30 enero, 2026

LA FUERZA DE DIOS SE MANIFIESTA ALLÍ DONDE PENSAMOS QUE NO HAY «FUTURO»

 

Evangelio: Marcos 4,26-34

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega». Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.



Comentario

Jesús les expone la palabra «acomodándose a su entender». Jesús es un maestro atípico, pues, lejos de insistir en los preceptos de la Ley de Moisés, como los fariseos, les explica la Buena Noticia de Dios de forma sencilla, para que todos la entiendan. Jesús se ha criado en los campos de la Baja Galilea, en un ambiente rural. Jesús se sirve de estas dos comparaciones didácticas y muy claras para que todos entiendan cómo se abre camino el Reino que anuncia. Jesús parte de la observación de la naturaleza. En este caso no se fija en la calidad de la tierra buena, endurecida o pedregosa, sino en el tiempo necesario y en la paciencia y esperanza del que ha sembrado. La semilla se entierra, germina, crece día y noche y va madurando. Jesús dice: «Sin que el labrador sepa cómo». Es el misterio de la vida, que se escapa a nuestro control. Todo crecimiento necesita tiempo y espera; no hay que precipitarse, no se puede desenterrar ni arrancar antes de tiempo porque se provoca la ruina. Dios nos enseña a confiar, a ser pacientes y saber esperar. La segunda comparación se centra en la enorme diferencia que hay entre una semilla mínima (insignificante) y el resultado final. La primera reflexión es que no se puede despreciar nada (ni a nadie) por pequeño, débil o simple que parezca. La segunda nos lleva de nuevo a la espera necesaria: todo requiere su tiempo, hay que respetar los procesos. La fuerza de Dios se manifiesta con frecuencia allí donde nosotros no vemos nada o pensamos que no tiene «futuro». Son los caminos siempre nuevos, insospechados, sorprendentes y confiados de Dios. El Reino que Jesús anuncia transita por ellos. Las parábolas son una invitación a cambiar de criterios y de mentalidad.

 

 

27 enero, 2026

Tú y yo podemos ser de la «familia de Jesús»

 

Evangelio: Marcos 3,31-35

En aquel tiempo llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: «Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan». Les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y, paseando la mirada por el corro, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».




Comentario

Debemos leer este texto completo, desde unos versos anteriores, siguiendo un esquema literario que es propio de Marcos. Primero habla de la familia que busca a Jesús porque piensa que «está fuera de sí» (Mc 3,21); luego Marcos introduce otro tema: los maestros de la Ley que han viajado a Cafarnaún desde Jerusalén, acusan a Jesús de que está poseído por Belcebú (Mc 3,22). Marcos, por fin, recupera el argumento de los familiares que le buscan para llevárselo a casa (Mc 3,31-35) este último fragmento de la escena es el evangelio que leemos hoy. Es lo que se conoce como un «esquema en bocadillo: A-B-A’.

Marcos habla de un grupo humano que dibuja a grandes trazos como la «madre y los hermanos» de Jesús. Podemos entender que son sus familiares próximos, según el esquema cultural semita de la época, que han viajado desde Nazaret hasta Cafarnaún. La escena que dibuja Marcos tiene una distribución de los espacios y personajes que es significativa. Unos vienen «de fuera», no hablan con él, sino que le llaman para que salga del recinto donde está y se vaya con ellos; no hacen ni siquiera mención de escucharle. Otros están sentados a su alrededor en actitud de escucha. 

Se crean dos espacios. Los «familiares según la sangre» no están en disposición de ser discípulos porque se dejan llevar por lo que ellos piensan de él, porque creen que le conocen; por el contrario, los que están en torno a él, a sus pies, en disposición de acoger su mensaje y su persona son «su nueva familia». Marcos plantea la pregunta importante y decisiva: ¿Quién es de la familia de Jesús? ¿Los que pueden presentar «lazos de sangre» o los que le escuchan y quieren vivir conforme a la voluntad de Dios? Ser cristiano supone entrar en los círculos íntimos de Jesús y ponerse a sus pies como discípulo. Ahora bien; esto no supone privilegios, porque si a Jesús le tratan a veces con dureza, su discípulo no puede esperar parabienes y halagos.

26 enero, 2026

EL MISIONERO NO BUSCA LAS RIQUEZAS, PORQUE SU UNICA RIQUEZA ES DIOS

 

Evangelio: Lucas 10,1-9

 

En aquel tiempo designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros, pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa decid primero: “Paz en esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”».

