20 septiembre, 2016

¿GUERRA SANTA, GUERRA SACRA, GUERRA DE RELIGION?


Hoy, 20 de Septiembre, el papa Francisco convoca a una gran jornada de oración por la Paz. Me sumo a ella. Quiero ofreceros una ponencia sobre Dios y violencia que pronuncié hace unos diez años en la Universidad de Navarra en Pamplona. La he recuperado de mis papeles. Es un poco larga, pero quizá pueda dar luz. 

«SEÑOR DE LOS EJÉRCITOS»: ¿UN DIOS VIOLENTO?

Cuando leemos la Biblia encontramos textos muy duros, con imágenes violentas, con exterminios de pueblos, que incitan a la venganza.¡Y todo esto en nombre de Dios! El contraste es mayor cuando estamos acostumbrados a decir que Dios es’ misericordioso, clemente, lento a  la ira y rico en piedad’ (Ex 34,6). ¿Cómo compaginar estas dos imágenes aparentemente irreconciliables o, al menos, contradictorias? Tenemos que reconocer que es verdad. No es difícil encontrar una serie de textos acerca de Dios que nos resultan duros o incluso escandalosos. La segunda pregunta que se nos plantea es ¿debemos seguir leyendo estos textos? ¿debemos considerarlos como revelados, esto es, como palabra de Dios? ¿No sería más útil expurgarlos de la Biblia? Aún más. Si nosotros, como cristianos, sabemos que Jesús nos invita a perdonar a los enemigos ¿no deberíamos sólo el Nuevo Testamento? Debemos comenzar por ver cuáles son estos textos para pasar en un segundo momento a descubrir cuál es su alcance y cómo podemos leerlos sin renunciar a su condición de textos revelados.

