24 diciembre, 2017
16 noviembre, 2017
¿JESÚS ERA ISRAELITA O JUDÍO?
La pregunta parece necia, pero no
lo es. Ayer llegué de Tierra Santa. El chófer que me llevó al aeropuerto me la
hizo. Él es palestino de Jerusalén, cristiano, de rito copto. Le pregunté la
razón de esta pregunta y me dijo que acababa de llevar a un grupo de
protestantes de los Estados Unidos; él
entiende perfectamente el inglés, y me comentó que hablaban mucho del
Antiguo Testamento y que decían que Jesús era ‘israelita’. Cuando uno conoce
esa tierra, y el trasfondo político que hay, se entiende su preocupación, pues
él es palestino cristiano. Yo le contesté que Jesús era el Hijo de Dios. Esto
no le tranquilizó pues no respondía a su inquietud. Luego añadí que Jesús nació
en Belén… Se quedó pensativo y dijo: ‘entonces Jesús nació en Tierra Santa
(Holy Land’); le dije que sí, y pareció más conforme.

Es verdad que muchas Iglesias
cristianas orientales son ‘monofisitas’; esto es, que insisten más en la
naturaleza divina de Jesucristo que en la naturaleza humana. Según esto,
prefieren ver a Jesucristo como el Hijo de Dios, sin insistir en su condición
humana. Pero… aquí es donde se plantea la pregunta de mi amigo el chófer, que
le dejó perplejo y preocupado: ¿De verdad Jesús era un israelita?
Desde el punto de vista de la
investigación, Jesús era un judío del siglo I. Un «judío marginal», como se le
considera en algunos círculos de estudio, pero judío: va a las sinagogas el
Sabat (Sábado), aunque lo cuestiona; conoce la Ley y dice que no ha venido a ‘abolirla,
sino a darle cumplimiento’; conoce todos los textos sagrados y los cita
(Tanaj), nuestro Antiguo Testamento. Muchos ven en él al Mesías esperado por el
pueblo judío.
Nosotros, los cristianos,
confesamos a Jesucristo como el Hijo de Dios; pero sabemos que por su
«encarnación», Jesús no es un personaje medio divino, medio celeste, medio
hombre… que nos despista. ¡Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre! Jesús nació
en el seno de una familia judía, y era judío. No es un desdoro, sino consecuencia
de la encarnación. María, su madre, era una joven judía.
El actual Estado de Israel, por
su parte, recibe su nombre del antiguo Reino del Norte que aglutinaba grandes
tribus (Efraín, Manasés, Benjamín) y que desapareció el año 722 a. C. Tal fue
el golpe recibido, que nunca se recuperó. De hecho los profetas siempre soñaban
y anunciaban el futuro como la restauración y unificación de nuevo de Israel
(desaparecido en la historia) y de Judá (vigente en la historia, origen de la
religión judía). Israel como tal era un nombre ‘simbólico, soñado, deseado’,
más que una realidad cuando vivía Jesús; más aún, era un ‘sueño’ hasta el siglo
XX. Cuando la ONU, en 1947, preguntó a los judíos qué nombre querían para el
nuevo Estado que iba a nacer, no dudaron: «su nombre será Israel». De esta
forma recuperaban aunque fuera solo de forma política, no religiosa, el antiguo
sueño.
Volvamos a la pregunta que
inquietaba el corazón del chófer palestino: ¿Jesús era israelita? La respuesta,
más sosegada es: no, no era israelita porque el Estado de Israel no existía
cuando él vivía entre nosotros; tampoco existía en aquel tiempo el Reino de
Israel, más que en el sueño deseado de un futuro incierto. Eso sí, Jesús era
judío; pero como dicen los biblistas, un «judío marginal». Más aún, como
decimos los cristianos, un «judío» que llevó a plenitud las promesas de Dios: Jesús
es el Hijo amado de Dios.
Pedro Ignacio Fraile Yécora
16 de Noviembre de 2017
05 noviembre, 2017
«MASTER EN DISCIPULADO» (Domingo XXXI del Tiempo Ordinario)
Las titulaciones de ‘master’. Hace solo unos pocos
años, una década o a lo sumo dos, nadie hablaba de los estudios universitarios
que llevaban el título anglosajón de ‘master’. Es más, nos parecía una
cursilería propia de unos pocos sabidillos. Hoy, sin embargo, oímos hablar de
este título universitario con normalidad. Los estudiantes jóvenes han hecho, o
tienen en sus planes inmediatos realizar un ‘master’. Podríamos traducir este
término literalmente como ‘maestro’, añadiéndole el sentido de que adquiere una
‘autoridad’ en la materia, de que es un ‘especialista’ de referencia.

El evangelio
da un vuelco. Jesús conocía bien esta situación. Él desde pequeño había
oído hablar de estos ‘maestros de la Ley’ y luego, sin duda, en más de una
ocasión los frecuentó y los escuchó. Sin embargo no lo hizo con la sumisión
entregada y acrítica de la mayoría de sus compañeros. Jesús no solo no estaba
de acuerdo con ellos, sino que se enfrentó a ellos y les denunció. El evangelio
de Mateo comienza solemnemente con las palabras de Jesús: «en la cátedra de
Moisés se han sentado los escribas y fariseos». Jesús no rechaza la Ley de
Dios, sino el abuso y la interpretación que unos pocos hacen de ella. Ellos se
consideran «maestros»; Jesús dice, sin embargo, a sus discípulos que no les
llamen «maestros», porque uno solo lo es, Dios. Lo mismo dice con el título de
«padre»: solo a Dios se le debe llamar «Padre»; lo mismo dice del título de
«jefe».
¿Acaso Jesús propone
una sublevación total de los estamentos sociales? ¿Podríamos pensar que Jesús
anuncia un cambio de esquemas políticos? A lo largo de la historia se han
intentado distintas lecturas en esta línea: Jesús como revolucionario, como
instigador de cambios radicales en la sociedad… La compleja y convulsa vida de
la humanidad y de la Iglesia han ido desvelando que se tratan muchas veces de
lecturas del evangelio interesadas, que parten de prejuicios ideológicos.
‘Master’ sí,
en discipulado. Recuperamos la imagen del título de ‘master’ que tanto
juego da, en los albores del siglo XXI, en los países de occidente que sueñan
con un futuro prometedor e ilusionante. Siguiendo esta estela, me atrevería a
reflexionar y compartir. ¿Jesús nos propone un ‘master’? La respuesta sería,
‘sí’. La propuesta de Jesús sigue siendo paradójica. Se mueve entre el ‘ya’ y
el ‘todavía no’; entre las ‘expectativas’ que se crean y la ‘realidad profunda’
que encierra.
Jesús nos propone
que seamos ‘maestros en su seguimiento’; que hagamos el ‘curso del
discipulado’; que nuestra ‘especialidad’ sea la de interpretar y seguir las
huellas por donde él transita. La
sorpresa será, precisamente, esa: que no llamaremos a nadie «maestro», ni
«padre», ni «jefe», porque Dios hará que descubramos que él mismo, Dios, es
nuestro maestro; que Dios es «el Padre del cielo»; que las jerarquías entre
jefes que mandan y subordinados que obedecen desaparecen ante la nueva
realidad: todos somos hermanos en nuestra condición de hijos del Padre de Dios,
de hermanos en el hermano mayor que es Jesús.