 


Comentario

 

Jesús anuncia el «Reino/reinado de Dios». Esa es la misión que el Padre le ha encomendado y que Jesús descubre en largas horas de oración; quizá durante toda la noche, en un lugar retirado. No podemos imaginarnos a un Jesús «sabelotodo», casi como un
niño repelente. Jesús madura su misión, descubre su tarea, comprende poco a poco la voluntad de su Padre en largas e intensas horas de intimidad con él. Primera reflexión: la fe no es una ideología que se aprende en libros o academias, sino una aceptación en un encuentro de intimidad, poco a poco. Jesús descubre que él solo no puede llevar adelante esa tarea, ni por su extensión («la mies es mucha»), ni por sus fuerzas limitadas («los obreros son pocos»), ni por la condición misma de la misión: compartida, nunca en solitario. El enviado, nos dice Lucas, es alguien que vive en conciliación, esfuerzo y pobreza. El misionero no busca la confrontación, mucho menos imponerse por la fuerza; mucho menos la venganza; es conciliador, no provocador de tensiones que desatan la violencia. En esfuerzo, como si de un trabajo se tratara; no es, por tanto, una tarea secundaria que se deja para cuando no hay nada mejor que hacer: el «obrero» merece su «salario», su paga; aunque solo sea un bocado para no desfallecer y poder seguir adelante. Por último, el misionero vive en pobreza radical y fructífera: no busca las riquezas, porque su única riqueza es Dios. No busca comprar la salvación, porque el fruto nace de la fe que se comparte. Timote y Tito, compañeros de Pablo, son testigos vivos de este anuncio –en concordia, sencillez y pobreza– del Evangelio.

 

25 enero, 2026

JESUS, DESDE GALILEA, INAGURA UNA NUEVA RELACION CON DIOS

 

Evangelio: Mateo 4,12-23 (o bien: 4,12-17)

 Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a  Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló».

Entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Pasando Jesús junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

 


Comentario

El evangelista Mateo escribe pensando en los judíos que ven con simpatía a Jesús pero que se hacen esta pregunta: la vida de Jesús ¿ha sido anunciada en las Escrituras? Para un judío la pregunta tiene sentido. El Dios de los padres no hace nada al azar: se comunica en la historia, anticipa por medio de los profetas su voluntad, anuncia sus intervenciones. Mateo así lo comprende y así lo repite con insistencia. No es casual que Jesús sea galileo, de donde no se puede esperar nada, pues en toda la historia de Israel nada ha demostrado. No solo no es casual, sino que Dios mismo lo había anunciado por medio de Isaías, profeta de total garantía para un buen judío. Jesús llama a la «conversión». Llamada universal, pues cada uno de nosotros sabe dónde está, cuáles son sus cadenas y sus expectativas, y todo esto lo debe poner a los pies de Dios y de su Reino: «Está cerca el reino de Dios». El texto presenta a continuación la llamada a los primeros discípulos: unos pescadores galileos. Se trata, con las claves históricas bíblicas, de una novedad radical. Si en el Antiguo Testamento los llamados eran hebreos con raíces bien en el reino del Norte, bien en el reino del Sur, de las casas de Israel y de Judá, ahora Jesús llama a unos galileos. Galilea –territorio de Zabulón y Neftalí– era tierra de frontera, más próxima a los arameos del norte y a Damasco que a Jerusalén y su Templo. Como dice el texto, era tierra «de los gentiles». ¿Se puede alcanzar mayor provocación? Jesús tiene una misión que supera los clichés para inaugurar una nueva forma de entender la relación con Dios. La salvación alcanza las tierras que oficialmente no eran dignas de ser tenidas en cuenta por las personas religiosas.

 

22 enero, 2026

JESUS NO JUEGA CON LOS SENTIMIENTOS DE LA GENTE

 Evangelio: Marcos 3,7-12

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

 





Comentario

La actividad y la fama de Jesús se extiende. Las fronteras no existen: hablan de él en las aldeas de los alrededores del lago (Galilea), en las tierras paganas del norte (Tiro-Sidón/Fenicia), en las zonas griegas de la Transjordania (Decápolis), en la zona judía piadosa del sur (Judea-Jerusalén) y en la zona hostil al judaísmo de la parte meridional (Idumea/Edón). 



