09 abril, 2026

¿Qué somos? ¿Filósofos, poetas, académicos? Somos testigos del Resucitado

 Evangelio: Lucas 24,35-48

 En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Llenos de miedo por la sorpresa creían ver un fantasma. Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros; que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

 


Comentario

 

Ayer leíamos el pasaje conocido como «los discípulos de Emaús», propio de Lucas; hoy leemos su continuación. El texto comienza con una frase que resume el evangelio anterior: los discípulos cuentan a la comunidad lo que les había pasado por el camino –el encuentro con Jesús resucitado–, y cómo lo habían reconocido «al partir el pan», esto es, en la eucaristía. La escena anterior se desarrolla en el camino; la que leemos hoy presupone que la
comunidad está reunida.

Varios elementos que hay que tener en cuenta.

(1) En primer lugar, la iniciativa es de Jesús, que se presenta inesperadamente en medio de ellos. No estamos, por tanto, ante una decisión consensuada de la comunidad o ante una estrategia que hace planes de futuro.

(2) El segundo elemento es el «miedo» que produce una visión de fantasmas, pero Jesús resucitado no es la aparición tenebrosa de un personaje que ha muerto, porque está vivo.

 (3) El tercer elemento es la identidad: Jesús se les revela como «de carne y hueso», es un encuentro personal, no unas formas difusas y etéreas. Más aún, les muestra las manos y los pies, porque Jesús lleva en sus extremidades las huellas abiertas de la crucifixión.  Por si fuera poco, para ratificar que no es una «aparición nebulosa», sino una persona viva, come delante de ellos.

         De nuevo, como en el texto de Emaús,  aparecen las referencias a las Escrituras –la Ley y los Profetas– que anuncian a Jesús. El final del texto nos implica a todos nosotros: el testimonio debido. No somos «filósofos sesudos», «poetas emotivos» o «divulgadores académicos» de Jesús; nuestro título es el de «testigos del Resucitado».

 

08 abril, 2026

Vuelve a leer, una vez más, "el Camino de Emaús"

 Evangelio: Lucas 24,13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les preguntó: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que  habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces Jesús les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos  comentaron:

 

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor
y se ha aparecido a Simón» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 


Comentario

 

El encuentro de Jesús resucitado con los discípulos, camino de Emaús, es un evangelio paradigmático y una catequesis perfecta.

 

Dos discípulos regresan a casa, derrotados, tras la crucifixión de Jesús. Piensan que todo ha acabado. Jesús les sale al encuentro, pero no le reconocen, porque sus ojos están cegados. Les pregunta con tacto, como si de un maestro se tratara: ¿de qué habláis? ¿Qué os preocupa? Ellos le cuentan y expresan su desilusión: «Pensábamos que…». Son muy importantes los dos momentos que siguen, con Jesús como protagonista: «explica las Escrituras» y «parte el pan». Solo entonces se les abren los ojos y regresan a Jerusalén, de donde habían huido con tristeza.

 

El texto de Lucas sigue siendo modelo de encuentro con el Resucitado. Los ojos de los discípulos no lo reconocen, porque, aunque habían «convivido» con él, no se habían «encontrado» con el Resucitado, con Jesús vivo. Para reconocer a Jesús es necesario dejar que él mismo se ponga a nuestro lado, que le dejemos hablar, que él nos explique las Escrituras y que nos parta el pan eucarístico. Es él, no nosotros, quien tiene la iniciativa y quien nos lleva de la mano. 

Nosotros somos los caminantes que, si nos dejamos llevar por él, pasaremos del desencanto que producen las expectativas no cumplidas a la esperanza que nace de la fe en Cristo vivo. El camino de Emaús es el de muchos de nosotros, discípulos que necesitamos el encuentro cálido, luminoso y esclarecedor con Jesús vivo.