Un deseo final: que todos hagamos este ‘master de discipulado’ tras las
huellas de Jesús.
Pedro Ignacio Fraile
04 noviembre, 2017
SEGUIR A JESÚS O SEGUIR MIS CRITERIOS
El don de la vocación. La vocación forma parte esencial de la experiencia bíblica, y por tanto, cristiana. Dios llama (a Abrahán, a Moisés, a Samuel, a Jeremías) y el llamado se ve en la obligación de escuchar o de rechazar. La iniciativa siempre es de Dios. No se trata de una elección fruto de la voluntad humana, sino de una escucha atenta y obediente a la voz de otro. Por eso hablamos de «don» y no de «conquista».
La certeza de la vocación. La experiencia religiosa de la vocación cuenta con dificultades. No es evidente. Una de estas dificultades es discernir si la persona llamada escucha sus deseos, sus proyectos, o si escucha la voluntad de Dios en su vida. De ahí que la Escritura insista en que las personas llamadas se resisten. Pero también la experiencia de la vocación aparece unida a la certeza: no es fruto de una imaginación, sino una llamada veraz y directa de Dios que pide una respuesta.

Jesús nos llama a seguirle. En los evangelios asistimos a una novedad crucial. Jesús llama a sus discípulos a seguirle; como hace Dios en el Antiguo Testamento. Jesús anuncia el Reino de Dios, pero a la vez les pide que le sigan a él. La razón es obvia: Jesús encarna con su mensaje y con su vida el Reino.
La vocación de los discípulos se repite en los evangelios: llama a Pedro y a su hermano Andrés; llama a Santiago y a Juan. Llama a Mateo y le pide que deje su mesa de recaudador. No podemos entender el evangelio sin pararnos en este comportamiento contrastado de Jesús «que llama»; no es solo una clave de interpretación teológica, sino un comportamiento que nos afecta y condiciona a todos. Jesús me llama a mí y a ti. Jesús nos llama para que le sigamos a él, desde nuestra vida ordinaria, en el quehacer cotidiano. La vocación al seguimiento se actualiza en cada generación y en cada persona.
Seguimos a Jesús, no a nuestros criterios. El evangelio recoge las resistencias propias de toda vocación: miedo al futuro, inseguridad ante los retos y debilidad humana, comodidad comprensible. Pedro añade otra dificultad: la ideológica. Pedro está convencido de que Jesús es el Mesías, pero un Mesías triunfador. Pedro se siente con la obligación de corregir al mismo Jesús. En una escena sorprendente, Jesús le llega a llamar «Satanás»: entorpecedor, obstáculo, impedimento para su misión.
Jesús le habla muy claro: «el que quiera seguirme». ¿Yo estoy dispuesto a seguir a Jesús?; «que cargue con su cruz y me siga». No podemos poner primero mis expectativas y criterios, y luego negociar el seguimiento. Esa «condición ideológica» es la que puso Pedro a Jesús. Estamos sobre aviso. Tenemos que dar una respuesta.
Pedro Ignacio Fraile
03 noviembre, 2017
SABER ESPERAR
Tiempos recios. Nos tocan vivir «tiempos recios». Esta frase, como
sabe muy bien el lector, no me la puedo apropiar; es de Santa Teresa de Jesús.
Lo que sí podemos decir es que en la historia siempre ha habido «tiempos
recios»; cada sociedad y cada época ha tenido los suyos. ¿Acaso son más
«recios» estos tiempos que los de las distintas persecuciones religiosas donde
se mataba a causa de la fe? ¿Acaso son más recios estos tiempos que los de las
Revoluciones francesas o mexicanas, abiertamente antirreligiosas? ¿Acaso son
más recios estos tiempos que los que llevaron a la Iglesia de nuevo a las
catacumbas en todo el mundo del bloque comunista? Ahora tocan otros tiempos;
para algunos más duros, pues tras la «tolerancia» se esconde la «indiferencia»:
“el mayor desprecio es no hacer aprecio, dice el refrán español”. Para otros
son tiempos de confrontación, de poner en duda y en valor las distintas formas
de expresión religiosa.
Tiempos de espiritualidad. Lo que sí podemos afirmar es que estamos
viviendo por todas partes un «renacimiento de la espiritualidad». No decimos
renacimiento del «discipulado de Jesucristo» o de «espiritualidad confesante».
Son cosas distintas. Algunos buscan espiritualidad fuera de las tradiciones
religiosas, principalmente el cristianismo. Muchas formas de relajación, de
meditación, de silenciamiento interior solo quieren eso, «paz interior» que no
esté unida a ninguna profesión de fe. El debate hace tiempo que está abierto.
¿Cómo vivimos los discípulos de Jesús, los que vivimos la fe en la Iglesia,
estas nuevas formas de espiritualidad no confesante?
La espiritualidad necesita tiempo, y sobre todo lentitud. En una de
las muchas obras que retoman este tema, el autor después de criticar la
aceleración en la que vivimos, hablaba precisamente de esto: la verdadera
espiritualidad necesita tiempo y sobre todo lentitud. Precisamente porque la
verdadera espiritualidad tiene que ver con las relaciones interpersonales, hay
que dedicarle tiempo, como se dedica a los amigos. Las relaciones con las
personas son de largo alcance; hay que invertir horas, espacios, escuchas,
serenamientos, novedades, conflictos, diálogos. Lo mismo en las relaciones
espirituales.
La paciencia y la espera como aprendizaje. Hay que tender puentes,
sin renunciar a lo esencial; para nosotros la fe en Jesús como Señor. Uno de
esos puentes que podemos tender lo encontramos en el evangelio: aprender
a esperar, cultivar la espera. Dios con frecuencia se hace esperar; no porque
juegue con nosotros, sino porque el tiempo es pedagógico. Dios no necesita
dilatar el tiempo de su amor, pero nosotros sí que necesitamos percibir este
amor, de forma lenta, paulatina, progresiva. Dios no tensa la paciencia para
forzar nuestras decisiones, pero sí nos enseña a madurar, a sopesar, a leer
nuestra vida con perspectiva. Sabemos que el encuentro con Dios es seguro; pero
no sabemos cuándo. No podemos apresurarnos, provocar fracasos por nuestra
impaciencia; forzar las situaciones. Nuestra espera debe ser atenta, vigilante.
El tiempo en la historia de la salvación. El sentido del tiempo en
las tradiciones y filosofías religiosas es muy distinto de unas a otras. Las
propuestas religiosas de carácter cósmico proponen un tiempo circular, cíclico,
de eterno retorno. La Palabra de Dios nos propone un tiempo pedagógico, de
esperanza, de futuro. Un tiempo donde las promesas y la confianza son
fundamentales. Un tiempo donde la paciencia no es solo una virtud humana, sino
la forma de esperar la presencia siempre novedosa y siempre sorprendente de
Dios. Un tiempo salvífico.
Pedro Ignacio Fraile
31 octubre, 2017
¡BENDITO SEA HALLOWEEN!... PORQUE NOS ESPABILA”
No. No me he ido de cabeza. Sé lo
que digo, y además de argumentarlo lo defiendo. ¡Bendita sea la fiesta horrible
de Halloween porque nos está “despabilando” a los adormilados, arrellanados en
nuestra zona de comodidad, atontados por el sopor de una fe sedante y sedada,
cansada, sin chispa, sin gracia.

