19 febrero, 2026

¿Qué es para ti "ganar" o "perder"?

 Evangelio: Lucas 9,22-25

 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?».





Comentario

 Jesús comienza la instrucción de sus discípulos sobre las verdaderas exigencias del discipulado. Jesús habla de «ganar» y de «perder», invirtiendo el sentido habitual: «El que pierde, gana, y el que gana, pierde». Cuatro verbos marcan el evangelio de hoy, dirigidos por el Señor al cristiano que quiere acompañarle en este camino cuaresmal: el que «quiera seguirme» que «se niegue a sí mismo», «cargue con su cruz» y «se venga conmigo». Este podría ser un buen programa de vida cristiana: tener la voluntad de querer seguir al Señor, renunciar a uno mismo, cargar con las cruces diarias de la vida e irse tras los pasos de Jesús. Gastando la vida por los demás, perdiéndola, es como se gana y se salva. 

Los evangelios de la Cuaresma invitan siempre a la radicalidad en el seguimiento del Señor: «¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?». Nadie quiere perder su prestigio, sus bienes o sus derechos; todos queremos ganar en estabilidad, tranquilidad o paz. Sin embargo, Jesús no nos deja indiferentes: el que se gasta todo en lo que no vale, ese es el que pierde. El que sabe elegir el verdadero sentido de la vida, el Evangelio, aunque parezca que pierde, es el que gana. No se trata de un juego de palabras, sino de cambio de mentalidad iluminados por Jesús.

 

18 febrero, 2026

AYUNO, LIMOSNA Y ORACIÓN.. COMO DISCÍPULOS DE JESUS

 Evangelio: Mateo 6,1-6.16-18

 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis  cabizbajos, como los hipócritas, que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu

Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

 


Comentario

 

Oración, limosna y ayuno son tres de los pilares de las liturgias penitenciales presentes en las Escrituras. Con el ayuno, Israel descubre que el Señor es el fundamento de su vida. Con la limosna toma conciencia de que debe compartir unos bienes que Dios le ha puesto en sus manos. Con la oración se une al Dios de la vida. Ahora bien, como en otras tantas experiencias religiosas, lo que en sí es un valor, puede tornarse en perversión si el ser humano lo trastoca con sus intereses. La naciente comunidad judeocristiana de Mateo vive una situación de hostilidad por parte de la sinagoga. Jerusalén ha sido destruida; grupos importantes del pueblo judío, como los saduceos o los esenios, han desaparecido, y los fariseos toman las riendas de la situación. Las palabras que pone Mateo en boca de Jesús son incisivas. A la vez que una denuncia a las falsas actitudes religiosas de la época, es una llamada de atención a la comunidad naciente para que su posición interior ante la oración, la limosna y el ayuno se realicen con un espíritu nuevo. Jesús no niega su valor, sino que los coloca en su justo punto. Limosna sí, con justicia, no para buscar la honra humana ni menos aún para justificar formas escandalosas de vida. Oración sí, con honestidad, no como una pose de falsa piedad o para querer construir una falsa existencia ante Dios. Ayuno sí, adorando solo a Dios y no a los ídolos; ayuno de todo lo que es inhumano. No aparentéis, no llevéis doble vida, no busquéis el reconocimiento de la gente, no seáis falsos, no hagáis de un gesto de reconocimiento al Dios de la misericordia una propaganda de vosotros mismos. Jesús no pide derribar los tres pilares, sino darles su justa medida y su significado apropiado, que toma su luz del Evangelio.

 

17 febrero, 2026

TENED CUIDADO CON LA LEVADURA DE LOS FARISEOS

 Evangelio: Marcos 8,14-21

 

En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les recomendó: «Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes». Ellos comentaban: «Lo dice porque no tenemos pan». Dándose cuenta, les dijo Jesús: «¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis y los oídos si no oís? A ver, ¿cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil? ¿Os acordáis?». Ellos contestaron: «Doce». «¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?». Le respondieron: «Siete». Él les dijo: «¿Y no acabáis de entender?».

