31 enero, 2014

JERUSALÉN DE AGUA. EL OFEL O LA CIUDAD DE DAVID


Es frecuente escuchar un estribillo que dice «Yerushalaim shel zahav» (Jerusalén de oro), cuando se quiere traer a la memoria la ciudad bíblica por excelencia. Con las licencias que concede la literatura, me he atrevido a cambiarla por «Yerushalaim shel mayim» (Jerusalén de agua), porque de ambas quiero escribir.
La pretensión es ambiciosa: pasar y repasar, como si en un viaje se tratara, todos los lugares donde el agua se deja ver hoy o se ha dejado ver en la historia de la ciudad. Ante el riesgo de hacer un artículo denso de citas, donde el lector tuviera que imaginar una geografía que quizás desconoce, he optado por el relato breve, que sin ceder ni un ápice al rigor, da mucha más libertad para poner por escrito el objetivo de esta colaboración.
El personaje que narra es ficticio, y atraviesa el tiempo, los siglos, como un observador neutral que da cuenta de lo que ve. La ciudad es real; los nombres de sus ríos, de sus fuentes, de sus pozos, de sus albercas, de sus barrancos, cisternas y aljibes son ciertos. Las referencias bíblicas son todas contrastables, sin dejar nada a la propia imaginación. ¿El resultado? el lector juzgará. Si consigo un viaje en el tiempo, en la geografía y en los acontecimientos que la narración bíblica refiere en torno al agua en la ciudad de Jerusalén, sin tergiversar lo que sabemos por la arqueología y la historia; si, además, consigo que el lector llegue hasta el final de la narración, me daré por satisfecho.
He optado por poner todas las notas al final del artículo, de forma que no corte la narración y que puedan ser consultadas si alguna de ella es de interés. Sin duda que muchos lectores echarán en falta textos que hacen referencia al agua: los torrentes del Negev, los oasis del desierto, el río Jordán, el mar de Galilea (que también es agua dulce), la Samaritana. En este artículo me limitaré conscientemente a Jerusalén. Ella es «ciudad de oro» y también «ciudad del agua»

Entre montañas y wadis[1]

Mi nombre es Hasid ben Jebús. Dicen que mi ciudad es tres veces santa; al menos, así la conocen en el siglo XXI. Para los hijos de Israel, era ‘Sión’, lugar de la Morada de Dios. Para los cristianos, el lugar donde murió y resucitó Jesús de Nazaret; por eso en la época cristiana de la ciudad, bajo el dominio de Bizancio, comenzó a llamarse ‘Hagia Polis’ (Ciudad Santa)[2]




Más tarde, cuando los musulmanes se apoderan de ella, y hasta el día de hoy, mantendrán este mismo nombre: ‘Al Quds’ (La Santa). Hoy los judíos la llaman Yerusalaim; los cristianos Jerusalén; los palestinos Al Quds. Para el que os habla es, sencillamente, mi ciudad.
No quiero hablar hoy de su santidad, sino de sus fuentes, de sus aljibes, canales y piscinas, de sus wadis que marcan, como si de hondas cicatrices se tratara, los límites de su territorio. En las crónicas de los peregrinos que han acudido allí a lo largo de los siglos no faltan las referencias a sus torrentes: «Después de lo dicho ya descendimos para el Valle de Josaphat fasta el lugar torrente Cedrón, el qual en tiempo d’el estío seco mengua de aguas, empero antes, en la primavera, hay abundancia de ellas muy grande, y por especial en la quaresma»[3].
Jerusalén ha vivido siempre pendiente del agua. Ya el rey David se sirvió de un túnel que comunicaba Jebús con el manantial del Guijón para conquistarla. Su hijo Salomón se hizo ungir en la misma fuente. El profeta Isaías salió al encuentro del rey Ajaz en el canal de la «Alberca del Batanero» y el rey Ezequías mandó cercenar la roca para que el agua del Guijón llegase a Siloé - maravilla que sigue admirando a los ingenieros actuales-. El escriba Esdras, ya en época persa,  hizo la primera lectura pública de la Ley de Moisés en la «Puerta del Agua». También aparecen sus albercas en los textos cristianos: dos escenas evangélicas localizan la actuación de Jesús en ellas: primero curando al paralítico de la piscina probática; luego enviando al ciego a que se lave los ojos en la de Siloé.
Quizá he dicho muchas cosas en poco tiempo, por eso prefiero ir despacio. Como os he dicho, mi nombre es Hasid ¿cómo no ser «piadoso» en la ciudad tres veces santa? Nací aquí, en Jebús; soy hijo de ella, y si me permitís, os iré llevando de la mano[4].
Mucho antes de que David, el vecino betlemita, se pusiera al frente de un puñado de hombres para dotar al nuevo reino de una capital, una pequeña ciudad cananea se había hecho fuerte entre dos valles. Jebús se alzaba orgullosa en la alta montaña del sur de Canaán, sólo superada por la altura de la ciudad de Hebrón. Jebús era una colina, con forma de lengua, entre dos barrancos. Al oeste, mirando al Mar Muerto, el profundo torrente Cedrón le hacía de frontera natural con un altivo monte, que posteriormente pasará a la historia como Monte de los Olivos. Al este de la colina de Jebús, otro barranco, este más estrecho, pero profundo y cortante: el Tiropeón. Los dos wadis delimitaban la colina hasta encontrarse en Siloé, cerrando en una pinza la lengua de tierra.



Urusalim, al pie del Gujión

            Los orígenes de la ciudad se pierden  en el tiempo; sólo basta con citar los textos antiguos donde aparece por primera vez su nombre. Sabemos que una aldea nació en las cercanías del torrente Guijón y que muy pronto tuvo que dotarse de altas murallas para defenderse. Los antiguos moradores de estos valles y montañas se las tuvieron con los faraones egipcios, cuando atravesaban el país en busca de nuevas conquistas. Antiguos textos egipcios inscritos en trozos de arcilla nos hablan de Rushalimum y de Siquem, ciudades ambas en la montaña. Más tarde, en otros textos también egipcios hallados en la ciudad de Tell-Amarna, aparece de nuevo el nombre de mi ciudad, que ahora llaman Urusalim. Es más, nos dice el nombre de uno de sus reyes, Abdi-Heba, que se queja al faraón del ataque de los hapiru, hombres muy combativos que continuamente provocan problemas[5].