            


La gente quiere verle y tocarle, por si podían ser curados de sus males. La misión de Jesús es anunciar la buena noticia del Reino y realizar signos verificables de su presencia sanadora, liberadora. Las dos van de la mano; una no se entiende sin la otra, porque Jesús no es un «curandero», un «mago», ni un «ilusionista». No ha venido ni a despistar, ni a divertir, ni a crear falsas y breves expectativas. Algunos de los que le tocan están poseídos por «espíritus impuros», que reconocen a Jesús y le confiesan como «Hijo de Dios», pero Jesús se lo impide (de nuevo aparece el conocido como «secreto mesiánico» del evangelio de Marcos). El relato del tercer evangelista tiene una dinámica propia: Jesús es el Mesías, pero aún no ha llegado el momento de esta revelación. Jesús no quiere aparecer como un Mesías triunfalista que va a solucionar todos los problemas, ni como un taumaturgo que crea falsas expectativas con el dolor real de la gente. 

Nosotros habríamos actuado de forma totalmente contraria; hubiéramos dicho: “que se sepa, que su fama se extienda; cuanto antes se corra la voz, mejor”. Pero no todo vale. Él revela su misión curando, sanando, dando vida; pero no es un farsante, ni un palabrero, ni un embaucador que juega con el dolor y los sentimientos de la gente.

 

21 enero, 2026

LA FE NO ES UNA "IDEOLOGÍA RELIGIOSA"

 Evangelio: Marcos 3,1-6

 

En aquel tiempo entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo. Jesús le dijo al que tenía la parálisis: «Levántate y ponte ahí en medio». Y a ellos les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: «Extiende el brazo». Lo extendió y quedó restablecido. En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.

 



Comentario

 

Segunda escena sobre el sábado, esta vez en la «sinagoga». En el lugar se encuentra un hombre anónimo con una mano atrofiada. Sus adversarios «están espiando» a Jesús para ver si cura en sábado y así «tener un motivo para acusarle». Jesús los mira «con indignación» y «apenado» por su dureza de corazón. Marcos nos presenta un Jesús con sentimientos humanos, que lo hace más cercano aún a nosotros. Los fariseos siguen criterios religiosos, y los herodianos, criterios políticos; para ambos, Jesús es peligroso. Jesús busca que la persona viva; por eso les pregunta por la prioridad de la vida sobre la norma. Los fariseos no buscan el bien de la persona, sino que se cumpla la Ley. Jesús se duele por la dureza de corazón de estos falsos defensores de Dios. No esclarecen, sino que enturbian el rostro misericordioso de Dios. Aquellos hombres fanáticos deciden usar la violencia: ¡hay que acabar con Jesús! La actitud de los fariseos pertenece a la ideología, primacía de las ideas, con carácter religioso. 


            


La «ideología religiosa» no es fe. Por ser «ideología» pone a las ideas por delante de las personas y por delante de Dios; por ser «religiosa» justifica sus razones en nombre de Dios, sin tener reparos en manipularlo. La actuación de Jesús se mueve en el ámbito de la compasión misericordiosa, que revela cómo es el Padre Dios y cómo se vuelve con las personas débiles y empobrecidas. No estamos ante un texto «informativo» o «moralizante», invitándonos a ser piadosos con los más necesitados, sino que es un texto «revelador». La fe en Jesús nos libera de las ideologías y nos adentra en el rostro misericordioso de Dios.

 

20 enero, 2026

La religión no puede ser inhumana

Evangelio: Marcos 2,23-28

Un sábado atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron: «Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?». Él les respondió: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que solo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros». Y añadió: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».

 


Comentario

 Una escena de los campos de la Baja Galilea. Jesús va de paso, sus discípulos se echan unas espigas a la boca y unos fariseos intervienen censurando la acción «porque es sábado». Todos son judíos, pero, para Jesús y sus discípulos, no han hecho nada reprobable: tenían hambre y lo han apaciguado con unos granos masticados; nada más. Para los fariseos es muy grave la acción, porque alteran la santidad del sábado. La religión no puede ser inhumana. El sábado (la religión) se ha hecho para el hombre (la gran humanidad en toda su amplitud); la religión no puede esclavizar al hombre, hacer de él un muñeco temeroso o una persona acomplejada. El sábado de la religión judía, mal entendido, no era un momento de dar culto y gloria al Dios creador, sino un peso tremendo: “no se puede trabajar, no se puede andar, no se puede…” Los apóstoles ven cómo los fariseos les recriminan haber frotado unas espigas para echárselas a la boca.

