miércoles, 28 de junio de 2017

LIBERADOS Y LIBRES: CRISTIANOS Y POLÍTICA (2)


                 Ayer me introduje en el complejo mundo de la política y la fe cristiana. La puerta de acceso que elegí fue la de la «dignidad humana», que no es de nadie en particular, porque la lleva inscrita el ser humano. Una dignidad que para los cristianos adquiere su sentido pleno a la luz de Cristo.
                Hoy doy un paso más. Me adentro por las sendas de la libertad y la política. La libertad tampoco es «propiedad particular» de nadie, porque lo es de todos. Es un bien escaso, o que lo hacemos escasear. Como el pan: hay pan para todos, pero no está bien repartido.

                Recuerdo que cuando era estudiante nos hablaban de las «teologías de genitivo»: al sustantivo había que añadir un «de» que explicara e hiciera más concreta la materia; así hablábamos de «teología de la liberación», «teología de la esperanza», «teología del trabajo» etc. Podemos usar este símil, para hablar también de los «genitivos» que se adhieren a la palabra libertad: «libertad de expresión», «libertad de culto», «libertad de prensa», «libertad de asociación», «libertad de conciencia»… Me pregunto: ¿Acaso se puede dar una sin las otras? ¿Puede existir la libertad de culto si no hay libertad de conciencia y de expresión? ¿Puede existir la libertad de prensa si no hay libertad de expresión y de asociación? Así, hasta el infinito.
                La libertad siempre ha estado mal vista por los «controladores» a lo largo de la historia humana. Aunque es una simplificación, meto en el mismo grupo a los «controladores políticos», a los «filosóficos», «movimientos sociales» y a los «religiosos». En todo el orbe y en todas las circunstancias sociales han brotado como setas personas o grupos de presión que querían «controlar la libertad». Distintas en las formas y en los argumentos, pero todas con un elemento común: prohibir un grupo, una idea, una asociación, un pensamiento…
                A los «controladores», máxime si este control es ideológico, les pone muy nerviosos que les salgan respondones con argumentos que contravengan el «pensamiento oficial» o el «pensamiento único». Esto pasaba antes (las múltiples inquisiciones de muchos grupos de toda índole, no solo de la Iglesia) y pasa ahora: ¿quién se atreve a opinar de forma libre ante una mayoría aplastante que dice que representa a un «consenso»? Dicho de forma más fina, los «liberticidas» no soportan a los profetas. Profeta no es el brujo del pueblo, sino la persona que habla y actúa con libertad. Un brujo no es peligroso; un profeta puede ser peligroso, porque nadie le controla, porque es libre.
                La profecía pertenece a la humanidad, no a ninguna religión concreta: Gandhi, que murió como hindú, fue un profeta de la «no violencia». Martin Luther King, pastor baptista, fue un profeta de la justicia social que defendió a los negros de EE.UU. Monseñor Oscar Arnulfo Romero fue un obispo profeta que defendió a los más pobres de “El Salvador” que sufrían todo tipo de violencia. Madre Teresa de Calcuta, religiosa católica, fue una profeta de la defensa de los más pobres de los pobres, de los parias que morían por las calles de Calcuta. Todos tenían en común que eran libres y que no tenían miedo a los «controladores ideológicos».
                La fe bíblica tiene un fundamento de libertad en sus orígenes. Los especialistas en Biblia nos explican que cuando el pueblo de Israel, después del exilio, quiere escribir su historia, se encuentran con dos tradiciones de sus orígenes: una la patriarcal, que desarrolla la memoria de un pueblo peregrino, extranjero en tierra ajena, que conferirá a Israel la condición de ser un pueblo que solo adora y sirve a Dios. La segunda tradición de sus orígenes nos lleva a Egipto: éramos un pueblo de esclavos, y Dios nos liberó para que fuéramos libres. El paso del mar Rojo es el paso de la esclavitud (muerte en vida) a la libertad (una libertad costosa, pues el desierto es una travesía que hay que realizar), para llegar a la Tierra prometida. El pueblo de Israel se entendió y comprendió siempre, y se sigue comprendiendo, como un pueblo de personas libres.
                Los cristianos leemos el Antiguo Testamento, pero nuestra referencia última es siempre Jesús, el Hijo de Dios. Jesús pertenece a esta tradición profética de las personas que hablan y actúan en todo momento con libertad. Jesús se enfrenta a los escribas y fariseos porque «atan cargas pesadas e insoportables, y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas» (Mt 23,4); Jesús se dirige directamente, sin rodeos, al fariseo que le ha invitado a comer a su casa y que critica a la mujer que le lava los pies: «Simón, tengo que decirte una cosa» (Lc 7,40); Jesús va a comer a casa de Zaqueo, odiado por todos, sin que le importe el qué dirán “porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,9). Jesús es libre y actúa con libertad, curando en sábado, realizando en el Templo de Jerusalén una acción de protesta simbólica. Jesús era libre porque su fundamento estaba en Dios y en el Reino; los evangelios nos dicen que se retiraba al monte a orar, y pasaba la noche orando (Mt 14,23; Mc 6,46; Lc 6,12). Quizá lo más sorprendente de la actuación libre de Jesús fue su comparecencia primero ante el Sanedrín, luego ante Herodes, y por fin ante Pilato. No fue un juicio, sino una parodia, en la que sabían de antemano que le iban a condenar a muerte. La autoridad de las respuestas de Jesús ante sus jueces, libre y valiente a la vez que digno, siguen suscitando el respeto de todos, creyentes o no. 
                San Pablo comprendió que toda la vida entregada de Jesús tenía una clave fundamental en la libertad, y los cristianos solo podemos ser libres; y así lo expresó: «para ser libres nos ha liberado Cristo» (Gal 5,1). El cristiano no está llamado a vivir bajo el yugo de ninguna esclavitud, pues la libertad es un don de Dios, que ha sido llevado a plenitud en la vida libre y entregada hasta el final por Cristo. Un cristiano solo puede ser libre.
                Volvamos al encabezamiento: cristianos y política. Si un cristiano solo puede ser «libre» para hablar y para actuar, ¿quién le podrá callar? Las consignas, sean las que sean, se llevan mal con la libertad de los cristianos. Las manipulaciones de la verdad, las verdades a medias, las falsas verdades, se llevan mal con la libertad de los cristianos. El cristiano se debe «embarrar» en política, porque la política es el arte de la convivencia, pero el cristiano no puede venderse ni a las consignas que van contra su conciencia, ni aceptar por bueno lo que no lo es para el ser humano, ni venderse a los que suben a costa de pisar a los pobres. El don de la libertad, don de Dios que llevó a su máxima realización Cristo, es un don enraizado en el «adn de los cristianos».

Pedro Ignacio Fraile
28 de Junio de 2017


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