 La ciudad antigua de Jerusalén (Jebús) se alza entre dos torrentes: el Tyropeón y el Cedrón. Fuera ya de la ciudad, se juntan con el torrente Hinón, en la fuente de En Roguel. La pequeña lengua de tierra que era Jebús (la ciudad conquistada por David), tenía como fuente natural la de Guijón. Siloé fue, posteriormente, un piscina donde se recogían las aguas provenientes del manantial del Guijón.


  





A Jebús se entra por la fuente

Fue un invierno duro y de continuas nevadas, cuando el reyezuelo cananeo de Jebús propuso hacer un túnel que aprovechase toda la riqueza de agua que pasaba por debajo de la ciudad. En la primavera empezarían las obras. La ciudad protegía con esmero el manantial de Guijón, a los pies de la muralla, cerca del Cedrón, porque sabían que su supervivencia dependía de él. Los ingenieros cananeos consiguieron horadar verticalmente la roca, de forma que incluso en los más duros asedios sus habitantes podían resistir con provisión de agua limpia y fresca. 
            David había dejado definitivamente su servicio con los filisteos para ponerse al frente de un pueblo que reclamaba un nuevo rey. Saúl no había estado a la altura de las circunstancias y el cambio se hacía inevitable. David, buen estratega y mejor hombre de gobierno, sabía que la capital del Reino que él proyectaba construir no podía situarse ni en Hebrón, capital de las tribus del sur, ni en Siquén, capital de las tribus del Norte. La colina de Jebús era el lugar ideal. Además, según las tradiciones del lugar, en un monte próximo, Abrahám mismo había estado a punto de  sacrificar a su hijo Isaac.
            Los habitantes de Jebús creían que era inexpugnable (¡como tantos otros pueblos!). Se atrevieron incluso a provocar a David: ‘los ciegos y los cojos no te dejarán entrar’. Craso error, pues David no se andaba con chiquitas. Aprovechó el canal de agua que abastecía la ciudad desde la fuente del Guijón, y trepando por las paredes del pozo, hizo que entraran sus hombres. Mujeres y niños, cojos y ciegos, fueron testigos de su mano dura. Jebús perdió su nombre, y pasó a llamarse «Ciudad de David»[6]
 

Unción real en la fuente del Guijón

            La sucesión del rey David no fue fácil. No en vano, cada una de sus esposas pensaba que la corona sería para alguno de sus hijos. David ya no salía de casa; estaba muy anciano y Adonías aprovechó para dar un ‘golpe de efecto’. Sin avisar a David, convocó a quienes le apoyaban en la fuente de Roguel (En Roguel), donde se juntan los tres wadis de Jerusalén: el Hinón al poniente,  el Tyropeon en el centro, y el Cedrón en el levante. Allí reunió a sus incondicionales: al sacerdote Abiatar, a Joab, general del ejército y a los otros hijos del rey. En la fuente de Roguel hicieron sacrificios, comieron, bebieron y Adonías fue proclamado rey [7].
            Estuvo a punto de iniciarse una guerra civil. Los ánimos estaban crispados y Betsabé, la madre de Salomón, fue al lecho de David a reivindicar los derechos de su hijo. La palabra se cumple, le dijo. Y David, recordando su promesa, ratificó a Betsabé que el trono sería para su hijo: «yo te juré por el Señor, Dios de Israel, que tu hijo Salomón me sucedería en el reino y se sentaría en mi trono en mi lugar. Pues así lo haré hoy mismo» [8].
            El sacerdote Sadoc, el profeta Natán, y la guardia fiel a David, montaron a Salomón en la mula de David y bajaron a la fuente del Guijón. El sacerdote Sadoc había tomado de la tienda de la presencia el cuerno de óleo para ungir a Salomón. Tocaron la trompeta y el pueblo comenzó a dar voces y a correr la voz. «¿Salomón es rey! ¡Viva el rey Salomón!» [9] .           

Sacrificios y holocaustos

            ¿Qué decir de Salomón? Su sabiduría no tenía medida y su fama atravesó mares y desiertos. ¡Hasta la Reina de Saba vino para probarle, y quedó maravillada!
            Sin duda Salomón es recordado por la construcción del Templo. Mandó comprar una era, hermosa y espaciosa, al norte de la ciudad de Jerusalén. Trajo a los mejores arquitectos, ingenieros, capataces y artesanos y les pidió que construyeran para Yahveh el Templo más hermoso que supieran hacer.
            El recinto exteriormente parecía como un palacio, lo que ellos llamaban el hekal; pero en su interior había una estancia reservada para Yahveh: el Santo de los Santos, el debir. A él sólo tenía acceso el Sumo Sacerdote.
            Los israelitas, una vez purificados, podían acercarse hasta el altar de los sacrificios, donde entregaban sus animales a los sacerdotes y levitas encargados de cumplir con escrupulosidad el rito prescrito.
            Sangre de machos cabríos, sangre de corderos, sangre de palomas, sangre que caía por el altar y sangre con la que se asperjaba al pueblo. Sangre y humo de las partes que se consumían por el poder de las llamas. Un intenso olor a sangre y humo de carne quemada, entremezclados, impregnaba la ropa de los asistentes.
            Los levitas estaban encargados de los servicios menores del Templo de Jerusalén. De la vigilancia, del canto, y de la limpieza. Muy cerca del Templo, en la parte oriental, los reyes procuraron que no faltaran aljibes hondos y anchos. El servicio del Templo así lo requería.
           