Jesús afirma con rotundidad: el hombre no se ha hecho para el «sábado». Así es, el ser humano ha sido creado para amar, para adorar, para transformar, para servir, para disfrutar, pero no ha sido creado para someterse a unas normas insoportables, con el agravante de ponérselas sobre los hombros a otros más débiles o acomplejados. ¿Va Jesús contra la religión judía? En absoluto. Jesús centra el verdadero culto a Dios, que hace de la religión creyente, adorante, confesante, una religión humana, para las personas. Jesús concluye que «el Hijo del hombre» –o sea, él mismo– es señor del sábado.

 

19 enero, 2026

No se puede guardar un vino joven en odres viejos, con sabores y olores de otras cosechas

Evangelio: Marcos 2,18-22

En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?». Jesús les contestó: «¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán. Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revienta los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

 

Comentario

Tres grupos: los fariseos, los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús. Los dos primeros ayunan, los de Jesús no. Fariseos y seguidores de Juan Bautista son representantes de lo antiguo, Jesús es la novedad. Las preguntas a Jesús se las hacen con visión corta; ellos se mueven en los esquemas de la rutina y su pregunta es “por qué no hacen” lo que hacemos todos. Son incapaces de comprender que Jesús va mucho más allá: el ayuno forma parte del duelo, bien por las tragedias familiares, bien nacionales, bien por razones penitenciales. Jesús no denigra el ayuno, sino que les da un sentido nuevo. Es el tiempo del novio y, consecuentemente, del gozo: porque si el banquete del Reino se está manifestando a los más débiles y necesitados, ¿cómo recibir el Reino con ayuno? La imposibilidad de comprender el Evangelio con esquemas antiguos es similar al arreglo de un traje antiguo, desgastado y descolorido con paño flexible, terso, bien tejido… Son dos elementos que no se pueden conjuntar. Lo mismo es pretender guardar un vino joven, fresco, vivo, oloroso, en un odre pasado, reseco, con sabores y olores de otras cosechas. La novedad de Jesús no aguanta los estrechos límites de la piedad judía; no es antijudío, mucho menos antirreligioso. Jesús es culmen, plenitud, realización, meta, cumplimiento de un Reino que la religiosidad judía atisbaba, pero no alcanzaba. ¡A vino nuevo, odres nuevos!

 


18 enero, 2026

¿Quién es cristiano, el que admira al hombre Jesús o el que proclama que en él se da la plenitud del Espíritu?

 

Evangelio: Juan 1,29-34

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús, que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».


  'Ecce agnus Dei" (Dieric Bouts 1462)

Comentario

El domingo de la semana pasada celebrábamos la fiesta del bautismo de Jesús en el Jordán. El evangelio de hoy se mueve en la misma escena, pero con una perspectiva distinta. Nos centramos en la imagen del «Cordero de Dios». La imagen del cordero, en el mundo semítico y bíblico, nos lleva a los sacrificios y holocaustos: al sacrificio de los pastores al comenzar la primavera, al sacrifico de Isaac –que no llegó a término–, pero, sobre todo, en el sacrificio del cordero que cada año se comía ritualmente en las fiestas de Pascua. Con la sangre de este cordero, recordemos el relato del Éxodo, se marcaron las puertas de los israelitas para que se salvaran aquella noche. El acontecimiento tiene un sentido de redención, pues actualizaba el rescate del pueblo de Israel de la esclavitud del faraón, por mano del Señor. Cada año, los judíos sacrificaban ritualmente en el Templo de Jerusalén un cordero para comerlo en la Pascua: el «cordero pascual». 

Juan Bautista dice que Jesús es «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Ya no es un cordero más, sino el que viene «de Dios»; ya no solo actualiza la liberación de Israel, sino que «quita el pecado del mundo»; su eficacia afecta a la condición humana de pecadores, y además es una eficacia universal. El evangelista Juan da un paso más: el Espíritu Santo se posa sobre Jesús. Si puede perdonar los pecados, es porque él es el «ungido de Dios», aquel que tiene la plenitud del Espíritu. ¿Quién es hoy cristiano, el que se admira por el hombre Jesús o el que proclama que en él se da la plenitud del Espíritu, la reconciliación del hombre con Dios? Juan comienza su evangelio remitiéndonos de una forma nueva, sorprendente, al misterio de Jesús para que nos adentremos en él.

