No
se trata de una competición de santidad. Roma es ciudad de oración, y de líos,
y de grandes bacanales y orgías (también de sangre), desde la época romana y
pasando por toda su dilatada historia. Jerusalén ha sido ciudad donde han
rezado multisecularmente las tres religiones monoteístas y, a la vez, ciudad de
violencias y tensiones permanentes.
No
se trata, por fin, de una competición en ‘cristiandad’. La una guarda el
Sepulcro del Apóstol Pedro, y el de san Pablo. La otra, la «tumba vacía» de
Cristo. El peregrino cristiano quiere hacer la ruta espiritual y carnal de los
lugares de la fe. El peregrino cristiano acude al Santo Sepulcro de Jerusalén a
cantar con toda la creación que la muerte ha sido vencida, que Cristo está
vivo; el peregrino cristiano acude a Roma a venerar la tumba del martirio de
Pedro, la piedra de la Iglesia, y la tumba de Pablo, el evangelizador. Roma es
la tierra de los mártires cristianos: comenzando por Pedro crucificado boca
abajo, para no morir como su señor Jesús; y Pablo decapitado, por ser ciudadano
romano. Mártires seguidos por otros tantos cristianos que se negaron a
renunciar a su fe, el Coliseo es lugar que rememora su fidelidad, confesando
que «sólo a Dios adorarás, y sólo a él darás culto». Los violentos, vanidosos y
endiosados emperadores de la gran Roma no soportaban que «un plebeyo cualquiera»,
incluso un esclavo o un niño, se atreviese a no adorarle a él. Es el triunfo de
los débiles, que tanto molestaba a Nietzsche.
Podemos,
sin embargo, establecer líneas de continuidad en la historia y en el arte entre
las dos ciudades. El general romano Pompeyo entró en Jerusalén el año 63 antes
de Cristo; dicen que llegó al Templo y entró hasta el Sancta Sanctorum entre el
espanto de los piadosos judíos que consideraban aquello como una profanación
terrible. Pompeyo esperaba ver la estatua de un dios o diosa, y al ver que no
había nada semejante, dijo con desprecio: «los judíos son ateos».
Jesús
murió siendo procurador romano un gestor aristócrata, de pocos escrúpulos y
muchos resabios, llamado Poncio, que prefirió la muerte del inocente a
enfrentarse a unos hombres, sacerdotes y piadosos judíos, que ni entendía ni
apreciaba en absoluto. Pilato nunca supo que por aquel acto, para él
insignificante, iba a pasar para siempre a la historia. Es más, iba a pasar al
credo de la fe que recitan millones de cristianos: Jesús padeció y murió
crucificado «bajo Poncio Pilato». ¡Es el único nombre de persona humana,
quitando a Jesús, que está en el credo!
El
general Vespasiano, hombre de cuartel y batalla, hizo sus campañas por el
oriente del mediterráneo, antes de ser nombrado Emperador por sus soldados y
regresar a Roma para tomar posesión de su sede; le encomendó la pacificación
iniciada a su hijo Tito, un general joven y novel, que ha pasado a la historia
por ser quien conquistó Jerusalén y la entregó a las llamas; arrasó la ciudad y
tiró piedra a piedra el Templo. Hasta el día de hoy los piadosos judíos
hodiernos siguen lamentándose de la pérdida del Templo, el lugar donde residía
la Gloria de Dios. El general Tito luego llegó a ser también él Emperador de
Roma, pero en aquel momento de orgía destructora aún desconocía cuál sería su futuro. En los
Foros Romanos, en el «Arco de Triunfo de Tito» aún se puede ver cómo los
soldados romanos llevan en andas como trofeo de guerra la Menorah que
alumbraba en el Templo y que fue
llevada, para siempre, a la ciudad del Tiber.
Hay
un episodio poco conocido. Un emperador romano, de origen hispano, llamado
Adriano, quiso que desapareciera «para siempre» el nombre de Jerusalén: «¡Nunca
más nadie pronuncie ese nombre fanático e ignominioso para un ciudadano culto y
descreído de la gran Roma! La nueva ciudad llevará el nombre de «Helia
Capitolina», porque su nuevo dios es el Sol (Helios) y está sometida a las leyes del Capitolio de Roma». Pobre
Adriano, no sabía que sus sueños de emperador no podrían nunca con el susurro
que recorre las calles de la vieja ciudad santa de Sión. Nunca existió en
realidad «Helia Capitolina», porque todos los creyentes judíos y cristianos
sabían que su nombre para siempre era, y es, el de Jerusalén. El salmista lo
había anunciado: «Si me olvido de ti Jerusalén, que se me pegue la lengua al
paladar, que se me paralice la mano derecha» (Sal 137,6).
Pues
bien, si en Jerusalén se habla del Santo Sepulcro Constantiniano (fundamento
del actual edificio), y en Belén se puede aún ver restos del pavimento en
mosaico de la Basílica edificada por él, en Roma también hay restos: unos
debajo de la actual Basílica de san Pedro, otros debajo de la actual Basílica
de san Pablo Extramuros. Los carteles rezan: «restos de la Basílica de
Constantino, del siglo IV».
Alguno
de los lectores dirá, te queda algo muy importante: «la Scala santa, la Scala santa…».
Hay una tradición que dice que en Roma, junto a San Juan de Letrán, se conserva
la escalera del Pretorio, lugar de la condena a muerte de Jesús por parte de
Pilato. Santa Elena, la madre del Emperador Constantino, la llevó a Roma. Los
más piadosos, aún hoy, la siguen subiendo de rodillas. Como diría Cervantes al
acabar su Quijote: «vale».
Roma
es «bella». Roma tiene la belleza inquietante y seductora de las ciudades que
van invitándote a que pases de nuevo por
cada una de sus callejas a la vez que te va diciendo: «no te empeñes, por mucho
que me recorras, nunca terminarás de conocerme». Roma es seducción permanente.
Jerusalén
es «envolvente». Te envuelven los olores de las especias, los colores de los
zocos, los gritos y cantos de las distintas confesiones religiosas: el imán que
llama a la oración, las campanas del Santo Sepulcro, los cantos de los judíos
en sus fiestas. Te envuelve la atmósfera de lo religioso. En Jerusalén
descubres que el hombre «animal laico» no existe: el ser humano es rito y
grito; es liturgia y pasión; es canto y silencio; es violencia en estado puro y
es amor desbordante; es riqueza y miseria al mismo tiempo. Jerusalén no seduce con
el encanto de Roma, pero te envuelve en su eterna sabiduría amasada de oración,
llanto, puño y embelesamiento.
Pedro Ignacio Fraile Yécora
2 de Enero de 2014
http://pedrofraile.blogspot.com.es/