El asedio de Senaquerib

            Los sabios que cuentan la historia dicen que la época de Isaías fue muy dura. Muy pronto, siendo aún un hombre joven, tuvo que ver cómo el Reino hermano de Israel, junto con el pueblo de Aram, amenazaban al rey de Judá, Ajaz, que por entonces gobernaba Jerusalén y su entorno. El rey sucumbió ante el pánico de una guerra inminente, y el joven profeta Isaías tuvo que salir con su hijo a su encuentro, «al final del canal que conduce a la alberca del Batanero». El mensaje de parte de Dios al rey Ajaz era claro: fíate de Dios y de su voluntad, no de las alianzas políticas con los asirios [10]. Sin embargo el torpe rey no quiso oír al profeta y prefirió pedir ayuda al enemigo cruel y sanguinario. Isaías se quejó entonces de forma bella, pero amarga. El Señor trae la paz, como se ve reflejado en las aguas de Siloé, mientras que el Eufrates es río impetuoso.

«El Señor me habló otra vez y me dijo
Este pueblo desprecia las aguas de Siloé, que corren mansas,
y tiembla ante Rasín, el hijo de Romerías.
Pues bien, el Señor va a traer sobre ellos las aguas del Eufrates,
Impetuosas y abundantes.
Se saldrá de madre, desbordará su cauce,
Irrumpirá en Judá, la inundará,
Las aguas llegarán hasta el cuello,
Y se extenderá a lo ancho del país» [11]

Aquel primer peligro pasó para Jerusalén, pero no para  el reino de Israel y su capital Samaría, que fueron asolados por Sargón, general de los ejércitos del Imperio del río Tigris, y desaparecieron hasta el día de hoy.
            El recuerdo de la destrucción de Asiria pesaba en Jerusalén como una losa. Los asirios eran crueles. Pasaban a fuego y cuchillo a toda la población, y a los cuadros de los principales del pueblo los deportaban. Habían pasado sólo veinte años, y de nuevo amenazaban con la destrucción; esta vez de Jerusalén.
            Ezequías estaba bien considerado por el pueblo. La gente lo apreciaba, los sacerdotes del Templo lo admiraban por su piedad. Sólo el profeta Isaías ponía serios inconvenientes a la figura real. Isaías no podía admitir que el rey, el Ungido de Dios, se fiase de las tropas de Egipto antes que de Dios. ¿No era acaso un grave pecado? Isaías decidió andar desnudo por la ciudad para que todos los habitantes de la ciudad entendieran que algo grave iba a pasar.
            Ezequías no hizo caso al profeta y se atrevió a rebelarse contra el rey de Asiria: ni una moneda más iba a salir de las arcas de Judá para pagar los impuestos! El nuevo rey de Asiria, Senaquerib, era soldado antes que cortesano, y siguiendo la tradición de sus mayores, se puso al frente del ejército. Arrasó Laquis y mandó emisarios a Jerusalén. El copero mayor de Senaquerib negoció con el rey en el mismo sitio que Isaías le había profetizado al rey Acaz, «en la alberca de arriba, en el camino del campo del Batanero» [12].
            Ezequías sabía que el asedio de Jerusalén iba a ser duro. Mandó cegar todos los arroyos que podían abastecer de agua al imponente ejército enemigo y procuró el abastecimiento para la ciudad sitiada [13]. ¿Cómo hacer frente a esta inaudita situación? Los ingenieros del rey tuvieron una idea: si hacemos que el manantial del Guijón se remanse en el aljibe de Siloé, ¡no faltará agua! ¿Pero cómo conseguirlo, si su curso natural sale fuera de las murallas y pueden cortar el abastecimiento de los sitiados? La osadía no conoce límites: ¡perforaremos la roca, haremos un canal, y conduciremos el agua del manantial de Guijón hasta el embalse de Siloé sin que los enemigos puedan impedirlo!
            Ezequías no sólo bendijo la idea, sino que la mandó ejecutar con presura: «Dos equipos de hombres trabajarán por turnos horadando la roca. Unos comenzarán por la fuente; los otros, por  el aljibe» ¡Aún recuerdo los gritos de alegría que dieron los mineros cuando entrechocaron los picos, y cuando vieron que por las hendiduras de la roca abierta comenzaba a manar agua!
           



TRADUCCIÓN DE LA INSCRIPCIÓN ENCONTRADA EN LA PISCINA DE SILOÉ
1.      ...cuando se excavó el túnel. Y este fue el modo con que se perforó: Mientras... había todavía... los picos, 
2.      cada hombre hacia su compañero, y mientras todavía quedaban tres codos por horadar, se oyó la voz de un hombre que llamaba a 
3.      su compañero, pues había resonancia en la roca proveniente del norte y del sur. Cuando 
4.      se excavó el túnel, los picapedreros excavaron la roca, cada uno en dirección a su compañero, pico contra pico; 
5.      y las aguas fluyeron desde la fuente hasta el estanque a lo largo de 1.200 codos; 
6.      y la altura de la roca, por encima de las cabezas de los picapedreros, era de 100 codos.
Los hombres de sabiduría aún no saben por qué Senaquerib decidió no atacar la ciudad, una vez que la había sitiado. Los más escépticos hablan de una terrible peste que les asoló; los más piadosos, del ángel de Dios que intervino. Sea lo que fuere, Jerusalén contó desde entonces con un canal subterráneo para nuevas vicisitudes [14].

La cisterna de Jeremías

            La historia de Jerusalén se escribe con «m» de mayim (agua), con «z» de zahav (oro), y con «d» de dam (sangre). ¡Cuántos asedios había sufrido, y cuántos asedios le quedaban aún por sufrir! Ahora ya no eran los asirios quienes amenazaban, sino los babilonios. Sí, esta vez Nabucodonosor, el general del nuevo Imperio del Eufrates, no iba a fallar como había fallado el asirio Senaquerib.
            Ahora ya no estaba en la ciudad Isaías para advertir a los sucesivos reyes que conoció. Ahora el profeta era Jeremías, que una y otra vez tenía que denunciar su falta de confianza en Dios al monarca jerosolimitano. Jeremías se servía para denunciar el pecado del pueblo con la imagen del agua.
            Parece como si de una broma de mal gusto se tratara. Cuando Jeremías tenía que denunciar los pecados de su pueblo, les recordaba de parte de Dios, que eran tan necios que cambiaban el agua fresca y viva que sólo Dios puede dar, por agua cenagosa y escasa de aljibes dispersos por la ciudad:

«Doble iniquidad ha cometido mi pueblo:
me han abandonado a mí,
la fuente de agua viva
para excavarse aljibes,
aljibes agrietados,
que no retienen agua». (Jer 2,13) [15].