1. UNOS TEXTOS «ESCANDALOSOS»

Comenzamos citando una serie de textos que a nuestra mentalidad de personas occidentales modernas, y con una sensibilidad religiosa cristiana nos resultan a todas luces inadmisibles. El primero trata de la ley del exterminio en tiempos de guerra o herem; el segundo, de la ley de la «venganza de la sangre», por la que el clan se protegía de las amenazas exteriores; el tercero de las maldiciones; a continuación de los salmos imprecatorios y por último del «Dios guerrero y «de los ejércitos».
La ley del exterminio (herem). El Libro del Deuteronomio incluye una legislación sobre la guerra (Dt 20). Después de haber dejado claro que Dios combate con ellos (Dt 20,4) explica los pasos a dar, distinguiendo bien si se trata de una ciudad que está de paso hacia la tierra prometida o está en medio de ella. En el primer caso se empieza proponiéndole la paz; si la aceptan todos pasan a ser esclavos (Dt 20,11), de lo contrario se asedia y se exterminan a los varones, haciendo que ganados, mujeres y niños sean botín de guerra (Dt 20,12-15). Con parecernos esto terrible, aún falta lo peor, en efecto, el trato varía del todo si son pueblos que habitan la tierra prometida, pues se decreta para ellos el exterminio total: ‘Pero en las ciudades que el señor tu Dios te da como heredad no dejarás ni un alma con vida. Los consagrarás al exterminio (herem)’ (Dt 20,16-17). Lo más sorprendente es la razón: ‘De esta manera no os enseñarán a cometer las abominaciones que ellos cometen con sus dioses y no pecaréis contra el Señor vuestro Dios’ (Dt 20,17-18). ¿Para que los israelitas no caigan en pecado de idolatría se pueden exterminan pueblos paganos enteros?
Si seguimos leyendo la Biblia, hay dos casos sangrantes de esta práctica. La primera hace referencia a la conquista de Jericó por parte de Josué ‘Cuando el pueblo oyó el sonido de las trompas, lanzó el alarido de guerra y las murallas de la ciudad se derrumbaron. Entonces el pueblo asaltó la ciudad, cada uno desde su puesto y se apoderaron de ella. Y consagraron al exterminio todo lo que había en ella, hombres mujeres, jóvenes y viejos, bueyes, ovejas y asnos, pasándolos a cuchillo’ (Jos 20-21). Mucho más explícita y cruel es la toma de la ciudad de Ay: ‘Cuando los israelitas acabaron de matar a los habitantes de Ay en el campo y en el desierto hasta donde los habían perseguido, y cuando todos hasta  el último cayeron a cuchillo, todo Israel se volvió a Ay y pasaron a cuchillo a sus habitantes. (...) Josué no retiró la mano que  tenía extendida con la lanza hasta que todos los habitantes de Ay fueron consagrados al exterminio’ (Jos 8,24-25).
¿Debemos escandalizarnos? En aquella mentalidad, todo el botín de la guerra (territorio y habitantes) se consagraba a Dios. Desde una perspectiva mítico-religiosa es la forma de obtener la protección de la divinidad en el combate, por eso está terminantemente prohibido quebrantar esta norma porque el pueblo caería en una maldición. A la toma de Jericó sigue la narración del quebrantamiento de la Ley del exterminio: ‘Los israelitas no respetaron lo consagrado al exterminio (...) El Señor dijo a Josué: Levántate, Israel ha pecado, se han apropiado de lo consagrado al exterminio. Los israelitas no podrán resistir frente al enemigo; huirán de sus adversarios porque han acarreado sobre sí la maldición’ (Jos 7,1.10-12). Ahora bien, el remedio es peor que la enfermedad, pues la forma de castigo exige sangre y Josué lo ejecuta (Jos 7,15).   
Si lo miramos desde el punto de vista político-militar es una costumbre atestiguada en los pueblos vecinos (la estela del rey Mesa). Su finalidad es clara, no dejar ningún tipo de población autóctona cuando se conquistaba una zona. De esta forma se evitaban posibles sublevaciones.
Por último, y leído desde una perspectiva intrabíblica, vemos cómo el libro de Josué responde a una preocupación postexílica de pureza religiosa y lucha contra la idolatría. El exterminio de la población extranjera aseguraba que no habría influencia de otras religiones paganas e idolátricas en el Israel fiel al único Dios (Dt 20,18). L Deuteronomio insiste en la fe monoteísta como signo de identidad del pueblo: ‘Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo’ (Dt 6,4). Los dos primeros preceptos del Decálogo así lo confirman: ‘No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás ídolos ni imagen tallada alguna de lo que hay arriba en los cielos o abajo en la tierra...’ (Dt 5,7-8).
Resumiendo podemos decir que son textos que reflejan un aspecto terrible de la guerra, que nuestra sociedad –desgraciadamente- no desconoce ni ha erradicado. En nuestra sensibilidad no nos atrevemos a decir que así se «agrada» a Dios –sería blasfemo-, o que estamos cumpliendo su voluntad. Pero sí que  nos atrevemos a decir que Dios está «con nosotros» o que Dios «bendice nuestras tropas».