 




Comentario

En el evangelio de ayer, unos fariseos piden una «señal» a Jesús; él, después de decirles que a esa generación no se les dará otra «señal» –recordemos que acaba de realizar la segunda multiplicación de los panes (Mc 8,1-10)–, se aleja en una barca.
Marcos da un detalle: los discípulos se habían embarcado, pero habían olvidado los panes; solo llevaban
«uno». La referencia directa al pan le sirve a Jesús para provocar una reflexión a sus discípulos advirtiéndoles sobre la «levadura» de Herodes y los
fariseos. La levadura hace fermentar, transforma, hincha, remueve; no deja las cosas como están; puede fermentar la masa del buen grano que alimenta, pero también la masa de las insidias, envidias, superficialidades o violencias. Jesús ha hecho dos signos con el pan que se parte, reparte y comparte, alimentando a todos los necesitados de cuerpo y alma; pero los fariseos ni lo entienden ni lo quieren entender. Los fariseos hacen fermentar la masa de la incredulidad que lleva el ser
humano en el corazón. Esta masa fermentada de objeciones reiteradas, resistencias naturales, pragmatismos sofocantes y cálculos a corto plazo impide que nos abramos al don sorprendente, y con frecuencia inexplicable, de la fe personal en Jesús.

 

13 febrero, 2026

¿Jesús es para todos o solo para unos pocos selectos?

 Evangelio: Marcos 7,31-37

 

En aquel tiempo dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron a un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete». Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

 


Comentario

 

La ubicación de la escena es importante porque nos da una clave necesaria para la interpretación del texto: la geográfica-cultural-religiosa. Debemos fijarnos en esta información: Jesús recorre las áreas limítrofes de Galilea y se adentra en las regiones de Tiro y Sidón, de cultura fenicia; por otra parte, la Decápolis es una zona de influencia helenística. En ambos casos nos movemos fuera de los límites del Israel histórico, del pueblo elegido. Unos lugareños -paganos por tanto- le llevan un sordomudo; no queda claro si es judío o pagano - como se sobreentiende-. Jesús le toca la lengua y oídos; espira su hálito sobre él y dice effetá, «ábrete». La gente se maravilla.

La lectura que podemos hacer es doble: por una parte, Jesús lleva a cumplimiento las esperanzas de restauración que anuncia el profeta Isaías, si bien no es una restauración política –un nuevo reino de Judá–, sino humana: sordos y mudos recuperan la expresión y la comunicación. Su minusvalía se atribuye a algún pecado, bien suyo, bien de sus antepasados; ni puede escuchar la palabra de Dios ni puede alabarle: esa persona está «aislada». Jesús toca al enfermo y le da una orden, que supone un cambio radical que le afecta en el cuerpo y el espíritu. El hombre recupera la comunicación, la capacidad de escuchar y de hablar.

Una segunda lectura nos lleva al mundo de los descartados: también los que no forman parte del Pueblo de Israel pueden escuchar a Dios y bendecir su nombre. El evangelio retomará una y otra vez esta aparente contradicción: los destinatarios del Evangelio se cierran, los paganos son con frecuencia los que bendicen el nombre de Dios. Los que le acompañan afirman de él: «Todo lo hace bien».

 

11 febrero, 2026

Jesús nos libera de los falsos escrúpulos

 

Evangelio: Marcos 7,14-23

 En aquel tiempo llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando dejó a la gente y entró en casa le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón,
sino en el vientre, y se echa en la letrina». Con esto declaraba puros todos los alimentos. Y siguió: «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia,
difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

 

Comentario

El texto que leemos hoy es una continuación del argumento de ayer sobre la «pureza» e «impureza». En este caso, la discusión se circunscribe a un grupo de confesión judía que tiene unas Escrituras de referencia, pero lo podríamos ampliar a la condición humana en general. La pregunta es: ¿acaso algún ser humano es impuro? ¿Cómo se contamina un ser humano? ¿Por comer alimentos impuros? ¿Por entrar en contacto con objetos declarados impuros? Algunas personas «naturalmente religiosas», que llevan este asunto a los extremos, pueden caer en los escrúpulos, que condicionan gravemente toda su vida. Jesús, una vez más, aborda el tema y le da un sentido nuevo y coherente. Sabe que el tema es difícil, pues sus oyentes son judíos, y no puede ignorar la situación. Nada que viene de fuera –alimentos, objetos de uso, incluso personas con las que convives– pueden ser impuras o transmitir impurezas. ¿Qué es, por tanto, impuro? Todo aquello que nace de nuestro corazón obstinado, retorcido, malintencionado, corrosivo o pernicioso para nosotros o para los demás.