- Belleza contra fealdad. La fiesta
de Halloween exalta la fealdad, la corrupción, lo negro, la sangre… El ser
humano es materia putrefacta. Por el contrario, la fe cristiana nos
recuerda nuestra belleza inscrita en el corazón de todo ser humano: hemos
sido creados por amor, a imagen y semejanza de Dios. Somos “bellos”,
aunque el pecado se haga presente en nuestra vida; pero el pecado no anula
ni destruye esta belleza.
- Esperanza contra desesperanza. La
fiesta de Halloween es la fiesta de la muerte. Los muertos reviven, pero
son muertos. El destino del hombre, dice, es la muerte y el olvido. La fe
cristiana en su fiesta de Todos los Santos nos habla de Vida eterna, de
Resurrección, de esperanza. No una esperanza como ilusión que nace de la
carencia humana, sino una esperanza que nos ha ganado Cristo por su
Resurrección.
- Providencia contra destino. La
fiesta de Halloween habla de brujas, de fantasmas, de muertos que deben expiar
culpas no perdonadas. Es la consecuencia de un destino cruel del que no te
puedes separar. La fe cristiana habla de un Dios providente, que nos
acompaña con amor; que nos da libertad, que sufre en nuestras decisiones
equivocadas y que nos espera con ternura.
- Santidad contra demonización. La
fiesta de Halloween va acompañada de diablos y demonios que nos recuerdan
un futuro de ‘fuego’, de ‘condena’. La fiesta de Todos los Santos nos
habla de Salvación, en Dios, por Jesucristo. Dios es el Santo, y nosotros
estamos llamados a participar de esta santidad. No estamos llamados a la
condenación.
- Alegría contra miedo. La fiesta de
Halloween ensalza el miedo, el susto, la angustia, el desasosiego, el
pavor y temblor. La fiesta de Todos los Santos ensalza la alegría
cristiana que nace de la esperanza que tenemos en Cristo. Un cristiano
triste es un triste cristiano.

Queridos
amigos lectores, Halloween ha venido para quedarse; pero ha venido también, sin
que lo sepa y sin que quiera, para ‘espabilarnos’ a los adormecidos y bien
servidos cristianos, que parece que no sabemos ni en qué creemos ni en qué
esperamos.
Feliz día….
¡de Todos los santos!
Pedro Ignacio
Fraile Yécora
31 de Octubre
de 2017, Víspera de la Solemnidad de Todos los Santos
26 octubre, 2017
CONVERSACIONES CON JOSÉ LUIS ALDEA: HALLOWEEN NOS CAMBIA AL HOMBRE

Pedro. ¿Te das cuenta, José Luis, de cómo se nos han comido el pan
sin que nos demos cuenta?
José Luis. ¿De qué hablas? Hay tantas cosas en las que nos ganan la
partida.. ¿a qué te refieres?
Pedro. A esa fiesta de Halloween. No lo digo solo porque sea una
importación extranjera, una fiesta sajona, que viene de Irlanda pasando y
recreada en los Estados Unidos, que se ha metido en nuestras vidas sin permiso,
sino por lo que supone en nuestra cultura.
José Luis. Ya. Esa es la condición española, nos falta criterio; a
veces, solo porque venga de fuera, es suficiente. Parece que porque sea
norteamericana, va a ser mejor, como si fuera una cultura superior. No
aprendemos. Aparte de cierto complejo de inferioridad cultural.
Pedro. A mí lo que me molesta no es solo que sea un motivo
comercial, para vender más, sino que hasta los ayuntamientos la fomenten. No se
dan cuenta de que lo que promueven es una nueva forma de ver al ser humano. Nos
cambian nuestra ‘antropología’
José Luis. Ja, ja
(se ríe). ¿Y de eso te sorprendes? El ser humano está en manos de todos, de los
comerciantes, de los políticos, de los filósofos; también de los curas. Todos
hablan de él y todos pretenden saber qué es lo que quiere y qué es lo mejor
para él. Eso sí, por lo general venden una ‘trivialización’ del ser humano, no
se meten a fondo en su misterio.
Pedro. Ya, José
Luis, su misterio. La ‘fiesta de Halloween’ es una fiesta de los ‘muertos
vivientes’, de los ‘zombis’. Reducen el ser humano a carne, a carne que da
miedo, a carne fea, sin futuro… Parece una fiesta de la fealdad, de la
corrupción, ¿eso es el ser humano?
José Luis. El ser
humano es misterio. Te lo digo porque lo sé, del verbo «saber», por
experiencia. No interesa que nadie se pare a preguntar sobre la suerte de las
personas, sobre su historia, sobre su belleza, sobre sus proyectos, sobre sus
tragedias… La fiesta de Halloween reduce la condición humana mortal a figuras
terribles feas que asustan. Ese… no es el hombre. Al menos el hombre ‘creado a
imagen y semejanza de Dios’, que decís los teólogos.
Pedro. Ya. En
teología hablábamos del hombre como sujeto libre, como protagonista de su
destino, como forjador de futuro… también
como sujeto de contradicciones y de pecado… Los de Halloween o bien lo desconocen,
o lo desprecian, o las dos cosas. O peor aún, lo quieren cambiar. Quieren que
cambiemos la imagen del hombre ‘creado a imagen de Dios’, en quien ponemos
nuestro único espejo en el que mirarnos, y nuestro futuro.
José Luis. Pedro,
Pedro, tú siempre tan crédulo. ¿De verdad alguna vez has pensado que la
sociedad se ha tomado en serio la condición del hombre, su tragedia y su destino final en Dios? Eso se
queda para unos pocos. Para la mayoría la condición humana es seguir esa
secuencia: nacer-crecer-reproducirse y morir. E es el ciclo completo, y no hay
más.
Pedro: Ya; es
verdad. Pero yo no me resigno. Yo sigo creyendo en la grandeza de cada persona,
de cada ser humano, en su presente y en su futuro. Yo sigo creyendo que no hay ‘necrópolis’,
ciudades de los muertos, sino ‘cementerios’ (dormitorios) en espera de la
Resurrección.
José Luis. Pedro,
tú siempre has pecado de ser muy ‘confesional’ y muy ‘confesante’. Eso que
dices está muy bien, pero ¿se lo cree la gente, nuestra gente?
Pedro. Es verdad.
Para muchos la farándula que se crea en torno a Halloween es un antídoto para
no pensar en la verdadera condición que a todos nos afecta. Es mejor hacer
chanza y broma y no pensar.
José Luis. No sufras
por eso, Pedro. Sufre por la gente que sufre y sufre por esta Iglesia nuestra que
tiene un mensaje precioso de vida en Jesús Resucitado, y que no termina de ver
el camino para exponerlo con fuerza y atractivo.
Pedro. Un abrazo
y hasta la próxima conversación.
José Luis. Un
abrazo para ti y los tuyos.
Solemnidad de Todos los Santos de 2017
24 octubre, 2017
LA TRAMA OCULTA DE ADA COLAU: ALMAZÁN, LAINEZ, LUTERO Y BARCELONA
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Cartel anunciador de la celebración de la reforma luterana en Barcelona |
Nunca escribo con ánimo de
chunga. Por eso, porque nunca lo hago, no sé. Pero esta vez, como dicen los
castizos… ‘me la han puesto a…’ Resulta que en este año se celebra, por lo
menos en Alemania, los 500 años de la reforma protestante de Lutero. Es un
acontecimiento que está pasando sin pena ni gloria en el solar hispano.