            La ley de la venganza de la sangre (go’el). En este caso podemos hablar de una institución tribal que ha pasado de siglo en siglo y ha llegado hasta el día de hoy. No es difícil leer en la prensa casos de personas que deben lavar su honor o el de su familia, o que deben hacer pagar, con la misma mediad, el daño que se ha hecho. Se basa en el principio de la solidaridad entre los miembros de un clan o incluso de una familia (tomada en su concepción más ancha). El honor o deshonra de cada miembro repercute en todo el grupo, protegiendo de una forma especial a los miembros más débiles (huérfanos, viudas).
El go’el («vengador», «rescatador», «reivindicador», «protector») es el miembro de la familia o clan encargado de restituir la justicia o de devolver el honor perdido. Si un miembro del clan es hecho esclavo, debe ser rescatado por su go'el; si debe vender su patrimonio, el derecho preferente de compra lo tiene el go'el, incluso la venganza de sangre, buscando al asesino y matándolo. En la Sagrada escritura encontramos algunos ejemplos del cumplimiento de esta norma. Joab mata a Abner para vengar la muerte de su hermano Asael: ‘Abner le clavó en el vientre la empuñadura de la espada (...) Cuando Abner volvió a Hebrón, Joab lo llevó aparte junto a la puerta, como para hablar pacíficamente con él y allí mismo lo hirió mortalmente en el vientre para vengar la muerte de su hermano Asael’ (2Sam 2,22-23; 3,22-27) .
Existe toda una legislación que nos habla de las ciudades de refugio en el caso de que el homicidio hubiera sido involuntario, el homicida tuviera que huir y el go’el lo buscara para matarlo. ‘Cuando hayáis pasado el Jordán hacia el país de Canaán os escogeréis ciudades que serán para vosotros ciudades de asilo y allá se refugiará el homicida que mate a una persona por inadvertencia. Tales ciudades os servirán de asilo frente al go'el, de suerte que el homicida no muera antes de su comparecencia en juicio ante la comunidad’ (Nm 35,10b-12). ‘Estas ciudades servirán de refugio al homicida involuntario, sea israelita, emigrante o residente. (...) Si lo ha herido con un objeto capaz de producirle la muerte y de hecho muere, es homicida, y el homicida debe ser ejecutado. Es el vengador de sangre el que está obligado a dar muerte al homicida, cuando lo encuentre lo matará’. (Num 35,15-19ss.). Lo mismo podemos leer en Josué: ‘Aquél  huirá a una de estas ciudades y se detendrá a la entrada de la puerta de la ciudad, expondrá su caso a los oídos de los ancianos de aquella ciudad, quienes lo acogerán en la ciudad junto a sí, le darán un lugar y morará con ellos. Y si el vengador de la sangre lo persigue, no entregarán en sus manos al homicida, pues que sin saberlo mató a su prójimo y no le odiaba anteriormente. Habitará, pues, en aquella ciudad hasta que comparezca en juicio ante la comunidad y hasta la muerte del sumo sacerdote que lo fuere por aquellos días. Entonces el homicida podrá volver y penetrar en su ciudad y su casa, en la ciudad de donde había huido’ (Jos 20,4-6).
La venganza necesitó posteriormente ser regulada, de forma que en el Código de la Santidad del Levítico podemos leer explícitamente su prohibición: ‘No tomarás venganza ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor’ (Lev 19,18). Debemos notar dos aspectos importantes; el primero, que la prohibición de la venganza se restringe a los miembros del pueblo. El segundo, el amor al prójimo como a uno mismo; Jesús retomará este segundo mandamiento, desligándolo de la venganza y uniéndolo al amor que se debe a Dios (Mt 22,37-38). 
Las maldiciones. La maldición es el reverso de la bendición que recorre los textos bíblicos veterotestamentarios: Dios bendice, pero también maldice. La serpiente es maldita por engañar a Eva (Gen 3,14); Cam, padre de los cananeos, es maldito por su conducta inmoral (Gen 9,18-27); Abrahán recibe la bendición de Dios y a su vez anuncia la maldición para todos los que le maldigan. Cuando Israel va por el desierto de camino a la tierra prometida, Dios le anuncia bendición y maldición. En la ciudad de Siquén las tribus se distribuirán en dos montes, en el Garizím las benditas, en el Ebal las malditas: ‘Mirad, hoy pongo delante de vosotros bendición y maldición (...) Cuando el Señor tu Dios te haya introducido en las tierra que vas a tomar en posesión, pondrás la bendición en el monte Garizím y la maldición en el monte Ebal’ (Dt 12,26-29; 27,11)  Allí se pronunciarán las maldiciones que recaerán sobre aquellos que no guarden los preceptos divinos en la nueva tierra. Es el conocido como «dodecálogo siquemita»(Dt 27,15-26); se trata de una legislación muy antigua que intenta regular de forma taxativa la vida de Israel por medio de amenazas de castigos que se ponen en boca del mismo Dios.