 

16 enero, 2026

LA RELIGION QUE CONDENA NO ES DE JESUS

Evangelio: Marcos 2,1-12

Cuando, a los pocos días, volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados».

Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?». Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico: “Tus pecados quedan perdonados”, o decirle: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…». Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa». Se levantó  inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».




Comentario

Jesús regresa a Cafarnaún tras unos días anunciando el Reino por los alrededores. Le llevan a casa un paralítico; levantan el techo para descolgarlo y que Jesús lo toque. El gentío busca a Jesús porque se fía de él; los escribas observan. La actuación de Jesús provoca dos reacciones contrarias: la gente se admira, los escribas condenan. Para el judaísmo, tanto la sanación como el perdón de los pecados son exclusivos de Dios: ¿Cómo entender la actuación de Jesús? ¿En  nombre de qué o de quién se atribuye semejantes poderes? En Marcos, tanto el anuncio como los milagros son revelación de Jesús: el Reino se hace presente y es buena noticia para los que lo quieren acoger. Para los escribas, sin embargo, se trata de una provocación de alguien que se atribuye prerrogativas exclusivas de Dios. Jesús sana el cuerpo –«toma tu camilla»– y el espíritu: «Tus pecados están perdonados»; se trata, en definitiva, de devolver la dignidad a la persona y que alcance la humanización total, conforme a la voluntad de Dios. Los sancionadores de lo oficialmente religioso solo condenan: es blasfemia. ¿Dónde queda el ser  humano? La religión que condena no es de Jesús. Los escribas no son solo unos personajes oscuros y legalistas que aparecen con frecuencia en el evangelio. Su actitud se repite en la historia: no se alegran de que una persona quede limpia y curada, sino que exigen pruebas o apelan a la Ley.

 

15 enero, 2026

JESÚS 'SE COMPADECE' Y ACTÚA. PUREZA LEGAL Y COMPASIÓN

 

Evangelio: Marcos 1,40-45

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió,
encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que
Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.



Comentario

Marcos se hace eco de una escena real, casi cotidiana. En un tiempo donde la falta de higiene y la pobreza eran frecuentes entre la población, no era extraño ver a personas con enfermedades en la piel, fuera lepra u otras afecciones. La Ley de Moisés recoge este tipo de enfermedades precisamente por su frecuencia. Lo importante no solo es el hecho de la enfermedad, sin duda doloroso cuanto el trato que le da la religión judía de la época: lo relaciona directamente con la «impureza legal». Es más, un sacerdote del Templo de Jerusalén es quien lo declara «impuro» y quien debe declarar, en caso de curación, que ha recuperado la «pureza». El enfermo debe gritar públicamente su condición para que todos se aparten y debe vivir solo, «fuera» del campamento/ciudad. Hoy nos serviríamos de palabras como «estigmatización» y «exclusión». Él mismo debe gritar que «no es puro». En el evangelio vemos que se acerca a Jesús y le pide que lo «limpie». Jesús «se compadece» y actúa. Él lo cura y lo reintegra en la sociedad, pero, como no es sacerdote, le pide que busque la certificación oficial. Un segundo aspecto aparece en este relato: el conocido como «secreto mesiánico». Jesús no quiere que se corra por los pueblos y las aldeas quién es él, porque aún no ha llegado la hora de manifestarse como «ungido de Dios».

 

14 enero, 2026

DIOS NI HIERE NI CULPABILIZA

 

Evangelio: Marcos 1,29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca». Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.


Comentario

El evangelista une la curación del endemoniado de la sinagoga de Cafarnaún con la curación de la suegra de Pedro, que está enferma en casa. La curación de Jesús ya no tiene lugar en un espacio público y religioso (la sinagoga), sino en un ámbito
familiar (una casa). Marcos se sirve de tres verbos: «se acercó», la «tomó» de la mano y la «levantó». En contextos judíos severos, donde el contacto físico con los enfermos se evita, más cuando es una mujer, Jesús se revela no solo como compasivo, sino como portador de salud. La gente reacciona llevando a todos sus enfermos. Es verdad que Jesús no curó a todos; tampoco era esa su misión, ser el sanador universal de las dolencias. Jesús cura como signo de la llegada del Reino y de que la voluntad de Dios es curar y sanar, no herir ni culpabilizar. La escena continúa con un detalle muy importante: Jesús se retira a la soledad para orar. Su vida se funda en la intimidad con el Padre y no hace nada al margen de esta relación. La actuación de Jesús no responde a la de los curanderos populares ni a la de los charlatanes de feria. Jesús lleva adelante una misión, la que el Padre le ha encomendado, que se hace presente en la enseñanza (predicar) y en la curación (expulsión de los demonios). La gente le busca, pero ¿cuál es su interés? Poco a poco lo iremos viendo. La escena concluye diciendo que Jesús recorría Galilea, predicaba en las sinagogas y expulsaba los demonios; esta breve noticia de su actividad es a la vez la síntesis de su misión.