Probablemente porque el problema que tenemos ahora mismo encima de la mesa es
de mayor calado, dificultad y trascendencia que esta celebración. Pues bien: el
Ayuntamiento de Barcelona ha decidido celebrarlo, como muestra el cartel de la
foto. Yo no le di más importancia. Alguien lo ha propuesto, otros lo han creído
conveniente o incluso necesario, por lo que tiene de snob y provocador en una ciudad laica, me dije,…... y ya está.
Por esas casualidades que tiene
la vida, llegó a mis oídos que la famosa Ada Colau, la actual alcaldesa de
Barcelona, era de ascendencia oscense y soriana. En efecto; no hubo más que
bucear en las nuevas enciclopedias digitales para confirmar la noticia: su
padre proviene del pirineo oscense, y su madre proviene de Almazán, provincia
de Soria.
![]() |
Estatua de Diego Lainez, jesuita, en Almazán |
La memoria sirve para muchas
cosas. A veces guardas datos o informaciones que están ahí, como esperando que
llegue el momento de darles uso. En una de estas me vi, cuando recordé que en
la plaza mayor de Almazán se levanta un monumento… ¿a quién? A uno de LOS
LÁTIGOS DE LA REFORMA PROTESTANTE, una estatua dedicada a DIEGO LAÍNEZ, jesuita
nacido en la villa soriana, que brilló en el Concilio de Trento. Concilio que
se convocó para responder a las radicales propuestas y a la secesión (esta
palabra ahora la entendemos mejor) del fraile agustino de Alemania, Lutero.
Cuando me di cuenta de la
asociación de ideas, no pude dejar de reírme. Seguro que es pura casualidad,
pero ¿no es chusco que Ada Colau, descendiente de la villa de Almazán, donde
nació uno de los teólogos que hizo frente de forma brillante a Lutero, sea la
que apruebe los actos conmemorativos del luteranismo? Cuanto menos chocante…
Si mi memoria no falla, el luteranismo
quiso arraigar en España. En Valladolid no tuvieron éxito, pues Felipe II lo
impidió de forma contundente, represiva diríamos hoy. Otro foco de luteranismo
en España estuvo en Sevilla, donde dos clérigos católicos se pasaron a la
reforma protestante, pero nos dejaron como herencia la Biblia de ‘Reina-Valera’.
A la sazón los padres Jerónimos, Casiodoro Reina y su amigo Cipriano de Valera,
ambos pacenses, del monasterio sevillano de Santiponce.
Valladolid y Sevilla, sí, pero
¿Barcelona? La soriana Ada Colau hace memoria de su paisano Diego Laínez,
promoviendo la celebración de Lutero en Barcelona. Como decía mi padre, maiora videbis! (¡cosas más grandes
tienes que ver!)
Pedro Ignacio Fraile Yécora
24 de Octubre de 2017
IN MEMORIAM: José Luis Aldea Garicano, sacerdote.
"Tenemos que
hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero"
El verano nos trajo, con el calor plomizo y
sofocante, la noticia de que José Luis estaba enfermo, muy enfermo. Le habían
detectado un tumor cerebral. La sangre
se nos quedó helada, el rictus de los labios desapareció como por encanto.
Tenemos ya una edad lo suficientemente madura como para saber que se nos
anunciaba la antesala inmediata de la muerte.
Con José Luis me unían muchos recuerdos, muchas
experiencias compartidas, muchas horas de conversación. Primero en el Seminario
Menor de Tarazona; luego en el Seminario Mayor de Tarazona (calle Ávila); luego
como profesores en el Seminario de Tarazona, luego en su pueblo, en Fuentes de
Jiloca, y también en Mallén… y también en Zaragoza. Digo que teníamos muchas
horas de conversación… y las que nos faltaban. José Luis era un gran
conversador. Más que listo, agudo; más que sesudo, brillante; más que erudito,
provocador. Le gustaban las cuestiones difíciles. Esos campos de batalla en los
que muchos huyen, porque no saben qué decir. Él se encontraba a gusto en el
debate inteligente, en la búsqueda de la verdad, en la diatriba que busca
esclarecer lo oscuro. No le daba miedo nada.

José Luis estaba en las fronteras. Siempre había
sido ese su sitio. No le gustaban las retaguardias. Siempre lúcido, a la vez
que crítico, ponía ese punto de sal necesario para sazonar los buenos platos.
Te nos has ido muy joven, porque cincuenta y tres
años son pocos años. Bueno, para el ser humano, ni cincuenta, ni tampoco
sesenta u ochenta… ¡es tan grande el misterio que encerramos en nuestras pobres
carnes! ¡Es tanto lo que podemos amar, sufrir y esperar, que nunca unos pocos
años de vida pueden hacer justicia con nuestra auténtica valía! Solo Dios puede
hacer justicia cuando, en nuestra corta peregrinación por el mundo, nos tenemos
que despedir. Solo Dios nos puede decir: tú eres único para mí, tú eres mi
querido hijo amado.
Esa es nuestra esperanza: el amor misericordioso de
Dios. Esa es nuestro consuelo, saber que no estamos en manos de un destino
cruel que se ríe de nuestra pequeñez, sino que Dios hace grande y valiosa
nuestra pequeña historia. Ese es nuestro consuelo: saber que nos volveremos a
«encontrar» en Dios, porque Dios es nuestro «encuentro».
Amigo José Luis. Disfruta de la fe que ya no se
cree, sino que se vive… porque en el cielo, usando las palabras de uno de tus
poetas, que también lo es mío, Miguel Hernández, «tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del
alma, compañero»
20 de Octubre de 2017
Pedro Ignacio Fraile Yécora
27 septiembre, 2017
ANTONIO Y SATU EN LA IGLESIA, CON LA IGLESIA DE JESÚS

Esta foto me dice que son dos
curas aragoneses. Antonio Martínez, el barbudo, es de Teruel, la ciudad mudéjar
que “también existe”. José Antonio Satué, ‘Satu’ para los amigos, es de Sena,
de la provincia de Huesca. Como canta el grupo aragonés Amaral, «son mis amigos…»
Me dice que los dos son alumnos
del CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón); allí compartimos
ratos de estudio, de clases, de hacer amigos de los buenos. Los dos listos, muy
listos. Los dos enamorados del evangelio de Jesús. Los dos con ‘finezza’ para
oler por dónde va la Palabra de Dios. Y con agudeza para llegar hasta sus
últimas consecuencias. Antonio con ímpetu y poderío aragonés; José Antonio con
humor aragonés (en Aragón a este humor inteligente, que acierta y pone el dedo
en la llaga, pero que no hace daño, se llama «somarda»).
Esta foto me dice que los dos
llevan a su tierra en el corazón, pero que no son ‘cortos de mira’, que no se
quedan en el cruce de las carreteras de sus pueblos. Ellos son de pueblo, del
pueblo, de «sus pueblos», pero no son «pueblerinos» (que es un término feo y
peyorativo). Su corazón es grande y sus ganas de vivir son muchas, con todos,
con toda la humanidad.