(1º) Maldito el hombre que haga escultura o imagen fundidas  -abominación para YHWH, obra de las manos de artífice- y la erija en lugar secreto!
Y todo el pueblo responderá y dirá: ¡Amén!
(2º) Maldito quien menosprecie a su padre y a su madre. Y...
(3º) Maldito quien desplace el mojón de su prójimo Y ...
(4º) Maldito quien descarríe a un ciego del camino Y ...
(5º) Maldito quien tuerza el derecho del extranjero, el huérfano y la viuda! Y..."
(6º) Maldito quien yaciere con la mujer de su padre, pues ha descubierto el borde de la colcha de su padre. Y..."
(7º) Maldito quien se ayunte con cualquier bestia. Y..."
(8º) Maldito quien yaciere con su hermana, hija de su padre o hija de su madre. Y..."
(9º) Maldito quien yaciere con su suegra. Y..."
(10º) Maldito quien matare a su prójimo en secreto. (v.24)
(11º) Maldito quien acepte soborno para quitar la vida a un inocente. Y... (v.23)
(12º) Maldito quien no mantenga todas las palabras de esta ley, poniéndolas en práctica. Y..." (v.26)

            La maldición tiene mucho de castigo mágico, de control de una colectividad o de una persona pronunciando sobre ella un conjuro que surte efectos negativos o terribles de los que no se puede escapar.
Salmos imprecatorios. Las personas que rezan con el oficio divino o con los salmos, muestran con frecuencia su malestar al rezar con textos poco apropiados. ¿Cómo puedo pedirle a Dios que castigue  mi enemigo? ¿Cómo puedo alegrarme de las desgracias ajenas?
Mucho menos puedo pronunciar las terribles palabras que se alegran cuando los niños de los enemigos son estrellados contra la roca. Entre los salmos imprecatorios destacamos algunos versos:
¡Rompe el brazo del malvado,
Pídele cuentas de su maldad
hasta que desaparezca! (Sal 10,15)

¡Oh Dios, rómpeles los dientes de la boca,
tritura, Señor, los dientes de los leones!
Desaparezcan como agua que se escurre,
Que se marchiten como hierba pisoteada;
Que sean como babosa que se deshace al caminar,
Como un aborto que nunca verá el sol (...).
El justo se alegrará al ver la venganza,
Bañará sus pies en la sangre del malvado;
Y la gente dirá: ‘Sí, los justos prosperan,
Hay un Dios que hace justicia en la tierra’ (Sal 58,7-12)

‘El Dios fiel vendrá a mi encuentro,
y hará ver la derrota de mis adversarios
Oh Dios, mátalos, para que mi pueblo no lo olvide;
Dispérsalos y humíllalos con tu poder,
Tú, Señor, que eres nuestro escudo (...)
Destrúyelos con tu furor, destrúyelos sin dejar rastro,
Y que sepa que Dios gobierna en Jacob
Y hasta los confines de la tierra’  (Sal 59,11-12.14)


‘Señor no te olvides de lo que decían
 los hijos de Edom el día en que cayó Jerusalén:
Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos.
Capital de Babilonia, criminal,
Dichoso el que te pague el mal que nos has hecho,
Dichoso el que agarre a tus hijos
y los estrelle contra la roca.’ (Sal 137,7-8)

‘Aniquila a tus enemigos, pues me amas;
haz perecer a todos mis opresores,
ya que soy tu siervo’ (Sal 143,12)