06 enero, 2026

IN MEMORIAM. Florentino Nonay, sacerdote. CON DIOS NO LO ENTIENDO. SIN DIOS ME DESESPERO

             En las fiestas de Navidad, como seguro que a él le hubiera gustado -así lo expresó el obispo de Tarazona, don Vicente, en la homilía- se nos ha ido Florentino. Estaba desde hacía tiempo con sus problemas de corazón; una dolencia añadida a sus ochenta y siete años cumplidos. El cuerpo es frágil y pasajero; nos cobija y da soporte durante unos años al misterio humano y divino que albergamos. Pero el cuerpo se desgasta y caduca y da paso no a la nada, sino a una nueva forma de vida. Estamos llamados a la plenitud, a la divinización. No somos ‘carne de un ciego destino’, sino ‘carne con semillas de vida eterna’.

El funeral en su pueblo natal, Sabiñán, fue una manifestación pública del cariño que mucha gente le tenía. La parroquia estaba llena con feligreses de sus últimas parroquias, cristianos de a pie de otros muchos lugares, antiguos alumnos del Seminario de Tarazona. Al final de la misa seis intervenciones glosaron, cantaron y dieron gracias por su vida y su entrega. Era un ‘hombre de pueblo’. Así lo vivió y así repitieron. Había sido un educador de generaciones de jóvenes de pueblo, de seminaristas mayores; había sido párroco de comunidades pequeñas de la tierra aragonesa, y había sido consultor, guía, confesor, padre espiritual y referente de vida cristiana de comunidades religiosas y de buscadores de Dios.

De Florentino se dijeron muchas cosas. No las voy a repetir. En este breve artículo quiero detenerme en algunos aspectos de su vida que no se vieron reflejados en su despedida o algunos aspectos que nos pueden servir para mirar adelante en esta querida iglesia nuestra.



Florentino entró tarde en el Seminario para estudiar teología. Con los treinta años cumplidos. Venía del campo, y de la Acción católica de su pueblo. Este detalle es muy importante. En aquellos años sesenta, antes del Vaticano II, la acción católica tenía vida sana y fecunda en muchos pueblos. Con Florentino salió otro joven de Sabiñán, Jesús Pina, para prepararse al sacerdocio. Jesús acabó siendo misionero en el Matto Grosso, con Pedro Casaldáliga. Florentino pasó de sus primeros pasos en Salamanca, en el Seminario para vocaciones tardías, que acogía a muchachos maduros de toda España, a estudiar con los Agustinos de Valladolid; luego, una vez ordenado, su primer destino fue el Seminario Menor (Colegio seminario) de Tarazona, en 1974. La acción católica le marcó; nunca renunció a sus orígenes: ser cristiano en una parroquia y en una diócesis; ser cristiano con gente de tu entorno, con tus amigos del pueblo, viviendo lo que vivían los demás. En este entorno humano natural y sano, vivir con alegría la fe cristiana. Este “espíritu” que impregnaba a todos los jóvenes de acción católica, chicos y chicas, no lo perdió nunca.