Me dice que la Iglesia es grande
y pequeña. Satu está al servicio de la Iglesia en una encomienda en la Santa Sede,
en la Ciudad del Vaticano; y sabe que la Iglesia está formada por la gran
humanidad que ama a Dios, que pone en su corazón a Jesús, y que vive con pasión
la vida diaria. Antonio está al servicio de los pobres en la Iglesia de
Ecuador. Dejó las frías y altas tierras de Teruel para adentrarse en el corazón
de América y compartir su fe en Jesús con los pobres de allí.
La Iglesia no es lo que nos
cuentan esas películas que ponen por las teles de todo el mundo, con monseñores
bien peinados, de aviesas intenciones, y de pensamiento ruin. La Iglesia no es
ese conjunto de ancianos de otra época, casposos y cascarrabias, con ganas de
amargar la vida. La Iglesia es la comunidad de creyentes en Jesús, que viven el
día a día, allí donde estén, con los pobres y con los que trabajan con honestidad;
con los limpios de corazón y con los coherentes en medio de todo; con los que respetan
y con los que escuchan sin argumentos falaces y retorcidos.
Antonio y José Antonio, maños,
curas, amigos. Un fuerte abrazo.
Pedro Fraile
13 septiembre, 2017
LA FE CRISTIANA CON CRISTO, EN CRISTO Y POR CRISTO. QUÉ QUEDA, QUÉ NOS QUEDA.
Mañana es ‘la fiesta del Cristo’.
Así la llamaba mi abuelo Paco, que nació tal día; se arreglaba con la muda de
los domingos y se iba a la Misa Solemne. En Tarazona, mi ciudad natal, se
celebra el ‘Santo Cristo de la Venerable Orden Tercera’, recuerdo de la otrora presencia
de los franciscanos en la ciudad. Volvamos a las palabras de mi abuelo: «fiesta
del Cristo». No decía «de Jesús»; menos aún «de Jesús de Nazaret», que
probablemente le hubiera sonado a palabras raras. Luego, su nieto, el que esto
escribe, habla más del «Jesús histórico», del «Jesús Galileo» de Nazaret, sin
dejar hablar por ello del «título» que profesa gozoso en la fe: «Cristo» es el «Mesías»,
el «Ungido por Dios».
Mañana en muchos pueblos de España,
muchos de ellos en zonas, barrios, aldeas, pueblos donde vivieron hace cinco
siglos los moriscos, se celebra con alegría esta fiesta «cristiana» como su
mismo nombre indica. Vayamos al grano: ¿fiesta de Jesús o fiesta del Cristo?
¿Es lo mismo? ¿Da lo mismo?
Parece que en nuestra sociedad
se vive una dicotomía; algo así como un desdoblamiento en el sentimiento
religioso. Jesús, el personaje de la historia, el judío galileo, el iniciador
de un movimiento religioso, parece que solo ocupa el interés de unos cuantos
académicos (cristianos o no, creyentes o no…) que escriben incesantemente sobre
su figura. Salvada la cuestión de su existencia, de la que nadie sensato duda
(menos un periodista que aún la semana pasada se lo preguntaba como si fuera la
‘pregunta del millón’ a mi párroco en una entrevista); salvada, digo, la
certeza de que existió y de que tenemos accesos (en
plural), más que
suficientes para dibujar un esbozo creíble y sostenible de su vida, su obra y
su mensaje… surge la pregunta realmente importante: ¿y a mí qué?, ¿qué me dice
Jesús?, ¿cómo repercute en mi vida, dos mil años después?, ¿solo porque hubiera
sido una ‘buena persona’ justa y honesta, me aporta un ‘plus’ de vida, de
felicidad, de plenificación que otros no pueden dar?, ¿se le puede rezar al
«hombre Jesús»?
Esta es la pregunta. Conozco
muchas personas que pueden «saber cosas» acerca de Jesús; puede que hasta que
les caiga muy bien: «fue justo, honesto, libre etc.»; pero cuando necesitan
hacer frente a las grandes cuestiones vitales (el sentido de la vida, cómo
afrontar el dolor y la muerte, la propia identidad y singularidad personal…),
entonces muchos de ellos no apelan a Jesús, sino que se refugian en la
filosofía, en la cultura, en las espiritualidades orientales no personales, en
el espiritismo… Hay un «ruptura» real entre saber cosas acerca de Jesús y
vivirlo como alguien significativo en la vida personal, espiritual, creyente.
Los que leéis estas líneas sabéis
que esto es así, y que se ha planteado desde hace mucho tiempo. No podemos
separar a Jesús del Cristo. De hecho la fe de la Iglesia profesa a «Jesucristo»
(Jesús es el Cristo). No podemos separar al Jesús que anduvo por Galilea
anunciando el Reino, del Jesús que llevaba a cumplimiento el plan de salvación
de Dios. No podemos separar su muerte (violenta, a manos de los romanos), del
sentido que él mismo le dio le dio como plenitud del Siervo de Dios (Siervo de
Yhwh) que asume sobre sus hombres la
condición humana, desde el perdón. No solo decimos que Jesús fue «un hombre
genial, descomunal», sino que «nos amó hasta el extremo», confesamos con san
Pablo que «me amó y se entregó por mí»; unidos a toda la Iglesia cantamos «por
tu cruz y resurrección, nos has salvado, Señor».
Así es. No separamos Jesús del
Cristo, si bien en una correcta investigación científica es lícito y necesario
no confundir torpemente los «datos» , objetivos y revisables, que conocemos por
la historia social de Palestina en el siglo I, con la confesión de fe que brota
de la acogida humilde y sincera como «don» del Espíritu Santo. En la Eucaristía
proclamamos «Por Cristo, con Cristo, en Cristo…».
Mañana, muchas iglesias de
nuestros pueblos, barrios, ciudades, aldeas, ermitas… se llenarán en misas
solemnes y en procesiones porque es la «fiesta del Cristo». Cientos, mils de
personas, harán gran fiesta. Una pregunta, sin mala intención… ¿qué supone para
mí, creer en Jesucristo? ¿Qué aporta a mi vida y cómo ilumina mi cansado
caminar? ¿Cómo es capaz de darme esperanza para vivir en plenitud? Sin separar
lo que no se puede separar, siguiendo como discípulo a Jesús y confesándolo
como Señor. Un deseo: que mañana todos dediquemos un rato a «orar» a Dios «por
medio» de Cristo, «unidos con» Cristo, y «en» la persona de Cristo.
Pedro Ignacio Fraile
https://pedrofraile.blogspot.com/
12 septiembre, 2017
TAREA, CANSANCIO, FATIGA… Y ESPERANZA
La condición humana es así. La
vida conlleva el cansancio y la fatiga «por el peso de los días». Jesús lo dice
con otras palabras: «a cada día le basta su afán». A cada jornada vivida le acompañan,
de forma inexorable, los éxitos luchados, los momentos disfrutados, los
proyectos inacabados y una sensación de ligereza, de paso, de finitud de la que
no podemos escapar.
La vida es compleja y dura.
¿Ponemos ejemplos? En estas últimas semanas, finales de agosto y comienzos de
septiembre de 2018, sin ir más lejos, hemos vivido la doble destrucción imparable
de dos huracanes seguidos en el Caribe y de un terremoto en la costa del
Pacífico de México. La madre tierra se estremece y el ser humano se descubre
como muy pequeño, impotente, muy frágil…. No puede casi nada…

Más ejemplos, estos más
cercanos. Por una parte el atentado yihadista en el corazón de Barcelona. Se
desatan las «cajas de pandora» de todos los monstruos a los que tememos. ¿Qué
va a ser de nosotros? ¿Nos espera, de ahora en adelante, un futuro que no
controlamos sometidos a la constante amenaza de unos asesinos? ¿Ese es el
futuro de la humanidad, al menos en nuestro plácido occidente? La «sociedad de
bienestar», que añoramos como nuevo Edén, se tambalea ante la amenaza de la
violencia inc
ontrolable.