            Si bien no es el lugar para dar una explicación a estos salmos, como pistas podemos decir:
(1) Que los salmos deben ser leído en su contexto histórico. Así el 137 expresa el dolor y la rabia de los judíos deportados en Babilonia contra sus opresores y contra los edomitas que no sólo se alegraron de su desgracia sino que colaboraron  a ella.
(2) Los salmos no tienen por qué reflejar nuestros sentimientos. A veces decimos ‘sólo en Dios descansa mi alma’ o ‘mi alegría es hacer tu voluntad’. De esto no nos avergonzamos aunque  no sea cierto, y sí nos avergonzamos de expresar unos sentimientos de venganza que podemos tener.
(3) Nuestra sociedad no está compuesta por seres angelicales, piadosos y misericordiosos. Con las buenas personas conviven otros violentos e injustos. Los salmos constatan esta realidad y nos ayudan, por una parte a denunciarla, y por otra a tenerlos presentes en nuestra oración.
Dios de los ejércitos. Yahveh recibe dos títulos en la Biblia que tienen que ver con el carácter belicoso. Uno es el de «fuerte guerrero» (Ex 15,3), el otro, más conocido es el de «Señor de los Ejércitos» (Yahveh Sebaot) . Este título de «Señor de los Ejércitos» referido a Dios aparece en primer lugar en los libros históricos de teología deuteronómica, unido a las tribus, a Samuel (1Sam 1,3;10; 15,2); al rey David en sus luchas con los filisteos y posteriormente en su reinado (2Sam 7,26). También encontramos este título en boca del profeta Elías cuando se enfrenta a los dioses cananeos y defiende a Yahveh, el Dios de Israel (1Re 18,15;19,10.14).

‘El pueblo mandó gente a Siló para que trajeran el arca de la alianza del Señor de los Ejércitos que se sienta sobre querubines. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento los israelitas lanzaron el grito de guerra y la tierra retembló’ (1Sam 4,4-5).

‘David dijo al filisteo: tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor de los Ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel a quien tú has desafiado’ (1Sam 17,45-46)

En los salmos leemos como estribillo, por tres veces: ‘El Señor de los Ejércitos está con nosotros; nuestro alcázar es el Dios de Jacob’ (Sal 46,4.8.12). A este Dios, se le puede pedir que se vengue de los enemigos del orante, pues él se siente impotente:

‘Despierta, ven a mi encuentro y mira,
pues tú eres el Señor de los Ejércitos, el Dios de Israel:
levántate para castigar a todas esas gentes,
no tengas piedad de los pérfidos traidores’ (Sal 59,5-6) .

Cuando el pueblo se siente derrotado se queja amargamente y dice a Dios:

Ahora nos rechazas
y permites que se burlen de nosotros,
ya no sales con nuestras tropas’ (Sal 44,10)

Podemos concluir que estamos ante un título muy antiguo usado por Israel, sobre todo en el reino del norte, más concretamente por las tradiciones deuteronómicas, que recoge la idea de un Dios guerrero que sale al frente de las tropas. Para ellos no era ningún desdoro, sino una certeza de que iban a triunfar en sus combates. No deben tener miedo porque Dios los guía y combate a su lado: ‘Cuando vayáis a entablar combate, se adelantará el sacerdote, hablará al pueblo y les dirá: «¡Escucha Israel! Hoy vais a pelear contra vuestros enemigos; no os acobardéis; no tengáis miedo, no tembléis ni os asustéis de ellos porque el Señor, vuestro Dios, os acompaña y combatirá por vosotros contra vuestros enemigos para salvaros»’ (Dt 20,2-4).

2. ¿HAY QUE SEGUIR LEYENDO ESTOS TEXTOS?
           
