18 enero, 2026

¿Quién es cristiano, el que admira al hombre Jesús o el que proclama que en él se da la plenitud del Espíritu?

 

Evangelio: Juan 1,29-34

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús, que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».


  'Ecce agnus Dei" (Dieric Bouts 1462)

Comentario

El domingo de la semana pasada celebrábamos la fiesta del bautismo de Jesús en el Jordán. El evangelio de hoy se mueve en la misma escena, pero con una perspectiva distinta. Nos centramos en la imagen del «Cordero de Dios». La imagen del cordero, en el mundo semítico y bíblico, nos lleva a los sacrificios y holocaustos: al sacrificio de los pastores al comenzar la primavera, al sacrifico de Isaac –que no llegó a término–, pero, sobre todo, en el sacrificio del cordero que cada año se comía ritualmente en las fiestas de Pascua. Con la sangre de este cordero, recordemos el relato del Éxodo, se marcaron las puertas de los israelitas para que se salvaran aquella noche. El acontecimiento tiene un sentido de redención, pues actualizaba el rescate del pueblo de Israel de la esclavitud del faraón, por mano del Señor. Cada año, los judíos sacrificaban ritualmente en el Templo de Jerusalén un cordero para comerlo en la Pascua: el «cordero pascual». 

Juan Bautista dice que Jesús es «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Ya no es un cordero más, sino el que viene «de Dios»; ya no solo actualiza la liberación de Israel, sino que «quita el pecado del mundo»; su eficacia afecta a la condición humana de pecadores, y además es una eficacia universal. El evangelista Juan da un paso más: el Espíritu Santo se posa sobre Jesús. Si puede perdonar los pecados, es porque él es el «ungido de Dios», aquel que tiene la plenitud del Espíritu. ¿Quién es hoy cristiano, el que se admira por el hombre Jesús o el que proclama que en él se da la plenitud del Espíritu, la reconciliación del hombre con Dios? Juan comienza su evangelio remitiéndonos de una forma nueva, sorprendente, al misterio de Jesús para que nos adentremos en él.

 

16 enero, 2026

LA RELIGION QUE CONDENA NO ES DE JESUS

Evangelio: Marcos 2,1-12

Cuando, a los pocos días, volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados».

Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?». Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico: “Tus pecados quedan perdonados”, o decirle: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…». Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa». Se levantó  inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».




Comentario

Jesús regresa a Cafarnaún tras unos días anunciando el Reino por los alrededores. Le llevan a casa un paralítico; levantan el techo para descolgarlo y que Jesús lo toque. El gentío busca a Jesús porque se fía de él; los escribas observan. La actuación de Jesús provoca dos reacciones contrarias: la gente se admira, los escribas condenan. Para el judaísmo, tanto la sanación como el perdón de los pecados son exclusivos de Dios: ¿Cómo entender la actuación de Jesús? ¿En  nombre de qué o de quién se atribuye semejantes poderes? En Marcos, tanto el anuncio como los milagros son revelación de Jesús: el Reino se hace presente y es buena noticia para los que lo quieren acoger. Para los escribas, sin embargo, se trata de una provocación de alguien que se atribuye prerrogativas exclusivas de Dios. Jesús sana el cuerpo –«toma tu camilla»– y el espíritu: «Tus pecados están perdonados»; se trata, en definitiva, de devolver la dignidad a la persona y que alcance la humanización total, conforme a la voluntad de Dios. Los sancionadores de lo oficialmente religioso solo condenan: es blasfemia. ¿Dónde queda el ser  humano? La religión que condena no es de Jesús. Los escribas no son solo unos personajes oscuros y legalistas que aparecen con frecuencia en el evangelio. Su actitud se repite en la historia: no se alegran de que una persona quede limpia y curada, sino que exigen pruebas o apelan a la Ley.

 

15 enero, 2026

JESÚS 'SE COMPADECE' Y ACTÚA. PUREZA LEGAL Y COMPASIÓN

 

Evangelio: Marcos 1,40-45

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió,
encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que
Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.



Comentario

Marcos se hace eco de una escena real, casi cotidiana. En un tiempo donde la falta de higiene y la pobreza eran frecuentes entre la población, no era extraño ver a personas con enfermedades en la piel, fuera lepra u otras afecciones. La Ley de Moisés recoge este tipo de enfermedades precisamente por su frecuencia. Lo importante no solo es el hecho de la enfermedad, sin duda doloroso cuanto el trato que le da la religión judía de la época: lo relaciona directamente con la «impureza legal». Es más, un sacerdote del Templo de Jerusalén es quien lo declara «impuro» y quien debe declarar, en caso de curación, que ha recuperado la «pureza». El enfermo debe gritar públicamente su condición para que todos se aparten y debe vivir solo, «fuera» del campamento/ciudad. Hoy nos serviríamos de palabras como «estigmatización» y «exclusión». Él mismo debe gritar que «no es puro». En el evangelio vemos que se acerca a Jesús y le pide que lo «limpie». Jesús «se compadece» y actúa. Él lo cura y lo reintegra en la sociedad, pero, como no es sacerdote, le pide que busque la certificación oficial. Un segundo aspecto aparece en este relato: el conocido como «secreto mesiánico». Jesús no quiere que se corra por los pueblos y las aldeas quién es él, porque aún no ha llegado la hora de manifestarse como «ungido de Dios».

 

14 enero, 2026

DIOS NI HIERE NI CULPABILIZA

 

Evangelio: Marcos 1,29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca». Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.


Comentario

El evangelista une la curación del endemoniado de la sinagoga de Cafarnaún con la curación de la suegra de Pedro, que está enferma en casa. La curación de Jesús ya no tiene lugar en un espacio público y religioso (la sinagoga), sino en un ámbito
familiar (una casa). Marcos se sirve de tres verbos: «se acercó», la «tomó» de la mano y la «levantó». En contextos judíos severos, donde el contacto físico con los enfermos se evita, más cuando es una mujer, Jesús se revela no solo como compasivo, sino como portador de salud. La gente reacciona llevando a todos sus enfermos. Es verdad que Jesús no curó a todos; tampoco era esa su misión, ser el sanador universal de las dolencias. Jesús cura como signo de la llegada del Reino y de que la voluntad de Dios es curar y sanar, no herir ni culpabilizar. La escena continúa con un detalle muy importante: Jesús se retira a la soledad para orar. Su vida se funda en la intimidad con el Padre y no hace nada al margen de esta relación. La actuación de Jesús no responde a la de los curanderos populares ni a la de los charlatanes de feria. Jesús lleva adelante una misión, la que el Padre le ha encomendado, que se hace presente en la enseñanza (predicar) y en la curación (expulsión de los demonios). La gente le busca, pero ¿cuál es su interés? Poco a poco lo iremos viendo. La escena concluye diciendo que Jesús recorría Galilea, predicaba en las sinagogas y expulsaba los demonios; esta breve noticia de su actividad es a la vez la síntesis de su misión.