Por esos ‘guiños’ extraños que nos hace Dios (los cristianos no creemos en un fatídico destino, sino en las ‘pistas’ que va poniendo Dios en nuestro camino), cuando recibió la ordenación sacerdotal por la imposición de las manos del obispo José Méndez, Florentino no fue a un pueblo, sino que fue destinado como formador al Seminario Menor de Tarazona. Entonces no se llamaba así, sino ‘Colegio Seminario’. El nuevo título de la institución no es casual; eran años de abrir caminos sin renunciar a lo fundamental. El obispo de Tarazona, don Manuel Hurtado, había erigido un colegio diocesano en Tarazona, la Sagrada Familia, y había levantado un nuevo Seminario (¡con capacidad para más de doscientos alumnos perfectamente equipado). Don Manuel soñó, como en aquellos años todos los obispos de España, con un renacer de la Iglesia católica, con fuerza y esplendor. Después del concilio, que acabó el año 1964, en el año 1970, se produjo una gran crisis en los seminarios de la Iglesia española. En la pequeña diócesis de Tarazona, el Seminario se desmembró: los seminaristas mayores que decidieron seguir sus estudios teológicos, pasaron a Vitoria y más tarde algunos fueron a Madrid, a la sombra de Juan de Dios Martín Velasco; el Seminario Menor pasó a ser “Colegio Seminario”. Continuidad y novedad sin ruptura radical. En este nuevo centro, que acogía a chicos de todos los pueblos de la diócesis, hijos de campesinos de toda la geografía diocesana, Florentino desempeñó su tarea de educador con otros compañeros sacerdotes. La presencia de un numeroso grupo ya entrado en años, con su corona de flores y con palabras agradecidas al final del funeral, da muestra de su talante cercano, cálido, preocupado, como educador. Varios de sus alumnos, hoy hombres de sesenta, cincuenta años, dijeron que había sido para ellos ‘un segundo padre’.

Del ‘colegio seminario’ de Tarazona pasó a Zaragoza. Acababa de morir Atilano, el sacerdote que acompañaba a los estudiantes de ‘la segunda etapa’ que estaba buscando su vocación, como así se decía, en los pisos de la calle Ávila. Florentino le dio un nuevo rumbo: le devolvió el carácter de Seminario Mayor de Tarazona; ordenó la liturgia diaria de los alumnos; poco a poco fue marcando un ritmo y una identidad. Seguían siendo ‘pisos’ en una comunidad de vecinos, pero con signos claros de ‘seminario mayor’: Florentino era el ‘Rector de Tarazona’. Al mismo tiempo era el delegado del Clero de los sacerdotes diocesanos; su participación en encuentros a nivel de toda España le hizo un nombre en muchos sectores de la Iglesia española. Florentino comenzó a ser conocido y le llamaban para retiros, ponencias, encuentros. Por aquellos años, también, su acercamiento a los ‘Sacerdotes del Prado’ (asociación de sacerdotes diocesanos), que había iniciado tímidamente; con el tiempo esta simpatía inicial se convirtió en adhesión libre a la asociación presbiteral, sin dejar su condición de sacerdote diocesano de Tarazona. Esta descripción narrativa es muy importante. Florentino no era solo ‘un rector’, sino que fue quien dirigió el seminario Mayor de Tarazona con criterios claros: una espiritualidad diocesana (había otras propuestas de espiritualidad para los sacerdotes: jesuitas, Opus Dei, comunidades neocatecumenales principalmente), pero Florentino tuvo muy claro que el sacerdote diocesano tiene una espiritualidad propia y un camino de santificación que nace de su ministerio: la evangelización en una comunidad parroquia, en medio de la gente, del pueblo de Dios que se  le ha encomendado. No fue fácil, pero Florentino supo mantener el rumbo con criterio y buen hacer.

No faltaron las tensiones. Recordemos cómo dos seminarios diocesanos, el de Teruel y Albarracín primero, y el de Barbastro Monzón, más tarde, se unieron al seminario de Tarazona, en los pisos de la Calle Ávila, bajo el rectorado de Florentino. Nunca fue un ‘seminario interdiocesano’, sino un proyecto comunitario en el que los obispos de estas diócesis confiaron en él. El proyecto que nació con él, murió con él, y años más tarde, tanto el seminario de Barbastro y Monzón como el de Teruel y Albarracín, regresaron al Seminario de Casablanca en Zaragoza. Son historias ‘importantes’ de la Iglesia en sus diócesis de Aragón. Los que lo vivimos en primera persona, podemos dar testimonio de ello.

¿Cuál era la espiritualidad de Florentino? Tres rasgos a destacar. Primero, la humanidad. Los antiguos alumnos, tanto del Colegio Seminario Menor en Tarazona, como los del Seminario Mayor en Zaragoza, destacan su gran humanidad que en más de una ocasión le causó disgustos. Florentino era como un ‘padre’ que se preocupaba, cuidaba y defendía a los niños y jóvenes que venían de todos los pueblos de la diócesis, sabiendo que sus padres se fiaban del todo de los ‘curas’. Fue un gran educador. 