Jeremías tenía razón. Nabucodonosor no tenía compasión y decidió que Jerusalén debía caer. El asedio fue terrible; el hambre y la sed se apoderó de la ciudad: «Los ricos mandan a sus siervos a buscar agua; éstos van a los aljibes, no encuentran agua y vuelven con sus cántaros vacíos; quedan consternados, humillados, y se cubren la cabeza.» [16] .
            Sí; suena a venganza: «tú nos acusas de beber agua de ciénaga, pues tu castigo va a ser revolverte en la ciénaga». El pobre Jeremías, echado al aljibe seco, revuelto en lodo, gritando a Dios. Los ejércitos de Nabucodonosor asediando la ciudad, y el profeta clamando en vano [17].
            Una dura losa cayó sobre la ciudad tres veces santa. Nabucodonosor entró, quemó, saqueó, arrasó, aniquiló, hundió… y deportó. ¿Qué ha sido de tu Templo, el Templo del Señor? ¿Qué ha sido de tus murallas, construidas paso a paso, ganando terreno a los barrancos?

Las aguas del Templo de Ezequiel

            Jerusalén siempre había gozado de «hombres de Dios» piadosos y esforzados que escuchaban la voz del Señor y nos la transmitían fielmente. Ezequiel era uno ellos. Tampoco podría deciros cómo era, pues de niños había sido exiliado a Babilonia en la segunda gran deportación con que Nabucodonosor nos castigó antes del ataque definitivo contra la ciudad.
            Según me explicaron más tarde, Ezequiel tenía visiones. Veía a Dios y hablaba. Se quedaba largo tiempo en silencio, y cuando recobraba la palabra,  transmitía lo que le había dicho el Señor. Muchos le buscaban porque se divertían, otros porque les parecía sugerente. Un día habló de que veía el nuevo Templo de Jerusalén. ¡Qué risa les daba! ¿Cómo podía ver el Templo si estaba destruido y si nadie pensaba que iba a volver?
            Ezequiel decía: he visto que «por el lado oriental del Templo brotaba una corriente de agua». Luego añadía que un hombre con un cordel iba midiendo la altura que alcanzaba. El agua pasó de ser una fuente a ser una corriente, y de una corriente a un «torrente que no se podía atravesar». El torrente por donde pasaba creaba vida, incluso llegó hasta el Mar Muerto ¡y lo saneó! Los que somos de Jerusalén sabemos bien que en cuanto se deja la ciudad por el oriente, pronto se entra en un desierto árido, duro, pedregoso, sinuoso, que desciende abruptamente hasta la gran fosa de la sal. ¡El Templo era el lugar donde manaba la vida, el agua fresca, el futuro de todas aquellas montañas! [18].

La «Puerta del Agua»

            Dejemos que el libro de las Lamentaciones ponga voz al llanto por Jerusalén. La ciudad santa, la elegida por David, la Santa Sión, ahora se ve humillada por los cascos de los caballos de las tropas babilonias, ennegrecida por el fuego y  desdibujada por los cascotes que llenan las calles.
            Dejemos que la voz de Ciro, el vencedor de Babilonia, dicte su Edicto. «Habla Ciro, rey de Persia. El Señor, Dios del Cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un Templo en Jerusalén» [19]. Como acabo de decir, esto os lo cuento de segunda mano, porque nunca en mi vida he dejado Jerusalén. ¡Cómo lloraban de alegría los deportados! ¡Podemos cantar un cantar de Sión, pero no ya en tierra extranjera, sino en casa!
            Seríamos injustos si no dijéramos la verdad. La cosa no sólo no fue fácil, sino que fue harto difícil, por no decir inhumana. ¡Qué mal recibieron a los deportados que volvían a casa! ‘¿A qué volvéis?’, les decían. ‘Nosotros hemos rehecho aquí nuestra vida, ya no tenemos nada que ver con vosotros.’
            Qué dura fue la vuelta; qué dura la permanencia; qué dura la estancia entre los tuyos que no te quieren. Sólo algunos profetas, sobre todo Ageo, decía que la única forma de que tuviéramos futuro era volver a construir el Templo. ¡Qué osadía! ¡Si no teníamos dinero, ni fuerzas, ni ilusión!
            Necesitábamos hombres de empuje. Primero vino Sesbasar, luego Nehemías, más tarde Esdras. Nehemías se empeñó en reconstruir las murallas de Jerusalén, dándoles un trazado nuevo. Él mismo nos cuenta cómo, la misma noche que llegó, rodeó la ciudad a lomos de su caballo para ver el estado ruinoso en que estaban los antiguos muros: «Salí, pues, de noche, por la puerta del Valle, me dirigí hacia la fuente del Dragón y luego a la puerta del Muladar, inspeccionando la muralla de Jerusalén destruida y las puertas consumidas por el fuego. Continué después hasta la puerta de la Fuente y la alberca del rey; pero, como no había sitio para pasar con mi cabalgadura». [20]
            Nehemías trabajó con denuedo para que la ciudad recobrara su esplendor. Devolvió a la ciudad sus puertas y reconstruyó albercas para que el pueblo pudiera satisfacer sus necesidades más perentorias. Salún restauró la puerta de la Fuente y reparó el muro de la alberca de Siloé; los sirvientes del Templo restauraron la «Puerta del Agua». [21]
            Entre mis mejores recuerdos de la ciudad está el día en que Esdras, el escriba, cuando convocó a toda la ciudad a la «Puerta del Agua». Allí se reunieron hombre y mujeres, ancianos y niños. Esdras se subió a una altura de forma que todos pudieran escucharle. La gente fue guardando silencio, sabedora de que algo grande iba a pasar. Sacó de un estuche un rollo y comenzó a leerlo. Conforme avanzaba la lectura la gente se conmovía. Unos lloraban, otros bendecían a Dios, otros se daban golpes de pecho, otros rasgaban sus vestiduras. Sí, era el libro de la Ley del Señor. La Ley se proclamaba y el pueblo fiel asentía, se postraba, se hincaba de rodillas y decía con una sola voz «Amén, Amén» [22].
            Al escrutar las Escrituras descubrieron que Dios había prescrito a su pueblo, por medio de Moisés, que debían vivir en tiendas en la fiesta del mes séptimo. Todos corrieron a buscar ramas y hojas de palmera, y construyeron tiendas en las terrazas, en los patios, en los atrios del Templo, en la plaza de la «Puerta del Agua» y en la «Puerta de Efraín».[23]