 

29 marzo, 2026

PASION SEGÚN SAN MATEO

 

Evangelio: Mateo 26,14-27,66

C. En aquel tiempo [uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó:
+. «Id a casa de fulano y decidle: “El Maestro dice: ‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’”».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+. «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».
C. Él respondió:
+. «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!, más le valdría no haber nacido».
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».
C. Él respondió:
+. «Así es».
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos, diciendo:
+. «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».
C. Y, cogiendo un cáliz, pronunció la acción de gracias y se lo pasó, diciendo:
+. «Bebed todos, porque esta es mi sangre; sangre de la alianza derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo:
+. «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea».
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le dijo:
+. «Te aseguro que esta noche, antes de que el gallo cante tres veces, me negarás».
C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+. «Sentaos aquí mientras voy allá a orar».
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
+. «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo».
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+. «Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+. «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+. «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+. «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
C. Todavía estaba hablando cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: detenedlo».
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+. «Amigo, ¿a qué vienes?».
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él cogió la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
+. «Envaina la espada: quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura que dice que esto tiene que pasar».
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+. «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis».
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos
testigos que comparecían. Finalmente comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”.
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?».
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús le respondió:
+. «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú andabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este andaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, se te nota en el acento».
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Entonces el traidor sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores, diciendo:
S. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente».
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».]
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
+. «Tú lo dices».
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. «¡Que lo crucifiquen!».
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Que lo crucifiquen!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo,  diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».
C. Y el pueblo entero contestó:
S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza:
S. «Tú, que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también, diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?».
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní».
C. (Es decir:
+. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. «A Elías llama este».
C. Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan y se hace una pausa
C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después de que él resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Realmente este era Hijo de Dios».
[C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que  habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en  grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.]

Comentario

 El «relato de la pasión», bien desarrollado y trazado, probablemente tuvo vida propia antes de formar parte de los cuatro evangelios. Su narración, que se extiende en pocas jornadas, desde el arresto de Jesús hasta la muerte y posterior resurrección, ocupa, sin embargo, varios capítulos. Proporcionalmente, los evangelistas dedican más espacio a la pasión que al resto de la vida de Jesús. Sin embargo, el «relato de la pasión», no es un texto monolítico, sino que cada uno de los cuatro evangelios presenta matices propios conforme a sus destinatarios y su intención teológica.

 

Leemos hoy la “Pasión según san Mateo”. En ella, el evangelista Mateo culmina la oposición de las autoridades judías contra Jesús; asimismo subraya el endurecimiento de todo el pueblo judío (27,21-25; 28,15).

Destaca la dignidad de Jesús y su entrega a la voluntad del Padre (26,2.39.42.52-54). La muerte trágica de Judas (27, 3-10) es propia de Mateo, aunque la volveremos a encontrar en Hechos de los Apóstoles (1,18-19). Otros elementos propios del relato que leemos hoy son el sueño de la mujer de Pilato (Mt 27 19,). También el lavatorio de las manos del procurador, con su añadido: «Soy inocente de esta sangre, vosotros veréis». Un aspecto conflictivo ha sido la respuesta de los judíos: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (27,25), que ha dado lugar a posteriores lecturas antisemitas. También es propio de Mateo el terremoto que sucede a la muerte de Jesús (27,51) y la resurrección de muchos (27,52-53). Para Mateo, José de Arimatea es «rico» y «discípulo de Jesús». Por último, para este evangelio, una guardia custodia el sepulcro (28,62-66); también habla del posterior soborno a los guardias, después de la resurrección de Jesús (28,11-15). Por encima de los detalles, la pasión nos adentra en las últimas horas de un hombre, Jesús, libre, coherente, valiente, entregado y fiel al Padre.

 


28 marzo, 2026

Es preferible que muera uno solo a toda la nación

 Evangelio: Juan 11,45-57

 En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo y que no perezca la nación entera». Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año,
habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

 


Comentario

 Jesús está en Betania, localidad cerca de Jerusalén. Allí ha realizado el séptimo signo revelador de su identidad: la vuelta a la vida de su amigo Lázaro. Solemos hablar de «resurrección», pero habría que hablar más bien de «resucitación», para no confundir este signo con la «resurrección» de Jesús, que es un hecho único, irrepetible; Lázaro tiene que morir de nuevo, pero Jesús resucitado ya no muere más. Algunos «creen en Jesús»; esta fe de unos pocos por las obras de Jesús se repite en san Juan. Son más, sin embargo, los que se enfrentan abiertamente a él. 

En este caso, los sumos sacerdotes y los fariseos convocan al Sanedrín, institución religiosa que gobernaba la vida de los judíos bajo el poder político de Roma. La acusación es de estrategia política: los romanos pueden intervenir y destruirnos, dicen. Caifás, el mismo sacerdote con el que nos encontraremos un poco más adelante en el relato de la pasión, sentencia: es preferible que muera un solo hombre a que sea destruida toda la nación. La sentencia está firmada. 

