porque ¿qué hacemos cuando las cosas
no van bien, dejamos de creer en Dios?
Tampoco es un «Dios relojero»
que pone en marcha el reloj del mundo y se retira a descansar. El Dios de Jesús
es un Dios que sufre y que actúa.
¿Se puede vivir la fe en Dios de
forma «desapasionada» como si de algo accesorio se tratara? ¿Podemos vivir
igual cuando creemos en Dios?
-
Es el hombre que defiende a los pobres y se enfrenta a la reina
Jezabel porque ha mandado asesinar a un
pobre campesino para quedarse con su tierra (1Re 21,17). Dios no tolera la
injusticia
-
Es el hombre que se enfrenta a todos los profetas de Baal y es
perseguido porque confunden al pueblo y lo alejan del Dios verdadero (1Re 18,36-39)
-
Es el hombre que recibe una lección de parte de Dios: él no quiere la
violencia sino la presencia del Dios oculto; del que se revela pero que no se
puede asir, coger, capturar.
Elías ha pasado a la historia
bíblica como el «defensor del yahvismo». Moisés es el guía del pueblo, el
libertador y el compilador de las leyes de Dios. Elías es el que más va a
defender la verdadera fe contra todos los intentos de reducción a una idolatría
o de una fe movida por las «creencias», pero que olvida al Dios de la justicia.
Un profeta para nuestro tiempo. No es fácil hoy ni hablar de
Dios ni, mucho menos, sustraerlo a la acusación velada de que el monoteísmo es
la causa de la violencia remota de muchas situaciones de nuestras sociedad.
Sin duda que Elías es un profeta
violento, pues se enfrenta a los profetas de Baal por defender a Dios. Es un
profeta apasionado. Pero recibe de Dios una lección:
-
Él no está en el viento huracanado del que nos protegemos
-
Él no está el terremoto que destruye
-
Él no está en el fuego devorador
Dios se revela en ese «susurro»
apenas perceptible. Hay que salir de la cueva, hay que vivir en medio de mundo
y descubrir el paso de Dios por las vidas de las personas.