 

10 febrero, 2026

Tradición respetada y coherencia personal

 Evangelio: Marcos 7,1-13

En aquel tiempo se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?». Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres». Y añadió: «Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre tiene pena de muerte”; en cambio, vosotros decís: “Si uno le dice a su padre o a su madre: ‘Los bienes con que podría ayudarte los ofrezco al templo’”, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre, invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y como estas hacéis muchas».

 

Comentario

 

Estamos ante una escena de acoso contra Jesús. Los maestros de la Ley, que han venido desde de Jerusalén, junto con los fariseos locales, buscan de qué poder acusarle. En este caso se trata de la «pureza ritual», fundamental en el judaísmo; objetos y personas pueden ser declarado puros o impuros, y, consecuentemente, apropiados o prohibidos; no por razones higiénicas, sino religiosas, como si Dios se ofendiera o se agraviara por ello. Los adversarios de Jesús buscan el apoyo de su argumento apelando a las «tradiciones de los mayores». Jesús les contesta con su mismo argumento: ellos manipulan y se sirven de las tradiciones como quieren. La Ley es un don de Dios a su pueblo para que, una vez acabada la travesía del desierto, pueda «vivir» y «prosperar» en la tierra prometida. El pueblo de Israel, sin embargo, deriva progresivamente hacia un legalismo que retuerce la Escritura y que termina siendo agobiante. Así, la Ley, que en principio busca la correcta relación con Dios en el judaísmo, se transformará en un examen continuo de «pureza o impureza» de las cosas y de las personas. Jesús apela a un texto de la Escritura, del profeta Isaías, donde Dios se queja de que este pueblo «está lejos de mí». La verdad solo tiene un camino. A veces damos vueltas y argumentamos de forma torticera para querer llegar a conclusiones que no provienen de la verdad sencilla. No se puede apelar a las «tradiciones» y luego servirnos de ellas para lo que nos interesa. La reducción de la relación con Dios a un continuo examen de «pureza o impureza» no es de Dios, sino que forma parte de las «tradiciones humanas». Jesús nos enseña a mirar el fondo de las personas y de la vida.

 

 

08 febrero, 2026

Las buenas obras, ¿condición o consecuencia?

 Evangelio: Mateo 5,13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta
en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre, que está en el cielo»




Comentario

El evangelio de Mateo insiste en las «buenas obras». No debe extrañarnos, pues la religión judía tiene su fundamento en cumplir la Ley de Moisés, entendida como la Ley de Dios. Lo importante, según este argumento, es ser «cumplidor», «acumular méritos». Jesús no las rebate de forma directa, sino que va más allá. Las «buenas obras» no son condición inexcusable, sine qua non, para que el amor de Dios se haga palpable y manifiesto, sino la consecuencia de pertenecer al Reino. El discípulo de Jesús es como la sal que da sabor cuando parece que todo ha perdido su ser, su gracia, su punto de sazón. El discípulo de Jesús pone la luz cuando parece que las tinieblas se apoderan de la estancia o habitación y todos los objetos se difuminan hasta no saber distinguir una cosa de otra. Las buenas obras no son requisito para que Dios nos ame, sino que, por medio de ellas, la persona que se deja tocar por el Evangelio bendice a Dios: «Así darán gloria a vuestro Padre». La luz y la sal no proceden de nosotros y nuestras capacidades, sino de la nueva vida en el Espíritu de Jesucristo. La sal sirve para sazonar, conservar alimentos, para dar gusto. La luz disipa oscuridades, aclara las cuestiones confusas, llega hasta a los rincones más oscuros. En ambos casos, Jesús previene sobre la posibilidad de que ambas, que son imprescindibles, pierdan su cualidad y su función: una sal que no sala y una luz mortecina no sirven para nada. Los discípulos hemos recibido dones preciosos de Dios, para ponerlos al servicio de los demás. No podemos despreciarlos o dejar que pierdan su valor.

06 febrero, 2026

EN EL ESCENARIO DEL MUNDO TODOS SOMOS PROTAGONISTAS


Evangelio: Marcos 6,14-29

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan Bautista ha resucitado, y por eso los poderes actúan en él». Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos». Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado». Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo doy». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan, el Bautista». Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista». El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. Enseguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.