En esta cercanía que vivimos,
España está asistiendo entre incrédula e impotente, a un paso en la historia que,
digan lo que digan los políticos, ellos mismos no controlan. No es solo que una
parte de España se independice, no; la realidad es que España dejaría de ser España
para ser otra cosa, ¿el qué? A mí me preocupan las historias personales, pues
la «gran historia», para los que nos gusta leerla y estudiarla, nos revela los
continuos cambios y mutaciones a través de los siglos. ¿Qué va a ser de muchas
personas que ven con temor un futuro incierto? Fatiga, cansancio… peso de los
días; las frustraciones que se asoman, la inquietud imposible de parar.
Por añadir un punto más de
cansancio a la ardua tarea de estar vivo en esta historia, no puedo por menos
traer al papel la visita que hice ayer por la mañana a un amigo al que han
diagnosticado un tumor cerebral. Al salir solo pude comentar: «no conocemos qué
futuro nos depara. Si lo supiéramos, viviríamos de otra forma»… ¿o quizá no?
La primera tentación a la que
nos enfrentamos es el derrotismo: «no se puede hacer nada«, «disfruta pacíficamente
de lo que tienes ante tus ojos», como si al estilo del bíblico Eclesiastés, la
solución estuviera en un «carpe diem» modigerato.
La segunda tentación es el determinismo o fatalismo, muy del gusto de la
cultura moderna, si bien hunde sus raíces en el pasado de la humanidad: «no
intentes cambiar nada, porque no puedes. Todo ya está escrito». La tercera
tentación, insoportable en sí misma, es la de la desesperación.
¿Qué decimos los que decimos que
somos creyentes? ¿Cómo ilumina la fe esta tarea vital, este cansancio y fatiga por el
peso de los días y de los acontecimientos, nuestro caminar cotidiano? Hace unos
dos años un sacerdote ruandés, que estaba preparando su tesis doctoral en teología en Barcelona, que había escapado a
las matanzas de su tribu por las tribus enemigas vecinas; que había sido
«refugiado» con sus familiares en la selva africana; que había experimentado la
mínima línea divisoria entre la vida y la muerte violenta siendo muy niño, me
decía: «el mensaje que podemos transmitir los cristianos, es el de la
esperanza. Nosotros tenemos esperanza; cosa que no puede aportar este mundo». Cansancio
y fatiga sí… pero con esperanza.
Pedro Ignacio Fraile Yécora
12 de Septiembre de 2017
05 septiembre, 2017
TERESA DE CALCUTA Y LADY DI: “LA SANTIDAD NO ES GLAMOUROSA”.
El
subtítulo de este artículo no es mío. Se lo he robado, sin su permiso, a mi
amigo Pedro. Lo hago porque es un título soberbio, definitivo, de esos que
deberían pasar a los anales de las frases acabadas, logradas, ajustadas.
Inteligentes a la vez que provocadoras y profundamente verdaderas.
El
día 31 de Agosto moría en extrañas circunstancias (cada uno que piense lo que
quiera), Lady Di. Llevamos varios días viendo cómo todas las cadenas de televisión
le dedican reportajes, documentales, ‘investigaciones’, películas etc. Lady Di
tiene un título que vende: ‘La princesa del pueblo’. Su amigo Elton John le
dedicaba una canción preciosa, “Candle in the wind”, de las más bonitas que ha
escrito.

Dos
mujeres. Las dos muy famosas. Dos historias distintas. De Lady Di sé muy poco,
lo que dicen los grandes titulares y poco más. ¿Fue feliz en su vida y en su
matrimonio? ¿Necesitaba salir de las rejas asfixiantes del Palacio? Lady Di
quiso acercarse al pueblo, y buscó a la gente sencilla. En varios de estos
encuentros se cruzó con Teresa de Calcuta. ¿De qué hablaron? ¿Qué se decían
estas dos mujeres? Las fotos delatan cierta simpatía mutua, no sé si cierta
complicidad.
Santa
Teresa de Calcuta, en línea de continuidad con Santa Teresa de Jesús, vivió su
propia conversión dentro de la Iglesia Católica; sin abandonarla. Dejó atrás la
congregación a la que pertenecía, para hacer su propio camino de discipulado.
Se fue con los más pobres de los pobres. Ese es el camino de los santos. La
santidad no es glamourosa. Los pobres son personas, que no tienen nada, ni
gustan a nadie, ni nadie se ocupa de ellos. En todo caso los pobres estropean
las fotos y molestan en las fiestas y en los tinglados. Los pobres sobran.
Hay
una diferencia importante entre ellas. Lady Di era una ‘diva del papel couché’,
aunque fuera una princesa triste. Vestía bien y marcaba tendencia; aún se
conservan sus mejores vestidos en un museo de la familia. Además al gran
público gustaba esa ‘protesta juvenil’ entre sabida y ocultada de sus huidas de
palacio. Era una ‘princesa rebelde’ que no seguía los duros protocolos de la
corte.
Por
otra parte Teresa de Calcuta tenía un problema muy grande. ¡Era una monja
católica que apoyaba en todo a la Iglesia! Eso muchos no se lo perdonaron. Un grupo español de música punk cantaba en su estribillo: La Madre Teresa... no nos interesa! Ser ‘monja oficiliista’, no gustaba a la gran
prensa; así vivió y así falleció, fiel a la Madre Iglesia.
Las
dos murieron con quince días de diferencia. Diana en un carrera loca de coches
- ¿perseguida? - en la noche parisina con un millonario acompañante; ¿alguna
vez sabremos la verdad? Teresa de Calcuta con sus pobres; desgastada, pobre y en
silencio.
A
los veinte años de la muerte de ambas (1997-2017), ¿a quién dedica la prensa su
recuerdo y sus titulares? Signo inequívoco de la frivolidad reinante. Vende más
la tragedia de una princesa que el camino humilde y pobre de una discípula de
Jesús, fiel a los pobres y a su amor por ellos en comunión plena e indiscutible
con la Iglesia católica.
Pedro Ignacio Fraile Yécora
5 de Septiembre de 2017
28 junio, 2017
LIBERADOS Y LIBRES: CRISTIANOS Y POLÍTICA (2)
Ayer me introduje
en el complejo mundo de la política y la fe cristiana. La puerta de acceso que
elegí fue la de la «dignidad humana», que no es de nadie en particular, porque
la lleva inscrita el ser humano. Una dignidad que para los cristianos adquiere
su sentido pleno a la luz de Cristo.
Hoy doy un paso
más. Me adentro por las sendas de la libertad y la política. La libertad
tampoco es «propiedad particular» de nadie, porque lo es de todos. Es un bien
escaso, o que lo hacemos escasear. Como el pan: hay pan para todos, pero no
está bien repartido.

La libertad siempre
ha estado mal vista por los «controladores» a lo largo de la historia humana.
Aunque es una simplificación, meto en el mismo grupo a los «controladores
políticos», a los «filosóficos», «movimientos sociales» y a los «religiosos».
