Acabo
de llegar de una peregrinación a Tierra Santa. Allí he podido saborear las
palabras de Jesús en el «Monte de las Bienaventuranzas» y he podido saborear la
brisa de la tarde, cuando el sol se esconde en la hendidura del Valle de
Esdrelón camino del mar, en el «Monte Tabor».
En el segundo
monte Jesús se puso en presencia amorosa de Dios y se dejó llenar y
transfigurar por su padre. ¿Todo lo que estaba predicando por los caminos de
Galilea era lo correcto, lo que tenía que hacer en voluntad amorosa a su padre?
¿Las curaciones, las liberaciones de falsas ataduras, las rehabilitaciones de
las personas marginadas y las reincorporaciones a la sociedad, eran lo que Dios
quería de él? Jesús sabía que debía continuar camino de Jerusalén. Jesús sabía
que la «Buena Noticia de Dios» debía proclamarse en el corazón del judaísmo, en
el Templo, en la ciudad santa. La sabiduría de Dios manifestada en Jesús se
transformó en un «rostro resplandeciente», en una manifestación de su «gloria».
Un rostro y unas palabras: «este es mi hijo, muy amado, en quien me complazco».
Dios revela su sabiduría y el ser humano se goza saboreando la manifestación
amorosa y gloriosa de Dios.
Peregrinar a
Tierra Santa es entrar en una tierra de «sabores» y de «saberes», llevados de
la mano por Jesús. Cuando vayas a Tierra Santa, nunca vayas con la actitud del
«mal turista» que corre, sube y baja, entra y sale, deprisa, sin saber dónde
está y por qué está allí. Cuando vayas a Tierra Santa, saca tiempo para
sentarte, para oler, para ver despacio un paisaje, para hacer «memoria cordial»
de la presencia de Jesús, para «escuchar el evangelio» como si nunca antes lo
hubieras hecho. Cuando vayas a Tierra Santa, saborea y encontrarás sabiduría.
Pedro Ignacio Fraile
Yécora
http://pedrofraile.blogspot.com.es/
Octubre 2013