21 junio, 2013

JESÚS, LA ALCANCÍA Y EL TESORO DE PETRA


 
               Cuando se va a Petra, en Jordania, los «viajeros-peregrinos», los «curiosos turistas», los «compulsivos consumidores fetichistas de lugares turísticos» del mundo, los emuladores de Indiana Jones en «La Última cruzada», todos… sin excepción, abrimos la boca cuando al final del largo y bellísimo cañón (Siq) nos tropezamos en la última curva con la visión entrecortada del «Tesoro».

               El guía nos explica por qué se le llama «Tesoro» (en árabe al-khazne), cuando en realidad es la fachada de la tumba de un rico hombre de los nabateos. Dice que, cuando aún no había sido «presentado» a Occidente (porque «descubrir», lo que se dice «descubrir», los beduinos de los pueblos vecinos conocían Petra y la protegían de los viajeros extraños), los lugareños disparaban sus armas de fuego contra una parte de la fachada que se asemeja a una crátera, vasija o ánfora. Ellos pensaban que estaba llena de monedas. En todos los pueblos y en todas las tradiciones, los desiertos son lugares donde están escondidos arcas y arcones con tesoros innumerables. Tras vaciar sus pistolas y arcabuces, sólo conseguían que la fachada se desmoronara un poco más, pero el tesoro no aparecía… porque no había tal. El tesoro era la ciudad misma de Petra, su historia, sus edificios… y no lo sabían. Apuntaban hacia un tesoro, y el tesoro se les apareció en forma de millones de visitantes que querían ir a la «ciudad perdida». Moraleja: no sólo hay que buscar el tesoro, sino saberlo encontrar.

               En castellano de tradición mozárabe hay una palabra preciosa: «alcancía». Es la palabra que se usaba en muchos pueblos para indicar el lugar donde se guardaban los ahorros. Nosotros la hemos cambiado por otra palabra, que no tiene ese encanto: «hucha». No sé filología, pero me gusta indagar y hacer mis pinitos; ¿podría ser que nuestra «alcancía» para guardar monedas tenga que ver con el al-khazne (tesoro, en árabe)? Los cambios en las consonantes los impone el pueblo llano; es más fácil decir «alcancía» que «alcaznía».

               Todos tenemos nuestras alcancías donde guardar las monedas; todos tenemos nuestros lugares donde poner nuestros exiguos tesoros. Moneda a moneda vamos haciendo nuestro pequeño montoncito. Es necesario tener ahorros, pues la vida no avisa y con frecuencia tenemos que echar manos de los ahorros. Pero también a veces caemos en la tentación de confundir el tesoro de monedas con lo fundamental de la vida.

               Jesús lo dice de forma muy bonita y muy clara en el evangelio de hoy: «donde está tu tesoro, allí está tu corazón». Es verdad; todos pensamos en ir amasando una pequeña fortuna que nos saque de pobres y que nos dé para vivir con holgura, y más…

               Pero, ¿dónde está el tesoro del ser humano? Jesús nos dice que a las monedas les ataca la herrumbre, el orín, el «cardenillo», que decía mi abuela. Antonio Machado, poeta de versos luminosos y perennes, hablaba de que esperaba la muerte «ligero de equipaje, casi desnudo», advirtiéndonos de que en el «último viaje» no se pueden cargar cofres de oro. Jesús nos habla del «tesoro» que debemos cuidar: el cariño, la bonhomía, la fidelidad, la fe, el sentido del humor, la valentía, la honestidad, la ternura, la generosidad… este tesoro no se herrumbra, sino que crece con el tiempo; es el tesoro que viene de Dios como don, y a Dios vuelve en el corazón de cada persona de bien.

               Los beduinos de Petra tiraban al tesoro de piedra sin saber dónde estaba el verdadero tesoro: la ciudad misma. Nosotros creemos que por amasar monedas de oro tenemos un tesoro, cuando el tesoro, nos dice Jesús, está en el hombre/mujer y en Dios; en ti y en mí cuando amamos, y en Dios que es el amor.

 

Pedro Ignacio Fraile Yécora; 21 de Junio de 2013. San Luis Gonzaga.         

 

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