San Juan nos remite a otra fiesta distinta de la de las Tiendas y la Dedicación, que hemos visto antes. En este caso se acerca la fiesta de Pascua, en primavera.  La Pascua, primera de las fiestas judías de peregrinación, convocaba a judíos de todas partes; celebraba la liberación de Egipto y se sacrificaba ritualmente el cordero en el Templo, que luego cada familia comía. Jesús ha sido condenado a muerte. Se anticipa y anuncia su próximo final. No es casual que Jesús muera en Pascua.

 

27 marzo, 2026

JESÚS Y LAS ESCRITURAS DEL JUDAÍSMO

 Evangelio: Juan 10,31-42

En aquel tiempo, los judíos cogieron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».

Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios». Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: ‘Sois dioses’”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre».

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad». Y  muchos creyeron en él allí.

 


Comentario

Jesús, en el evangelio de san Juan, aparece repetidamente en Jerusalén, en el Templo, con motivo de distintas fiestas. En los capítulos 7 y 8, Jesús está en la ciudad santa con motivo de la fiesta de las Tiendas, en otoño. Ahora, en el capítulo 10, que leemos hoy, Jesús está de nuevo en Jerusalén con motivo de la fiesta de la Dedicación del Templo (en hebreo Januká), en invierno (10,22). 

Asistimos a una nueva controversia con los judíos; esta, al igual que la otra que hemos indicado, acaba con un intento de apedrear a Jesús (10,31; 8,59); también en esta ocasión se escabulle; Jesús se retira al Jordán, donde había bautizado Juan. La conclusión de este texto es que «muchos creyeron en él».

La fe, o mejor, el «creer» o no «creer» es un hilo rector del evangelio de Juan. Los judíos «no creen» en él y se le oponen  abiertamente, acusándolo de «blasfemo». En la teología judía, anclada en el monoteísmo exclusivista –no admiten nada ni a nadie que sea comparable con Dios–, la pretensión de Jesús de identificarse con el Padre es insoportable para sus adversarios. Llama la atención el argumento de Jesús apelando a la Escritura; hay un texto, en Sal 82,6, en que se lee: «Seréis dioses». Es un salmo que salva el monoteísmo de Israel poniendo a las divinidades  mensajeras de los pueblos vecinos por debajo de Yahvé, el único Señor. Estas divinidades mensajeras –que el salmo llama «dioses»– fueron en algún momento instrumentos imperfectos de Dios. Jesús argumenta: si aceptáis este texto del salmo, ¿cómo rechazáis que yo use el título de Dios, si el «Padre me consagró y me envió al mundo? Jesús responde con argumentos bíblicos la ofensiva de los judíos. Es una lucha cuerpo a cuerpo, dura, sin cuartel. Jesús no se asusta, sino que cumple su misión de revelar al Padre.

26 marzo, 2026

Necesitamos los ojos de la fe

 Evangelio: Juan 8,51-59

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: «Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre». Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?». Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera: “No lo conozco”, sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio y se llenó de alegría». Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?». Jesús les dijo: «Os aseguro

que antes de que naciera Abrahán existo yo». Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

 


Comentario

Con este texto, el evangelista Juan cierra la larga escena de Jesús en el Templo, en la fiesta de las Cabañas, y su confrontación con los judíos. Cuando sus adversarios cogen piedras para tirárselas –es un blasfemo y debe ser apedreado–, el evangelista dice que «Jesús se escondió y salió del Templo» (8,59).

El Templo de Jerusalén no es un espacio pequeño o un edificio; ocupaba catorce hectáreas; la mayor parte eran zonas abiertas por donde la gente se movía con restricciones: el patio exterior era para todos, incluidos los paganos; el siguiente, para Israel, hombres y mujeres; más allá solo podían los hombres; luego había otro patio para sacerdotes, hasta que se llegaba al «santo de los santos», exclusivo del sumo sacerdote.

Jesús está en uno de los patios, probablemente el exterior, en la zona amplia, donde enseña. Para entender la referencia a Abrahán de este texto hay que leer unos versos más adelante, cuando Jesús les dice que «la verdad os hará libres» (Jn 8,31-33). Abrahán
tuvo dos hijos: primero el de la esclava, Ismael, que para los judíos es símbolo de la esclavitud: luego tuvo a Isaac, hijo de la esposa Sara, que es el hijo de la promesa. Los judíos dicen que ellos son libres, porque son «hijos de la promesa»; no son «hijos de la esclava», no son esclavos. Ahora los judíos le acusan de situarse por encima de Abrahán, incluso de pretender ser anterior a él.