La cisterna de la «Torre Antonia»

            Recordará el lector cómo he lamentado que la historia de Jerusalén va unidad con la historia de la sangre y el fuego. Parecía que los tiempos de los reyes persas iban a ser de una paz duradera. Nada más lejos. No pasó mucho tiempo cuando el joven macedonio Alejandro, por sobrenombre «el Magno»,  irrumpió en Asia. Bajó como una centella desde Issos hasta Tiro; desde Tiro hasta Egipto. Yo no me acuerdo de él, quizá porque no estuvo en Jerusalén, como sostienen algunos sabios. No importa mucho, porque sus hijos y sus descendientes sí que estuvieron.
            Entre sus descendientes griegos, aún se acuerda el pueblo del monarca Antíoco IV, por sobrenombre Epífanes. ¡Qué crueldad! ¡Qué humillaciones! ¡Cómo abusaba de la fe de los piadosos! Fue una nube negra de tormenta que es mejor olvidar. Los griegos introdujeron costumbres helénicas en todo el país. Les gustaba departir en la plaza pública, ejercitarse en el gimnasio y las obras de teatro. En Jerusalén llegaron a profanar el Templo, en una de las páginas más oprobiosas de toda la historia de la ciudad. Sólo cuando unos piadosos jóvenes del campo, sublevados con su padre y bajo la dirección del hermano mayor consiguieron recuperar la ciudad y el país, la tragedia devino paz. La humillación había sido tan grande que fue necesario volver a dedicar el Templo.  
            Los descendientes de aquellos guerrilleros piadosos no soportaron la vida humilde de quienes querían una Jerusalén fiel a Dios, y cayeron en la trampa vanidosa de crear una monarquía, la asmonea. Falsa y falaz, bajo la protección de Grecia primero y de Roma después. Pompeyo tuvo que venir, parece mentira, para poner paz entre hermanos que no se soportaban.
Cuando subía el Procurador romano desde Cesarea Marítima a Jerusalén, iba acompañado de una cohorte de soldados. Se alojaban en la Torre Antonia. Al Procurador no le gustaba mucho; prefería la vida cortesana y amable de la costa mediterránea a tener que vivir con la soldadesca. Además, cada vez que subía a Jerusalén por la Pascua, se encontraba un problema nuevo. Unas veces revueltas por los impuestos otras, tenía que decidir sobre la suerte de delincuentes o asesinos; no faltaban quienes decían ser el mesías esperado.
            El caso es que sus antecesores habían tomado la decisión de que una fortaleza debía vigilar permanentemente la explanada del Templo. Una torre capaz de resistir una revuelta y de albergar una cohorte de la legión. Hombres rudos que vivían permanentemente allí. Un procurador, del cual no recuerdo bien el nombre, mandó construir un hermoso aljibe capaz de abastecer las necesidades de la Torre Antonia: el «Strution».
             