En todo el orbe y en todas las circunstancias sociales han brotado como setas
personas o grupos de presión que querían «controlar la libertad». Distintas en
las formas y en los argumentos, pero todas con un elemento común: prohibir un
grupo, una idea, una asociación, un pensamiento…
A los
«controladores», máxime si este control es ideológico, les pone muy nerviosos
que les salgan respondones con argumentos que contravengan el «pensamiento
oficial» o el «pensamiento único». Esto pasaba antes (las múltiples
inquisiciones de muchos grupos de toda índole, no solo de la Iglesia) y pasa
ahora: ¿quién se atreve a opinar de forma libre ante una mayoría aplastante que
dice que representa a un «consenso»? Dicho de forma más fina, los
«liberticidas» no soportan a los profetas. Profeta no es el brujo del pueblo,
sino la persona que habla y actúa con libertad. Un brujo no es peligroso; un
profeta puede ser peligroso, porque nadie le controla, porque es libre.
La profecía
pertenece a la humanidad, no a ninguna religión concreta: Gandhi, que murió
como hindú, fue un profeta de la «no violencia». Martin Luther King, pastor
baptista, fue un profeta de la justicia social que defendió a los negros de
EE.UU. Monseñor Oscar Arnulfo Romero fue un obispo profeta que defendió a los
más pobres de “El Salvador” que sufrían todo tipo de violencia. Madre Teresa de
Calcuta, religiosa católica, fue una profeta de la defensa de los más pobres de
los pobres, de los parias que morían por las calles de Calcuta. Todos tenían en
común que eran libres y que no tenían miedo a los «controladores ideológicos».
La fe bíblica tiene
un fundamento de libertad en sus orígenes. Los especialistas en Biblia nos
explican que cuando el pueblo de Israel, después del exilio, quiere escribir su
historia, se encuentran con dos tradiciones de sus orígenes: una la patriarcal,
que desarrolla la memoria de un pueblo peregrino, extranjero en tierra ajena,
que conferirá a Israel la condición de ser un pueblo que solo adora y sirve a
Dios. La segunda tradición de sus orígenes nos lleva a Egipto: éramos un pueblo
de esclavos, y Dios nos liberó para que fuéramos libres. El paso del mar Rojo
es el paso de la esclavitud (muerte en vida) a la libertad (una libertad
costosa, pues el desierto es una travesía que hay que realizar), para llegar a
la Tierra prometida. El pueblo de Israel se entendió y comprendió siempre, y se
sigue comprendiendo, como un pueblo de personas libres.
Los cristianos
leemos el Antiguo Testamento, pero nuestra referencia última es siempre Jesús,
el Hijo de Dios. Jesús pertenece a esta tradición profética de las personas que
hablan y actúan en todo momento con libertad. Jesús se enfrenta a los escribas
y fariseos porque «atan cargas pesadas e insoportables, y las ponen sobre
las espaldas de los hombres, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas»
(Mt 23,4); Jesús se dirige directamente, sin rodeos, al fariseo que le ha
invitado a comer a su casa y que critica a la mujer que le lava los pies: «Simón,
tengo que decirte una cosa» (Lc 7,40); Jesús va a comer a casa de Zaqueo,
odiado por todos, sin que le importe el qué dirán “porque el Hijo del Hombre
ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,9). Jesús es
libre y actúa con libertad, curando en sábado, realizando en el Templo de
Jerusalén una acción de protesta simbólica. Jesús era libre porque su fundamento
estaba en Dios y en el Reino; los evangelios nos dicen que se retiraba al monte
a orar, y pasaba la noche orando (Mt 14,23; Mc 6,46; Lc 6,12). Quizá lo más
sorprendente de la actuación libre de Jesús fue su comparecencia primero ante
el Sanedrín, luego ante Herodes, y por fin ante Pilato. No fue un juicio, sino
una parodia, en la que sabían de antemano que le iban a condenar a muerte. La
autoridad de las respuestas de Jesús ante sus jueces, libre y valiente a la vez
que digno, siguen suscitando el respeto de todos, creyentes o no.
San Pablo
comprendió que toda la vida entregada de Jesús tenía una clave fundamental en
la libertad, y los cristianos solo podemos ser libres; y así lo expresó: «para
ser libres nos ha liberado Cristo» (Gal 5,1). El cristiano no está llamado
a vivir bajo el yugo de ninguna esclavitud, pues la libertad es un don de Dios,
que ha sido llevado a plenitud en la vida libre y entregada hasta el final por
Cristo. Un cristiano solo puede ser libre.
Volvamos al
encabezamiento: cristianos y política. Si un cristiano solo puede ser «libre»
para hablar y para actuar, ¿quién le podrá callar? Las consignas, sean las que
sean, se llevan mal con la libertad de los cristianos. Las manipulaciones de la
verdad, las verdades a medias, las falsas verdades, se llevan mal con la
libertad de los cristianos. El cristiano se debe «embarrar» en política, porque
la política es el arte de la convivencia, pero el cristiano no puede venderse
ni a las consignas que van contra su conciencia, ni aceptar por bueno lo que no
lo es para el ser humano, ni venderse a los que suben a costa de pisar a los
pobres. El don de la libertad, don de Dios que llevó a su máxima realización
Cristo, es un don enraizado en el «adn de los cristianos».
Pedro Ignacio Fraile
28 de Junio de 2017
27 junio, 2017
LA DIGNIDAD HUMANA; CRISTIANOS Y POLITICA (1)
El título ya es, en sí mismo, un
riesgo, una provocación, un dislate, un atrevimiento, una osadía. Pero, ¿acaso
los cristianos se meten en política?; ¿acaso un político puede ser cristiano?
Si decimos que «sí», diremos, ¿en qué partido?; ¿hay un partido cristiano? ;
¿hay un partido «de los cristianos»?; ¿hay un cristiano que esté «cómodo» en un
partido?
Los
que me conocéis personalmente estarán pensando: «¡no…., no te metas en estos
líos…!». Bueno. A lo mejor es que ningún cristiano se mete en «estos líos», y
así nos va. Como yo me siento más cómodo en la Biblia que en otros lares, me
voy directamente a la Biblia.

San Marcos sigue diciendo que
Jesús anunciaba que «el Reino de Dios
está cerca». Vayamos por partes. ¿Qué es eso del «renio»? Los
republicanos se ponen nerviosos. Habrá
que recordarles que en Judea y Galilea, por donde se movía Jesús, la
«república» tenía que ver con la «res
publica» de Roma (bueno, en época de Jesús ya era un Imperio, y el
emperador era Tiberio); Jesús hablaba de «reino» porque el pueblo judío seguía
recordando las promesas hechas por los profetas, según las cuales Dios no
abandonaría a la «casa de David», que era «rey». Jesús ya no habla del «rey
David», sino del «reino de Dios». Donde está Dios, David tiene poco que decir. En
el conjunto de la Biblia, Dios-Señor-Yhwh está con la gente sencilla, con los
que sufren, con los de abajo; y no le gusta los que pisan, los que van abusando
de los sencillos. El «Reino de Dios» tiene que ver con un cambio de orientación
de la sociedad, donde las personas son importantes por ser personas, no porque
tengan más o menos dinero, más o menos cultura o poder. Jesús decía que este
«Reino» estaba llegando.
Alguno se inquieta: «sí, sí… ¿pero qué partido encarna este Reino?».