No hay entendimiento posible: para los judíos es una cuestión de tiempo; para Jesús, de identidad y de misión: Jesús es el Hijo preexistente («antes que Abrahán existiera yo soy»); es «uno con el Padre»; su misión es la que el Padre le ha encomendado. A veces argumentamos con criterios temporales, históricos, para rechazar a Jesús; pero el misterio de Jesús y su misión salvadora traspasan la historia. Necesitamos los ojos de la fe.

 

24 marzo, 2026

La cruz de Jesús ¿abandono o revelación?

 Evangelio: Juan 8,21-30

 En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros». Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».

Y él continuaba: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados». Ellos le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les contestó: «Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él». Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús: «Cuando  levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada». Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.




 Comentario

 No nos hemos ido del Templo de Jerusalén; seguimos la lectura de los días anteriores, que sitúan a Jesús enseñando a una multitud que llena la ciudad por la fiesta de las Cabañas (o Tabernáculos; para san Juan, sencillamente, «la Fiesta»). 

El texto que leemos hoy gira en torno a la presentación de Jesús sirviéndose del enigmático  «yo soy». Recordemos que Dios se revela a Moisés en el Horeb como «Yo soy el que soy». Dios no se deja encerrar en ninguna definición; es una revelación muy abierta a nuevas lecturas e interpretaciones. En este texto dice Jesús de sí mismo: «Yo me voy y me buscaréis»; «yo soy de allá arriba»; «yo no soy de este mundo»; «cuando sea levantado…, sabréis que yo soy». No es un ejercicio de adivinanzas, sino de revelación progresiva. Jesús «se va», pero no es un suicidio –como el mismo texto aclara, sino que regresa con el Padre, del que procede. Jesús es hombre como nosotros, pero no pertenece al «mundo» –en Juan tiene connotaciones negativas–, sino que es «de allá arriba».

El evangelio de Juan, lo hemos comentado con anterioridad, presenta una «alta cristología», donde insiste en la preexistencia del Hijo, en su encarnación, en su unión con el Padre y en su retorno a él. ¿Cómo retornará Jesús al Padre? Cuando «levanten en alto al Hijo del hombre»; esto es, en la cruz.

La cruz no es un abandono; Dios no le deja solo, sino que Jesús, el Hijo, une en su persona el amor a la humanidad desgarrada y victimizada por la violencia, con el amor de Dios a la humanidad, a cada persona, a cada ser humano. Jesús es Dios humanado hasta las últimas consecuencias. El descubrimiento del misterio de Jesús es progresivo. No solo porque a nosotros –de mente y corazón limitados– nos cuesta entenderlo, sino por pura pedagogía divina. Se va desvelando poco a poco, de forma que nosotros somos testigos privilegiados del misterio de vida y de salvación que se cumple en Jesús.

 

23 marzo, 2026

Somos de barro. Ese es nuestro 'espejo'

 

Evangelio: Juan 8,1-11

 

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús,  inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».




 Comentario

Leemos detenidamente el texto que encontramos en san Juan. 

Partiendo de un estudio literario, desde la crítica textual, algunos autores proponen que este texto pertenecería a Lucas, considerado el «evangelista de la misericordia». 

Desde un punto de vista antropológico y cultural, estamos en una escena de condena de una mujer acusada de adulterio. El castigo de la Ley es la lapidación (Lv 20,10); pena de muerte para la prometida o esposa infiel al hombre a quien legalmente pertenece, aunque todavía no viva con él (Dt 22,21). Los varones presentes «cumplen» con la Ley. No se echa la culpa al varón como adúltero, sino que la culpa es de ella; en nuestra sociedad actual, este detalle chirría y nos enoja.

Desde una perspectiva religiosa del judaísmo del siglo I, la escena se desarrolla en el Templo, lugar sagrado por antonomasia. Los que llevan a la mujer son los «escribas del partido fariseo»; los acusadores no buscan tanto a la mujer cuanto a Jesús. No buscan una «sentencia», pues Jesús no es un «juez», sino que se pronuncie sobre la Ley (le llaman «Maestro»). Podríamos parafrasear a los acusadores así: «La hemos sorprendido en adulterio, ¿qué hacemos?, ¿la llevamos al tribunal competente o la ejecutamos sin más?» (Gn 38; Dt 17,7). Jesús no responde de inmediato; luego contesta con unas palabras que hoy siguen resonando más allá de los ámbitos religiosos: «El que esté sin pecado que tire la primera piedra».