Comentario

La fama de Jesús se extiende y provoca la pregunta: ¿quién es este? De nuevo encontramos distintas opiniones: para unos, Juan Bautista; para otros, Elías, y para otros, un profeta. En este caso, el rey Herodes se delata a sí mismo diciendo que es Juan Bautista, al que él había mandado decapitar. Esta confesión le sirve a Marcos para narrar un relato verídico y conocido sobre el triste final del profeta que bautizaba junto al Jordán. Como todos los profetas verdaderos molestaba al poder autoritario, porque decía la verdad sin rodeos, y había sido detenido. Su palabra, que denunciaba injusticias y abusos, era una amenaza para los  poderosos perversos, pervertidos y pervertidores. Herodes se muestra un donnadie sin personalidad y cruel, que no duda en firmar la muerte del inocente que le molesta. Los personajes de entonces tienen hoy otros nombres, pero mantienen las actitudes y comportamientos: Herodes es inmoral, voluble y caprichoso; Herodías, astuta, dura y sanguinaria; Juan sufre la injusticia y la muerte por ser un hombre de Dios veraz, valiente y coherente. Los discípulos de Juan lo entierran en un acto de piedad y justicia. En el escenario del mundo nadie puede evadirse, todos seguimos siendo protagonistas.

 

30 enero, 2026

LA FUERZA DE DIOS SE MANIFIESTA ALLÍ DONDE PENSAMOS QUE NO HAY «FUTURO»

 

Evangelio: Marcos 4,26-34

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega». Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.



Comentario

Jesús les expone la palabra «acomodándose a su entender». Jesús es un maestro atípico, pues, lejos de insistir en los preceptos de la Ley de Moisés, como los fariseos, les explica la Buena Noticia de Dios de forma sencilla, para que todos la entiendan. Jesús se ha criado en los campos de la Baja Galilea, en un ambiente rural. Jesús se sirve de estas dos comparaciones didácticas y muy claras para que todos entiendan cómo se abre camino el Reino que anuncia. Jesús parte de la observación de la naturaleza. En este caso no se fija en la calidad de la tierra buena, endurecida o pedregosa, sino en el tiempo necesario y en la paciencia y esperanza del que ha sembrado. La semilla se entierra, germina, crece día y noche y va madurando. Jesús dice: «Sin que el labrador sepa cómo». Es el misterio de la vida, que se escapa a nuestro control. Todo crecimiento necesita tiempo y espera; no hay que precipitarse, no se puede desenterrar ni arrancar antes de tiempo porque se provoca la ruina. Dios nos enseña a confiar, a ser pacientes y saber esperar. La segunda comparación se centra en la enorme diferencia que hay entre una semilla mínima (insignificante) y el resultado final. La primera reflexión es que no se puede despreciar nada (ni a nadie) por pequeño, débil o simple que parezca. La segunda nos lleva de nuevo a la espera necesaria: todo requiere su tiempo, hay que respetar los procesos. La fuerza de Dios se manifiesta con frecuencia allí donde nosotros no vemos nada o pensamos que no tiene «futuro». Son los caminos siempre nuevos, insospechados, sorprendentes y confiados de Dios. El Reino que Jesús anuncia transita por ellos. Las parábolas son una invitación a cambiar de criterios y de mentalidad.

 

 

27 enero, 2026

Tú y yo podemos ser de la «familia de Jesús»

 

Evangelio: Marcos 3,31-35

En aquel tiempo llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: «Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan». Les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y, paseando la mirada por el corro, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».




Comentario

Debemos leer este texto completo, desde unos versos anteriores, siguiendo un esquema literario que es propio de Marcos. Primero habla de la familia que busca a Jesús porque piensa que «está fuera de sí» (Mc 3,21); luego Marcos introduce otro tema: los maestros de la Ley que han viajado a Cafarnaún desde Jerusalén, acusan a Jesús de que está poseído por Belcebú (Mc 3,22). Marcos, por fin, recupera el argumento de los familiares que le buscan para llevárselo a casa (Mc 3,31-35) este último fragmento de la escena es el evangelio que leemos hoy. Es lo que se conoce como un «esquema en bocadillo: A-B-A’.

