Los
presentes eran todos, o casi todos, católicos bien formados y convencidos. Yo
«jugaba en casa», como se dice en términos futbolísticos. No debía temer
intervenciones adversas o hirientes, pero me quedó ese «regustillo» que me hizo
pensar más tarde. ¿Por qué entre los mismos católicos hay ese «desapego» con su
madre la Iglesia?
El
tema es arduo, pero no por eso vamos a meterlo en el cajón de los temas que
siempre «trataremos mañana», porque no sabemos bien cómo hincarle el diente. Es
un hecho que la gente no católica, o los «veterocatólicos» (o sea, la gente con
educación católica pero que han renunciado de
facto a una visión de fe y a una práctica católica), tienen un gran respeto
por Jesús pero se posicionan con mucha dureza con la Iglesia. Lo curioso es que
este fenómeno se dé también en muchos ambientes eclesiales o eclesiásticos (dos
palabras de un rango similar, pero que no indican lo mismo).
El
slogan que se repite hasta la saciedad es: Jesús
sí, Iglesia no. Es un slogan trampa que ha sido muy bien recibido por
doquier. Resumiría pensamientos simples y fuertemente anticlericales como
«Jesús fue honesto, pobre, estaba con los pobres, y la Iglesia ni es honesta ni
está con los pobres, sino que se sirve de ellos». O también, «Jesús no inventó
la Iglesia. La Iglesia es un invento de los curas para vivir del cuento». El
público adepto y entregado a estos mensajes aplaude estas palabras hasta con
las orejas.
Otra
posición más sensata y matizada, de aquellos que no son anticlericales, o que incluso
son «cristianamente anticlericales» (cristianos que no aceptan el poder
omnímodo y exclusivo del clero) reivindican una «vuelta a Jesús», pero
desconfían del papel de la actual Iglesia, apoyados en argumentos históricos,
en análisis políticos, sociales y pastorales. Estos dirían «Jesús sí; Iglesia
distinta».
No
faltan quienes hacen una polarización de la Iglesia, dejando a un lado a Jesús,
a quien nadie discute. Dicen, poco más o menos, que hay dos Iglesias: «La
Iglesia buena y la Iglesia mala. La primera está con los pobres, es liberadora,
acogedora. La segunda es dura, fría y culpabilizadora». Otros dicen: una es la
Iglesia de la gente sencilla y otra la de la jerarquía. Unos son los «punteros»
y otros los «retrógrados». Que cada uno lo piense: ¿hay de verdad dos Iglesias
o es una simplificación y un simplismo? ¿De
verdad que es así? Yo conozco entre los primeros, gente que habla mucho y hace
poco. Entre los segundos, gente con un compromiso humano propio de santos
andantes. Dividir a la Iglesia en dos tiene un nombre, ya antiguo, «maniqueísmo».
Yo conozco a catequistas, visitadores de enfermos, animadores de la liturgia,
voluntarios de Caritas, grupos de oración etc. que van a la Iglesia con una
alegría y un sentido de pertenencia que nunca entenderían qué es eso de
«Iglesia buena y mala» o de «Iglesia progresista y una Iglesia retrógrada». Se
sienten felizmente Iglesia, aunque muchas veces les haga sufrir.
Dicen
que las cosas que amas te hacen sufrir. Si no sufres por algo es que no te
importa. Por ejemplo, a mí no me importa quién gane la liga, porque el fútbol
me da lo mismo. Sin embargo si me importa que en Siria estén asesinando niños,
algunos de ellos degollados, otros quemados. Eso me importa y me hace sufrir.
Cuando
miembros de la Iglesia cometen delitos sufro. Cuando los denuncian falsamente,
me duele, me enfado y doy un golpe encima de la mesa. Cuando atacan a la
Iglesia sin piedad, sin motivos, con ganas de hacerle daño, es como si me
atacaran a mí, porque yo no soy «un socio de un club que pago una cuota y me
desentiendo», sino que soy miembro de la Iglesia.
Llegados
a este punto hay que servirse de términos teológicos. Después del Vaticano II
se insistió mucho en la imagen de Iglesia como «nuevo pueblo de Dios». Una
imagen bíblica que nos une a la Historia de la Salvación y al Pueblo de la
Alianza, Israel, pero que no sé si ha tenido mucho éxito y aceptación más allá
de las canciones litúrgicas: «Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo de Dios,
bendice a tu Señor», o «Camina Pueblo de Dios…» o «Somos un pueblo y Cristo es
la cabeza…». La gente cuando habla de «pueblo» piensa en los habitantes de su
pueblo, donde ha nacido o donde vive; o también en términos de participación
democrática. La Iglesia no se refiere a ninguna de las dos: el pueblo/villa no
es de ninguna religión: allí hay o puede haber católicos y protestantes;
musulmanes y chamanes; muchos no son ya de ninguna religión o de una fusión de
todas: no existen pueblos católicos. Tampoco se refiere a la «democracia»; la
palabra griega que usa la Iglesia para hablar de «pueblo» es laós: de ahí viene laico (laikós) y liturgia (servicio público, crasis de leitón
y ergon); un palabra esta, laico, que hoy designa posiciones no
religiosas o incluso antieclesiásticas cuando en su origen estuvo relacionada
con el pueblo de Dios… ¡vivir para ver! A pesar del gran esfuerzo teológico y
pastoral hecho, me parece humildemente que nuestros católicos no se viven como
«pueblo de Dios». Admito críticas.
Otro
título, muy importante, para designar a la Iglesia y su misterio, es el de Cuerpo místico de Cristo. Esta
designación tiene tres valores: nos habla de «Cristo», pues no en vano somos
cristianos y no judíos; nos habla de «místico», uniéndonos a este sentido
espiritual a la vez que real aunque se nos escape; y nos habla de «cuerpo»,
dándole ese sentido visible, corporal, sensorial, versátil y activo. Siendo una
imagen profunda y lúcida, me temo que tampoco nos haya llegado.

Por
eso me pregunto, ¿entendéis a un hijo que hable mal, afee en público, o incluso
publicite los cansancios, las contradicciones, los errores cometidos por su
madre? ¿Qué le diríais a ese hijo? ¿Le echarías en cara a tu propia madre que
no supo educarte bien o que fue demasiado exigente contigo?
Jesús
sí, y la Iglesia también. No somos cristianos porque nos hayamos bautizado a
nosotros mismos o porque hayamos recorrido solos el camino de la fe. Somos
cristianos porque hemos sido bautizados en la fe de la Iglesia y creemos la fe
en Jesús Señor, reflexionada, contemplada y vivida en la Iglesia. Críticos, sí;
hijos, sí; pero ni falsos, ni amargados. Esta Iglesia, con sus errores,
arrugas, pesos; con sus aciertos y esperanzas, es mi Iglesia.
Pedro Ignacio
Fraile
San Sebastián, 20 Enero 2016