Esta noche acabo de ver un
espectáculo penoso en la puerta de Damasco. Varios cientos de judíos ortodoxos salían ordenadamente, en silencio, cabizbajos,
deprisa, como derrotados de una batalla, por la hermosa y noble puerta de la
muralla norte de la ciudad. Salían en una larga procesión de una sola dirección,
como si fueran deportados. Nadie entraba. Los que habíamos salido a dar un
paseo y nos habíamos acercado a la puerta de Damasco, verdadero centro de la
ciudad antigua, contemplábamos en la distancia, en silencio.
La policía antidisturbios les
observaba sin intervenir. Estaban relajados, al menos eso parecía, pero sin
duda el hacerles pasillo para que salieran por la puerta de forma ordenada y
continua no era mera casualidad.
He comentado a los que me
acompañaban: «esto no es normal». A veces, cuando te das un paseo en la víspera
del Sabat, ves cómo suben en grupos, separados, a distancia unos de otros… Ves
que se mezclan con los vendedores palestinos de la Puerta de Damasco en medio
de sus gritos. Pero esta noche no había gritos, sino mucho silencio; nadie
gritaba ni cantaba, ni daba voces; sólo se oía el paso y las bocinas de los
coches que pasan por la calle en su discurrir ordinario. Esta noche no había
vendedores en la puerta de Damasco; sólo una marea humana de personas vestidas
de negro, judíos observantes, que salían presurosos, probablemente porque les habían
«evacuado» del Muro de las
Lamentaciones.
Luego nos hemos enterado de que
los ortodoxos tienen un conflicto abierto con su gobierno a raíz de que ha
aprobado que sus jóvenes (estudiantes ortodoxos de sus Escuelas de Torah)
también tienen que hacer la mili, como ‘todo hijo de vecino’, y ellos no están
dispuestos.
Pedro Ignacio Fraile Yécora, Jerusalén 17 de Mayo de 2013