Nadie puede ser juez inmisericorde de otra persona, pues todos estamos hechos de barro. Nadie puede presumir de no haber caído nunca en una contradicción, error consentido o pecado. Jesús, una vez más, da salida a la situación desenmascarando a los falsos piadosos, echándoles en cara su pecado y salvando a la mujer. Las últimas palabras del texto, «tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más», son una exhortación apremiante a la compasión y el perdón. El texto funciona como un «espejo» para todos y cada uno de nosotros.

 

21 marzo, 2026

La pregunta de entonces y de ahora, para cada uno: ¿Quién es Jesús?



 Evangelio: Juan 7,40-53, o bien: 9,1-41

 En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: «Este es de verdad el Profeta». Otros decían: «Este es el Mesías». Pero otros decían: «¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?». 

Y así surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima. Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron: «¿Por qué no lo habéis traído?». Los guardias respondieron: «Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Los fariseos les replicaron: «¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos».

Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo: «¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?». Ellos le replicaron: «¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas». Y se volvieron cada uno a su casa.

 

Comentario

Seguimos en el Templo de Jerusalén, en la fiesta popular y populosa de las Tiendas o Cabañas. El ambiente de la ciudad es festivo; el pueblo judío, un pueblo teocrático, está expectante para ver si se producen los signos que indiquen que el Mesías está llegando. Algunos lo identifican con Jesús: «Este es el Mesías»; otros dicen: «No; este es el último profeta, el que anuncia su inmediata llegada». San Juan centra la discusión en Galilea: el Mesías debe venir del linaje de David, y de Belén; esto es, de la tribu de Judá, que se localiza en el sur. No hay un solo texto de la Escritura que diga que el Mesías provendrá de Galilea, tierra de paganos, que limita al norte con los fenicios, los arameos y los griegos de la Decápolis. Intervienen los fariseos, desprecian a la gente sencilla porque es inculta, y llega a decir de ellos que son unos «malditos» (esta maldición proviene de desconocer la Ley y no poder cumplirla). 

Un fariseo que ya conocemos con anterioridad, Nicodemo, que aparece en el capítulo 3 de san Juan, interviene poniendo sensatez a la situación: «No podemos juzgar a nadie si antes no lo escuchamos». Nicodemo prueba la ira de sus correligionarios fariseos: «No sabes de la Ley… Los profetas no vienen de Galilea». Jesús es causa de controversia entonces y ahora. Las Escrituras que leemos, más en concreto el Antiguo Testamento, ¿anuncian a Jesús? ¿Es el Antiguo Testamento solo una preparación histórica, geográfica, religiosa y cultural? ¿Es Jesús el Mesías esperado y anunciado? Jesús es el Mesías, pero no como lo esperaban los judíos, sino conforme al plan del Padre, desde el amor al Hijo y a toda la humanidad.

 

20 marzo, 2026

LA FE ES UN RIESGO QUE HAY QUE CORRER

 Evangelio: Juan 7,1-2.10.25-30

 En aquel tiempo recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió él también, no  abiertamente, sino a escondidas. Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene». 

Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado». Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

 

Comentario

 

La fiesta de las Tiendas o de los Tabernáculos (Sukkot en hebreo) marca el comienzo del otoño mediterráneo para los judíos. Desde un punto de vista agrícola, es la fiesta de la recolección de frutos (uvas, higos y otras frutas dulces); desde el punto de vista bíblico, el pueblo recuerda la estancia de Israel en tiendas en el desierto, antes de entrar en la tierra prometida. Es una fiesta popular, donde la gente festeja en la calle y llega a montar pequeños cobijos para pasar el día, incluso la noche. Es tan popular que a veces se llama sencillamente «la fiesta», como vemos en el texto de hoy (Jn 7,8.10.11.14). Después del destierro, el judaísmo, incipiente como religión distinta de la de sus vecinos, establece tres fiestas de peregrinación obligatoria: la Pascua en primavera, las Semanas a comienzos de verano y las Tiendas a comienzos de otoño. Así se entiende la insistencia en el texto de que los conocidos de Jesús acuden a Jerusalén, mientras que Jesús les esquiva: primero les dice que no va, pero luego acude. 