La teología a veces gasta malas pasadas. La teología nos dice que este «reino»
se mueve entre el «ya» y el «todavía no». Dicho de otro modo: cuando alguien
diga: «este grupo humano realiza del todo
la voluntad de Dios», debemos decir con sorna aragonesa… «ya, ya…». Dios no
se deja «encasillar» en ningún «apellido». Dios es Dios, y cuando decimos que «ya lo tenemos, que lo hemos comprendido»
se nos escapa como el agua entre las manos… Falta el «todavía no…» dejando la puerta siempre abierta: «¡Lo hemos
conseguido…!»; sí, es importante, pero hay que seguir. «Lo hemos alcanzado…»; sí, pero no es el final
del camino. El cristiano sabe que está en camino, y que por mucho que logre en
su esfuerzo por hacer una vida más humana, siempre estará con la mirada en su
único objetivo, que no es otro sino ver en cada ser humano, por débil, pequeño,
insignificante, irrelevante que sea… el rostro humanado de Dios. Ahí, ahí, está
la «clave», el «criterio» que todos buscamos.
Hay algo que los partidos no terminan de comprender.
Esto mismo hace que los cristianos seamos «incómodos». Para la fe cristiana,
cada persona está llamada a participar del cuerpo de Cristo, del que él es
cabeza. Lo traduzco: esa persona discapacitada desde niño por una enfermedad o
por nacer con una grave deficiencia está llamada a formar parte del cuerpo
místico de Cristo. ¡participa plenamente de la salvación de Cristo!. Ese
anciano que no produce y solo origina gastos, en su debilidad y singularidad,
está llamado a formar parte del cuerpo místico de Cristo. Para los cristianos
no hay personas de primera y de segunda, porque el cuerpo místico de Cristo se
modela con la carne sufriente y amante de las personas. Muchas veces a los partidos políticos les sobran los
enfermos, otras veces los ancianos, otras veces los discapacitados, otras veces
los pobres, otras veces los que siempre protestan, otras veces los que dicen la
verdad a la cara, otras veces los emigrantes que vienen sin nada, sin nada, sin
nada… A un cristiano no le sobre nadie. Esa es la diferencia. Hay que decir
muchas cosas más. Por hoy basta.
Pedro Ignacio Fraile Yécora
Junio 2017
12 junio, 2017
CONFIESO QUE HE VIVIDO. Reivindicación de los humildes.
Estas palabras, «confieso que he vivido», son el título de unas memorias de Pablo Neruda. Las tomo prestadas. Son palabras preñadas de lucidez; dicen lo que muchos queremos decir. Son palabras que pertenecen a la humanidad. Los escritores tienen esa capacidad de decir lo que otros querríamos expresar, y lo hacen de forma contundente, nítida, definitiva.
No quiero volver al caso de Ignacio Echevarría, al que he
dedicado con respeto y admiración al joven católico que ha roto las
estadísticas de la cobardía humana, sino solo apoyarme en él para desarrollar
mi reflexión. En la televisión los periodistas y comentaristas han abundado en
la idea de que iba a tener lugar una misa como «homenaje»; también explicaban
que el acto más entrañable fue cuando «aplaudieron» en el momento del entierro.
¿No hemos caído en una superficialidad sin límites, además de en un
desconocimiento descorazonador de la fe cristiana?
Las misas no son nunca homenaje; de ninguna forma que se
quiera explicar o justificar. Las «misas» (ite
misa est) son celebración de «acción de gracias» (eu-charistia). Son celebración sacramental, actualizada, de la
acción salvadora de Cristo, entregado por nosotros. La comunidad se reúne,
participa, asiste, celebra, ora y comulga en torno a la mesa de la palabra y a
la mesa del pan, pero ¿homenaje? Los periodistas y tertulianos no pueden marcar
la teología. Aunque a veces parece que lo consiguen…

Las respuestas a estas preguntas son terribles. Para unos
solo se llevan de esta vida el cariño que en ella han podido recibir; pero ¿y
las personas que han vivido sin ser queridas…? Para otros, su mérito es el «haber
trabajado en la construcción de la sociedad y del mundo», pero ¿entonces lo que
importa es el colectivo, el resultado final, no la persona en su misterio
individual?
La fe cristiana proclama el valor de cada persona: su
nombre y apellidos, su biografía. Lo hace ya desde sus raíces bíblicas veterotestamentarias.
Cuando leemos en el Génesis que Dios creó al hombre, a la persona humana, «a su imagen y semejanza» estamos
diciendo que solo Dios puede llenar el corazón del ser humano; solo nos miramos
en su espejo para reconocernos; en nada ni en nadie distinto a Dios o que
suplante a Dios. El corazón humano solo puede reconocerse en Dios. Toda persona
está llamada a reconocerse en Dios. Todos: el africano que sale de su casa
buscando una vida mejor, y el obrero o artista que con sus manos construye y modela
para bien de todos.
La fe cristiana cree, además, que Cristo es el rostro
humano de este Dios. Cristo es el ser humano en plenitud, y estamos llamados a
unirnos con él y vivir en él. Los pobres, los humildes, los que no cuentan, los
que han vivido sin que nadie se haya fijado en ellos, los que han pasado
haciendo el bien en medio del anonimato… todos los seres humanos estamos
llamados a unirnos a Cristo. Todos, con nuestra historia personal, única y distinta a la de otros, sencilla,
pero humana, digna de ser vivida y tenida en cuenta. Todas las historias son importantes; por eso, cada persona tiene
que decir «confieso que he vivido y confieso que soy importante para Dios».
La mentalidad contemporánea está más cómoda con la
reencarnación que con la resurrección. La reencarnación da a muchos una
«segunda oportunidad»; es como decir: «si en la primera oportunidad tu vida ha
sido simple, sencilla, pobre, tienes una segunda una tercera para poder hacer
algo de interés»… Se puede comprender desde una antropología basada en el éxito
o fracaso según lo humano, pero no se puede comprender desde una antropología
que se funda en el encuentro de cada persona, que es infinitamente importante,
con Dios.
La resurrección se toma en serio la historia de cada
persona: tu vida con tus recuerdos, tus orígenes, tus proyectos y fracasos, tu
aportación a la felicidad de otros, tus momentos de amor, tus ilusiones
compartidas… tú con nombre y apellidos, tú mismo, estás llamado a vivir para
siempre con Dios y en Dios; estás llamado a participar de la Resurrección de Cristo, siendo tú mismo,
no el «remix» de otro, o la segunda o tercera vida de otros, sin biografías
personales. La resurrección personal no le gusta a la mentalidad contemporánea…
quizá porque no valora a cada persona, quizá porque es consciente de que la
vida es demasiado corta para alcanzar todo lo que aspira… y necesita una
«prolongación» de su partida. La muerte del que así vive es, sin duda, un
fracaso absoluto: ¡qué vida más corta y más infructuosa!, piensan.
Volvemos al inicio: ¿homenaje para los héroes? Sí. Pero
sin olvidar que todas las personas, por humildes que seamos, aunque nunca
seamos inscritos en las listas de los héroes, tenemos una historia personal,
preciosa, única, valiosa en sí misma, que está llamada a participa en plenitud
de la vida de Dios. Confesamos que hemos vivido, confesamos que somos
importantes aunque humildes, y confesamos que esperamos en Dios.
Pedro Ignacio Fraile Yécora
12 de Junio de 2017
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