            La sempiterna tentación de los creyentes es bien negar el Antiguo Testamento (como ya hiciera Marción y condenara la Iglesia) , bien hacer una ‘antología’ que seleccione los textos más apropiados, dando como razón que el Antiguo Testamento no se entiende o que resulta escandaloso. En ambos casos debemos decir «no».
Saber qué decimos y qué queremos decir. La guerra forma parte, desgraciadamente, de la historia de la humanidad. No ha habido época en la que los pueblos hayan podido gozar de largos tiempos de paz tanto interior como exterior. Israel no fue una excepción; por una parte tuvo que ver cómo era pasillo de los conquistadores, tanto de los egipcios que se enfrentaban con los pobladores de la alta Siria, de Anatolia y del Eúfrates, como viceversa.  Tampoco faltan las guerras de conquista, las guerras de Yahveh, las guerras civiles entre los Reinos del Norte y del Sur. Debemos distinguir entre «guerra santa», «guerra sacral» y «guerra de religión ».
Propiamente hablando, no podemos hablar de «guerras de religión» en la Sagrada Escritura, ya que por este concepto entendemos que dos religiones distintas luchan por la primacía de una de ellas. Son más propias de la Edad Moderna europea, católicos contra luteranos o contra calvinistas.
El segundo concepto es el de «guerra santa». Con este concepto entendemos que un grupo hace guerra en nombre de Dios contra los impíos, buscando someterlos y que «se conviertan» a su credo. Esta idea no es del pueblo de Israel, pues él buscó conquistar la tierra y adueñarse de ella, expulsando a los otros pueblos, pero nunca ha pretendido extender su credo por medio de guerras. Esta concepción respondería más bien a concepción islámica que pide el sometimiento a la nueva fe de los paganos. El Islam debe defenderse de quienes le atacan y extender su credo.
Por último tenemos la «guerra sacral», que sería la más apropiada para la concepción bíblica. Los israelitas estaban convencidos de que Dios mismo iba al frente de sus combates. Dios es concebido como un guerrero que consigue victorias para su pueblo. De esta forma, el botín es sagrado, pertenece a Dios. Las derrotas se conciben como consecuencia de un pecado, por lo que deben buscar a los culpables y ajusticiarles: ‘El que sea culpable de haber violado la ley del exterminio será quemado con todas sus pertenencias por haber roto la alianza del Señor y haber cometido una infamia en Israel’ (Jos 7,10-15).
Saber interpretar los textos bíblicos. La dureza y complejidad de estos textos nos llevan necesariamente a buscar una interpretación que en ningún caso es ociosa:
(1) No podemos leer la Sagrada Escritura literalmente. Si esto es claro como idea de fondo, en estos casos es más evidente. Leer la Sagrada escritura al pie de la letra nos llevaría a afirmar que Dios es vengativo y goza con la destrucción violenta de los enemigos. Lo cual es totalmente abominable.
(2) La Sagrada Escritura no es una antología de textos ejemplarizantes. Tampoco podemos leer el texto sagrado dejando los textos edificantes y expurgando los escandalosos. Primero porque si es la historia de Israel debemos reconocer que el pueblo de Dios no fue un pueblo santo; de la misma forma que si escribiéramos nuestra historia nacional o personal no podríamos ocultar nuestros delitos y pecados. Si así lo hiciéramos faltaríamos gravemente a la verdad. Segundo porque es historia de salvación: el pueblo de Israel peca y se convierte; hace el mal y es capaz de volver de nuevo a Dios. Ése es el camino, la capacidad de conversión, y no la exaltación de valores morales que ignoren el pecado.
(3) La revelación es histórica, por tanto progresiva. La concepción de un Dios guerrero pertenece sin duda a los primeros pasos del pueblo. Son concepciones arcaicas que poco a poco el pueblo de Israel fue depurando. Bien es verdad que no podemos leer los textos ordenados cronológicamente, sino de forma narrativa. El Dios misericordioso aparece en medio de textos que hablan de violencia, y al revés. La revelación de Dios, por ser histórica, está sometida a la maduración y al progreso. Dios se revela en los acontecimientos históricos; el pueblo los entiende con dificultad, con tiempo; a veces a partir de contradicciones y experiencias negativas (el exilio).
(4) La revelación del Antiguo Testamento es incompleta. Apunta al Nuevo, a Jesucristo, en quien está la plenitud de la revelación (Gal 4,4). El cristiano lee el Antiguo Testamento como verdadera palabra de Dios, pero sabe que lo nuevo y definitivo invalida lo pasajero y caduco. La Nueva Alianza

Los dones mesiánicos

            Una presentación de este tema no puede pasar por alto un elemento fundamental. El pueblo de Israel aprendió a mirar al futuro. Después de muchas desilusiones y fracasos, descubrió por medio de los profetas que el futuro que Dios ofrece sólo puede estar basado en la paz y en la justicia. Isaías, el gran profeta de los tiempos mesiánicos, así lo dice en su precioso oráculo del capítulo 11.