La fama de Jesús ha llegado a Jerusalén y hay opiniones encontradas. Para unos es «bueno», pero para otros «engaña a la gente». Los sacerdotes del Templo encendían los cuatro grandes candelabros y bajaban hasta la alberca de Siloé para recoger agua; después subían procesionalmente hasta el altar de los sacrificios y lo rociaban con agua, quizá para pedir lluvia en la siguiente estación. Así se entiende que en el contexto de los rituales religiosos prescritos Jesús diga: «Yo soy la luz del mundo» (8,12), y «si alguien tiene sed, que venga a mí y beba» (7,37). Jesús se presenta en el Templo, pero no quieren creer en él. La fe es un riesgo que hay que correr.

 

09 marzo, 2026

La autoridad moral de Jesús

 Evangelio: Lucas 4,24-30

 En aquel tiempo dijo Jesús al pueblo en la sinagoga de Nazaret: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso ente ellos y se alejaba.

 



Comentario

Jesús se ha presentado en la sinagoga de su pueblo, Nazaret (ver texto anterior) y, leyendo el texto mesiánico del profeta Isaías (61,1-2), dice de sí mismo que el Espíritu le ha «ungido» para dar la buena noticia a todos los pueblos, para proclamar un «año de gracia» de Dios, del que excluye la venganza. La reacción de sus paisanos no se hace esperar y le rechazan porque se presenta como «ungido». Así se entiende la frase que ha pasado a la literatura y al sentir popular: «Ningún profeta es aceptado en su tierra». Esta dura experiencia de Jesús se repite a lo largo de la historia y de las culturas: preferimos creer a un extraño antes que a alguien que es de nuestro entorno. Jesús es duro con sus paisanos, recordándoles que en las Escrituras esta misericordia universal se ha hecho realidad por medio de Elías y Eliseo, hombres de Dios, israelitas que realizan sus signos con personas que no son del pueblo elegido. Ellos, los judíos, no tienen en exclusividad a Dios. La misericordia de Dios es para la gran humanidad. La misión de Jesús, ungido de Dios, no se limita a un grupo humano, sino que se abre a todos los pueblos. Las palabras de Jesús aún provocan más la ira de sus paisanos, que intentan deshacerse de él despeñándolo. Jesús, en un gesto de autoridad moral, se abre paso.

 

08 marzo, 2026

La pedagogía de Jesús: de la sed humana a la sed de Dios

 Evangelio: Juan 4,5-42, o bien: 4,5-15.19-26.39.40-42

En aquel tiempo llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas», o «¿de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto, sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: “Uno siembra y otro siega”. Yo os  envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días.
Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».


 


Comentario

 Comienza la primera de las tres grandes catequesis de los evangelios en el «ciclo A» de la Cuaresma. La primera se dedica a la «sed» del ser humano. La segunda, a la «luz». La tercera, a la «vida». Las tres se sirven de otros tantos textos de Juan,

evangelio simbólico y teológico. Una de las necesidades fundamentales del ser humano, junto con el alimento, es saciar la sed. Es una experiencia universal. Por otra parte, el agua tiene también el valor universal de satisfacer plenamente esta
necesidad. Juan pone a Jesús en la tesitura de tener sed; además, llega a un pozo, pero no a cualquiera, sino a uno que tiene tradición histórica en Israel –es el «pozo de Jacob»– y tradición simbólica –«pozo de los patriarcas, de los antepasados»–, que une a Jesús con la historia del pueblo. Sin embargo, Jesús no puede acceder al agua. Juan incorpora una mujer a la narración (elemento perturbador en aquella sociedad); no es cualquier mujer (judía, galilea, pagana), sino una «samaritana» (san Juan incide así en su condición de «sospechosa»). Los judíos y los samaritanos se profesan odio ancestral. Jesús no solo rompe el hielo con la mujer, sino que inicia toda una catequesis en torno a la necesidad del agua, al agua que sacia y que no sacia, a las dificultades para acceder a ella. Como si se tratase de un pedagogo, Jesús la va conduciendo desde la necesidad de agua hasta el «agua viva» que ella desconoce. Jesús se revela a sí mismo y hace que la mujer la pida explícitamente: «Dame de esa agua». La samaritana puede ser cualquier persona que tiene en el fondo de su corazón una sed desconocida, sin límites precisos, pero que busca, y no se niega a ser saciada.