13 febrero, 2026

¿Jesús es para todos o solo para unos pocos selectos?

 Evangelio: Marcos 7,31-37

 

En aquel tiempo dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron a un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete». Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

 


Comentario

 

La ubicación de la escena es importante porque nos da una clave necesaria para la interpretación del texto: la geográfica-cultural-religiosa. Debemos fijarnos en esta información: Jesús recorre las áreas limítrofes de Galilea y se adentra en las regiones de Tiro y Sidón, de cultura fenicia; por otra parte, la Decápolis es una zona de influencia helenística. En ambos casos nos movemos fuera de los límites del Israel histórico, del pueblo elegido. Unos lugareños -paganos por tanto- le llevan un sordomudo; no queda claro si es judío o pagano - como se sobreentiende-. Jesús le toca la lengua y oídos; espira su hálito sobre él y dice effetá, «ábrete». La gente se maravilla.

La lectura que podemos hacer es doble: por una parte, Jesús lleva a cumplimiento las esperanzas de restauración que anuncia el profeta Isaías, si bien no es una restauración política –un nuevo reino de Judá–, sino humana: sordos y mudos recuperan la expresión y la comunicación. Su minusvalía se atribuye a algún pecado, bien suyo, bien de sus antepasados; ni puede escuchar la palabra de Dios ni puede alabarle: esa persona está «aislada». Jesús toca al enfermo y le da una orden, que supone un cambio radical que le afecta en el cuerpo y el espíritu. El hombre recupera la comunicación, la capacidad de escuchar y de hablar.

Una segunda lectura nos lleva al mundo de los descartados: también los que no forman parte del Pueblo de Israel pueden escuchar a Dios y bendecir su nombre. El evangelio retomará una y otra vez esta aparente contradicción: los destinatarios del Evangelio se cierran, los paganos son con frecuencia los que bendicen el nombre de Dios. Los que le acompañan afirman de él: «Todo lo hace bien».