Las curaciones de Jesús

            Los romanos habían entrado en escena con Pompeyo, que intervino para ‘poner paz’ en el avispero de Palestina. Los romanos no se las andaban con chiquitas. Intervenían con decisión, sometían al pueblo y a los príncipes, vigilaban las entradas y salidas de las ciudades, establecían sus cuarteles. Era todo un ‘aparato de ocupación’.
            Un día apareció Jesús por Jerusalén. Su fama le precedía. No era la primera vez que había estado en la ciudad. Es más, dicen que, como judío piadoso que era, lo hacía con frecuencia. De hecho, conocía bien la ciudad; sus puertas, sus fuentes, sus recodos.
            Un día fue al estanque que hay en la parte oriental, cerca del Templo. Allí, en dos enorme pozas, se contiene el agua que se reserva para el servicio del Templo. Allí se lavan las ovejas y los animales que han de ser sacrificados ritualmente. Los lugareños la conocían como Betesda; los griegos del lugar la conocían como la probática, porque estaba al lado de la Puerta de las ovejas [24]. Conforme a la Ley judía, un animal impuro o indigno, esto es, que no cumpla todos los requisitos legales, no puede ser ofrecido al Señor.
            No lejos de allí, en el mismo perímetro, hay una pequeña fuente termal, a la que acuden personas con distintos problemas con la confianza de mejorar de sus dolencias.
            Como os decía, un día Jesús fue allí. Había muchos enfermos; cada uno con sus dolencias y sus achaques. Uno de ellos no podía acercarse a las aguas, se arrastraba lastimosamente y nadie se apiadaba de él. Jesús, que tenía fama de ver más allá de lo que las personas solemos ver, se fijó y le habló. Fue algo repentino e inaudito; visto y no visto [25].
            En Jerusalén no es difícil encontrarse con personas ciegas; el griterío de las calles y mercados, las llamadas de unos y de otros para que te fijes en tal producto, el bullicio permanente, hacen que los ciegos pasen inadvertidos. Sentado o tirados en un rincón, ruegan una limosna. Pero el ruido ahoga sus lastimosas peticiones. Esta vez no fue Jesús quien clavó los ojos en el ciego, sino que fueron sus discípulos. Aprovecharon para hacerle una pregunta importante: «¿Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?». Jesús escupió en el suelo, hizo un poco de barro, y se lo aplicó a los ojos. Después le envió a lavarse a la piscina de Siloé. El hombre fue, se lavó, y recobró la vista. La gente, a veces, parece que se molesta cuando alguien le saca de sus casillas, rompe los esquemas o hace cosas que no controla. Los que vieron al ciego parecían que les molestara lo que había hecho Jesús. Encima, le recriminaban al ciego: ¿no eres tú el que te sentabas a pedir limosna? ¿cómo ves ahora? El ciego les explicó cómo había pasado todo; pero ellos, en vez de dar gloria a Dios, preguntaron con insistencia: «¿dónde está ahora ese hombre?». [26]
            La historia del ciego, la del paralítico, la de Esdras, la de Ezequías. Jerusalén es una ciudad que guarda hermosos relatos e historias relacionadas con el agua. Unas veces han sido referencias para la memoria, como cuando se leyó la Torah en la Puerta del Agua. Otras han sido testigos de hazañas militares, como la toma de la ciudad por David, y el asedio del terrible rey asirio Senaquerib.
            Hoy, cuando paseas por sus calles, sigues viendo las distintas piscinas. La de Betesda, junto a la Iglesia cruzada de Santa Ana. El Strution, en el lugar conocido como Litóstrotos; la de Siloé, al final del Cedrón. El canal de Ezequías y el pozo de Warrren siguen atrayendo la curiosidad de visitantes y peregrinos.
            Hoy la ciudad ya no está delimitada por los antiguos torrentes. Ha expandido su manto de casas y barrios. Pero aún se pueden ver los profundos cauces del Cedrón y del Hinón trazando los límites naturales de la vieja y siempre eterna ciudad de Jerusalén. Contigo sea la Paz. Shalom


Pedro Ignacio Fraile Yécora



[1] La palabra wadi significa valle. En realidad se trata de torrentes o barrancos que la mayor parte del año están secos, pero que en la época de lluvias o a causa de las repentinas tormentas, conducen el agua pudiendo arrastrar todo a su paso.
[2] En las excavaciones de la Iglesia de san Jorge de la ciudad jordana de Madaba, se encontró un mosaico del siglo VI. Su importancia radica en que se trata de un plano de la Tierra Santa cristiana (época bizantina). La inscripción que acompaña al plano de Jerusalén dice ‘Agia Polis Ierosolyma’ (Ciudad Santa de Jerusalén).
[3] Cf. B. de Breidenbach, Viaje de la Tierra Santa (Zaragoza 2003) p. 202. Se trata de la edición a cargo de Pedro Tena, publicada por la Institución Fernando el Católico. Su interés para nosotros reside, además del texto mismo y de los grabados, en que Paulus Hurus, figura de la imprenta incunable hispana, publica en 1498 en Zaragoza la traducción española de la obra original alemana.
[4] Jebús es el nombre cananeo de la ciudad antes de ser conquistada por David.
[5] La historia de la ciudad de Jerusalén, anterior a los jebuseos,  aparece en diversas fuentes egipcias. Primero en los textos de execración de las ciudades asiáticas conquistadas por los faraones del siglo XX a.C.; más tarde, en los archivos reales encontrados en Tell-el Amarna, donde se encuentran cartas que envían los reyezuelos de Palestina al Faraón; éstos corresponden al s. XV a.C. No es seguro que los hapiru que atacan ciudades cananeas deban ser identificados con los hebreos. Cf. J. González Echegaray, Pisando tus umbrales Jerusalén. Historia antigua de la ciudad (Estella 2005), pp. 45-55.
[6] Cf. 2 Sam 5,6-10. Hoy se puede visitar en la colina del Ofel lo que se conoce como ‘canal de Warren’, tomando el nombre del arqueólogo que lo descubrió. Se trata de un pozo que comunica la ciudad antigua con la fuente del Guijón.
[7] Cf. 1 Re 1, 8-9.
[8] Cf. 1 Re 1,29-30.
[9] Cf. 1 Re 1,38-39.
[10] Cf. Is 7,3.
[11 Cf. Is 8,5-8.
[12] Cf. 2 Re 18,17; ver también Is 36,2
[13] Cf. 2 Cro 32,3
[14] La Biblia recoge tres textos en libros distintos que refieren cómo el rey Ezequías mandó construir este canal horadando la roca: 2 Re 20,21; 2 Cro 32,30; Eclo 48,17. En… unos niños se bañaban en la fuente de Siloé y descubrieron una placa de piedra con una inscripción. Actualmente se encuentra en la sala correspondiente a Siria-Palestina en el Museo Arqueológico de Estambul.
[15] Cf. Jer 2,13
[16] Cf. Jer 14,3
[17] Cf. Jer 38, 1-13.
[18] Cf. Ez 47,1-12.
[19] Cf. Esd 1,2.
[20] Cf. Neh 2,13
[21] Cf. Neh 3,15-16.26.
[22] Cf. Neh 8,1-6
[23] Cf. Neh 8,13-18.
[24] Cf. El griego próbaton, que significa oveja.
[25] Cf. Jn 5,1-9
[26] Cf. Jn 9,1-12.