Marcos habla de un grupo humano que dibuja a grandes trazos como la «madre y los hermanos» de Jesús. Podemos entender que son sus familiares próximos, según el esquema cultural semita de la época, que han viajado desde Nazaret hasta Cafarnaún. La escena que dibuja Marcos tiene una distribución de los espacios y personajes que es significativa. Unos vienen «de fuera», no hablan con él, sino que le llaman para que salga del recinto donde está y se vaya con ellos; no hacen ni siquiera mención de escucharle. Otros están sentados a su alrededor en actitud de escucha. 

Se crean dos espacios. Los «familiares según la sangre» no están en disposición de ser discípulos porque se dejan llevar por lo que ellos piensan de él, porque creen que le conocen; por el contrario, los que están en torno a él, a sus pies, en disposición de acoger su mensaje y su persona son «su nueva familia». Marcos plantea la pregunta importante y decisiva: ¿Quién es de la familia de Jesús? ¿Los que pueden presentar «lazos de sangre» o los que le escuchan y quieren vivir conforme a la voluntad de Dios? Ser cristiano supone entrar en los círculos íntimos de Jesús y ponerse a sus pies como discípulo. Ahora bien; esto no supone privilegios, porque si a Jesús le tratan a veces con dureza, su discípulo no puede esperar parabienes y halagos.

26 enero, 2026

EL MISIONERO NO BUSCA LAS RIQUEZAS, PORQUE SU UNICA RIQUEZA ES DIOS

 

Evangelio: Lucas 10,1-9

 

En aquel tiempo designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros, pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa decid primero: “Paz en esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”».

 


Comentario

 

Jesús anuncia el «Reino/reinado de Dios». Esa es la misión que el Padre le ha encomendado y que Jesús descubre en largas horas de oración; quizá durante toda la noche, en un lugar retirado. No podemos imaginarnos a un Jesús «sabelotodo», casi como un
niño repelente. Jesús madura su misión, descubre su tarea, comprende poco a poco la voluntad de su Padre en largas e intensas horas de intimidad con él. Primera reflexión: la fe no es una ideología que se aprende en libros o academias, sino una aceptación en un encuentro de intimidad, poco a poco. Jesús descubre que él solo no puede llevar adelante esa tarea, ni por su extensión («la mies es mucha»), ni por sus fuerzas limitadas («los obreros son pocos»), ni por la condición misma de la misión: compartida, nunca en solitario. El enviado, nos dice Lucas, es alguien que vive en conciliación, esfuerzo y pobreza. El misionero no busca la confrontación, mucho menos imponerse por la fuerza; mucho menos la venganza; es conciliador, no provocador de tensiones que desatan la violencia. En esfuerzo, como si de un trabajo se tratara; no es, por tanto, una tarea secundaria que se deja para cuando no hay nada mejor que hacer: el «obrero» merece su «salario», su paga; aunque solo sea un bocado para no desfallecer y poder seguir adelante. Por último, el misionero vive en pobreza radical y fructífera: no busca las riquezas, porque su única riqueza es Dios. No busca comprar la salvación, porque el fruto nace de la fe que se comparte. Timote y Tito, compañeros de Pablo, son testigos vivos de este anuncio –en concordia, sencillez y pobreza– del Evangelio.

 

25 enero, 2026

JESUS, DESDE GALILEA, INAGURA UNA NUEVA RELACION CON DIOS

 

Evangelio: Mateo 4,12-23 (o bien: 4,12-17)

 Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a  Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló».

Entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Pasando Jesús junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

 