‘Saldrá un renuevo del tronco de Jesé,
un vástago brotará de sus raíces
Sobre él reposará el espíritu del Señor (...)
No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas.
Juzgará con justicia a los débiles,
Sentenciará a los sencillos con rectitud (...)
Será la justicia el ceñidor de sus lomos
La fidelidad el cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo junto con el cordero
La pantera se tumbará con el cabrito
El ternero y el leoncillo pacerán juntos
Un niño los apacentará (...)
Nadie causará ningún daño
En todo mi monte santo
Porque el conocimiento del Señor
Colma la tierra
Como las aguas colman el mar’ (Is 11,1-9).

3. LA PROPUESTA DE JESÚS
           
Debemos ceñirnos por razones obvias a la propuesta de Jesucristo que hace referencias a la violencia y a sus consecuencias inmediatas.
Las bienaventuranzas. El Sermón de la montaña es muy ilustrativo a este respecto. Jesús, sentado en el monte (nuevo Moisés y nuevo Sinaí), después de promulgar la Nueva Ley que superaría la antigua, la lleva a sus últimas consecuencias. No he venido a abolir la Ley sino a llevarla a cumplimiento (Mt 5,17). En una serie de contraposiciones recuerda lo antiguo y lo nuevo: ‘se ha dicho, pero yo os digo’.
- Devolved bien por mal: ‘Habéis oído que se dijo ‘ojo por ojo, diente por diente’; pero yo os digo: ‘No hagáis frente al que os hace mal; al contrario, a quien abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra’ (Mt 5, 38). El principio de la venganza, que por una parte es natural y por otra restrictivo (pues no permite hacer más daño que el que se le ha hecho a uno) queda superado buscando el bien de la persona ofendida o maltratada.
- Ama a tus enemigos. En la misma línea se entiende el siguiente precepto: ‘Habéis oído que se dijo ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo; pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y haced el bien por los que os persiguen. De este modo seréis dignos de vuestro Padre celestial que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos’ (Mt 5,43-45).
Bendecid sí, no maldigáis. Si la maldición está presente con frecuencia en el Antiguo Testamento, no podemos decir lo mismo del Nuevo. Sólo en un texto se habla explícitamente de personas malditas, en el Juicio final de Mateo 25. Ahora bien, si el contenido es claramente evangélico, no podemos decir lo mismo de la estructura que divide a la humanidad en dos grandes bloques: el de los benditos y los malditos.
Es más significativo a este respecto otros dos textos, uno de Lucas y otro de Romanos. En ambos casos se recuerda que la actitud cristiana es la de bendecir, nunca la contraria: ‘A vosotros os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian’ (Lc 6,27-28). San Pablo, por su parte nos exhorta..  ‘Bendecid sí, no maldigáis’ (Rom 12,14).  Lucas presenta estos textos a continuación de las bienaventuranzas, si bien con variantes respecto a Mateo. De cualquier forma, el fondo del contenido es el mismo: el mal se vence con bien; la venganza no conduce a nada; la fuerza está en la bendición no en la maldición.
El Siervo de Yahveh. La primera comunidad cristiana supo ver en el personaje misterioso de los Cánticos del Siervo una representación del mismo Jesucristo. En línea con todo lo que hemos dicho, el Siervo es aquel que se niega a participar en un mundo de rencores y venganzas. Es más, en cuanto que es el verdadero rostro de yahveh, abre caminos de reconciliación, de justicia y de paz. Es la mejor imagen del Antiguo Testamento que nos introduce en el misterio de Jesús, el pacífico Mesías que inaugura un Reinado de perdón y de fraternidad en la humanidad.

‘Este es mi Siervo, a quien sostengo,
Mi elegido, en quien me complazco.
He puesto sobre él mi Espíritu
Para que traiga la salvación a las naciones.
No gritará, no alzará la voz;
No voceará por las calles;
La caña cascada no la romperá;
El pábilo vacilante no lo apagará.
Proclamará fielmente la salvación

Y no desfallecerá ni se desmayará.’ (Is 42, 1-4)

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