30 enero, 2014

EL RECUERDO CORDIAL E INCORDIANTE DE DIOS. Quinta razón para ir a Turquía

            La primera vez que fui a Estambul, hace más de veinte años, me quedé con una foto en mi memoria y con un sonido: el canto de los muecines desde los alminares de Estambul. Yo salí corriendo a la terraza de la habitación del hotel y cerré los ojos. Oía cómo, desde todos los puntos cardinales, con todos los tonos posibles de la voz humana, con fuerza unos y con debilidad otros, todos… repito, llamaban a la oración. Otras veces he escuchado ese mismo sonido, pero como aquella vez, nunca.
            En todas las ciudades musulmanas se puede oír esta misma cadencia monótona, intensa, agresiva y sedante a la vez. Me encanta también escuchar este canto en los atardeceres plateados de Jerusalén o entre las montañas rosas de Petra.
            Normalmente no es un canto que moleste; más bien sorprende. Unos dicen: «si hiciéramos los cristianos estos con las campanas, o con los altavoces… ¡cómo nos correría el pelo!». Otros, más juicios dicen: «en una sociedad secularizada como la nuestra, nos sorprende que se llame a toda la población a ponerse en actitud de oración». Bueno, la llamada a la oración no es indiferente, sino que «incordia».
            La llamada a la oración «incordia» porque el Islam es «incordiante», porque la fe en Dios es «incordiosa», porque los que creemos «incordiamos». Hace muchos años dijo un obispo español, hoy ya jubilado, que «el enemigo de la fe cristiana no es el Islam, sino la increencia». Sé que a más de un lector de estas palabras le sorprenderá esta declaración. No habían sucedido aún los atentados del «11 S» en Nueva York, ni del «11 M» en Madrid. No habían enseñado sus belfos venenosos la serpiente de Al-Qaeda… No sé qué diría hoy este buen hombre.
            Yo sostengo que tenemos más cosas en común los creyentes en Dios que los que no  creen en nada. Es verdad que hay unos «lazos de humanidad» que a todos nos atan, creyentes con no creyentes: el «bien hacer» y el «bien querer»; el ser «buena gente»; el «ser humano»… Pero hay unos lazos más sutiles, menos evidentes, más íntimos, que no se identifican con el fanatismo, sino con el «hondón del alma». Son los lazos de la fe en Dios.
            Ir a Turquía es ir a una tierra de contrastes religiosos. Lo que más sorprende a los cristianos es que allí «maduró y cuajó» la fe cristiana, en una riqueza y belleza sin parangón (credos, concilios…) ¡y que ahora está prácticamente desaparecida! ¡No hay cristianos en Turquía! ¿Dónde han marchado? ¿Puede llegar a desaparecer la fe? La Iglesia de Constantinopla sigue presente como minoría. ¿También seremos los cristianos un día, una minoría en esta vieja y cansada Europa?
            Turquía tampoco es ejemplo de «credo musulmán». Junto a las hermosas Mezquitas, entre las que destaca la «Mezquita azul», frecuentadas por personas de edad, podemos observar cómo los más jóvenes miran con descaro y deseo el laicismo europeo.
            No se puede ir a Turquía y no entrar en la dinámica de la realidad religiosa del hombre. No se puede cerrar los ojos ni los oídos a la huella de lo divino impresa a fuego en el corazón humano,  como no se pueden cerrar los ojos al Bósforo, o no se puede ir a Estambul y negarse a ir a Santa Sofía. Hay cosas que no se pueden hacer en Turquía. Una de ellas es cerrarse al «recuerdo cordial e incordiante de Dios».

Pedro Ignacio Fraile Yécora
30 de Enero de 2014

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26 enero, 2014

'Conversión' significa 'movilización'


            Acabo de llegar de misa de once. El párroco es un hombre que tiene una gran cualidad y dos defectos a la hora de predicar. Los defectos son: uno que se escucha a sí mismo cuando habla, como si dijera, ¡pero qué bien hablo!, feo vicio donde los haya; el otro, que no tiene un esquema claro: habla hasta que se cansa (¡mortal para los oyentes!). La cualidad del párroco es que a veces es ingenioso. Dice cosas que no suelen darse de antemano por sabidas. Hoy nos ha sorprendido con una: «conversión significa movilización»; y ha añadido «hay que movilizarse para cambiar lo que no nos gusta».
            Me ha gustado porque tiene mucha verdad. Siempre nos han explicado que «conversión» en griego tiene que ver con «cambio de mentalidad» (metanoia; la nous es la mente humana). Surge la pregunta ¿en qué se nota que uno «cambie de mentalidad» si luego «no se mueve»?
            Ayer celebrábamos la «conversión de san Pablo», ¡Qué bien lo entendió! Fue convertirse y fue un «no parar». Se «movilizó» del todo: de Damasco a Tarso; de allí a Arabia; luego a Antioquía de Siria; luego a Jerusalén; luego a la península anatólica (el centro de Turquía) hasta en tres ocasiones; saltó «el minicharco» de los Dardanelos y se plantó en Grecia; luego llegó a Atenas y por fin a Roma. Dicen que incluso llegó a Hispania, a Tarragona. Aún más; en los alrededores de Huesca (la Osca romana) conservan una «Iglesita de san Pablo», que se erige hasta donde llegó el «apóstol de las gentes», según algunos. Convertirse, cambiar de forma de ver la vida y ponerse en movimiento es todo uno.
            La palabra «movilizarse» tiene, como todas las palabras, «carga significativa». Cuando comienza una guerra los ejércitos «movilizan» incluso a la población civil. En un movimiento social, los grupos fuertes «movilizan» a sus militantes y a quienes estén de acuerdo con ellos. Incluso los clubes de fútbol «movilizan» a sus «tifosi» para evitar que el equipo pierda un partido o que descienda de categoría. ¡Todo el mundo se moviliza por algo!
            
Los cristianos, cuando Jesús nos llama al comienzo de su predicación  a que nos «convirtamos», ¿nos movilizamos, nos movemos? ¿o nos quedamos cariacontecidos, adormilados y aburridos como si nada interesante o importante hubiera que hacer?

Pedro Ignacio Fraile Yécora
26 de Enero de 2014

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21 enero, 2014

DIEZ RAZONES PARA IR A TURQUIA (Primera entrega)



Primera razón: la añoranza.
Segunda razón: las raíces
Tercera razón: la belleza.
Cuarta razón: las culturas
Quinta razón: la literatura
Sexta razón: las religiones
Séptima razón: el arte
Octava razón: el «gen bizantino»
Novena razón: los mares
Décima razón: la ciudad.