Comentario

El evangelista Mateo escribe pensando en los judíos que ven con simpatía a Jesús pero que se hacen esta pregunta: la vida de Jesús ¿ha sido anunciada en las Escrituras? Para un judío la pregunta tiene sentido. El Dios de los padres no hace nada al azar: se comunica en la historia, anticipa por medio de los profetas su voluntad, anuncia sus intervenciones. Mateo así lo comprende y así lo repite con insistencia. No es casual que Jesús sea galileo, de donde no se puede esperar nada, pues en toda la historia de Israel nada ha demostrado. No solo no es casual, sino que Dios mismo lo había anunciado por medio de Isaías, profeta de total garantía para un buen judío. Jesús llama a la «conversión». Llamada universal, pues cada uno de nosotros sabe dónde está, cuáles son sus cadenas y sus expectativas, y todo esto lo debe poner a los pies de Dios y de su Reino: «Está cerca el reino de Dios». El texto presenta a continuación la llamada a los primeros discípulos: unos pescadores galileos. Se trata, con las claves históricas bíblicas, de una novedad radical. Si en el Antiguo Testamento los llamados eran hebreos con raíces bien en el reino del Norte, bien en el reino del Sur, de las casas de Israel y de Judá, ahora Jesús llama a unos galileos. Galilea –territorio de Zabulón y Neftalí– era tierra de frontera, más próxima a los arameos del norte y a Damasco que a Jerusalén y su Templo. Como dice el texto, era tierra «de los gentiles». ¿Se puede alcanzar mayor provocación? Jesús tiene una misión que supera los clichés para inaugurar una nueva forma de entender la relación con Dios. La salvación alcanza las tierras que oficialmente no eran dignas de ser tenidas en cuenta por las personas religiosas.

 

22 enero, 2026

JESUS NO JUEGA CON LOS SENTIMIENTOS DE LA GENTE

 Evangelio: Marcos 3,7-12

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

 





Comentario

La actividad y la fama de Jesús se extiende. Las fronteras no existen: hablan de él en las aldeas de los alrededores del lago (Galilea), en las tierras paganas del norte (Tiro-Sidón/Fenicia), en las zonas griegas de la Transjordania (Decápolis), en la zona judía piadosa del sur (Judea-Jerusalén) y en la zona hostil al judaísmo de la parte meridional (Idumea/Edón). 



            


La gente quiere verle y tocarle, por si podían ser curados de sus males. La misión de Jesús es anunciar la buena noticia del Reino y realizar signos verificables de su presencia sanadora, liberadora. Las dos van de la mano; una no se entiende sin la otra, porque Jesús no es un «curandero», un «mago», ni un «ilusionista». No ha venido ni a despistar, ni a divertir, ni a crear falsas y breves expectativas. Algunos de los que le tocan están poseídos por «espíritus impuros», que reconocen a Jesús y le confiesan como «Hijo de Dios», pero Jesús se lo impide (de nuevo aparece el conocido como «secreto mesiánico» del evangelio de Marcos). El relato del tercer evangelista tiene una dinámica propia: Jesús es el Mesías, pero aún no ha llegado el momento de esta revelación. Jesús no quiere aparecer como un Mesías triunfalista que va a solucionar todos los problemas, ni como un taumaturgo que crea falsas expectativas con el dolor real de la gente. 

Nosotros habríamos actuado de forma totalmente contraria; hubiéramos dicho: “que se sepa, que su fama se extienda; cuanto antes se corra la voz, mejor”. Pero no todo vale. Él revela su misión curando, sanando, dando vida; pero no es un farsante, ni un palabrero, ni un embaucador que juega con el dolor y los sentimientos de la gente.

 

21 enero, 2026

LA FE NO ES UNA "IDEOLOGÍA RELIGIOSA"

 Evangelio: Marcos 3,1-6

 

En aquel tiempo entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo. Jesús le dijo al que tenía la parálisis: «Levántate y ponte ahí en medio». Y a ellos les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: «Extiende el brazo». Lo extendió y quedó restablecido. En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.

 



Comentario

 

Segunda escena sobre el sábado, esta vez en la «sinagoga». En el lugar se encuentra un hombre anónimo con una mano atrofiada. Sus adversarios «están espiando» a Jesús para ver si cura en sábado y así «tener un motivo para acusarle». Jesús los mira «con indignación» y «apenado» por su dureza de corazón. Marcos nos presenta un Jesús con sentimientos humanos, que lo hace más cercano aún a nosotros. Los fariseos siguen criterios religiosos, y los herodianos, criterios políticos; para ambos, Jesús es peligroso. Jesús busca que la persona viva; por eso les pregunta por la prioridad de la vida sobre la norma. Los fariseos no buscan el bien de la persona, sino que se cumpla la Ley. Jesús se duele por la dureza de corazón de estos falsos defensores de Dios. No esclarecen, sino que enturbian el rostro misericordioso de Dios. Aquellos hombres fanáticos deciden usar la violencia: ¡hay que acabar con Jesús! La actitud de los fariseos pertenece a la ideología, primacía de las ideas, con carácter religioso. 