Florentino este verano de 2025, firmando a antiguos alumnos del 'Colegio Seminario' de Tarazona, el libro homenaje que le hicieron en la Parroquia de Sestrica. 

Más tarde, su humanidad y sentido eclesial lo desarrolló en el Seminario Mayor, en procesos mucho más complejos, pues no en vano se trataba de la vida de las personas (ser sacerdote o no, dar paso a una ordenación o impedirla); en estos años acompañó a muchos jóvenes en sus procesos vocacionales personales.

El segundo rasgo era la eclesialidad. Florentino no era ‘eclesiástico’ al uso. No solo porque vestía de ‘seglar’, como se decía en el lenguaje del clero, sino sobre todo porque sus formas no eran las clásicas del clero formado en seminarios clásicos. Florentino se había formado en sus tiempos de estudiante en Salamanca en el seminario de vocaciones tardías, y más tarde en Valladolid compartiendo piso con otros jóvenes como él que se preparaban para el sacerdocio. Recordemos que eran los años inmediatamente posteriores al Concilio, ricos y complejos, esperanzadores y tensos, vivos e innovadores.  Florentino no era un ‘eclesiástico’ al uso, pero era profunda y radicalmente eclesial. Entendía perfectamente la unión indisoluble que hay entre la fe en Cristo Jesús y la pertenencia a una comunidad cristiana. Le gustaba predicar, y predicaba del evangelio. Predicaba con pasión. He recordado, como título de este artículo, unas palabras que solía repetir en los entierros, especialmente cuando la muerte de aquella persona dejaba desconsuelo entre los suyos. Decía con voz firme desde el púlpito: ‘con Dios no lo entiendo; sin Dios me desespero’. Y esta confesión de fe, llegaba a la gente. Florentino sentía con la Iglesia y a Florentino le dolía la Iglesia. No soportaba los falsos maestros (que siempre ha habido y habrá), que despistaban al pueblo santo con palabras confusas, o planteamientos poco claros. Defendía la fe de la buena gente de sus pueblos, y la fe de la Iglesia.

El tercer rasgo era el evangelio. Su formación, ya lo he indicado arriba, había nacido en los jóvenes de Acción Católica de Sabiñán, donde se enamoró del evangelio de Jesús. Más tarde, y sobre todo siguiendo la espiritualidad de los sacerdotes del Prado, se reunía mensualmente con sus compañeros para hacer ‘Estudio de evangelio’, un método para leer de forma creyente la Palabra de Dios. Recuerdo que una expresión, también muy suya, era decir: “eso” (esa actitud, ese comentario, esa decisión), “eso es religioso, pero no evangélico”. Así es. No aprobaba ciertos comentarios o situaciones que aparentemente podían pasar como ‘religiosas’, pero que se apartaban del evangelio de Jesús.

            Su recuerdo ha hecho mella y ha dejado huella en muchas personas. Él supo encarnar un ministerio sacerdotal entregado a lo que él amaba y creía, hasta el final. Hasta que ya no pudo más, porque no podía conducir, siguió sirviendo a los pueblos que se la habían encomendado. Aún después, cuando tenía que trasladarse en coche ajeno, tuvo fuerzas para seguir anunciando el evangelio con sus charlas, sus comentarios, sus consejos.

                Puedo hablar de Florentino porque soy testigo de todo lo que he escrito, testigo muchas veces en primera persona. Desde los trece años, que lo conocí como formador en el Seminario de Tarazona, siempre ha estado presente en mi vida. Sin duda que mi fe, heredada de mis padres y de mi familia -también ellos personas de gran fe, de la Acción Católica- fue madurada gracias a Florentino. La fe crece, madura, cambia; hay que renunciar a algunas convicciones para dar paso a otras; hay que dejar atrás costumbres adquiridas para iniciar caminos de libertad. Sin duda Florentino es la persona que más ha influido en mi fe, en mi amor a la Iglesia diocesana y a la lectura creyente del evangelio. Maestro y amigo. Confesor y consejero. Animador y crítico conmigo a la vez. Porque creo -creemos - en la Resurrección, sé que podremos de nuevo juntarnos en el cielo, no ya en un 'estudio de evangelio' en torno a una mesa y a una Biblia, como los que hacíamos mensualmente, porque ya no será necesario, porque estaremos gozando del Buen Dios, del Jesús de la Tierra Santa, del Jesús de los evangelios.  

Descansa en paz. Florentino, sacerdote. Amigo.

Pedro Ignacio Fraile Yécora