            Hace poco más o menos un año, escribí mis «diez razones para ir a Tierra Santa». Un año después escribo mis «diez razones para ir a Turquía». Son  dos «razonamientos» distintos, no equiparables. El primero desde las entrañas (¡el país de Jesús!, ¡el país de la Biblia!). El segundo desde el «hondón» en el que nos reconocemos.
            Voy a ir desgranándolas poco a poco. Me queda por delante el pequeño proyecto de ir justificándola una a una. No llevan un orden, sencillamente porque no sé cuál sería. Cada uno que haga el suyo; de esta forma, decidiendo cuál va primero y cuál después, «interactuamos».
            Primera razón: la añoranza. Recuerdo que en los estudios infantiles, en la clase de historia, nos explicaban que en 1453 se acababa la Edad Media y comenzaba la Edad Moderna. Yo nunca imaginé entonces lo que suponía aquel año: ‘la caída de Constantinopla’. El Imperio romano de oriente sucumbía ante el avance inexorable de los turcos otomanos, que imponían en la antigua tierra bizantina la religión del Islam. Cuando hoy vuelvo a Estambul, pienso: ¡Constantinopla! Su caída marcó una señal indeleble en la historia de Occidente. Ahora me gusta ver la ciudad e imaginarme la urbe constantiniana en su pequeña península bordeada por el «Cuerno de Oro», brazo de mar que se extingue en el continente, y el mar de Mármara que se prolonga en el Bósforo. Allí, en el Cuerno de Oro, los constantinopolitanos cerraron el puerto con una enorme cadena para que no entraran los barcos (no sirvió de nada). Allí Mehmet II, , el Conquistador, en la orilla europea del Bósforo, levantó una fortaleza para que los sitiados no recibieran tropas desde el Mar Negro. Allí los pocos «latinos» que había (genoveses y venecianos principalmente) no fueron suficientes para apoyar a los soldados del Emperador Constantino e impedir el asalto de la ciudad. Cayó la ciudad y cayó el bastión del Oriente Cristiano. Unos pocos románticos aún lloran la pérdida de Constantinopla.
            Segunda razón: las raíces. Hace unos años se debatió con fuerza en el parlamento de la UE la posibilidad de hacer una «Constitución Europea». El debate a brazo partido, que nunca se llegó a resolver, era el de las raíces. Había consenso en que Europa había nacido del derecho romano y de la filosofía y democracia griega, pero ¿Europa había nacido del cristianismo, de su concepto de libertad, de su concepto de dignidad del hombre? Recordemos que tanto Roma como Grecia eran «esclavistas»; la idea de que el ser humano tiene una dignidad inquebrantable porque está creado a «imagen y semejanza de Dios» es una idea bíblica; judía, por tanto, y cristiana también. Recordemos que la fuerza del «amor» como argamasa para construir un mundo nuevo, no es de la filosofía, sino del mandato de Jesús. En fin, la lectura política de la historia no siempre hace justicia; está con frecuencia demasiado «interesada».  
Volvamos al tema: ir a Turquía es ir a las raíces «griegas» y «cristianas» de Europa. Allí está Mileto, tierra de matemáticos y filósofos; Pérgamo, que nos regaló el concepto de «pergamino»; está Troya, de cuya guerra aún viven nuestros mitos… Pero está también Éfeso, donde evangelizó san Pablo y donde se proclamó que María es la «Theotokos», la «Madre de Dios», tal como rezamos en el «Ave María»; están las comunidades de las Iglesias del Apocalipsis; están los lugares donde se dio forma a nuestra fe católica: Nicea, Calcedonia… Están los Padres Capadocios que afinaron la fe católica sobre Dios, Uno y Trino…
            Tercera razón: la belleza. Turquía tiene una belleza poliédrica. Puedes quedarte extasiado viendo la naturaleza y viendo el arte. Unos se quedan boquiabiertos en las tierras de Capadocia, verdadero capricho de las erupciones volcánicas, modeladas por los vientos, y horadado por el ser humano: paisaje a veces lunar, a veces alegórica y sugerente; a veces pobre y casi miserable, otras veces lleno de evocaciones y ensueños: colores rojos, pardos, grises… Dentro de ellos, como si de un tesoro escondido se tratara, cientos de capillas y de iglesias cristianas desperdigadas… ¡y pintadas con primor! ¡Qué hermosura ver tallado en la roca, verdaderas capillas con los rostros bizantinos pintados, sobre roca y yeso, de Cristo, de María, de las escenas evangélicas! Aunque el viajero-peregrino no sea creyente, sólo puede exclamar: ¡qué exceso de belleza!
            Está la belleza de las ciudades enteras griegas, abandonadas a su suerte. El viajero que llega a Éfeso no puede por menos que quedarse con la boca abierta al poner imagen a la ciudad: su teatro levantado en la colina, con capacidad para una ciudad bulliciosa  y abierta al mar; su Biblioteca pública; sus calles, ágoras… Pero qué decir de Pérgamo, de Perge, de Aspendos, de Afrodisias, de Hierápolis…
            Está la belleza del Bósforo y del Cuerno de Oro. Atardecer en Constantinopla. Nos situamos en la Torre Gálata. Dejamos que la tarde vaya cayendo… El sol se refleja en las aguas del Cuerno, que de esta forma le dan nombre, «de oro», «dorado»… Oír el canto de los muecines en las mezquitas de la ciudad que, de una forma descompasada, pero armoniosa a la vez, llaman a la oración: ¡Dios es grande! ¡Dios, Dios, Dios…! En Estambul, como en todas las ciudades musulmanas, los minaretes recuerdan cinco veces al día que debemos levantar nuestro pensamiento y abrir nuestro corazón a Dios….  
(Seguirán las razones…)

Pedro Ignacio Fraile Yécora
Enero de 2014
http://pedrofraile.blogspot.com.es/