            


La «ideología religiosa» no es fe. Por ser «ideología» pone a las ideas por delante de las personas y por delante de Dios; por ser «religiosa» justifica sus razones en nombre de Dios, sin tener reparos en manipularlo. La actuación de Jesús se mueve en el ámbito de la compasión misericordiosa, que revela cómo es el Padre Dios y cómo se vuelve con las personas débiles y empobrecidas. No estamos ante un texto «informativo» o «moralizante», invitándonos a ser piadosos con los más necesitados, sino que es un texto «revelador». La fe en Jesús nos libera de las ideologías y nos adentra en el rostro misericordioso de Dios.

 

20 enero, 2026

La religión no puede ser inhumana

Evangelio: Marcos 2,23-28

Un sábado atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron: «Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?». Él les respondió: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que solo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros». Y añadió: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».

 


Comentario

 Una escena de los campos de la Baja Galilea. Jesús va de paso, sus discípulos se echan unas espigas a la boca y unos fariseos intervienen censurando la acción «porque es sábado». Todos son judíos, pero, para Jesús y sus discípulos, no han hecho nada reprobable: tenían hambre y lo han apaciguado con unos granos masticados; nada más. Para los fariseos es muy grave la acción, porque alteran la santidad del sábado. La religión no puede ser inhumana. El sábado (la religión) se ha hecho para el hombre (la gran humanidad en toda su amplitud); la religión no puede esclavizar al hombre, hacer de él un muñeco temeroso o una persona acomplejada. El sábado de la religión judía, mal entendido, no era un momento de dar culto y gloria al Dios creador, sino un peso tremendo: “no se puede trabajar, no se puede andar, no se puede…” Los apóstoles ven cómo los fariseos les recriminan haber frotado unas espigas para echárselas a la boca.

Jesús afirma con rotundidad: el hombre no se ha hecho para el «sábado». Así es, el ser humano ha sido creado para amar, para adorar, para transformar, para servir, para disfrutar, pero no ha sido creado para someterse a unas normas insoportables, con el agravante de ponérselas sobre los hombros a otros más débiles o acomplejados. ¿Va Jesús contra la religión judía? En absoluto. Jesús centra el verdadero culto a Dios, que hace de la religión creyente, adorante, confesante, una religión humana, para las personas. Jesús concluye que «el Hijo del hombre» –o sea, él mismo– es señor del sábado.

 

19 enero, 2026

No se puede guardar un vino joven en odres viejos, con sabores y olores de otras cosechas

Evangelio: Marcos 2,18-22

En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?». Jesús les contestó: «¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán. Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revienta los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

 

Comentario

Tres grupos: los fariseos, los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús. Los dos primeros ayunan, los de Jesús no. Fariseos y seguidores de Juan Bautista son representantes de lo antiguo, Jesús es la novedad. Las preguntas a Jesús se las hacen con visión corta; ellos se mueven en los esquemas de la rutina y su pregunta es “por qué no hacen” lo que hacemos todos. Son incapaces de comprender que Jesús va mucho más allá: el ayuno forma parte del duelo, bien por las tragedias familiares, bien nacionales, bien por razones penitenciales. Jesús no denigra el ayuno, sino que les da un sentido nuevo. Es el tiempo del novio y, consecuentemente, del gozo: porque si el banquete del Reino se está manifestando a los más débiles y necesitados, ¿cómo recibir el Reino con ayuno? La imposibilidad de comprender el Evangelio con esquemas antiguos es similar al arreglo de un traje antiguo, desgastado y descolorido con paño flexible, terso, bien tejido… Son dos elementos que no se pueden conjuntar. Lo mismo es pretender guardar un vino joven, fresco, vivo, oloroso, en un odre pasado, reseco, con sabores y olores de otras cosechas. La novedad de Jesús no aguanta los estrechos límites de la piedad judía; no es antijudío, mucho menos antirreligioso. Jesús es culmen, plenitud, realización, meta, cumplimiento de un Reino que la religiosidad judía atisbaba, pero no alcanzaba. ¡A vino nuevo, odres nuevos!